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La Coctelera

Categoría: ¿A qué esperan para bajarse del carro?

7 Julio 2011

Se considera que la Organización Mundial de Comercio (OMC) es la organización internacional de mayor poder efectivo: el Artículo 16.4 del acuerdo por el que se creó consagra su preeminencia frente a los derechos nacionales de cada uno de los Estados. En este Artículo se señala que los gobiernos de los países miembros tienen que informar a la secretaria de la OMC y a los demás miembros sobre sus legislaciones actuales y sobre cualquier normativa o regla que pudiera estar relacionada con los temas en que es competente esta Organización, en otras  palabras, todos sus miembros tienen que adecuar sus marcos jurídicos a las reglas de funcionamiento de la OMC . A ese respecto, se debe decir que la OMC se ha declarado competente en multitud de temas que no son de comercio: ha convertido en mercancías, en productos que se venden y se compran, todos los componentes de la vida humana.

Por otra parte están los artículos III.4 y III.5 en los que se advierte que los países deben ser revisados a intervalos regulares. Para hacerse obedecer la OMC se ha dotado de un órgano, el Órgano de Solución de Desavenencias (o Conflictos), cuyas decisiones son obligatorias.

Para el economista Michel Chossudovsy,  el proceso de creación de la OMC  es "manifiestamente ilegal". Según él, la OMC se ha instalado como una "organización totalitaria que trasciende a los gobiernos", autorizada por la ley internacional a "adaptar las políticas económicas y sociales de los países y despreciar los derechos soberanos de los gobiernos nacionales". Más aún, en su opinión, los artículos de la OMC no sólo contradicen las leyes nacionales e internacionales existentes, sino que también se encuentran en contradicción con la declaración universal de los derechos humanos. (Leído en El libro negro de las marcas. El lado oscuro de las empresas globales, de Klaus Werner y Hans Weiss, periodistas free lance, 2004, Random House Mondadori, Barcelona, págs. 247-248). Michel Chossudovsky es un economista canadiense, profesor visitante de la Universidad de Otawa, considerado uno de los mayores expertos en estos temas.


Hasta tal punto la OMC atenta contra la democracia de los Estados miembros que la privatización de un servicio, sea o no público, no puede ser alterada por un gobierno posterior. Sin embargo, si los ciudadanos votan a un partido distinto es porque no estaban de acuerdo con las actuaciones del anterior; decir que el nuevo no puede modificar lo que ha hecho el anterior es limitar muy seriamente la voluntad del pueblo y, por tanto, cercenar la democracia.


Internamente, la OMC es opaca en su funcionamiento; a pesar de lo que se dice en sus estatutos: siempre ha evitado el voto en la toma de decisiones y concentra el poder en los países del Quad (EE. UU. la UE, Japón y Canadá) , dominados, como ya se ha dicho, por los lobbies de las multinacionales.


En el marco de la política comercial de la UE, los países miembros están representados por uno negociadores y, en primera instancia, por el comisario europeo de comercio. Los países de la UE fijan el mandato de estos negociadores a través del Comité 133 (llamado así por el Artículo 133 del tratado de Amsterdam que rige las negociaciones comerciales). Este Comité está integrado por altos funcionarios que, por definición, no son representantes electos, y cuya actuación está muy alejada de la transparencia y el funcionamiento democrático: nunca se informa ni a los ciudadanos ni a sus representantes parlamentarios de las deliberaciones y decisiones adoptadas.
Fuente del artículo:

5 Julio 2011

Fuente: www.consumoresponsable.com

Actualmente, la necesidad de organizar la economía según la justicia y el respeto al hombre, a los recursos y a la naturaleza ya no es una cuestión de opinión moral o política, es un imperativo vital que nos exige a todos poner de nuestra parte. Las instituciones tienen que cumplir su cometido y así debemos exigirlo, pero no olvidemos que tenemos a nuestra disposición unos medios de intervención que pueden tener una influencia directa sobre los centros de poder económico. Esta posibilidad no deriva de derechos particulares garantizados por la ley sino de la voluntad de vivir de forma responsable en lo cotidiano, como el trabajo, el ahorro y, sobre todo, el consumo.

