19 Noviembre 2009
[4] Andrea no se detuvo ahí: era preciso dar una continuidad a su narración a fin de esclarecer las zonas de sombra, poner los ojos allí donde ningún lector había podido saciar su curiosidad. Retomó, pues, el hilo de este relato al día siguiente, una vez hubo regresado del instituto y hallado en casa la paz necesaria a su labor creadora...
«Con gran alboroto fui recibido al llegar a mi casa. Mis padres me acogieron como solían, poniendo sobre la mesa embutidos, viandas y otros obsequios de la Naturaleza. Conté mi reciente aventura con Miguel de Cervantes: había estado hablando con él y otros dos caballeros en las cercanías del puente de Segovia. Todavía sonaban en mis oídos sus palabras, tan dulces como paños metidos en agua caliente.
Por aquellas fechas todo hijo de vecino tenía en mente las fazañas del caballero manchego. Ya sea de manera oral, ya sea por escrito, no había quien no conociera la narración del hidalgo, aquel caballero de la Triste Figura.
Toda mi familia celebró este encuentro. Mi padre, que tenía un no sé qué de afición por las novelas caballerescas, se mesó los cabellos cuando tuvo noticia del triste estado en que andaba don Miguel. En un aparte, me dijo: «No olvides nunca lo que te ha pasado hoy. Quizá algún día tu silueta figure en la posteridad como aquel a quien Cervantes consagró sus últimas simpatías antes de morir.»
Oír esto y obsesionarme fue cosa de un segundo. La noche me la pasé en vela pensando en el fortuito encuentro. A la mañana siguiente salí de casa con la idea de hablar otra vez a mi ídolo, el valeroso autor del Quijote.
Pregunté a los labriegos que por allí pasaban, a los transeúntes y a los comerciantes que recién abrían sus boticas, por las señas de don Miguel. Unos decían que si en la calle de Magdalena; otros que si en la del Mentidero; y otros, por fin, sostenían que ese señor vivía en la plazuela de Matute.
Cada vez que preguntaba a alguien obtenía una respuesta diferente. Si bien, todo el mundo parecía coincidir en que nuestro autor residía en el barrio de las Musas, una famosa parte del de Atocha. Hacia ese lugar encaminé mis pasos, embozado en la capa; soplaba un airecillo amigo de provocar catarros en un plis plas.
Cuando me planté frente a la casa del maestro, hallé las puertas cerradas, los balcones marchitos, los cristales sin esos reflejos que del cielo proceden. Cada minuto crecía mi zozobra: temía que esta visita llegase algo tarde. A pesar de lo cual, golpeé una y otra vez la negra aldaba.»
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19 Noviembre 2009
¿Qué dirán de la democracia quienes nos sucederán en el vivir cotidiano? ¿Dirán que la democracia fue cómplice de la destrucción masiva del hábitat? ¿Dirán que con la excusa de que "había derechos y libertades" se masacró y aniquiló el derecho a existir de las próximas generaciones?
¿Qué democracia es esa, que niega la dignidad, y hasta el ser, a los hijos del mañana? ¿Qué democracia es esa que solo piensa en el pan de hoy, y hace caso omiso de cómo preservar este pan para siempre?
¿Vivimos en una democracia o en un sistema depredador por excelencia, basado en el consumo a ultranza, en la esclavitud de las apariencias y el despilfarro a manos llenas? ¿Qué modo de vida es ese, que arremete contra los recursos vitales, que destruye -tal una mortífera plaga de langostas- las condiciones de la vida misma en el planeta? ¿Es esto lógico? ¿Es esto razonable?
No, esto no es una democracia, sino un sistema que permite el abuso, y el gasto incontrolado, y el engaño a la población por parte de una élite egoísta que cuenta con el apoyo no solo de los dirigentes, sino del Estado: esa máquina infernal, hecha para recaudar impuestos, mantener el orden y someter a todo ciudadano de a pie a su arbitrio.
