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Terra
La Coctelera

Categoría: Cuentos

29 Junio 2011

La señora de la limpieza

29 jun 11 En: Cuentos

Mi mujer es muy limpia y hacendosa. Tiene su casa reluciente como un espejo. Se ha declarado acérrima enemiga del polvo y de sobra he comprobado que ella y el término «mancha» son incompatibles: allí donde hay una mancha asoma ella con la bayeta, el mocho, el estropajo, o lo que sea, y la hace desaparecer a base de rasca, rasca que te rasca. No se cansa de limpiar. Ya son muchos los potingues que lleva gastados para cuidar unas manos castigadas de tanto frotar. Los productos tóxicos que utiliza a mí me huelen mal y barrunto que están acabando con la tersura de su piel. Pero ella no puede, no puede cambiar de estrategia y siempre anda a la greña con la suciedad.

Sospecho que ya da en manía: hasta las volutas de humo le molestan, porque para ella todo ha de estar limpio, claro y brillante como una mañana diáfana, henchida de buenos augurios.

El caso es que hace poco me han dado las vacaciones. Y por eso mismo estoy muy ocupado con las cosas del ordenador, pues tengo algunos proyectos en mente y no me da la real gana de dejarlos para mañana.

Y el caso también es que por más que me levanto temprano para trabajar cómodo, la oigo y la requeteoigo trajinando por la casa, con su cubo, con su escoba, con su paño que incansable persigue cualquier traza de polvo.

¿No sabe la infeliz que toda la tierra es polvo y que estamos hechos de polvo y que incluso el agua vuelve al polvo, convirtiéndose en barro?

Pero mis especulaciones no sirven de nada. Ella no se cansa, no se cansa de manejar el mocho lo mismo que yo manejo mis escritos dentro del ordenador. Una mañana que me sentía muy inspirado salí a la terraza a respirar y llenar los pulmones de ese bienestar que solo da la satisfacción del trabajo bien hecho. Mi esposa, por su parte, seguía limpiando, limpiando...

¿No te cansas? –le pregunté al entrar en el salón.

-Y tú, ¿no te cansas de escribir?

Es que llevo entre manos una historia muy interesante. Trata de un matrimonio que riñe por «cierta» manía persecutoria de ella.

¡Bah! –exclamó mi señora–. Según tú, la culpa de que las cosas vayan regular siempre es de las mujeres.

¡Claro! ¡No querrás que hable mal de mí mismo...!

Pero ella no me hizo caso y siguió aplicando el trapo a la mesa rectangular de pino que hay en el comedor, junto a la mesa donde suelo practicar el oficio de escribir. Luego repitió la faena en la superficie de un espejo colgado en la pared, y en la cornisa de mármol de la chimenea, y en la blanda superficie del sofá, y en la del oscuro mueble de la tele, y...

Salí otra vez a la terraza en busca de aire puro. Vi el cielo despejado; una brisa mecía dulcemente las copas de los árboles; el ruido de la ciudad se dejaba apenas sentir, como si le costara salir de su letargo nocturno; el chillido de golondrinas y gorriones llenaba la amplia bóveda celeste.

Di al cabo media vuelta y regresé al salón. Mi mujer ya no merodeaba por allí con su afán infinito de mantenerlo todo en orden.

¿Conchi...? –la llamé; pero no hubo respuesta.

Me encogí de hombros. «Se habrá ido a la cocina a darle nueva utilidad al mocho o a la bayeta», pensé. Y me instalé frente al ordenador. ¡Aquella historia me parecía entonces tan interesante de contar...!

Cuando... ¡Oh, sorpresa inenarrable!... vi en un ángulo de la pantalla la figura de mi adorada esposa... Mi Conchita del alma se había metido por no sé qué apertura dentro del ordenador y, sin que le temblara el pulso, aplicaba el paño a la superficie de cristal.

Pero... ¡Conchi!... ¿Qué haces ahí dentro...? –proferí, anonadado.

Por toda respuesta, me saludó alegremente con la mano, y siguió avanzando por la pantalla sin cesar de esgrimir el argumento de la bayeta limpiadora. Me froté incrédulo los ojos. ¡Aquello no me podía estar pasando a mí! Un ligero remordimiento me vino a la mente: «si de vez en cuando le hubiera echado una mano en eso de mantener limpia la casa, tal vez no me vería ahora en tan comprometida situación.»

Volví los ojos con la esperanza de que esta pesadilla hubiese concluido. ¡Pero allí continuaba mi mujer, persiguiendo a la suciedad metida en la pantalla del ordenador!

14 Febrero 2011

El lenguado deslenguado

14 feb 11 En: Cuentos

Dentro de la comunidad de peces circula un proverbio que se ha hecho popular: «Ese se expresa igual de mal que un lenguado.» Quiere decir que uno habla con aspavientos, improperios y dando palos de ciego con el propósito de ofender al contrario. El mero también es otro tipo de pez que se las trae, su genio áspero le priva de amistades; suele vivir enterrado en la arena del fondo, que para él se ha convertido en una especie de desierto dentro del mar.

Hoy voy a contaros un caso concreto: hasta mí llegaron noticias de cierto lenguado muy, pero que muy deslenguado. Hacía deshonor a los de su especie, y eso que los tales «gozan» de fama de malhablados. Viven en grupos que no alcanzan la media docena; el fondo arenoso es su hábitat natural, les encanta permanecer semienterrados horas enteras junto a un arrecife donde crece en balcones de luz la flora marina. Tienen los ojos, al parecer, en el cogote, y un filamento largo como pata de araña, que dejan a merced de las corrientes, les proporciona información sobre los sucesos acaecidos veinte metros a la redonda. Si una banda de peces mariposas pasa por allí cerca, están avisados. Si un pulpo multi «camisas de franela» anda registrando las rendijas de la roca en busca de langostinos y moluscos, también están avisados con suficiente antelación. Detestan las sorpresas, saben que el peligro siempre viene de arriba o de frente; no se dejan sorprender así como así.

Nuestro lenguado deslenguado todavía era joven cuando se ganó a pulso su reputación de deslen..., pero que muy deslen. Había elegido domicilio en un montículo sujeto a los vaivenes de la corriente. En verano el influjo de la luna le favorecía; los sedimentos se acumulaban; su casa de arena ganaba varios centímetros de espesor. Por el contrario, en otoño la luna parecía que se alejaba dando la espalda a aquellos lugares; las olas decrecían en bravura; la arena del fondo menguaba un poco; los deslenguados se veían a su pesar con el dorso visible desde arriba. Entonces debían arrimarse más aún a las peñas del arrecife y confiar en que su nuevo escondite no sería descubierto por algún depredador.

Pero el espacio era tan reducido que la lucha por conquistar un hueco se anunciaba feroz desde el principio. Además, la anguila merodeaba por allí, con sus dientes como serruchos y su negra boca que asustaba no iba a dejarse intimidar por ese pez plano como un plato de macarrones. Antes bien, si localizaba a uno lo engullía. Muchos lenguados que hoy reposan en el vientre de la serpiente marina sirven de ejemplo a lo dicho.

Llegó la época en que era necesario cambiar de morada. Como cada año, nuestro protagonista inició su peregrinación hacia el arrecife más próximo, a cuyos pies se ocultaría lo mejor que pudiera. Planeaba cinco metros; caía de nuevo en la arena; se ocultaba un poco para despistar; planeaba otros cinco metros; y así hasta lograr aterrizar en el paraje que le convenía. En no pocas ocasiones, estos lenguados, ciegos por el miedo que les produce el saberse vigilados desde arriba, donde pululan los peces enemigos, se chocan entre sí en sus saltos y piruetas de paracaidista. Lanzando espumarajos de rabia, es cuando justifican el dicho de que «habla (tan mal) como un lenguado».

Y aquella vez nuestro amigo se llevó la palma. Había chocado, en efecto, con un congénere de la misma talla. Ya casi había alcanzado una zona de sombra espesa, que dejaba presagiar una hendidura en la roca, donde podría pasar tan bien que mal los meses de escasez porque el influjo de la luna sobre las olas y las corrientes marinas no le favorecía en absoluto, cuando se dio de bruces con otro que había pensado lo mismo que él.

Yo estaba primero. Aparta de mi camino o te deslomo –dijo el incómodo vecino.