Un Consumo Crítico es aquel que se pregunta por las condiciones sociales y ecológicas en las que ha sido elaborado un producto o producido un servicio. Es una actitud diaria que consiste en elegir de manera meticulosa lo que compramos sobre la base de dos criterios: la historia del producto y la conducta de la empresa productora, señalándole al sistema los métodos productivos que aprobamos y los que condenamos.

Un Consumo Ético sería el que se ejerce cuando se valoran las opciones como más justas, solidarias o ecológicas y se consume de acuerdo con esos valores y no solo en función del beneficio personal. Desde el consumo ético hacemos especial énfasis en la austeridad como valor, como una forma consciente de vivir, dándole más importancia a otras actividades que al hecho de consumir y teniendo la capacidad de distinguir entre necesidades reales e impuestas; organizándolas, además, a nivel colectivo, garantizando así a todas las personas la satisfacción de sus necesidades fundamentales con el menor despilfarro.

La incorporación de estos valores en nuestro consumo no tiene que disminuir el bienestar y la calidad de vida, más bien todo lo contrario. Es signo de bienestar comer carne, pero deja de serlo cuando constatamos en muchos de nosotros nuestros niveles de colesterol, o comemos con tanta abundancia que son frecuentes los problemas de obesidad. Parece "ventajoso" para nosotros trasladar las industrias contaminantes al Sur ¿pero no estamos todos bajo la misma capa de ozono?, ¿no sube por igual en todo el planeta el nivel de los mares?, ¿ acaso se puede establecer una frontera a la onda expansiva de un accidente nuclear?

Todo esto implica a todas las esferas de nuestra vida, a nuestras opciones más personales y supone, por tanto, un esfuerzo, pero no es algo imposible. Un primer paso sería esa toma de conciencia en el ámbito personal, y un segundo, compartir nuestras reflexiones para construir una conciencia colectiva.

Este tipo de consumo implicaría dos aspectos fundamentales:

* En primer lugar la búsqueda de información y la formación de un pensamiento crítico con la realidad que nos rodea, con los medios de comunicación y la publicidad, cuestionándonos qué hay detrás de cada cosa que consumimos y cuáles son sus consecuencias.

* En segundo lugar, la reducción de nuestros niveles de consumo como una opción ética. Si nuestro modelo de desarrollo no es universalizable ni ecológicamente, ni por las estructuras injustas que genera, no es posible que mantengamos esta situación. Se trata de cambiar nuestro hábito de consumismo, optando por un modelo de bienestar y felicidad no basado en la posesión de bienes materiales. "No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita". Es, en definitiva, un cambio en nuestra escala de valores y en nuestras prioridades. Esto nos permitiría, por ejemplo, dedicar una mayor parte de nuestro presupuesto a comer de forma sana, disfrutar nuestro ocio de una manera más constructiva, reducir nuestro tiempo de trabajo, invertir en solidaridad, etc.

Esta propuesta de no-colaboración con un sistema económico que genera injusticia y destruye el medio ambiente es un deber moral y político fundamental. El sistema nos necesita como consumidores, somos el último eslabón de la cadena. El pequeño poder del consumidor puede ser muy eficaz tanto para nosotros como para los países del Sur; sólo habría que comenzar a reivindicar una mayor autodeterminación en apariencia poco política y heroica, de elección de nuestros alimentos, de nuestras compras para la vivienda, de nuestros vestidos, del uso de nuestro dinero, del tipo de embalaje que aceptamos o rechazamos. Lo que falta es desarrollar una conciencia crítica y verdaderamente solidaria acompañada de comportamientos más colectivos y políticos: cuando hacemos la compra no tenemos que dudar que somos poderosos y que las empresas están en una situación de profunda dependencia de nuestros comportamientos como consumidor.

De nuestra responsabilidad y nuestro poder como consumidores se derivan unas obligaciones que podrían resumirse en:

* Ser críticos con nuestro consumo y nuestra forma de vida, aplicando valores éticos.

