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La Coctelera

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9 Noviembre 2009

Vida y milagros del barón de Las Encinas

[41] En sus años mozos, el barón de Las Encinas fue lo que se denomina un «calavera», esto es un personaje alborotador, risueño y despistado, de esos locuelos que en cada esquina encuentran una ocasión para liarla parda; siempre acompañado de unos amigos tan jaleantes como él.

Enrique de las Encinas había sido engendrado en las altas esferas sociales, y esto quería decir que todo le estaba permitido: donde la ley le ponía un freno, el dinero le despejaba el camino para actuar a su guisa, porque de lo que se trataba era de divertirse, aun a costa del erario de la familia; por algo había nacido rico y noble, pensaba él.

Y con estos principios no poco descabellados, fue matando a disgustos a su madre (una pobre mujer que vivía a la sombra de la autoridad del cónyuge), esquivando los intempestivos bramidos de un padre «abierto a las novedades del progreso», pero que no había sabido educar al hijo con un mínimo de rigor; muy al contrario, parecía sentirse orgulloso de las calaveradas del muchacho. ¿Acaso él no había sido igual de joven? ¡Que la juventud se divierta, ya tendrá tiempo de sentar la cabeza!; y de este modo, cuanto afirmaban las palabras lo contradecían los hechos de un padre demasiado permisivo.

Y bien que supo sacar partido de estas contradicciones el hijo avispado, el mayor de los tres que había tenido el matrimonio de Las Encinas: a su hermano Julián lo tenía por tonto, incapaz de desprenderse de las faldas de mamá; a su hermana Elisa la juzgaba timorata, algo imbécil, crédula en asuntos de religión y de hombres. En fin, un caso perdido.

Y como se consideraba el mayor, el más listo, el más sano, el más guapo, el más fuerte de los hijos, obró en consecuencia: hizo de su capa un sayo, se rodeó de amigos «nada recomendables», aprendió a darse de bofetadas con el primero que le tosiera en su afán de conquistar las calles y plazas de la muy noble Guadalajara.

¿Unos estudios para él...? No, no... Que el segundón, Julián, apechugara con el peso de los libros.

¿La carrera de militar le convenía? ¿Y cómo...? ¿Acaso estaba él dispuesto a dejar su reino para alistarse en un ejército...? ¡Un millón de veces diría que no a esto! El padre hubo de renunciar al fin al proyecto de los galones.

¿Alejarlo del ambiente donde se había criado de manera que aprendiera a valerse por sí mismo, sin gastar ni saquear el patrimonio familiar? Sí, pero al cabo de unos meses acababa volviendo: quizá más calavera que antes, más ávido devorador de fortunas ajenas.

El padre dejó este valle de lágrimas sin gozar de la ocasión de ver a su hijo corregido. La madre lo siguió en su viaje de ultratumba. Cuentan que sus últimos años fueron un continuo ir y venir de su casa a la iglesia, de la iglesia a su casa. Se había vuelto extraordinariamente devota. Esta manía por «las cosas de la religión» fue lo único que heredaría Josefina Rubio Álvarez de la estirpe de Los Encinas, aparte la casa, como ya hemos dado a entender.

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8 Noviembre 2009

El barón de Las Encinas

[40] Algunos minutos de más necesitaron para caer en la cuenta de que no eran unos desconocidos, sino que previamente habían mediado entre ellos palabras de amistad, cartas de amor y favores más o menos encubiertos. Y aunque todo aquello hubiese quedado en agua de borrajas, era tiempo de volver la página, infundir la cuarta velocidad a aquella relación prometedora que no terminaba de cuajar. Poco a poco, sin embargo, las dos almas fueron congeniando, amoldándose la una en la otra, como si hubieran nacido nada más que para ese fin.

La conversación no perdió su punto de discreción; pero fue ganando en naturalidad: quedó libre de las formalidades, que actuaban como cepos o redes del pensamiento. Al fin don Ignacio se sintió a gusto en casa de Josefina; al fin Josefina pudo mirar a su galán con expresión dulce y afable. Parecía una matrona dando por adelantado el visto bueno a las travesuras de su retoño. ¡Y cómo había cambiado su actitud en comparación con las otras semanas! Ya no era la enérgica y pretenciosa poetisa que centraba sus proyectos en la elaboración de un concurso literario.

La mujer que ahora Ignacio tenía delante había sabido resignarse, recoger sus alas de princesa, renunciar a las irrealizables ambiciones de altos vuelos.

Muy pronto mi empresa me enviará de paseo a alguna parte de España. Imposible averiguar por el momento el lugar concreto y la fecha. Josefina, sinceramente te lo digo, me gustaría que me acompañaras en esa próxima excursión por las diferentes regiones de la Península. Si la última vez fue Sevilla la ciudad que me tocó visitar, y mi hija la persona que me acompañara, tú serías la siguiente en preparar el equipaje para viajar conmigo a donde quiera que me manden los de La Campana.