Tú chocaste conmigo desde atrás, por consiguiente yo iba delante –replicó nuestro joven héroe–. Aléjate de aquí o hago con tu cuerpo un aro de espinas.

Aquí toca advertir al lector que estas disputas no carecían de gracia o ingenio dialécticos, lo cual suscitaba el interés de las especies colindantes; centenares de peces y moluscos no perdían una brizna de la conversación:

¡Eres terco como la concha de un mejillón! ¡Si te doy un mordisco no lo cuentas! ¡Vete antes de que mi paciencia se transforme en veneno para tu carne aplastada como el caparazón de una tortuga!

El joven deslenguado se sintió capaz de superar semejante acometida:

¡Y a ti te conocen con el nombre de Simbad el ridículo! ¡Si te agarro por el pescuezo hago de ti una babucha flotante! ¡Si te veo de frente te rompo la cara a zarpazos! ¡Si me huyes por la izquierda te corto el paso por la derecha! ¡Si te escapas por la derecha te embisto por la izquierda y hago con tu cuerpecillo una floritura de humo y aire! ¡Escampa antes de que me enoje de veras!

Aquí la emoción subió bastantes enteros. Nuestro personaje había estado brillante. Las gradas invisibles expandieron un no menos invisible murmullo de aprobación.

Pero el rival se había repuesto al instante...

¡Cobarde! ¡Tú eres de los que luchan con la panza, mueves la cola en señal de clemencia y dispones de unos dientecillos que hacen cosquillas al vencedor! ¡No me hagas enfadar, aún estás a tiempo antes de que mi bravura te pruebe que eres un enclenque! ¡No quisiera partir por la mitad tu paliducho espinazo! ¡Lárgate ya mismo, mequetrefe! ¡O te devoro, antena incluida!

Y entonces fue cuando nuestro joven lenguado adquirió fama eterna de deslenguado:

¡Cierto, soy de los que luchan con la panza porque ahí es donde reposa mi fiereza indomable! ¡No temo a una esponja llorona como tú lo eres! ¡El miedo mismo se ha asustado tanto de mí que no quiere cuentas conmigo! ¡Soy fiel a mi lucha, si te pones en medio te mando al otro mundo! ¡Si me importunas con tu lenguaje áspero tendrás ocasión de rezar largo y tendido! ¡Si me sigues dando de qué hablar te daré yo a cambio de qué llorar y palidecer y escampar tembloroso! ¡Fuera de aquí, botarate! No provoques que mis agudos dientes rechinen de furia, porque lo lamentarás.

No había terminado de hablar cuando ya se arrojaba sobre su inadvertido enemigo. ¡Cómo hicieron temblar la arena del fondo! ¡Qué pronto las aguas se tiñeron de sangre, escamas y burbujas donde se respiraba la agonía del moribundo!

Quien así había amenazado cumplió in situ su palabra. Alcanzó después con el vientre lleno el hueco aquel de la pared de arrecife, donde haría tranquilamente la digestión.

Detrás suyo flotaba el cadáver del rival.

Admiradas y suspendidas quedaron entonces las gradas. Desde que tuvo lugar este trágico episodio, se hizo famoso el proverbio del «lenguado deslenguado». Se refiere a que cualquiera, al excederse en sus palabras, convierte los insultos en cruel máquina de guerra.

12 Febrero 2011

El pez globo

12 feb 11 En: Cuentos


Evaristo Cañada era un tipo raro, de aquellos que ofreces la mano y al momento descubres en el fondo de sus pupilas un trasfondo, en realidad trasfondo de otro trasfondo, y así sucesivamente. Evaristo Cañada era el hombre de los mil recovecos, el enigma del enigma, el misterio oculto bajo una piedra que solo ofrece una de las dos caras, como la luna, o una parte de su alma, como las recién casadas, qué sé yo lo que ocultaba. Nunca cesó de sorprenderme esta persona originaria del sur –decía él–, habitante de un pueblo costero del golfo de León. Cuando mi barco atracó allí me lo encontré en el malecón con la caña puesta y un sombrero grande de paja tapándole la frente y los ojos. Como llevábamos varias semanas de navegación y la tripulación estaba harta de medir las horas con el vaivén de las olas, había concedido dos días de descanso; tan solo el cocinero y un farol rojo encendido en la proa quedaban en la cubierta.

Por aquellas fechas estaba muy interesado, «absorbido» sería la palabra adecuada, por todo lo que concierne al maravilloso mundo de los peces: sus formas de vida, variedad de especies, ecosistemas donde nacen, crecen, se reproducen y al cabo mueren, cautivaban mis sentidos hasta el punto de que había dejado escapar más de un bando de atunes; no me era posible andarles detrás con las redes o los arpones, como un vulgar depredador de los cuatro océanos que hay en el mundo.

La compañía para la que había puesto a disposición mi barco y la escasa tripulación compuesta de siete marineros y un cocinero –mi buen amigo Carlos, persona de confianza–, había tenido noticia de mis «travesuras». Desde algún alto despacho me llamarían a fin de suspender –seguramente– el contrato de pesca. ¡Bah! Me daba igual, yo estaba bien a punto de ofrecer mis servicios y experiencia a la causa científica, capitaneada por cierto instituto con sede en Nueva Orleans, Estados Unidos.

Pero volvamos a ocuparnos del estrafalario personaje, Evaristo Cañada. Cuando topé con él la mañana era espléndida, ni una nube emborronaba el mágico azul del firmamento, que presentaba fulgores y matices de manto virginal. La brisa jugaba a apaciguar los ánimos, cada inspiración del aire equivalía a efectuar un gesto de relajación. La costa, con su áspero relieve, saltos abruptos, salientes pavorosos, líneas cortantes y dibujo sometido a mil y un quebrantos, se me antojaba tan frágil y armoniosa como la caricia de una mujer. No había terminado de echar pie a tierra, cuando ya amaba aquel rincón olvidado del mundo, aquel trozo de paraíso que los mismos europeos ignoran que existe.

Pasaba junto al pescador del sombrero ancho de paja, pero alzó la frente, puso sobre mí su clara mirada mediterránea, e impidió con ello que diera un paso más. Era obvio que estaba destinado a topar ese día con Evaristo Cañada, cuyo recuerdo imborrable me habría de acompañar donde quiera que arrastrase mi nombre y mi persona.

¿Es usted el dueño del barco azul que veo en el fondo del embarcadero y que no hace sino media hora que ha atracado?

El mismo; pero no soy el dueño de la embarcación, solo soy su capitán. Dirijo las maniobras; otros más listos obtienen los beneficios que de ellas se derivan.

Entendido –corroboró, meneando la cabeza. Intuí entonces que ansiaba revelarme alguna noticia curiosa o, por lo menos, de singular impacto para mis oídos.

Le escucho... Tengo la impresión de que le gustaría anunciarme algo.

El hombre se me quedó mirando; el tiempo de vacilación no duraría más allá de tres segundos. Se irguió de su asiento de piedra con los pies colgando en el vacío y, poniéndose a mi altura, me cogió del brazo para susurrarme al oído:

¿Ha oído usted hablar de los peces globos?

Una vez lanzada la pregunta, guardé un instante de suspense, que juzgué necesario para mantener las reglas del protocolo cuando uno conversa con un desconocido:

En efecto, he oído hablar de los peces globos. Son unos animales muy simpáticos: en lugar de procurar la huida camuflándose y confundiéndose con el paisaje a fin de que el enemigo no repare en ellos, se inflan de humo como balones; es esa la estrategia de la intimidación, la estrategia que consiste en probar que uno es más grande y terrorífico que su depredador. Imagino que no siempre ha de funcionar. Pero debe de ser mejor morir inflado como un globo que canijo como una flauta. En fin, cada cual es libre de escoger el plan que más le convenga para lograr la supervivencia.

Yo conservo en mi casa una de las mejores colecciones de peces globos que hay en el mundo –anunció, visiblemente satisfecho.

¿Disecados...? –pregunté con algo de sorna, no saliendo de mi asombro.

El hombre del sombrero se escandalizó:

¡Quiá...! Yo los quiero vivitos y coleando. Mi casa no es un cementerio de nada, ni siquiera de pulgas.