Esto no es una democracia, sino el medio hipócrita que se han dado los gobernantes para seguir explotando, destruyendo, esclavizando, masacrando cualquier forma de vida en la Tierra.
¿Qué dirán de esto las futuras generaciones, si por casualidad logran sobrevivir en medio del caos que nos espera?
servido por Jo
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18 Noviembre 2009
[3] Una noche soñó con la escena que describe Cervantes en su prólogo de El Persiles. Era mediados de octubre, el curso escolar llevaba un mes comenzado; había tenido que volver a su barrio de El Bercial, conforme había pronosticado Augusto Montes.
De hecho, ni siquiera había ofrecido resistencia a la negativa de su madre, la cual dijo que quería tenerla todo el invierno a su lado cuando Andrea le había revelado su plan de permanecer un año en Guadalajara.
Se despertó a eso de las cinco de la mañana, consciente de que no volvería a conciliar el sueño: había llegado la hora de plantarse delante de la hoja para componer esa historia que tantos quebraderos de cabeza le estaba causando. Se instaló en la mesa del escritorio, con el pijama aún; alumbró la lámpara del tablero; echó una ojeada distraída a la ventana de la calle, sumida en la más completa oscuridad. Imaginó que los barrenderos municipales saldrían muy pronto con sus carritos y escobas a recorrer las calles mojadas de la madrugada.
Por fin dejó correr la pluma, ligera y graciosa como una alondra que atraviesa el cielo...
«Hoy he conocido a Miguel de Cervantes. El autor de El Quijote estaba frente a mí, a pocos metros del puente de Toledo. Lo veía montado en un caballo marrón, ¡qué aspecto tan cansado ofrecía el pobre! No iba solo, dos altos caballeros lo acompañaban en su entrada a Madrid. Yo iba montado en una mula parda con el mismo propósito que ellos de pasar a la ciudad.
Regresaba de Alcalá de Henares, donde había asistido a unas conferencias de Derecho impartidas por el doctor en leyes don Pedro de las Heras. Mi curiosidad por aprender y este oficio de estudiante me habían obligado a permanecer en la universidad más tiempo de lo que yo hubiera deseado, porque en Madrid estaba la casa de mis padres, donde jamás me ha faltado un mendrugo que llevarme a la boca, cosa que no siempre ocurre cuando resido en Alcalá de Henares.
El caso es que, harto de cabalgar solo por esos campos de la llanura castellana, decidí acelerar la marcha cuando divisé a lo lejos a los tres señores, tan buenos jinetes en sus cabalgaduras. La posibilidad de entablar una conversación amistosa daba alas a mi deseo de concluir tan bien que mal aquel viaje.
—¡Señores! —grité al cabo— moderen el paso de sus jumentos; miren que llego con mi burra donde vuesas mercedes están, a punto de entrar, según me parece, en Madrid.
Al oír mis gritos, soltaron las riendas y dejaron reposar un momento los caballos, en tanto que yo los alcanzaba a lomos de mi burra; con las orejas enhiestas y el hocico recto veía cada vez más cerca el objeto de su carrera.
Llegar junto a ellos, entablar gozosa charla, descubrir que ante mí estaba «el manco sano», «el famoso todo», «el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las musas», fue todo uno. Mi pasmo iba en aumento. Mi alegría era infinita. Había leído, y amado, y celebrado, las desventuras de Don Quijote de la Mancha, aparte la entretenida historia de Rincón y Cortado, la cual sucede en Sevilla; sentía yo algunos barruntos de congoja. Señaló el hombre ilustre, quiera Dios que mil años viva, que estaba aquejado de «hidropesía», su vida alcanzaba presto el final.
Pensé para mis adentros que los médicos llaman a esta dolencia de Cervantes cirrosis hepática, cuyos síntomas son: disnea, estertores, sed insaciable, ansiedad, convulsiones, sopor comatoso.