Esta proposición llegó después de que hubiesen tocado una infinidad de temas... La canícula de julio, los libros, el panorama político, las obras previstas para ensanchar Guadalajara, el mapa turístico de la provincia, las relaciones con otras capitales vecinas. Y, de repente, Ignacio saltaba con aquello.

De vez en cuando sonaba del techo un ruido seco de pasos amortiguados. Al visitante no le cupo duda de que alguien más había en esa casa. Pero, ¿quién? Tenía entendido que Josefina Rubio vivía sola desde que su marido había muerto a consecuencia de una enfermedad ligada con el corazón (un cáncer del ventrículo, había oído decir). Entonces, ¿quién más podía vivir allí, en el último piso de la finca? Don Ignacio alzaba, intrigado, la vista; la dama parecía no oír, encontraba el modo de no darse por aludida...

Y eso que el estruendo procedente del techo iba en aumento; a los pasos atolondrados, siguió una serie de voces enfermizas: gritos de una discusión. ¡Diablos!, ¿qué podía significar aquello?, se decía don Ignacio, que no salía de su asombro.

Después de una barahúnda fenomenal, en la que parecía que el inmueble se vendría abajo, exclamó por fin doña Josefina, con tono de desdén y gesto despectivo de la mano:

Se trata de mi tío, el barón don Enrique Rubio de Las Encinas, último descendiente de una familia de rancio abolengo. Está un poco chiflado; es el último pariente que me queda con vida. Esta casa pertenecía a su hermano, mi padre; hasta que yo la heredé, y luego me casé. Nunca he salido de estas cuatro paredes que ves aquí. Mi obligación es acoger al barón hasta que se muera; pero no puedo ocuparme de él; no tengo ni tiempo ni facultades para ello; una enfermera, la señora Amalia, se ocupa de él noche y día. Seguro que mi tío el barón le estará gritando por alguna nadería de las suyas; no prestes más atención, amigo Ignacio. En cuanto a esa idea de viajar contigo por tierras de España, me parece muy bien. Tú eres para mí un amigo de confianza. Y yo hace mucho que no veo otro mundo que el que representa Guadalajara; ya es hora de cambiar de aires.

Y diciendo esto terminó de apurar su segunda taza de café. Ignacio imitó este gesto, feliz con lo que acababa de oír. Entonces, era cierto que habría viaje de novios, luna de miel con una mujer que resultaba ser sobrina de todo un barón ilustre, ¡el barón de Las Encinas! Don Ignacio no cabía en sí de gozo. Con la taza en la boca, clavó los ojos en la araña que colgaba del techo de escayola; mientras tanto, los de arriba seguían liados en su alboroto.

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8 Noviembre 2009

Contra viento y marea

«Los hechos suceden en Mallorca. Un grupo de amigos se dispone a celebrar una fiesta de cumpleaños. Hay quien ya tiene pareja, hay quien ama secreta y apasionadamente. Surgen las rivalidades por una chica. No falta el filósofo que quiere arreglar el mundo a su manera. Tampoco falta el anarquista que vive en una fábrica abandonada de harina, es por tanto un okupa. Hasta que un buen día, las autoridades deciden hacer de esta fábrica una nueva gasolinera...»

Enlace:

http://www.lulu.com/product/descargar/contra-viento-y-marea/5964425

Esta breve novela fue escrita en el verano de 2003; en esa época yo era estudiante de la facultad de letras Paul Valéry, y residente en la ciudad de Montpellier. Trata sobre los recuerdos de mi paso por Mallorca. La obra reposaba desde entonces en los cajones de mi casa. Pero hoy me he animado a lanzarla al público a través de la auto-edición.

Puedes descargarla gratis (consta de 95 páginas), o bien pedirla a lulu.com en formato libro de bolsillo (9,5 euros).

Espero que os guste.

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7 Noviembre 2009

El inicio de la entrevista

[39] Comenzó la plática. A esta plática le estaba vedada el subirse por las paredes: no podía andar mucho trecho sin tropezar con el dique de la formalidad; no podía tocar algún tema sin sufrir el asedio del reparo. ¿Qué decir en tales circunstancias? ¿Por dónde salir triunfante? Lo mejor sería —concluyó Ignacio— no decir nada pareciendo que uno dice mucho: hablar al tun tun se ofrecía como la mejor alternativa en una charla aderezada con taza de café y pastelitos colocados en bandeja de plata sobre la mesita estilo persa.