Evaristo Cañada, a quien acababa de estrechar la mano por vez primera, me caía, tengo que admitirlo, cada vez mejor. Esperaba que tras su confidencia me invitara a pasar un rato ameno en su casa, contemplando aquellos animales exóticos, que se inflan y desinflan según soplan o no soplan los vientos del peligro.

¿Y dónde los tiene usted metidos...? –le pregunté, conteniendo el aliento.

¿Le puedo hacer confianza?

Toda la confianza del mundo, buen hombre. Yo le prometo a usted que lo que vean mis ojos no lo contará mi boca a nadie. Y si alguien me insinúa lo contrario, figúrese que haré oídos sordos.

Tras esta breve conversación, tan insinuante y cargada de misterio para mí, como bien supondrá el lector, emprendimos la marcha. Había que subir una pronunciada cuesta, llegar a la cumbre de lo que parecía un camino de cabras, seguir andando sin abandonar nunca la línea de la costa, verse rodeado de pronto de pinos altos y olorosos, oír en todo momento el grito histérico de las gaviotas, hasta que, sin que mediara aviso topográfico, una valla de madera blanca cortaba el sendero, el guía manejaba la manivela, la puertecilla cedía y los dos nos vimos dentro de un patio o corral, una docena de ocas, pavos y gallinas enanas se paseaban a su aire por ese lugar que me pareció fabuloso, más que nada porque olía a pueblo. Un perro no muy grande y no muy fiero, de calor marrón, vino moviendo la cola a darme los buenos días. Evaristo Cañada vivía en una cabaña limítrofe con el mar. Tenía a su cargo un montón de animales. ¿Dónde ocultaría su famosa colección de peces globos?

Por aquí –decía, precediéndome el paso.

Oí balar un cordero. Vi dos ovejas jugando a perseguirse. El gallo había trepado al tejado del perro y este se lo consentía sin incomodarse. ¡Aquello sí que era vivir todos juntos en paz y armonía, no como hacemos los humanos, que por un «quítame ahí esas pajas» nos tiramos los trastos a la cabeza!

Entramos en la cabaña. La pieza estaba en penumbra. Adiviné un olor a salazón, como si hubiera puesto a secar pieles de bacalao. Cuando mis ojos se habituaron a la semioscuridad, me encontré en medio de una sala espaciosa y desordenada, el sofá estaba invadido de ropa, los muebles tenían los cajones abiertos, en la pantalla rota de la televisión se veía una planta que había echado raíces allí y crecía muy ufana, ajena al ruido que ese chisme suele emitir cuando funciona y está conectado por medio del cable a un enchufe de la pared. La mesa oscura soportaba el cobre de las cacerolas y peroles, un pan tan grande como el ombligo del mundo comenzaba a enmohecer lentamente.

No me cupo duda, Evaristo Cañada era un primitivo, algún descendiente directo de Noé.

¿Y los peces globos, dónde los esconde...? –quise saber, algo impaciente.

Paciencia; todo se andará. Usted no se ha de ir de esta casa sin haber dado gracias al cielo por haber topado conmigo cierto día como hoy. ¡Esos animales son tan graciosos, tan solemnes, tan majestuosos...!

Y mientras seguía diciendo maravillas de sus redondos huéspedes, me llevaba por una puerta lateral hacia la parte posterior de la vivienda. Por fin entramos en un aposento iluminado con la luz otoñal de la hojalata: las paredes eran de chapa roja y el techo, de lo mismo. Una gran puerta de hierro anunciaba que aquello era un hangar, donde almacenaba la leña y los útiles del campo. Del suelo de tierra se levantaban briznas de paja.

«Este espacio tiene –me dije, posando la mirada en derredor– mucho de pesebre». De las vigas colgaban como bombillas negras los cuerpos de los murciélagos, que dormitaban allá arriba, nadie los importunaba por ello. Me pareció sentir los pasos de algún felino, aunque tal vez fueran figuraciones mías, pues no descubrí la presencia del gato hasta un buen rato después.

Y allí mismo, arrimadas a las paredes de chapa o trazando pasillos con las paredes de cristal: un montón de acuarios de todos los tamaños. El ruido que hacían los motores para la oxigenación del agua contenida en los depósitos se me figuró infernal; varias jornadas se necesitaban para que los oídos se habituaran a semejante escándalo.

Por aquí –dijo el guía, al tiempo que daba sin titubeos otro paso al frente.

El hangar de los peces globos nos había engullido por completo. Ahora formábamos parte del insólito paisaje: mitad marino, mitad terrestre... Evaristo Cañada quería mostrarme, en primer lugar, lo que para él era la joya de la corona: un enorme pez balón vestido con pijama a rayas grises y azules; esa era al menos la impresión que causaba visto desde fuera de la pecera.

Y aquel pez dormilón flotaba, dulce y apaciguado, en las aguas de la quietud. «Tiene algo más de nube que de pez», me dije. Su movimiento de sube y baja poseía un poder hipnótico. De repente, me vi dentro de aquella forma pacífica, ocular: era como si hubiera vuelto al vientre materno. No sabría explicarlo de otro modo.

Sentí la suave respiración del pez balón, el lento fluir de su sangre, la hinchazón del vientre, que le daba esa forma peculiar, donde las partes convergían hacia un centro y los ojos contemplaban un mundo redondo, por más que en el mar no hubiera figuras geométricas o que la forma del acuario fuese cuadrada. En aquel animal todo era circular, incluso su mirada.

Evaristo Cañada, que se había apercibido de mi amodorramiento, me sacó a viva fuerza de las elucubraciones. Pasamos no sé cuánto tiempo dando vueltas por aquella galería fantástica: los colores soñados se mezclaban con los colores reales, las burbujas que salían de la boca de los peces flotaban en la atmósfera que nosotros respirábamos, a menudo me figuraba que todos esos globos vivientes salían y entraban de las peceras, sin topar en su camino con el duro cristal invisible. Fue, desde luego, una gratísima experiencia. Cuando regresaba a mi barco azul anclado en el muelle, seguía contemplando con el pensamiento todo aquello que había visto.

8 Febrero 2011

El pez luna

8 feb 11 En: Cuentos

 

Jaime Ribeira era un hombre peculiar. Un buen día decidió que su patria sería un pañuelo, el pañuelo blanco de algodón que guardaba en el bolsillo de su chaqueta de pana con coderas, color trigo. Este hecho no es tan raro si consideramos que Jaime Ribeira, habiéndose quedado huérfano de padre y madre a edad temprana, se había criado en un orfelinato; ignoraba qué era aquello de sentir apego por el terruño, el palmo de tierra que nos ha visto crecer. Los educadores que se habían hecho cargo de su crianza advirtieron muy pronto que este niño no era como el resto de la chiquillería, su espíritu sensible le había dotado de unas facultades imaginativas fuera de lo común. Lo enviaron al extranjero, a una escuela de jesuitas, donde aprendió bastante bien la geografía, la geometría, el cálculo y la aritmética, el latín, la gramática y la historia universal. Esta amplitud de miras le permitió descartar un sinfín de banalidades por las que otros se dejan la piel y hasta la vida en ese afán de acumulación de riquezas. Jaime Ribeira no cayó en la trampa; antes bien, puestos a renunciar, renegó de su pasado con los jesuitas, olvidó que tal día había nacido en alguna parte, hizo del suelo que pisaba su casa, la cual no disponía ni de techo ni de paredes, y desconocía lo que era abrir y cerrar una puerta.

Fue así como abrazó la bandera de la libertad. Fue entonces cuando hizo de un trozo de tela su patria. Fue por eso por lo que siempre consideraba que nunca había salido de su país.

Su patria era el pañuelo que había metido en el bolsillo.

Cuando entraba en una cafetería se jactaba de ser el único:

Soy el único habitante de mi patria –explicaba a los parroquianos–. También se da la circunstancia de que el único habitante de ese lugar es más grande que el propio suelo que pisa. Y no, no sucede lo que os estáis figurando, no oculto mi patria en mi corazón como si fuera la caja fuerte donde introduzco mis anhelos y pasiones. ¡Mi patria existe, es algo bien tangible! ¡Se la puede incluso sentir cándida, calurosa, ardiente y sofocante como cualquier madreselva encontrada en el bosque! Yo os aseguro que mi patria es única: cabe en mi bolsillo.

