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La Coctelera

Categoría: Estudios cervantinos

27 Marzo 2010

La Edad Dorada

27 mar 10 En: Estudios cervantinos

«-Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.»

Quij. I, cap. XI

 

 

Don Quijote y Sancho llegan a un bosque donde se disponen a pasar la noche. Antes de dormir al raso, encuentran refugio en las chozas de unos cabreros que por allí andaban. Los cuales los reciben muy bien, comparten con ellos la cena que colocan en el suelo sobre una manta, y, a la redonda, todos participan del agreste festín.

Con ocasión de haber cogido un puñado de bellotas, DQ evoca un pasado legendario (cuyo origen remonta a las obras de Virgilio), el de la Edad Dorada. Se trata de una leyenda, o mito, que ha sido abordada bajo múltiples aspectos tanto por la literatura universal como por la pintura. Cervantes aporta aquí su granito de arena en el tema de la pérdida de la inocencia, que es también el tema del paraíso perdido.

Este discurso de DQ se divide en tres partes: 1) por qué los pasados tiempos fueron justamente llamados «dichosos»; 2) qué causas trajeron la corrupción de las costumbres; 3) de qué modo se justifica la labor de los caballeros andantes.

Estas tres partes están ligadas entre sí a través de la figura del hidalgo, quien sirve de puente entre los pasados tiempos gloriosos y estos «nuestros detestables siglos», calificados como edad de hierro, en clara alusión a las guerras que azotaban continuamente a poblaciones enteras.

La propiedad es la causa primera del destierro de la Humanidad de los siglos dorados:

 

entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío

 

Si no había propiedad era porque todo se compartía; y todo se compartía porque en esta Edad Dorada no había escasez; los frutos de la tierra quedaban al alcance de cualquier mano ociosa:

 

Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas

 

Todas y cada una de las necesidades vitales del ser humano estaban aseguradas sin acudir al engorroso trabajo. Las aguas eran abundantes y cristalinas; los alimentos, al alcance de todo el mundo, como si fueran dones del cielo; el refugio frente a las inclemencias, de fácil y natural construcción. De tan felices condiciones, no podía deducirse sino que:

 

Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia

 

¿Qué necesidad tenían los hombres de batallar? ¿Por qué dictar leyes y condenar culpas o perseguir a delincuentes, si no las había ni los había tampoco?

 

La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado

 

Pero no hay bien que cien años dure; siempre, por algún resquicio, se ha de colar la sombra del mal.

 

allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste

 

Y esta corrupción de las costumbres, esta pérdida de la inocencia, esta entrada en escena de los términos tuyo y mío, con el consiguiente aumento de la inseguridad, justifica según DQ la aparición de la Orden de Caballería:

 

Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos.

 

Este tipo de discurso (que juzgamos ingenuo) suele figurar en las páginas de un libro, nunca forma parte de la realidad. Lo que ha hecho Cervantes, y es ahí donde reside su gran mérito, es extraerlo de las obras escritas para llevarlo a la realidad: la ficción se mezcla de este modo con ella, formando un todo inseparable.

Para lograrlo le basta con poner en escena a un auditorio: los cabreros y Sancho. Este auditorio tiene especial significación porque pertenece de lleno a la Edad Dorada a que se refiere DQ. En efecto, estas humildes gentes:

No conocen la diferencia entre tuyo y mío, comparten cuanto poseen con los recién llegados, no importa si nunca antes habían tratado con ellos.

No se dejan llevar por las modas imperantes, las maneras cortesanas, ni la púrpura de Tiro de los vestidos galantes.

Viven en armonía, gozan de los frutos de la tierra sin usar el arado ni requerir de ningún juez que dicte sentencias ni persiga delitos, ya que no los hay en el seno de su comunidad.

DQ habla en la teoría de un pasado «feliz» y no es consciente de que en la práctica lo tiene delante de sus ojos.

 

aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogiste y regalaste, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra

 

De esa manera concluye DQ su discurso. Se ha producido con este cierre un desajuste, una barrera que impide la comprensión entre el que habla y su auditorio, puesto que cuanto acaba de censurar (el lenguaje artificioso, las sutiles maneras cortesanas) le ha servido a él para poner su punto y final. DQ ha caído con ello en una flagrante contradicción. La cual explica la burla de Cervantes a través del narrador:

 

Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros

 

Pero esto añade una tercera dimensión al tejido narrativo:

1) Dimensión caballeresca: la representada por DQ y su alusión a la Edad Dorada, con la consiguiente justificación de la Orden Andante.

2) Dimensión real: la de los cabreros, que son completamente ajenos al discurso del hidalgo castellano.

3) Dimensión literaria: el escritor comenta su propia obra, a la vez que opina acerca de la legitimidad o no de las palabras y acciones de los personajes.

 

En los episodios siguientes, Cervantes introduce una narración de corte pastoril: la de la bella Marcela, quien hace caso omiso de cuantos pretendientes la solicitan, entre los que se cuenta Grisóstomo, un rico hidalgo convertido en pastor, que muere a la postre despechado por la falta de correspondencia de su pastora.

Este relato (contado por uno de los cabreros y escuchado por DQ, amén de otros caminantes que han acudido al entierro de Grisóstomo) justifica su inclusión en la novela si pensamos que sirve de ejemplo al recién concluido discurso de las bellotas. Si en éste se realiza una defensa del «libre albedrío», es en la narración de Marcela donde vemos un ejemplo real de dicha defensa: la guapa moza será libre de amar o no a quien ella quiera.