Ya Josefina lo había previsto todo: hasta la luz debía mostrarse coqueta, infundir al ámbito un tono de amable confidencialidad. Y como era domingo por la tarde, el ruido de la plazuela se dejaría notar apenas; los vecinos dormitaban en sus casas. Una lámpara de pie blanca iluminaba desde un rincón con pálido fulgor de estrellas. También atisbó el comercial de La Campana una mecedora de rejilla, ¿cuánto tiempo reposaba en ese sitio, sin que nadie la balanceara?

Cuéntame, Ignacio —dijo la dueña del lugar, al tiempo que llenaba la taza de su huésped. Le tembló un poco la mano—, ¿qué opinas de la conferencia de don José Manuel del Prado y Collado?

Don Ignacio esperó a que la señora tomara asiento en un antiguo sillón con almohadilla, reposabrazos de madera de haya y tapizado de velur rojo burdeos; tras lo cual respondió:

No estuvo mal. Quizás, algo comedida, porque el señor conferenciante no quiso tocar los temas de la actualidad; de la política, quiero decir. Se limitó a hablarnos de los novelistas del siglo XIX, Clarín y compañía. ¡Ah, esos temas ya no interesan hoy en día! Ahora lo que enardece al público son las elecciones de octubre; el cambio de gobierno que se avecina; el porvenir de una España fragmentada en 17 autonomías, que habrá de integrarse en Europa al precio que cueste, porque nos va la vida en ello. Yo a este país lo veo con ganas de cambiar y de sanar el panorama que habíamos heredado del régimen de Franco.

Don Ignacio no tenía muy claro si Josefina era del lado de acá o del lado de allá en cuanto a los regímenes políticos se refiere; por lo que optó por callar, no fuera a meter la pata nada más iniciada la entrevista. La dama posó sobre el caballero unos ojos bondadosos; luego arrimó delicadamente la taza a su boca, inaugurando así el ritual de los sorbos al café.

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6 Noviembre 2009

Microcuentos. La escapada imaginaria.


Tenía un amigo. Este amigo vivía en el campo. No le gustaba la ciudad. Para él la ciudad representaba todos los problemas, todos los inconvenientes que uno pueda imaginar. En cambio, el campo era sinónimo de paz, armonía, luz y color; aparte una exuberante vegetación y unos animales simpáticos, allí podía encontrar gente amable, que no negaba nunca el saludo. Su amigo le contaba todo esto por teléfono; y él se moría de envidia a la vez que oía el ruido del tráfico, que se colaba por su ventana y era la causa de un intenso desasosiego en lo más hondo de su ser.

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6 Noviembre 2009

El salón principal

[38] Los nervios estaban a flor de piel: había que disimularlos como fuera. La pareja evitaba con sumo cuidado el choque de las miradas. ¡Oh, espanto, si acaso el otro adivinaba que uno se sentía perdido, sin saber qué decir, qué hacer en una situación tan engorrosa como aquélla!

Porque pasaba que Josefina no lograba borrar la sonrisa postiza, idéntica a la de un maniquí que luce en el escaparate de la tienda sus encantos de cera. Tampoco Ignacio hallaba las palabras con que salir airoso del atolladero.

¡Nervios, nervios que humedecen las manos, embotan la lengua, aprietan la garganta, entorpecen los pies, empequeñecen el traje, o bien agrandan el cuerpo, de manera que uno se siente prisionero de su propio vestuario! ¿Cualquier cita de amor engendra un suplicio así, a todas luces insoportable?

En aquellos instantes de torpe proceder y miedos abismales, don Ignacio maldecía la hora en que había quitado su casa, bien peripuesto (creía él), para reunirse con esta señora, encorsetada; aunque debía admitir que no había perdido aún la gracia femenina, esa belleza aristocrática que a los ojos del comercial la distinguía del resto de las mujeres guadalajareñas: ninguna como Josefina en el andar gracioso, con pasos de enigmática dama de las camelias; ninguna como ella en el hablar comedido, ricamente pausado, digno de una madame de Sévigné. Ya no había duda: Ignacio Calderón se postraba a los pies de su dama. «¡Imposible poner un remedio a esto!», hubiera exclamado Augusto Montes, de haber estado al corriente.

Reuniendo fuerzas de flaqueza, obteniendo la inspiración de las mismas palabras de don Alfonso, el cura de su parroquia, Josefina tuvo la feliz ocurrencia de conducir a su invitado al salón, cuyo techo adornado con una araña de cuentas de vidrio que imitaban diamantes, estaba a más de tres metros del piso de parquet, entonces un privilegio para la mayoría de los hogares.

Altísimas cortinas blancas vestían las paredes empapeladas con líneas verticales, rojas y blancas. Detrás de las telas surgían cuatro ventanales, por donde se filtraba la luz de la plazoleta cuadrada. Los muebles serían de caoba, todos oscuros, grandes y macizos; apenas bastaban para llenar la estancia, que era inmensa. A trechos, cubría el parquet una serie de alfombras orientales de tan costoso precio como enrevesada filigrana.