Este discurso, como es natural, escamaba a la mayoría. En otra época tal vez Jaime Ribeira no lo contara, pues los hombres de antaño soportaban mal las bromas y por menos que nada permitían que los puños se explicaran entre ellos. Pero los tiempos han cambiado, la civilización y con ella el progreso consiguen arrinconar poco a poco los malos modos del hombre primitivo, casi salvaje. Esto explica por qué muchos de sus oyentes, amoscados, se levantaban de las sillas y lo dejaban con la palabra en la boca, dispuestos a no dirigir a ese parlanchín otro lacónico «buenos días».

Pero había quien, picado por la curiosidad, aguardaba hasta el último minuto para conocer en qué paraba tan estrafalario discurso. Y, con voz socarrona, preguntaba a don Jaime:

¿Cómo se llama tu patria, si puede saberse?

Mi patria se llama... Pañuelo –contestaba con sonrisa bonachona, al tiempo que lo sacaba del bolsillo de su chaqueta de pana color trigo–. Siempre la llevo conmigo: mi patria es mi pañuelo.

Era un tejido blanco de algodón, doblado dos veces; parecía extraído de una sábana cortada a cuadritos. El único habitante de ese país lo desdobló, lo extendió, lo contempló admirado por la dulzura y delicadeza con que estaba confeccionada la trama. ¿Cómo dar a entender que en semejante trozo de tela se concentraba todo el amor que podía sentir por la tierra de sus paisanos, el hogar de sus vecinos y la emoción ante las hazañas de los héroes nacionales?

Aquel pañuelo limpio era su verdadera patria, y Jaime Ribeira el único habitante. ¡Por él experimentaba un cariño y apego inconmensurables!

 

Era una noche clara. La luna redonda y brillante se había encaramado a lo más alto de un cielo despejado y suave como un susurro. Desde el cuadrado de la ventana podía verla. Juraría que de vez en cuando ella le guiñaba un ojo.

En la soledad de su cuarto (la dueña de una modesta pensión le había permitido instalarse allí a cambio de realizar labores de jardinero o de «muchacho para todo»), meditaba sobre las características de su pequeño país: en ese rincón ignorado del mundo no llovía nunca y sin embargo no se contabilizaba una sola región desértica; tampoco nevaba y, no obstante, el paisaje era siempre blanco, no había manchas de ningún tipo; la monotonía de su país le parecía en ocasiones exasperante: todo era llanura, no había ríos, ni valles, ni costas que establecieran los límites del mar inmenso. ¡Imposible perderse por aquellos parajes desolados! Sin dar un solo paso, ya lo tenía todo visto y recorrido. Jaime Ribeira contempló apenado aquel paño que de pronto le pareció de lágrimas, ¡tan grande llega a ser la soledad de quien se ha convertido en el único habitante de un país que ni siquiera figura en los mapas!

«Si al menos hubiera luna en este espacio abrumadoramente blanco y vacío, no estaría tan solo, no tendría que compartir mi existencia con una sombra como única compañera de viaje.»

Y acto seguido, pensó:

«Si esta mi patria dispusiera siquiera de un pequeño lago donde tuviera lugar el eterno deambular de un pez luna...»

Los ojos se le pusieron redondos como platos. La idea se le había quedado grabada en mitad de la frente, ahora la veía proyectada en el techo de escayola de su cuarto de hotel; ya no pensaba en otra cosa. ¡Era necesario que un pez luna emigrara hacia las aguas de su país! ¡Sólo de esta manera dejaría de sentirse solo: otro habitante vendría a completar el censo de la población! Y para que esto fuera posible, reflexionaba sobre la forma de meter en el espacio cuadrado de su pañuelo un lago o laguna que fuese morada del pez luna.

¿Una lágrima bastaría...? Este remedio presentaba la solución de que las aguas del lago serían saladas y el pez luna se aclimataría perfectamente en ellas.

Así pues, impregnada el alma de una tristeza sin fin, depositó sobre el pañuelo tantas lágrimas que al cabo temió que su diminuto país quedase completamente inundado, desbordado por las aguas saladas de su infinita congoja. Por fortuna para él, supo parar a tiempo el torrente de lágrimas.

Ya solo le quedaba capturar el pez luna.

Posó la mirada en la ventana; más allá de los cristales, la luna capitaneaba en silencio la majestad de la noche. «¡Oh, luna, yo quiero que tú seas un pez y que tu mágica luz se proyecte en el cielo de mi país.»

Dominado por el imperio de este deseo, saltó de la cama; abrió trémulo la ventana y, estirando el brazo, privó al cielo nocturno de la pálida luz lunar.

El pececito atrapado en su puño coleaba como una moneda de plata. Lo envolvió apresurado con el blando tejido del pañuelo... Y cerró por último los ojos: un leve cosquilleo en el vientre le daba indicios de que en ese preciso instante había localizado a su alma gemela.

4 Febrero 2011

El niño y el ermitaño

4 feb 11 En: Cuentos

En 1900 Juanjo era un zagalín de nueve años; tenía el oficio de pastor. Su padre lo mandaba al campo con un rebaño de cabras y una perra lanuda llamada Pastora. A Juanjo le habían hablado en su casa, en el pueblo y en todas partes del tío Antonio, un anciano que vivía en una chabola, se había dejado crecer larga la barba y usaba siempre las mismas ropas porque no disponía de muda. Su madre le tenía prohibido que lo fuera a ver; pero esta prohibición le había suscitado la mayor curiosidad; además, la gente afirmaba que no era mala persona, sólo estaba un poco ido.

Una tarde de principios de mayo se atrevió a conducir el rebaño y la perra hasta los alrededores de la misteriosa vivienda, en realidad, casucha en ruinas. No tardó en descubrir que de la chimenea salía humo y que la ventana de junto a la puerta estaba abierta. De pronto asomó la cabeza un viejo greñudo, con larga barba entrecana. Posó sobre él tan recia mirada que al rapazuelo le faltó poco para emprender la huida.

-¡Eh, chico! ¡Ven aquí, tengo algo importante que contarte!

Juanjo se quedó parado en mitad del camino. Pastora empezó a ladrar, intimidada con la presencia de aquel extraño. La docena de cabras que se hallaba a su cargo seguía con lo suyo: mordisquear la hierba de la linde.

El muchacho era de un natural curioso. Venció los escrúpulos que el miedo le causaba y, sin darse cuenta, se colocó a unos pasos de la ventana, frente al anciano. El tío Antonio desapareció del marco, pero fue para abrirle la puerta de par en par. El pastorcillo se encontró luego en una salita pobremente amueblada, si bien limpia. Vio una mecedora de rejilla, una mesa mellada de pino, un par de sillas de paja, un cuadro colgado en la pared, quizá el retrato de alguna sobrina de amable sonrisa, un poco bobalicona.

La otra semana se le había pasado por la mente que tal vez este hombre supiera cómo sería el mundo dentro de cien años. Si todos daban por hecho que él era un sabio, ¿cómo no iba a conocer la respuesta a esta pregunta?

-¿Qué hacías ahí afuera, espiándome? -le reprochó el anciano, aunque el tono dulce y la mirada bondadosa mostraban una actitud benévola.

La frente del viejo estaba tan repleta de socavones que parecía sometido a continua reflexión. Las manos eran largas, las uñas algo descuidadas y las arrugas se paseaban tan a su gusto por aquella superficie que no dejaban espacio libre. Era de cuerpo chico y jorobado; el chaquetón de lana gris tapaba la camisa y los pantalones de pana marrón atados a la cintura con una cuerda. El pelo que aún conservaba formaba remolinos en la cresta de la cabeza ovalada.

-Quiero saber... -dijo el niño.

-¿Qué quieres saber?

-¡Quiero saber cómo será nuestro mundo en el año dos mil!

-Yo no lo sé -contestó el noble anciano.

-¿No lo sabe, señor...? -el rapazuelo ponía en duda lo que oía.

-Sí que lo sé, pero no fue hecha la miel para el paladar de los asnos. ¡Tú eres un zagalín, no entenderás nada de lo que te diga!

El viejo se dejó caer como un saco de hilachos en la crispada mecedora: hacía tanto ruido que semejaba una comadre charlando con la vecina. Puso las manos en el regazo e incitó con la mirada a que el niño tomara asiento junto a la mesa.