Creí que el buen escritor acertaba cuando pronosticó que a lo más viviría hasta el domingo; aun así, le aconsejé que no cediese a la tentación de beber agua a cada minuto; lo mejor que podía hacer era comer hasta el hartazgo, aunque no tuviera gana, pues allí radicaba el remedio de su salud.
Dicho lo cual, seguí mi camino, que era el del puente de Segovia; mientras los otros caballeros se dirigían, pesarosos, al puente de Toledo.»
servido por Jo
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15 Noviembre 2009
[2] Le asustaba dar el primer paso, colarse de polizón en el siglo XVII, la época de los monarcas altivos, de los nobles poderosos e influyentes, de la Corte espléndida, y de la Inquisición, que tanto respeto imponía entonces.
Cualquier ciudadano de a pie podía ser enviado a tormento, acusado de heterodoxo o de «traicionar el dogma católico».
Lejos, muy lejos quedaba la era de las máquinas tragaperras, el avión, la grúa y la producción en cadena de todo un arsenal de aparatos eléctricos.
En el siglo XVII Europa había declarado la guerra al turco. España estaba exhausta. Cuando no eran los hombres, que se mataban entre sí, una epidemia exterminaba familias, diezmando la población en el espacio de cinco años.
En Abril de 1616 Cervantes había vivido mucho, viajado por toda Europa, conocido Italia, Portugal, Flandes... En dos ocasiones lo habían encerrado en el calabozo; cinco años estuvo prisionero en Argel. Había tratado con los más afamados escritores de la Corte: Félix Lope de Vega y Francisco de Quevedo, quienes lo tenían en poco, algo así como un «escritor de poca enjundia». Para los sabios de entonces sólo contaba la literatura seria, la de carácter didáctico, moral, filosófico o religioso; la de «entretenimiento» no valía gran cosa, estaba hecha para divertir al vulgo si acaso éste sabía leer, pues no todos (por no decir, muy pocos) habían disfrutado de la ocasión de aprender.
Como sucede en nuestros días, a la sociedad del Barroco le importaban las apariencias: el «qué dirán» pesaba tanto en los modos de vida que nadie osaba salir a la calle sin haberse puesto el sombrero de plumas, la capa de amplio vuelo y el cinto que sujetaba la espada a la cintura. ¡Eso sí que eran maneras! Los caballeros se batían por honor, confesaban sus amores platónicos mediante versos enrevesados, que nadie entendía, e iban a misa los domingos y fiestas de guardar. Quien más y quien menos, tenía la despensa llena, la mujer en su casa, los hijos en el campo y las aves en el corral...
Andrea siguió buscando por las bibliotecas historias acaecidas en los años que quería visitar. Se informó de los pormenores de la vida en la Corte de Felipe III. Se enteró de los avatares políticos, económicos, sociales que marcaron las dos primeras décadas del XVII. Pero toda esta documentación no le sirvió de gran ayuda: le atemorizaba dar el gran salto, meterse en «la piel del estudiante pardal» para componer una narración ambientada en los tres últimos días del gran políglota español, el manco de Lepanto.

La batalla de Lepanto
servido por Jo
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14 Noviembre 2009
Ahora entiendo algo mejor cómo funciona esto de la auto-edición. He podido hacer las portadas a mi gusto y fijar los precios más interesantes en relación con el costo del libro.
Aquí tenéis la portada de 'Las tribulaciones...'
La foto es cortesía de Clarel, a quien se lo agradezco mucho.
La descarga es gratis en bubok y en lulu.com
El libro en formato de bolsillo cuesta 11 euros (y este será su precio definitivo).

Esta es la portada para el libro de Ignacio Calderón Ibáñez. La primera y la segunda parte ya están redactadas; me quedan por escribir las otras partes: el libro promete ser bastante largo.
Puedes descargarlo gratis en bubok y en lulu.com
Si lo prefieres en formato de bolsillo, cuesta 10 euros.