* Exigir información e informarnos acerca de las condiciones sociales y medioambientales en las que un producto o un servicio ha sido elaborado, como ha llegado hasta nosotros y cuales son sus consecuencias.

* Reducir nuestro consumo, como opción ética y ecológica, optando por un modelo de bienestar y felicidad no basado en la posesión de bienes materiales, lo cual repercute tanto medioambiental como socialmente.

* Practicar un consumo respetuoso con la naturaleza, reduciendo, reutilizando y, por último, reciclando y consumiendo productos ecológicos y artesanos.

* Practicar un consumo solidario y socialmente justo, respetuoso también con las personas y las culturas, en el que por supuesto no existan la discriminación ni la explotación.

25 Junio 2011

Puede ocurrir que el petróleo esté a punto de agotarse, o que la extracción del que queda sea tan costosa que ya no resulte rentable a las compañías.

Esto ya lo habían previsto. Los gobiernos siempre han sido conscientes de las terribles consecuencias que el cambio climático iba a acarrear sin duda. Pero se decían los unos a los otros: "De todos modos, el petróleo se va a agotar; la contaminación atmosférica se acabará por sí sola."

De ahí la tremenda hipocresía con que han venido tratando este asunto. Pero ahora que el petróleo comienza verdaderamente a escasear, el panorama cambia por completo.

Antes se necesitaba una población numerosa que asegurase el consumo. Eran los años de la opulencia, los años del despilfarro y de la contaminación a gran escala. Este triste periodo (que se inaugura con la Revolución Industrial de mediados del siglo XIX) está a punto de poner un punto y final, no porque la situación sea insostenible sino porque el combustible que le da sustento ya no estará ahí para permitir que mantengamos semejante tren de vida.

Los grandes magnates piensan ahora en el «después». Y en ese después ya no interesa que la población sea numerosa, pues está claro que los recursos naturales van a escasear cada vez más.

¿Solución? Ahora necesitan una sociedad reducida, lo menos masificada posible. De ahí que hayan comenzado los ensayos de extinción: la gripe A, la gripe aviar, la actual cepa E-coli, no representan sino avances en este sentido. Llevan décadas enfermando a la gente con una alimentación pésima y una calidad deplorable del aire que respiramos. Calculaban que la población empezaría a declinar justo con el declive del petróleo. Esto no es casualidad. Ya podemos decir adiós al estado del bienestar. Ahora viene el estado de la hecatombe.

21 Junio 2011

En vista de que los medios oficiales se ceban con los antisistema, como si criticar el orden vigente fuese algo malo, vamos a cebarnos nosotros con los prosistema, esos que pretenden que todo siga igual. Porque estar a favor del sistema equivale a:

1) Consentir que los gobiernos obedezcan exclusivamente a organismos bancarios: el Fondo Monetario Internacional, El Banco Europeo, el Banco Mundial y otros entes privados son los que dictan a cada país lo que tiene que hacer en cada momento. ¿Para eso acudimos a las urnas a depositar nuestro voto? Si resulta que no son los políticos los que pinchan y cortan, sino ciertas entidades privadas ávidas de acapararlo todo.

2) Permitir que las diferencias entre pobres y ricos no cesen de aumentar de año en año. La concentración de riquezas es hoy escandalosa; ni siquiera en los tiempos de las monarquías absolutas se había dado tal acaparamiento en unas pocas manos. Familias enteras se están arruinando por culpa de las entidades bancarias, que han estafado al consumidor y se han aprovechado de unas leyes injustas, las cuales favorecen únicamente a los grandes empresarios y a los poseedores de fortunas.

3) Tolerar que el medio ambiente se degrade a un ritmo vertiginoso. Cómo las empresas especuladoras han creado una burbuja inmobiliaria; cómo han arrasado las costas del Levante, las costas de Andalucía, las costas de Cantabria... Han destruido el patrimonio natural común solo para enriquecer a unos cuantos. Y ahora los prosistema aplauden y quieren que esto siga así y que los culpables de tamaño crimen no reciban siquiera una leve amonestación.