Obedeció este al instante y así fue cómo se inauguró la plática que Juanjo no habría de olvidar nunca. Habiendo cumplido un siglo de existencia, pudo comprobar él mismo la veracidad de lo que en 1900 el señor Antonio había pronosticado...

-Los sueños se harán muy pronto realidad.

Juanjo abrió asombrado los ojos.

-¿Los sueños se harán realidad...? -repitió, incrédulo.

-Sí; pero no hay peor castigo que el de ver tus propios sueños realizados. Me explico, la naturaleza humana nos mueve a luchar, a querer siempre algo, a combatir en pos de quimeras que nunca se materializan. Si un sueño se hace realidad desaparece la magia, se acabó el encanto. Esto te lo pueden decir muy bien todas las casadas.

A Juanjo no le interesaban los líos de las casadas; siguió adelante con sus preguntas...

-¿Y cuáles serán esos sueños que se cumplirán en el año 2000?

-¡Oh, todo eso ocurrirá antes de que suenen las campanadas del 2000 en la torre más elevada de la iglesia del pueblo, mucho antes! La gente volará alto, tan alto volará que las nubes parecerán alfombras de algodón puestas a sus pies.

-¿Será posible?...

-¡Y tan posible! Pero eso aún no es nada... Las personas hablarán en la distancia.

-¿En la distancia...?

-Así será. Cuando tú no vengas a verme y yo desee, no obstante, hablar contigo pulsaré el botón de una máquina prodigiosa, pondré junto a mi oído un a modo de caracola y, lejana pero nítida, llegará hasta mi casa el sonido de tu voz ausente.

-¡Oh...! ¡Yo no me puedo creer eso, señor Antonio! ¡Mis padres me han dicho que la magia es un cuento de viejas y de brujas!

-No estoy hablando de magia, sino del futuro, pequeño ganapán. ¡Los hombres del mañana irán montados en artilugios que recorren cuatro veces lo que un caballo es capaz de galopar en media hora!

-¿Cuatro veces más rápidos que el galopar de un caballo...? ¡Eso sí que no me lo creo!

-En la época futura no habrá «imposibles», ya te lo he dicho antes; pero, como no me escuchas... Los sueños convertidos en realidad serán la única realidad de los días venideros.

Juanjo empezó entonces a soñar en voz alta...

-¿Comeré carne de ternera siempre que se me antoje?

-Absolutamente todos los días del calendario, incluidos los viernes, comerás carne de ternera cuando así te plazca. ¡Ese sueño no vale nada! Cosas más raras verás cumplirse...

-¿Podré cambiar de zapatos cada semana?

-¡En efecto, lucirás zapatos nuevos cada semana! ¡Y tu madre no tendrá que zurcir tus malolientes calcetines! ¡Y cada vez que llueva estrenarás chubasquero y paraguas!

Juanjo no cabía en sí de gozo:

-Pero... Esto que cuentas es ¡fantástico!

Una llama de cólera inflamó el rostro envejecido del ermitaño. Pero casi al instante regresó la paz a su espíritu:

-Ya veo que no has entendido nada. ¿Acaso no te he revelado hace un momento que el peor de los castigos consiste en ver cumplido cada uno de los sueños que se nos pase por la cabezota?

-¡Si los sueños se hacen realidad el hombre será feliz!

-¿Feliz...? ¿Cómo va a ser feliz quien ya no anhelará nada porque todo lo pondrán al alcance de su mano?... ¡En cinco años habrá olvidado el valor de las cosas, la recompensa del sacrificio, la belleza de todo cuanto nos rodea! Créeme si te digo que el ser humano del futuro se volverá ciego, mezquino, holgazán... ¡Será tan miserable que cuando se ponga a cavar su propia tumba lo hará entre cantos, risas y alborotos! Los dioses han reservado para nosotros, viles criaturas, el peor de los castigos: que nuestros sueños lleguen a cumplirse algún día.

Y diciendo esto, dio por concluida la conversación. Demasiado bien lo comprendió Juanjo. Salió de puntillas de la casa en ruinas. Cien años más tarde, comprobó con sus propios ojos que el señor Antonio no se había equivocado gran cosa en sus pronósticos.

24 Diciembre 2010

La sirena de piedra

24 dic 10 En: Cuentos

Era una roca situada a pocos metros de la costa. Tan poca cosa era que ni siquiera las gaviotas se dignaban tomar el sol en ella acicalando sus alas. Sobresalía poco más de dos metros de la superficie y vista desde lejos adquiría una silueta graciosa, un perfil casi femenino, con formas redondeadas y amables sugerencias. Pero en cuanto el observador se aproximaba a la orilla descubría el engaño y cesaba de conmoverle la dichosa piedra, que tan burdamente imitaba la figura humana.

Cierto día de los calurosos de agosto, a horas tempranas, llegó junto a la sirena de piedra un joven que, a fuerza de bracear y pugnar con las olas, se había alejado de la orilla para encallar en ese lugar apartado, como si fuera una barca maltratada por el vaivén de las aguas. Era un bravo y apuesto muchacho, campeón en lo de gastar bromas, alegre como nunca se ha visto, dicharachero, muy amigo, en fin, de sus amigos. Comenzó a nadar a la vera de la enhiesta roca, que le inspiraba sentimientos de calma y misterio a la vez, cuando sintió una especie de chapoteo, no, mejor fuera decir de ron-ron opaco, similar al de un guijarro chocando con las aguas de un río. Afinó el oído, agudizó la vista, pero no fue capaz de esclarecer la procedencia de tan singular sonido. El caso era que a los pocos segundos volvía a oírse. Finalmente, tras descartar un buen número de posibilidades, se dijo que aquello era como... ¡el sordo latido de un corazón!

El aire transparente de la mañana jugaba a rizar la superficie algo vaporosa de un mar tranquilo, un mar mediterráneo y espléndido. Las gaviotas pasaban sobre su cabeza chillando, persiguiéndose, buscando un asidero donde interrumpir el apacible vuelo. Era uno de esos momentos tranquilos en que la brisa te susurra canciones dulces de amor indolente si te aproximas a la costa, y en que las huellas se hunden en la arena de las playas solitarias, como si estuvieras caminando sobre un mundo nuevo, recién descubierto: solo la nieve virgen procura una sensación igual.

Pero aquel tamborileo febril no parecía provenir de ninguna parte. Miraba cada uno de los entrantes y salientes de la roca; miraba los contornos de un perfil severo, inmóvil, poblado de maleza, y no hallaba indicios de algo extraordinario que estuviera ocurriendo a su alrededor.

Observó la costa: las olas continuaban arrojándose dóciles sobre la arena de la playa desierta. Ningún turista había asomado aún para abrir la sombrilla o extender la toalla donde acabaría depositando lo mismo las horas de aquella jornada que el peso de su persona.

Le hizo sonreír esta ocurrencia, cuando volvió a sentir el misterioso latido. De pronto tuvo la certidumbre de que procedía del otro lado de la superficie, de las profundidades del mar. Decidió meter entonces la cabeza bajo el agua, manteniendo los ojos bien abiertos.

 

Lo menos había siete metros antes de tocar el fondo arenoso, un fondo lleno de algas que entregaban sus múltiples brazos al capricho de las corrientes submarinas. No tardó en averiguar que bajo la superficie la estatua prolongaba su perfil, un perfil que había sido colonizado por la vegetación, de forma que la roca caliza apenas se hacía visible. Cuando se acercaba a ella sonaba con mayor violencia el extraño ruido; dentro de su propia cabeza le parecía ahora que sonaba: era como si le fuera a hablar al oído.

Contuvo la respiración, y, ya cerca del fondo, empezó a palpar las asperezas de la esfinge hasta descubrir un bulto camuflado entre dos piedras. Metió la mano. No podía ser una langosta; aquello proyectaba un reflejo negro como el ópalo, negro como el carbón.

Olvidó subir a la superficie para respirar. Aquella bola de negra sombra le hablaba, le susurraba una triste canción:

 

«Soy el espíritu cristalizado de esta sirena convertida en piedra. Si ahora me ves inmóvil, en otro tiempo nadé bajo las aguas, junto a las quillas de los barcos. Confundí marineros. Muchos dieron sus vidas por mí. Se arrojaron impetuosos al agua y no tuvieron fuerzas para regresar. Sus compañeros de tripulación no se quedaban nunca a esperarlos. Tú también serás..., serás un ahogado como los otros.