Y el libro que cierra por el momento esta lista de mis publicaciones es: 'Contra viento y marea', cuyo precio está fijado en 8 euros.
También lo puedes descargar gratis, como los otros dos.
La foto, una vez más, es cortesía de Clarel; sé que fue tomada en la costa de Almería.

servido por Jo
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12 Noviembre 2009
[1] El prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, la novela de Cervantes, encierra un gran misterio: el mismo autor anticipa su muerte, la cual tuvo lugar ─en efecto─ tres días después de haber mandado a la imprenta su libro. Esta increíble profecía no ha pasado desapercibida a los críticos; pero, habiendo juzgado El Persiles como una obra de escaso relieve, no le han prestado mayor atención.
A Andrea le había chocado, por el contrario, el final de este prólogo, fechado en abril de 1616; para ella se trataba de un enigma que había quedado sin resolver.
Creo que vale la pena copiar íntegro el texto de Cervantes, persuadido de que los lectores gozarán con su lectura:
«Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.
Llegando a nosotros dijo:
-¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.
A lo cual respondió uno de mis compañeros:
-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.
Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo:
-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!
Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:
-Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.
Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:
-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.
-Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.
En esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.
Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.
Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.
¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!»
No sé cuántas veces leyó estas páginas memorables la intrépida hija del comercial de chocolates. Muchas, sin duda, tratando siempre de descifrar el secreto: ¿Qué había querido dar a entender Miguel de Cervantes? ¿Qué es lo que quiso revelarnos y, finalmente, por falta de tiempo, ya que su vida se agotaba, quedó sepultado en el silencio?
El último párrafo supone, pues, una despedida en toda regla, una despedida de la vida y de los lectores presentes y futuros, con quienes el autor de Alcalá de Henares se da cita en el más allá:
«¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!»
Andrea Calderón López elaboró un sinfín de teorías al respecto: Seguro de haber alcanzado la inmortalidad, el autor de El Quijote nos invitaba a reunirnos con él en «la otra vida»; contento (pues había cumplido aquello para lo que había sido predestinado), se despedía de esta vida terrenal, cruel y lastimosa, para pasar a otro nivel de existencia, donde la felicidad estaba al alcance de la mano: la felicidad no era sino el fruto prohibido, sólo se disfruta de ella en el paraíso de una vida fuera de esta vida; ya sabía Cervantes justo antes de morir que su obra sería célebre: durante «luengos» años las gentes hablarían de las fazañas de sus inmortales personajes.
Andrea conjeturaba todo esto, vislumbraba su parte de verdad; pero al mismo tiempo intuía que se había quedado sin desvelar el «secreto».
Por fin, después de muchos días de elucubración, advirtió que se le había presentado la ocasión de aprovechar las enseñanzas del ermitaño de la cueva de Guadalajara, don Augusto Montes. ¿Y si se metía en la piel de uno de los personajes de la ficción cervantina? ¿Y si se colaba en el escenario madrileño? ¿Y si viajaba a través del tiempo y el espacio con el fin de asistir a los últimos días de don Miguel de Cervantes Saavedra?
En tanto que propósito literario, ¡no estaba mal! Andrea experimentó una fuerte sacudida, su espíritu se revolucionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica: iba a escribir un relato donde ella tomaría el papel del estudiante «pardal», el mismo que fue al encuentro de Cervantes cuando éste se hallaba a la sazón a las puertas de Madrid (y de la muerte).