4) Negar la realidad de frente. Cuando hay crisis el pueblo paga los platos rotos, el desempleo se dispara, los hijos deben regresar a casa de sus padres para poder subsistir... Pero los bancos, verdaderos responsables de esta debacle, siguen arbolando increíbles ganancias y si acaso un pez gordo cae por corrupción se le recompensa con una fuerte cantidad económica y un sueldo de por vida. ¿Es esto justicia? ¿Es esto igualdad de todos los hombres ante la ley?

Ya basta; están jugando con nosotros; están jugando con nuestro presente y nuestro porvenir. A los prosistema les digo que son cómplices del mayor timo de la historia. El capitalismo es solo un timo orquestado por una banda de ladrones, cuya sed de lujo y poder no tiene límites.

18 Junio 2011

Un alto ejecutivo miraba distraído por la ventana. Era consciente de que el devenir del mundo dependía de él y unos cuantos como él. Ellos ostentaban el poder absoluto. Pero aquella mañana permanecía reflexivo en su sillón de ministro.

En un cuaderno de notas se había puesto a escribir una serie de ideas relacionadas con temas de fervorosa actualidad...

«Imagen». Es lo único que cuenta. La información ha de estar saturada de cierta imagen, la imagen que más favorezca a nuestros intereses.

Veamos...

¡Hay un terremoto con consecuencias devastadoras para la población! ¡La gente se impacienta y se preocupa por el futuro del planeta! [...]

La imagen será la respuesta eficaz: se inventa cualquier noticia que dé cobijo a la esperanza. Por ejemplo, encargamos a un taller de Renault que fabrique un prototipo del coche eléctrico. Enviamos los cámaras al sitio y preparamos un reportaje anunciando que en el 2012 saldrá al mercado un vehículo eléctrico a tal precio...

La noticia es una verdad a medias, pero hace propaganda a los gobiernos y a las multinacionales. Es como si enviáramos el mensaje de que «estamos trabajando para erradicar el problema de la contaminación», cuando lo único cierto es que seguimos con las mismas: el petróleo continúa ejerciendo un peso aplastante en la economía mundial.

«Salud». Por suerte para nosotros, que somos los amos del mundo, no cuesta nada sacar de la chistera una noticia que sirva para difundir la imagen de un gobierno responsable y solidario con la población. Por ejemplo, si la salud de la gente se deteriora y sale a la calle para protestar porque los alimentos están llenos de pesticidas, sal, azúcares y colorantes, un decreto especificará lo siguiente: «En los establecimientos escolares se prohíbe la instalación de máquinas expendedoras de golosinas y limonadas». ¿Resuelve esta medida el problema de la mala alimentación? En absoluto. Pero los medios aprovecharán la coyuntura para difundir la opinión de que el gobierno, consciente de los riesgos alimenticios, ha sabido reaccionar a tiempo. ¡Nada más lejos de la realidad, puesto que no toma las medidas que se imponen, es decir, no se prohíbe pura y simplemente que los alimentos estén saturados de sal, azúcares, colorantes y pesticidas!

«Seguridad vial». Muchos mueren cada año en las carreteras (o bien quedan paralíticos de por vida). El gobierno es responsable de tamaña catástrofe. Pero los políticos solo se preocupan de lavar su propia imagen y quedar libres de toda acusación. Para ello, lanzan campañas publicitarias sobre la fatalidad de los accidentes de tráfico. ¿Se evitan así las tragedias que sufren tantas familias en las carreteras? No, no se evitan en absoluto. El objetivo es dar la imagen de que la Dirección General de Tráfico interviene, hace algo, cuando lo único que preocupa es reunir el máximo de ingresos a cuenta de los conductores.

El tipo del despacho sabía lo injusto y terrible que estaba siendo el sistema para la mayor parte de la población. Por eso se puso de repente lívido. Llamó entonces por teléfono y dejó encargado lo siguiente: «¡Qué aumenten la dosis de miedo en las cadenas televisivas! Hemos ido tan lejos con los abusos que creo que la gente terminará por salir a la calle a derrocarnos.»