Escucha este lamento que entonaban mis hermanas las sílfides, hace de esto muchos, muchos centenares de décadas...

 

Dios creó el mundo a la perfección. Ni un átomo se salía de su esfera. Ni un mísero grano de polvo dejaba de encontrar una playa esplendorosa donde ubicarse. Dios, cuando creó el orbe, no contaba con el caos. El caos fue en realidad el resultado de un accidente...

Recién acababa su faraónica obra, cuando no pudo reprimir un estornudo, y de este estornudo nació el caos que duraría mil años, puesto que las moléculas que forman todo lo creado se salieron de sus órbitas, se chocaron unas contra otras, provocando el gran cataclismo.

Y cuando las cosas volvieron a su cauce, a Dios le había salido –fruto de este tropiezo– una criatura hecha a su imagen y semejanza. Era el hombre. Era el hijo del caos original. Y esta criatura, tan idéntica al Todopoderoso, había aterrizado en este planeta azul por pura casualidad, porque del caos siempre se derivan consecuencias nunca previstas.

Siendo, pues, igual la copia a su original, al ser humano le esperaba un fatal destino, marcado por el engorro de los estornudos. Sí, en los momentos claves de la historia siempre ha entrado en juego este famoso estornudo, que ha sido el factor decisivo de la buena o mala suerte del común de los mortales.

El fuego se comenzó a controlar gracias al azar de un estornudo: Los hombres primitivos se asustaban de las sombras; sus propias sombras les infundían un pánico incontrolado. En las noches de invierno, buscando abrigo en las cuevas, topaban con las sombras de las paredes y salían despavoridos afuera. Pero afuera les esperaba el frío y la inmensa soledad de un mundo no domesticado. Por las mañanas se colaban los tibios rayos del sol y se reflejaba como una caldera hirviendo en las paredes del fondo. Hasta que alguien estornudó y las llamas reflejadas en la roca temblaron un instante. Ese alguien descubrió entonces que el sol no era todopoderoso: se ponía a temblar como cualquier otro bicho viviente. El sol sabía lo que era experimentar miedo. Y fue por eso por lo que el hombre se sintió capaz de domesticar las llamas.

La agricultura también fue fruto del azar de un estornudo: alguien colectaba manzanas y otros frutos silvestres; mordía aquí y allá; pero siempre descubría el gusano que salía del corazón del fruto; asqueado, lo arrojaba lejos para coger otro de la rama más próxima. En una de estas colectas, le dio por estornudar justo después de hincarle el diente a la pulpa de la fruta. Y la manzana salió despedida de su brazo liberando en su corto viaje el increíble tesoro que dentro de sí almacenaba: las pepitas. No eran pepitas de oro; pero al primer agricultor de la Humanidad sí que se lo parecieron. Las recogió del suelo, contó las que había reunido en la palma de la mano. Eran cinco. Las cinco maravillas de la creación. Ahora ya sabía lo que tenía que hacer acto seguido. Las enterró; regó el suelo; y esperó, esperó el tiempo que hiciera falta. Aquella intuición primera, que fue fruto de un estornudo, no le había traicionado. Las minúsculas pepitas de la manzana salvaron del hambre al resto de la humanidad.

Finalmente, te contaré cómo un simple e inoportuno estornudo decidió la suerte en la batalla de Waterloo. Napoleón había sido hasta entonces un estratega ejemplar, un sagaz anticipador de las maniobras enemigas comparable a Carlo Magno. Pues bien, era la hora del mediodía cuando reunió a sus generales para dar las últimas instrucciones y analizar de forma conjunta lo que a continuación debía hacerse en el campo de batalla. Habían puesto una mesa en pleno aire libre, junto a la tienda de campaña. Un olmo viejo los abrigaba de los rayos estivales; se levantó la brisa y esta leve corriente fue la causa de la perdición de todo un imperio. Napoleón decía en ese momento: «Nous devons partir à droite», y, merced a ese estornudo, los altos militares que le rodeaban entendieron: «Nous devons partir tout droit».

En cualquier campo de batalla que se precie no es lo mismo «torcer a la derecha» que seguir con los cañones «todo recto». Esto fue, no me cabe duda, lo que motivó la derrota del gran Napoleón Bonaparte. Fue por culpa de un estornudo. ¿Quién lo diría?

Y ahora voy a contarte por qué estoy aquí, transformada en piedra, mecida para siempre por las aguas de este mar dulce y agradable. Yo soy una de aquellas que cantó a Ulises, mientras éste se tapaba los oídos con cera, se hacía atar a la base del palo mayor, y sus marineros se arrojaban uno tras otro por la borda, en pos de la muerte, que era atraída por nuestro canto infernal. Pero él no. Él no se dejó impresionar por la inefable delicia de nuestra voz. ¿Cómo podía ser esto? Nuestro enfado iba en aumento, cuando Neptuno, el dios de los océanos, se apercibió de lo que pasaba y quiso salvar al intrépido marinero de nuestro malévolo influjo.

El canto de las sirenas enmudecería para siempre bajo la engañosa calma de las aguas saladas, cuando, ¡oh, travesuras del destino!, un estornudo de mi padre, el del tridente, nos hizo rodar al fondo como si fuéramos peñas que arrastran consigo otras peñas, toda una pared que se desploma de golpe. Yo y mis hermanas nos convertimos en las rocas salientes que adornan esta costa. Algunas personas, en la distancia, me confunden con un ser real, de carne y hueso. ¿No es eso fantástico?...»

 

En aquellos instantes, el muchacho se dio cuenta de que faltaba aire en sus pulmones. Soltó el corazón de piedra y trató de ascender a la superficie. Pero, ¡ay!, el mar estornudó una vez, quiero decir que tembló y catapultó al joven visitante en los pies de aquella sirena misteriosa, en realidad, contadora de sueños.

20 Diciembre 2010

El miniaturista

20 dic 10 En: Cuentos

Pi. Pi. La máquina está lista. Es un invento, lo han confirmado los de la tienda, de última generación. Lo último de lo último en el campo de la miniatura. En este pequeño planeta donde vivo somos quinientos mil los que nos presentamos cada año al concurso que prepara la Confederación Interestelar Alfa IV. La edición de este año promete mucho suspense porque es la primera vez que se presentarán miniaturas vivientes. Ahora eso es posible. La nueva tecnología puede infundir el soplo vital a nuestras creaciones diminutas. Yo me he especializado en la reproducción del micro-cosmos. Me paso los días, las semanas y los meses fabricando minúsculos universos en mi taller-laboratorio. La primera vez que participé había construido una réplica exacta de Europa, el satélite helado de Júpiter. Recuerdo bien que quedé de los últimos. Más adelante aprendí a crear sistemas solares que cupieran en globos de vidrio o botellas de champán vacías. Hasta que no logré hacer girar los astros en torno a un sol incandescente no quedé entre los cien primeros. Pero desde hace unos años la cosa ha cambiado bastante: mis miniaturas cósmicas se exponen en la sala de trofeos del ayuntamiento. Hasta hubo una ocasión solemne en que fui entrevistado por los locutores de la radio solo porque mi pequeña galaxia había obtenido el voto entusiasta de uno de los miembros del jurado.

En la actual convocatoria habrá bombazo. La máquina que voy a comprar puede transmitir vida al universo que salga de mi laboratorio. Me siento como niño con zapatos nuevos. Me siento tan ufano que daría la paga íntegra de un mes en la fábrica de asientos para naves estelares de la compañía Malcom_X_YZ, donde trabajo, a cambio de manipular un artilugio tan admirable como este que han sacado al mercado. Los medios no hablan de otra cosa: «¡Las miniaturas acogerán vida! ¡Serán espacios universales a justo título!...» Cada vez que leo estos titulares salto de la silla y me llevo regocijado las manos a la cabeza... Los mundos concebidos por mí conocerán de pronto formas de... ¡vida!