Ignacio se decía mientras andaba sobre el blando tapiz hacia una mesita de servicio, estilo persa, que ocupaba un rincón de la sala: «¡Esto sí que es lujo!, ahora entiendo por qué tanta reticencia de la parte de esta señorita a mis pretensiones de conquistarla!» Y a todo esto, Josefina, que veía en la expresión del hombre los deslumbres de su propia casa, iba recuperando el aplomo y la serenidad que hacía unos minutos había echado tanto a faltar.

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6 Noviembre 2009

Acerca de las antenas de los teléfonos móviles

«Numerosas comunidades están oponiéndose a las antenas cerca de colegios y barrios residenciales. Pero cientos de miles de nuevas antenas de telefonía son necesarias para ofrecer cobertura debido a la demanda de todos los aparatos inalámbricos. La construcción de la infraestructura inalámbrica no está completa en ningún sitio. La tecnología de "tercera generación" necesita infraestructura cada 1-4 kilómetros. Hay nuevos servicios de banda ancha que permiten todo desde llamadas, mensajes de texto y descargas de Internet en una pantalla de teléfono móvil o en un portátil inalámbrico. Además, haciendo gala de la competición con las redes de cable, las telecoms pueden ahora ofrecer hasta programación de TV. Esto significa que la antena de telefonía móvil de ayer se ha transformado en una estación de emisión de TV además. Como consumidor, si quieres usar estos sistemas inalámbricos, estás pidiendo que alguien viva cerca de la infraestructura de emisión. Con el tiempo, la tendrás también al lado de tu casa. No tendrás donde esconderte. »

Extracto de:

Electromagnetic Fields: A consumer's guide to the issues and how to protect ourselves, B. Blake Levitt. Traducido por VidaSostenible.

copiado del blog: 'Toma el control de tu salud' (Vida sostenible)

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5 Noviembre 2009

El recibimiento

 

[37] El vestíbulo era ancho, si bien algo oscuro. La luz procedía del fondo de un largo pasillo, donde aparecía una puerta de cristales que daba acceso al patio. A ambos lados de la pared había dos solemnes puertas de madera, con felpudo a los pies, llamador dorado y placa pulida con esmero, en la que podía leerse con letras góticas: «Despacho de Abelardo Quintanar, doctor en leyes de la gentil y noble Guadalajara.»

«Así que, dedujo nuestro hombre, Josefina alquila los bajos de su vivienda a un gabinete de abogados. ¡Y luego se queja de que le falta dinero!»

Las escaleras se hallaban al fondo del pasillo, justo antes de topar con la puerta de cristales. Aquel espacio olía a humedad, estaba mal aireado; pero la docena de escalones conservaba el lustre y la finura del mármol; eran amplios y la barandilla, de madera. Las paredes estaban pintadas de un azul decadente, desconchadas en las zonas más oscuras. En conjunto, ofrecía el vestíbulo una sensación de lánguida tristeza.

Pulsó la luz y subió con parsimonia al rellano, donde Josefina, elegante y pelirroja, aguardaba el momento de recibir a su invitado con suave apretón de manos y discreta sonrisa. Llevaba un vestido blanco de tirantes, con collar de perlas majórica adornando el cuello de alabastro, pulsera de oro en ambas muñecas y sortija con su verde rubí en el anular de la mano derecha. Se había pintado (¡oh, portento) los labios de un rosa pastel; el polvo en las mejillas daba relieve a un rostro acosado por la severidad de una mirada sin encanto, pues los ojos se hundían demasiado en las cuencas y las gafas de concha disimulaban el feroz brillo de las pupilas de un marrón claro. La nariz era correcta, pero la frente pecaba de amplia y abultada, las arrugas se paseaban por ella ajando los primores de su marchitada juventud.

Don Ignacio, insensible a estos detalles de la apariencia, estaba por quitarse el sombrero a fin de celebrar la hermosura de su dama; pero recordó que no lo traía consigo. En cambio, la corbata le apretaba cada vez más el cuello inundado de gotas. ¡Y él, que se había propuesto acudir a la cita sin haber transpirado en el camino! ¿Qué habría pensado Josefina al descubrir que sus manos estaban húmedas de sudor?

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Charleville, Francia
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Mi pasión son los libros. Podía haberme dedicado a la pintura o a escalar montañas una tras otra. Lo que he hecho ha sido tenderme a la sombra de un membrillo y ponerme a leer. Uno de mis pasatiempos es abrir la página de un libro al azar y transcribir un fragmento. Esto es lo que voy a hacer ahora. Cojo el libro y... "En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y a todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia." Cervantes, Novela de las dos doncellas. Cátedra, letras hispánicas. clasificados
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