15 Junio 2011

 

Oí hablar de un niño de nueve años que padecía autismo. Nadie había logrado sacarlo de su mundo interior. Lo habían internado en un centro especializado. Entre los cuidadores corría la voz de que este niño poseía la facultad de predecir el futuro.

Debido a su autismo, no se expresaba con palabras sino que en un cuaderno respondía con dibujos y garabatos a las preguntas que uno le hiciera. Solía permanecer horas asomado a la ventana con barrotes de su cuarto. Si el visitante le caía en gracia despertaba un poco del amodorramiento; en caso contrario, era inútil insistir.

Yo tuve suerte: no debí de caerle del todo antipático; enseguida se mostró conforme con la idea de escribir en su cuaderno a fin de satisfacer mi deseo de saber qué opinaba sobre ciertas cuestiones.

Antes que formular preguntas, convenía lanzar palabras sueltas, temas que pudiesen dar lugar a polémica en cualquier persona, salvo en un autista.

 

Lo primero que le dije fue:

«¡Contaminación...!»

El niño sacó de su estuche un lápiz de carboncillo, con el que empezó a trazar puntos dentro de la hoja en blanco. Al principio no había muchos puntos, casi pasaban desapercibidos en la superficie de papel. Pero transcurrido un buen rato consiguió que la página mudase de color: había pasado del blanco total al negro total.

Así –me dije entonces– actúa el ser humano con este planeta donde halla, no obstante, cobijo y sustento. Nos hemos empeñado en transformar su limpia superficie en un territorio tan oscuro como el carbón o el petróleo.

Al principio esto no se nota, pero algún día no veremos otra cosa que desperdicios, plásticos y alquitrán.

 

Pronuncié a continuación la segunda palabra:

«¡Despilfarro!»

El niño se puso al instante a hacer mímica: quería que le trajeran dos vasos, uno de ellos repleto de agua. La auxiliar que me acompañaba atendió al punto esta demanda y entonces vimos cómo representaba una increíble –y absurda– comedia. Pasaba el agua clara de un vaso a otro, de un recipiente a otro. Y cada vez nos miraba y solicitaba nuestro aplauso. Y nosotros le aplaudíamos y reíamos como si estuviéramos asistiendo a la función teatral más divertida del mundo.

Pero no dejamos de notar que en cada trasvase se perdían gotas de agua. Pues bien, tantas veces repitió esta operación, tantas veces solicitó nuestro aplauso y entusiasmo, que llegó un momento en que ya no quedaba una gota de agua: ¡las había derramado todas por el suelo!

¡Qué pronto comprendí lo que aquello significaba! En efecto, el despilfarro consiste en trasladar una sustancia valiosa (el agua, los alimentos) de un recipiente a otro. En la operación se pierde parte de esta sustancia y al final nos quedamos sin la posibilidad de llenar de nuevo el cántaro.

Eso es lo que está haciendo sin duda el hombre moderno con tantos elementos que son sin embargo vitales para la subsistencia.

 

Se nos había hecho tarde y la enfermera quería que nos retirásemos y dejáramos descansar al niño. Tras rogarle un poco, la convencí para que me dejara formular una tercera palabra:

«¡Libertad!»

El niño pidió con gestos un espejo. Y delante de ese espejo se puso a representar los animales que se le ocurrían. Al principio fue un pájaro; luego un pez; luego un macaco; luego un león; un lince; una lombriz de tierra; una tortuga; y así...

Por último, adoptó una compostura humana. Se llevó ambas manos al cuello y trató de ahogarse a sí mismo. Por fortuna, la enfermera se lo impidió.

¿Qué representaba para este niño la libertad sino la imagen que de él mismo se hiciera? En nombre de su libertad, quiso auto-liquidarse.

Es justo lo que está haciendo el ser humano: en nombre de su tan cacareada libertad se autodestruye al eliminar las condiciones que permiten que haya vida en este planeta.