Pi. Pi. Entro en la tienda. Es un mundo aparte: paredes abovedadas, de un blanco deslumbrante, techos que imitan el dorso de las ballenas, ventanas cuadradas que dan a un espacio exterior infinitamente blanco; aquí hace mucho frío; hasta las plantas adquieren tonalidades blancas. Todo permanece rígido como témpano. Mis amigos esbozan leves sonrisas que se apagan con la palidez de unos rostros de un blanco mate. Cada uno se siente igual que una gota cayendo desde las alturas del iceberg. ¡Vivimos en burbujas metálicas, tan aislados del frío y de los demás, que nuestra existencia es un puro deambular por el espacio de las divagaciones, elucubraciones, ensoñaciones y ensimismamientos! Mi afición por las miniaturas me salva, en cierto modo, la vida. Todos buscamos algo con que ocupar la mente, antes que permitir que el frío y la soledad se nos metan en los huesos y nos hagan explotar como pompas de jabón.


Pi. Pi. Este año pienso que voy a ganar el concurso de miniaturas. Entro en la tienda. Las estanterías son altas como columnas del templo consagrado a las Nubes. En ellas reposan toda clase de objetos y artilugios de portentosa factura: robots fabricantes de planetas minúsculos; hacedores de atmósferas y puestas de sol; simuladores de corrientes oceánicas; elevadores de la superficie, de manera que el paisaje imite montañas, acantilados y planicies; máquinas tejedoras de galaxias, parecidas a los antiguos telares; pero en lugar de confeccionar vestidos, de su mecanismo surgen cosmos tan grandes como huevos de avestruz. Cada vez que acudo a este sitio quedo obnubilado; mis sentidos se extasían con solo contemplar la variedad de artículos; parece que me hubiera sumergido en el mar de la opulencia.


Pi. Pi. Entro en mi taller-laboratorio. Saco de la mochila una bolsa de un azul transparente. El de la tienda me ha dicho que contiene cierto polvo químico que reaccionará en cuanto se dé el chispazo. Ha empleado una metáfora para que lo entienda mejor: «Esto de fabricar vida es un poco como encender la lámpara: la encendemos, la apagamos, el impulso eléctrico en contacto con algunos elementos químicos es siempre el motor que desencadena el proceso.»

Así pues, no tengo sino que esparcir este polvo en la atmósfera de la miniatura, aproximar después el fósforo encendido durante unos segundos y esperar, esperar un poco, ya que la formación de la vida será en toda ocasión el resultado de un larguísimo proceso: de los organismos unicelulares pasaremos a los organismos pluricelulares, los cuales se combinarán una y otra vez hasta alumbrar seres extremadamente complejos, toda una gama variopinta de criaturas vivientes. Destapo la urna de cristal donde continúa flotando una copia del planeta de mis antepasados, según lo hemos conocido por las crónicas, llamado Tierra, con el que voy a participar en la presente edición, y arrojo esta sustancia creadora de vida... Es un polvo blanco azulado, como si fuera cobalto, aunque el de la tienda me ha asegurado que se compone de una asombrosa combinación de elementos químicos.

Coloco de nuevo la tapadera en su sitio... Lo que para mí representa un minuto para este globo terráqueo serán siglos, miles de años con su sucesión de amaneceres y puestas de sol: la esfera azul mide el tiempo de otro modo, porque allí la realidad es distinta a la mía.


Pi. Pi. «¡Capitán! ¡Capitán!» «¿Qué diablos ocurre?» Esta mañana he comenzado a sentir una migraña terrible. Un pitido insistente me golpea sin cesar aquí en las sienes. Ya antes había experimentado horribles dolores de cabeza. Pero lo de hoy no tiene nombre. Salgo a cubierta, alertado por la tripulación. Siento como si mi cabeza fuera a estallar de un momento a otro. Estamos navegando por los mares septentrionales, rumbo a los puertos de Europa. Según los cálculos de la brújula y el astrolabio, no debemos andar muy lejos de las costas de Islandia. ¡Oh, espantosa migraña, no me deja un segundo de alivio! Tambaleándome como un borracho, sigo en pos de mi subalterno hacia la barandilla de estribor. Constato que hace un frío intenso, corta como navaja. El viento pulula, aúlla y gruñe, feroz monstruo procedente de los avernos. Echo una ojeada al mar que nos rodea y descubro de pronto, entre jirones de niebla, que está helado. Grumos de niebla se levantan de él. Nuestro barco ha encallado en medio de la superficie pétrea y blancuzca. Un poco más de presión y su quilla reventará como una nuez.

Uno por uno abandonamos la nave. La orden de evacuación ha venido de mi parte y no ha encontrado objeciones. Formamos una fila compacta de veinticinco hombres que caminan en la borrasca, con el mar congelado a nuestros pies. Parece que un nubarrón negro y temible nos hubiera engullido y comenzara a digerirnos lenta y pesadamente. Estamos en un agujero que conduce en línea recta al abismo. Me giro un instante para contemplar el barco que había sido hasta ahora mi casa. Permanece como una sombra en la negrura cada vez más espesa de la distancia y la bruma, a merced de los vientos rugientes. Después oímos una explosión: la embarcación acaba de saltar como una rana. La quilla no ha podido resistir la presión de los bloques de hielo que bajo la superficie se desplazan.

A pesar del insoportable dolor de cabeza, que me persigue donde quiera que vaya, distingo el ruido ambiente: algo más poderoso aún que el viento ulula furioso; da la impresión de que la tierra entera clamara contra nosotros, pobres diablos recién escapados de la muerte; sospecho que el cosmos habla y su voz es más terrorífica aún que la del trueno. Brrrr...


Pi. Pi. Por fin se van a conocer los nombres de los cinco finalistas. No me lo puedo creer: mi esfera, mi Tierra adorada, forma parte de los elegidos: reposa en una mesa próxima al jurado, que ha tenido también en cuenta otras destacables miniaturas. La ciudad de Épsilon, por ejemplo, minuciosamente concebida, cada detalle de los habitantes, cada línea de las fachadas, cada leve soplo de la brisa aparecen fielmente reflejados en esta obra. Digna rival de la mía. ¡Oh, pobre Tierra! ¿Ganarás este año el concurso? Pero, ¿por qué me ha empezado a doler la cabeza?


Pi. Pi. No puedo dar un paso más. Mis compañeros continúan adelante. Se alejan de mí. Ya casi los he perdido de vista. Solo quedamos la nieve, el hielo y yo. Sobre nuestras cabezas, un cielo duro como la antracita. A veces tengo la impresión de que se va a romper. Caerán sobre nuestras espaldas los múltiples fragmentos del universo. Y el cielo nos aplastará. Y el orbe nos convertirá en la millonésima parte de un grano de polvo, tan ínfimos que nunca nadie sabrá que un día existimos y navegamos por este mar ahora congelado, duro como el granito, duro como la estalactita.

El más rezagado se vuelve, buscándome. «¡Capitán!» «¡Seguid adelante, no os paréis!» Y ese hombre, que fue peón de la tripulación, regresa con los otros y me abandona a mi suerte. ¿Qué otra cosa puede hacer?... El viento se levanta, iracundo. Partículas de nieve me envuelven, como si quisieran enterrarme. Miro de nuevo este cielo... ¡Qué extraño crujido se desencadena en el espacio infinito!


Pi. Pi. Al ir hacia la tribuna me invade una sensación de mareo. Nunca creí que fuera capaz de ganar. Suenan los aplausos a mis espaldas y el público se levanta para celebrar un triunfo con el que siempre había soñado. ¡Esta jaqueca va a poder conmigo! Esbozo una sonrisa de circunstancias. Pero justo cuando recojo el diploma y el globo que representa a la Tierra, donde yo sé que hay vida... Se me cae de las manos y...


Pi. Pi. Asisto al fin del mundo. El cielo se raja como una naranja. Un torrente de materia cósmica entra en contacto con nosotros y nos sepulta en...