servido por Jo
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11 Noviembre 2009

[43] Antes de abandonar la casa de Josefina, Ignacio pudo conocer al barón de Las Encinas. Salían al rellano con las palabras de la despedida, cuando sintieron unos pasos procedentes de las escaleras que daban al piso superior. Giraron la cabeza para descubrir al personaje, un vejete que aparentaba cien años, tan decrépito era su aspecto, lleno de arrugas, tembloroso, encorvado y vestido con una bata de invierno de un rojo tirando a morado. Cuatro pelos en la cresta le quedaban de lo que en otro tiempo debió de ser una abundante cabellera negra, majestuosa cuando el viento la azotaba al galopar sobre su yegua blanca por los montes de Guadalajara. El rostro dibujaba un rictus amargo: parecía solidificado en su expresión, como si mantuviera al vivo su eterno enfado, día y noche, siempre mascullando penosos comentarios, groseras interjecciones de niño mal criado. Con él estaba una mujer grande, de unos cuarenta años, maciza, de bucles dorados, ojos verdes, expresión altiva a pesar de las barrabasadas de su paciente; no la dejaba respirar un segundo. La enfermera le ayudaba a terminar de bajar los escalones de mármol.
El barón deseaba tomar la merienda en compañía de su sobrina, a quien no apreciaba en absoluto; pero para el anciano cualquier excusa era buena con tal de incordiar. Doña Amalia insistía con lo de que «la señora tenía una visita; mejor no bajar las escaleras; además, a sus años no podía continuar subiendo y bajando como si fuera un saltamontes.» Al barón le había irritado que lo comparasen con un saltamontes, de ahí la precedente escena de gritos que los amigos habían oído desde la primera planta.
—Ya ves, —dijo la sobrina con tono resignado— querido Ignacio, una no puede estar tranquila en su propia casa.
—¡Ah, bribona! —exclamó el viejo—. ¡Y cómo te gusta restregarme a la cara que estás en casa ajena! ¡Este suelo que pisas no te pertenece! ¡Bien me la jugasteis tú y tu padre! Pero Dios es sabio, ¡allá en el cielo hará justicia!
Escupía al hablar, movía los brazos como un demente; Ignacio advirtió los espumarajos de la rabia feroz; lo sintió mucho por su amiga, pues debía soportar a ese adefesio hasta que quisiera morirse; pero no, no se moría...
—¡Y tú, pillastre! —continuó el viejo, esta vez dirigiéndose al invitado—, ¿también quieres robarme lo que por derecho es mío? ¡Nunca lograréis echarme de esta casa! ¡Ah, bribones, fuera de aquí los dos! ¡Fuera de aquí los tres! ¡Tú también, enfermera, enfermera loca, no te quiero, no me haces falta!
Y siguió vomitando palabras, insultos, furibundas exclamaciones...
Ni doña Amalia ni la sobrina juzgaron oportuno interrumpir semejante cúmulo de disparates. Daba la impresión de que hablaba solo: nadie le hacía caso, nadie se tomaba la molestia de replicarle con algún exabrupto.
Don Ignacio Calderón abandonó la antigua casa del barón de Las Encinas con amarga desazón, como si hubiera probado el elixir de la cicuta, el mismo que acabó con la vida de Sócrates. Él no era el gran pensador griego, pero había adivinado que bajo la opulencia de aquel caserón se había mascado la desgracia, el pesaroso vivir humano. ¿Seguía amando a Josefina Rubio a pesar de tantos inconvenientes? ¿Estaba dispuesto a subir con ella al altar, único modo de gozar de su compañía para siempre?
Don Ignacio movió ligeramente la cabeza. Sí, sí, por su noble dama bien valía la pena sortear los obstáculos, igual que si participara en una carrera de caballos. Además, era de suponer que el viejo se moriría tan pronto como se presentara el invierno.
Y, con la firme intención de proseguir el asedio hasta que un «sí quiero» coronase sus trabajos de galán, anduvo el camino de vuelta a casa.