Salimos la enfermera y yo del cuarto. El niño se había quedado de nuevo ensimismado frente a la ventana con vistas al campo. Ahora entendía por qué los celadores y el resto del personal sostenían que esta persona poseía la facultad de adivinar el futuro. En efecto, aquel niño autista veía el porvenir con más clarividencia que ningún otro sabio.

10 Junio 2011

 

Ciudadano:

Empresa:

Si el perro ensucia la calle: riesgo de multa para su dueño.

Si la empresa encargada de la gestión de las aguas residuales contamina el río: la ley lo permite.

Si una persona envenena a otra: comete un delito y corre el riesgo de ir a la cárcel.

Si los pesticidas contaminan los campos y envenenan a la gente: la ley lo permite.

Si alguien fuma en un lugar público: multa.

Si los coches contaminan la atmósfera de las ciudades: la ley lo permite.

Si una persona acosa a otra en el trabajo: comete una infracción penal y puede ir a la cárcel.

Si la publicidad acosa a los ciudadanos: la ley lo permite.

Si un padre de familia gasta demasiado: se endeuda y amenaza con llevar a su familia a la ruina.

Si los poderes públicos gastan demasiado: los ciudadanos pagan de su bolsillo la mala gestión de los políticos.

Si el ciudadano se arruina en el juego: es su problema.

Si los bancos pierden en sus especulaciones bursátiles: el Estado acude prontamente a socorrerlos con el dinero de todos.

Si las cuentas no salen: el ciudadano debe apretarse el cinturón.

Si las cuentas municipales no salen: aumentan los impuestos, reducen las ayudas sociales, privatizan los servicios públicos.

Si un ciudadano destruye su casa: lo pierde todo, se queda en la calle.

Si las empresas destruyen el medio ambiente: la ley lo permite.

Si alguien cae enfermo: pierde su puesto de trabajo.

Si una empresa grande cae enferma: jubilan al patrón, pero este recibe una pensión vitalicia a cambio de su retirada.

Si una persona se atiborra de antibióticos: se vuelve vulnerable a cualquier tipo de enfermedad.

Si los ganaderos quieren aumentar las ganancias, atiborran a los animales de antibióticos, sin que les preocupe que tales dosis de medicamentos vayan luego a parar al plato del consumidor: la ley no lo prohíbe.

 

Una vez hecha la comparación entre las libertades de los ciudadanos y las libertades de las empresas públicas o privadas, uno cae en la cuenta de que las restricciones se aplican solo a los ciudadanos. Por el contrario, las empresas poseen una libertad de actuación sin apenas limitaciones; la prioridad es que estas empresas generen dinero y beneficios, no importa si es a costa de la salud de todo el mundo.

Cuando el ser humano no conoce límites, se extralimita. Esto es inherente a su naturaleza; siempre va más allá de lo razonable si nada o nadie se lo impide. Es preciso, pues, que las empresas conozcan límites legales a su actuación. El «todo vale» está destruyendo la vida en lo que antaño fue un hermoso mundo.

¡Qué poco valoran algunos lo que tienen, hasta que no lo pierden no se dan cuenta de lo mucho que valía!

7 Junio 2011

En vista de que la abeja estaba desapareciendo y de que nadie ponía freno a esta hecatombe, un ingeniero de electrónica se dejó llevar por las corrientes fatalistas, las cuales auguraban un futuro lúgubre para la humanidad, y empezó a trabajar en su taller sobre el diseño y fabricación de una abeja electrónica, el primer insecto mecánico que realizara la importante labor de polinización de los campos. Dudó si confesar semejante proyecto a su mejor amigo, Enrique Cuesta Bermejo. Pero temió que este difundiera la idea, algún espabilado se la robara acto seguido y perdiera con ello la gloria y el dinero con que ya contaba para vivir holgadamente el resto de sus días. Vivía con su anciana madre, viuda desde hacía cinco años, en una casa de campo a diez kilómetros de la ciudad. Allí no le faltaba de nada; encontraba sobre todo sosiego y un ambiente propicio a la creatividad y el trabajo, justo lo que necesitaba para llevar a cabo la misión salvadora que de repente se había echado a los hombros.