7 Diciembre 2010

Una tarde de abril estaba de paseo doña Matilde con su hija de tres años por el dique del puerto; era un sitio donde solía soplar con fuerza el viento. En aquella ocasión tampoco faltó a la cita. La niña, que llevaba trenzas, un vestido azul coqueto y un carrito donde viajaba muy bien puesta la muñeca, iba cogida de la mano de su mamá. Pero a la muñeca no la sujetaba nadie. Así que, a causa de una de las acometidas del viento, acertósele a desprender la bota izquierda del pie correspondiente. Era una prenda fabricada con caucho verde. Y antes de que la chiquilla tuviera tiempo de agacharse para recogerla, y antes de que su madre se apercibiera del drama, aquella bota, como impulsada por un mecanismo diabólico, recorrió veloz la baldosa y, arrojándose por la barandilla, fue a parar al fondo del precipicio, que no era muy hondo, pero sí que estaba lleno de rocas que allí servían de rompeolas. ¡Menudo drama! La niña se puso a llorar amargamente; pero era lo cierto que doña Matilde no podía hacer nada por consolarla porque descender hasta allí suponía asumir demasiados riesgos.

Así pues, con lágrimas y suspiros dejaron la bota donde había caído, la muñeca descalza, y a la rubita sin consuelo alguno. Y aunque todavía no estábamos en agosto, aquel incidente supuso «el agosto» de uno que yo conozco: cierto cangrejo no más grande que mi pulgar. Precisamente, acababa de quedarse sin casa, pues la caracola donde antes vivía había sufrido un percance: se le había formado un agujero en el corazón de la espiral, y por eso el cangrejo se había visto obligado a renunciar a ella, puesto que cada dos por tres se llenaba de agua y no podía ni respirar allí dentro.

Y justo cuando vagabundeaba por las rendijas de las rocas en busca de otra casa que echarse a los hombros, digo, al caparazón, hete aquí que la buena fortuna le arroja desde el cielo una casita como nunca antes había visto, con su habitáculo, su entradita, su decoración ejemplar y color llamativo: un verde turquesa que no dejaría de llamar la atención a las señoras cangrejas. Porque el mundo ha de saber que los señores cangrejos compiten entre sí para ganarse el favor de las damas. Quien más y quien menos anda buscando la concha más original, o la caracola más sonora, a fin de conquistar a la dueña de sus desvelos. Y eliminar, de paso, a los rivales, que por aquella parte de la costa no faltaban.

El cangrejo protagonista de esta historia debió de pensar sin duda que había encontrado el arma fatal, el artilugio con el que conquistaría a la cangreja más exigente. Y, ni corto ni perezoso, se introdujo en el agujero que ofrecía el caucho; comprobó que no estaba ocupado; se dio la vuelta; sacó por la apertura nada más que las antenas, los ojos, las dos pinzas y la mitad de sus patas, con las que empezó a correr en dirección de la próxima ola moribunda que quisiera enterrarlo en la arena, donde ya se las ingeniaría para localizar a sus congéneres y mostrarles el hallazgo.

Estaba seguro, segurísimo, de que iba a causar sensación. Y en eso no se equivocó, pues en cuanto lo vieron llegar tan estrafalariamente adornado, con ese aparato bélico propio de hombres (que ya algunos barruntaron la procedencia de tan singular objeto), salieron en estampida. En realidad, habían sospechado que tras la primera bota aparecería la segunda y que cada una por su lado, o las dos juntas, se liarían a pisotones y no dejarían bicho viviente que pudiera contar luego luego la tragedia.

Resulta extraño que ninguno advirtiera que aquella bota no era como las demás, porque en lugar de desplazarse con la suela pegada al suelo, lo hacía al revés, con la suela a modo de chimenea, cosa que en verdad es extraordinaria. Pero ya sabemos que los cangrejos tienen la vista orientada hacia atrás; a lo sumo son capaces de mirar a ambos lados, nunca de frente. Y esto explica por qué nadie cayó en la cuenta. O por lo menos explica por qué tardaron más de lo debido.

¡Compañeros! ¡Compañeras! –gritaba eufórico el susodicho.

Al cabo de algunos minutos, hubo de reconocer que se había quedado solo en el mundo. ¡¡La envidia!! ¿Conque era eso...? Ya se figuraba él que si por alguna razón lograba sobresalir, los de su especie se lo harían pagar bien caro: con la moneda de la indiferencia y el menoscabo y la insolencia y, y... en fin, ¡la envidia! ¿Solo, pues, en el mundo?... Le daba igual; no iba a desechar por eso una casita que, la verdad sea dicha, se acomodaba muy bien a sus gustos y necesidades.

Y asomando la chimenea de caucho verde por encima de la superficie, se encaramó a una piedra plana, donde se puso a tomar el sol, a la vez que rastreaba entre el liquen adherido a la roca partículas que le sirvieran de nutrientes, para lo cual se servía de las pinzas que era un primor. En torno a la boca brotaban burbujas; era porque tenía que digerir la sal contenida en el agua, y eso le costaba siempre algún esfuerzo. En cambio, ignoraba lo que era padecer mal aliento.

Notó a sus espaldas cierto ruido sospechoso. Se volvió, iracundo, presto a entablar combate con quienquiera que fuese el intruso, esgrimiendo ambas tenazas, que hacían plis plas plis plas, y hubieran podido asustar a todo un ejército de hormigas, cuando descubrió para su sorpresa que una cangreja, la más valiente quizás, había huido de la vigilancia paterna y se había acercado sigilosa hasta él, intrigada sin duda por la naturaleza de aquella casa nunca vista hasta entonces por aquellos lugares.

¿Me dejas tocar...?

Toca, toca... Esta concha es la más auténtica que el mar nunca nos haya proporcionado. ¿A que es original?...

Y la cangrejita aplicaba curiosa y temerosa las pinzas a la goma, que era blanda y permeable y lisa como la cara de una luna pintada de verde. ¡Qué prodigio! Hubo de reconocer al cabo. Iba a rendirse y ofrecer su amor al osado cangrejo, dueño de tan insólita morada, cuando asomó por el borde de la plataforma el insufrible rival.

¡Tú! ¡Truhán! ¡Ven aquí, si te atreves, y mide tus fuerzas con las mías! ¡Y prueba la dureza de tus pinzas con la dureza de mis pinzas! ¡Y acométeme y embísteme como un toro, que yo te acometeré y embestiré como un león! ¡Ajá...!

Y desplazándose ambos de lado, principiaron cruel combate. Si el uno luchaba con la casa-bota-de-caucho-verde encima, el otro lo hacía medio camuflado en una conchita blanca que exhibía en el centro una hoja de mandrágora, la planta más exótica que por aquella zona había podido localizar.

La pelea fue bastante reñida. El rival había cogido un trozo de caucho con una de las pinzas y levantado en el aire casa y habitante al mismo tiempo, dejando a éste con las ocho patas hacia arriba, lo cual le supuso una gran vergüenza, pues adivinaba que los demás le estaban observando, sobre todo la damisela que le había dirigido la palabra.

Por suerte, se repuso enseguida y bramando como un búfalo agarró con su pinza la pinza del enemigo y empezó a forcejear con ella, como si quisiera arrancarla de cuajo, aunque más bien faltó poco para que fuera el otro quien arrancara la suya. Pero logró amarrarse bien al liquen de la piedra y darse la vuelta, de manera que apareció por el otro lado, dejando a su enemigo con dos palmos de narices, tan desconcertado que no vio venir el par de tenazas que se le clavó en la testa.

Y nuestro amigo siguió apretando, apretando, hasta que el contrario se vio precisado a pedir auxilio y, tan magullado como herido en su amor propio, se alejó de la arena pública caminando de espaldas.

Algo abollada quedó la pobre bota de caucho. ¿Qué importaba? Vino corriendo la señora cangreja. Ansiaba unirse al vencedor en un soberbio abrazo. Y se abrazaron. Y juntaron sus rojos caparazones. Y entrelazaron sus cuatro pares de patas. Y se hicieron cosquillas con las puntas de las pinzas. Llegó una ola y los envolvió en una espuma nupcial. Fue cuando nuestro héroe descubrió que a su nueva casa le había salido un agujero por donde penetraba incansable el agua. No era aquel el momento de decírselo a la dama. Calló, pues, y se entregó con estrépito de océanos y espanto de sirenas a las delicias del amor.

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Bienvenidos a Alalzada, el blog a la vez ecológico y literario. Aquí puedes encontrar los enlaces de la obra en descarga gratuita publicada por Joaquín Martínez Mamerí. Lorenzo Garrido es su seudónimo, se ha especializado en la redacción de cuentos.

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