Fin de la 2ª parte
servido por Jo
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10 Noviembre 2009

[42] Tres desafortunados sucesos mayores contaba el barón a lo largo de su vida:
El primero acaeció una vez cumplidos los veinte años. Durante una temporada fue gran aficionado de la equitación. Contrató los servicios de un apuesto caballero francés, originario de Narbona, quien le enseñó el arte de montar a caballo, cabalgar al trote o al galope, manejar las riendas y poner pie a tierra sin dejarse la salud en el intento. El joven jinete aprendía con facilidad; su espíritu se embriagaba al sentir sobre el rostro el aire de los prados, lanzado a velocidad de crucero sobre un animal más dócil y manejable que un guante de lana. El maestro sonreía, satisfecho, sospechaba que su pupilo no apretaba con suficiente antelación las espuelas, en caso de peligro; pero este defecto se corregiría con el tiempo, no había para qué insistir en ello. Enrique de las Encinas se portó por dos meses como un hijo ejemplar; fue el tiempo que necesitó para engatusar a los de su familia, convencerlos para que compraran una preciosa yegua blanca, que fue bautizada con el nombre de «Adelaida».
Al cabo de una semana ocurrió lo del accidente: ya entonces el intrépido alumno había despedido al caballero galo, pues opinaba que estaba capacitado para proseguir sus conocimientos sin la ayuda de nadie. Por esta razón el francés quedó fuera de toda responsabilidad: nadie le echó en cara que hubiera enseñado mal el difícil arte de montar a caballo.
A consecuencia de la aparatosa caída que sufrió, tuvo que operarse en diez ocasiones de la cadera, la cual había quedado bastante estropeada. Pero los cirujanos no fueron lo suficientemente hábiles, el muchacho iba a cojear el resto de su vida. Adelaida tuvo más suerte; de la tapia donde había caído con el jinete salió indemne. El padre pudo venderla así por un precio interesante, ya que se trataba de un animal de raza.
El segundo contratiempo sobrevino veinte años más tarde. El padre acababa de fallecer; había llegado el momento de acudir a la notaría para leer el testamento. ¿Y qué leyó allí el señor notario? Nada de lo que hubiera imaginado el mayor de los hijos: como castigo a su conducta «lamentable» (decía el documento), donaba el caserón de la familia, sito en..., al segundo de los hijos, Julián, puesto que de los tres había sido el único en casarse y tener una descendencia (Josefina). Elisa se había metido a monja y renunciado a sus privilegios en tanto que hija de un barón. Enrique, cojo y todo, nunca había dejado de ser peor que un calavera, una calamidad. Salió de aquel despacho furioso. No se lo podía creer, su padre lo había ¡desheredado!
Según estipula la ley en estos casos, daba al mayor como compensación de la pérdida de la casa una magra cantidad de dinero. ¡Eso era todo cuanto podía esperar de la herencia!
Nunca le perdonaría semejante agravio a su padre; se lo figuraba riéndose a grandes carcajadas dentro de la tumba. Así pues la venganza había caído sobre él en el último segundo, tal un mazazo de albañil.
La tercera contrariedad que hubo de sufrir a lo largo de su vida, fue consecuencia de la primera: Enrique se encaprichó como el que más de los coches en cuanto estos alcanzaron una gran notoriedad. No ansiaba sino ponerse al volante de uno de ellos, el que fuera más veloz, más potente, más vertiginoso.
Una o dos veces trató de pasar el control médico. ¡Nada que hacer!, la cojera heredada de sus locos años de juventud lo inhabilitaba para el manejo de un vehículo a motor, cualquiera que éste fuese.
Una o dos veces también trató de sobornar a las autoridades administrativas. ¡Imposible! Su defecto se hacía demasiado evidente; nadie arriesgaría su puesto en la oficina dando la cara por él.
Don Enrique de Las Encinas, el barón de Las Encinas, tuvo que contentarse con ver pasar, rauda como el viento, la Civilización desde su ventana. Las alas que había tomado el progreso quedaban de este modo fuera de su alcance. Las personas que lo trataban a menudo afirman que desde entonces su carácter se fue agriando, volviéndose irascible, colérico, irritado por el vuelo de una mosca en su habitación.
servido por Jo
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