Un par de veces llamó su amigo por teléfono; pero supo guardar el secreto pese a que la lengua le abrasaba y los pulmones le apretaban fuertemente como si anhelasen soltar la carga de ilusiones y quimeras que contenían.

El taller estaba situado en la fachada oeste del caserón; daba al huerto y poseía una vidriera salpicada de barro, por donde penetraban los rayos del ocaso. A lo lejos la llanura adquiría tonos morados y anaranjados; parecía que el sol se dejara arrastrar por el polvo en su lento declive hacia la nada.

Para convertir en realidad el proyecto de la «abeja electrónica», el ingeniero José Luis Manzanares había comprado con el dinero de la herencia paterna una maquinaria bastante sofisticada. Él mismo había efectuado, además, modificaciones a este material carísimo y construido un aparato capaz de fabricar membranas que servirían de alas a los insectos. Estas membranas las confeccionaba con seda de araña.

En la cabeza de la abeja había introducido un chip gracias al cual seguiría a través de la pantalla del ordenador el recorrido de esta creación memorable.

Y funcionó. Lo cierto es que funcionó a la perfección: el primer prototipo ejecutó increíbles proezas en la atmósfera de aquel taller perdido en el campo, antes de estrellarse contra una ventana, de cuyo choque salió muy mal parado.

Pero el ingeniero José Luis Manzanares no se desanimó por ello. Después de un minucioso análisis de los datos obtenidos con ese primer vuelo, realizó los oportunos cambios en el sistema motriz de la abeja y se dispuso a fabricar un segundo prototipo.

Fue necesario alcanzar la cifra de quince prototipos antes de reunir las suficientes garantías como para permitir que volase en libertad, fuera del espacio cuadrado del taller. Calculaba que este insecto artificial podría desempeñar su función durante dos años, y como no debía depositar el néctar en las celdillas de ninguna colmena esta función consistiría únicamente en viajar de flor en flor, polinizándolas todas.

Voy a contaros cómo fue ese viaje de la primera abeja electrónica, según los datos recopilados en el disco duro de José Luis Manzanares, al cual tuve acceso poco después del lanzamiento en el mercado de este ingenioso artefacto en pro de la naturaleza.

 

Una abeja ve el mundo redondo, mucho más de lo que lo vemos nosotros. Los colores aparecen confusos, entremezclados en una selva de blancos y negros donde los matices y brillos desaparecen por completo. En cambio, los perfumes adquieren una potencia y presencia tridimensional. Diríase que el aire toma relieve, se convierte en un ente visible donde las fragancias imitan formas tan caprichosas como las de las nubes, apariencias que atraen o repelen a las abejas.

La nuestra salió por la puerta del taller vibrante de alegría y acariciada por los rayos de un sol tibio. José Luis Manzanares, su creador, la vio alejarse con lágrimas en los ojos.

Lo primero que visitó fue un tiesto de rosas silvestres en la encrucijada de un camino. Era polvoriento y como había pasado por allí un rebaño de ovejas se había formado una humareda que nublaba ciertamente el horizonte. El insecto mecánico supo levantar el vuelo al instante y evitar así el peligro de sufrir averías.

Atraída por las formas amables de las rosas, posó las patas sobre uno de los pétalos y comprobó que el rocío de la mañana lo había mojado. Así que aprovechó para lavarse y desprenderse de las partículas de polvo que se habían adherido a su abdomen.

Después comenzó a visitar la zona de los estambres sin absorber el preciado néctar, pues no le hacía falta, ya que no tenía previsto fabricar miel ni servir a los intereses de alguna colmena. Y de este modo se impregnó del polen de todas las rosas que fue tocando, que no fueron pocas porque en aquel sitio había gran cantidad. Luego el chip que tenía alojado en la rubia cabeza le ordenó cambiar de aires. La abeja agitó las alas artificiales y desapareció de allí.

Al poco de hacer vibrar la atmósfera diáfana con su continuo zumbido, aterrizó en un prado de margaritas mezcladas con amapolas y otras flores tan ligeras que semejaban gotas de luz desprendidas del último arcoiris.

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