23 Enero 2010

Mucho se ha especulado acerca de la identidad de Don Quijote: ¿Se escondía detrás de este personaje una figura real, de carne y hueso, de la que se había inspirado el autor para componer su obra; o bien, estamos ante un personaje puramente ficticio, sin equivalente en el ámbito de lo real? Esta cuestión ha sido casi tan debatida como el nombre del pueblo manchego, de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes.

En este estudio, vamos a tratar el tema de la identidad de nuestro héroe. Vamos a aventurar una hipótesis arriesgada; como suele decirse, vamos a mojarnos del todo.

¿Y si Don Quijote fuera, en efecto, el trasunto de una persona real, y cuando digo real me refiero a alguien muy conocido, alguien de rancio abolengo, de sangre azul incluso, alguien que ha usado corona...? ¿Y si Don Quijote no fuera sino la imagen de un rey depuesto o, mejor aún, de un emperador? Me refiero, claro está, al mismísimo Carlos Quinto.

La idea puede parecer descabellada; pero si observamos las fechas, no lo sería tanto:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo. ¿Cuándo compuso Cervantes la primera parte de su libro? Sin duda, entre los años 1575 y 1605 (fecha de la publicación). ¿Cuándo abdicó Carlos Quinto? Pues este monarca abdicó en favor de su hijo, Felipe II, allá por 1556, y entonces se retiró al monasterio de Yuste [en la comarca extremeña de La Vera], donde residiría hasta su muerte, acaecida dos años más tarde, en 1558.

Como acabamos de ver, ese no ha mucho tiempo cervantino alude a los dos años en que el emperador estuvo retirado de la vida pública, al haberse metido en un monasterio regentado por los Jerónimos.

Leamos a continuación el principio de la obra con la idea de que YA conocemos qué personaje histórico se ocultaba bajo la ficción...

 

«Capítulo primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba
ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con
tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la
caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las
entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.»

 

¿Cómo era físicamente Carlos Quinto? Se han conservado varias descripciones que de él hicieron sus contemporáneos, aparte los famosos cuadros que hay en el museo del Prado. Prestemos por ejemplo atención a ésta misma:

«Es de estatura mediana, mas no muy grande, ni pequeño, blanco, de color más bien pálido que rubicundo; del cuerpo, bien proporcionado, bellísima pierna, buen brazo, la nariz un poco aguileña, pero poco; los ojos ávidos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; ni en él otra parte del cuerpo se puede inculpar, excepto el mentón y también toda su faz interior, la cual es tan ancha y tan larga, que no parece natural de aquel cuerpo; pero parece postiza, donde ocurre que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores; pero los separa un espacio del grosor de un diente, donde en el hablar, máxime en el acabar de la clausula, balbucea alguna palabra, la cual por eso no se entiende muy bien.» [retrato de Carlos I a sus 25 años, escrito por el embajador italiano, Gaspar Contarini.]

 

¿Se parecían físicamente el emperador y Don Quijote? Yo creo que sí, tanto más cuanto que el embajador italiano lo describe siendo aún joven, mientras que Cervantes hace un retrato de él cuando ya «frisaba con los 50 años».

En lo que atañe al carácter, Don Quijote es de un natural colérico, pronto a dejarse ir por el arrebato; es fiel a sus principios, como si estos dirigieran su actitud contra viento y marea. Don Quijote, para ser quien es, se inspira de los Libros de Caballerías: los héroes de ficción son para él el ejemplo que debe aprender a imitar.

¿Qué decir, pues, del carácter del emperador Carlos V? Esto es lo que afirma uno de los escritores que lo trataron personalmente:

 

«Sólo diré algo nuevo acerca del carácter del Emperador, que es hombre tan dilapidador, que supera a todos los que existan o hayan existido. Ello hace que siempre ande necesitado y que ninguna suma le baste, sea cual sea la situación o el momento de suerte en el que se encuentre. Es voluble, porque hoy quiere una cosa y otra mañana; no pide consejo a nadie, pero se cree todo lo que le cuentan; desea lo que no puede conseguir y se aleja de lo que podría obtener, por eso toma siempre sus decisiones al contrario de lo que debiera. Por otro lado, es hombre muy belicoso y mantiene y guía bien un ejército con justicia y disciplina (...) Es humano cuando concede audiencias, pero le gusta concederlas a su antojo y no quiere verse rodeado por los embajadores, más que cuando él mismo los manda llamar: es muy reservado y se muestra continuamente intranquilo en cuerpo y alma, por eso deshace a menudo por la noche lo que ha hecho por la mañana» [Maquiavelo: Discurso sobre los asuntos de Alemania y los asuntos del Emperador (1509).]

 

La coincidencia entre uno y otro caracteres me parece que salta a la vista: también el emperador aficionaba la lectura de tales libros; también el emperador se dejó prender por la fábula y la quimera de estas obras disparatadas.

Ahora bien, cámbiese la obsesión caballeresca por la obsesión de la Cristiandad y... le tour est joué!, detrás de don Quijote asoma sin lugar a dudas la figura del insigne Carlos I.

El emperador tuvo que velar las armas para ser nombrado caballero en el patio de lo que fue para él un castillo, y no una posada. Estas son las palabras que recogen tan soberano momento:

 

«Jura profesar la santa fe enseñada a los católicos vivos, ser fiel tutor y defensor de la Iglesia y de sus ministros, gobernar sus estados con eficacia y siguiendo la tradición de sus predecesores, reparar los daños sufridos por el Imperio, administrar justicia en defensa de los débiles, y someterse al Papa» [P. Mártir de Anglería: Epistolario.]

 

Pero volvamos al principio, volvamos al fragmento que nos ocupa. Escribe Cervantes: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.

En efecto, Carlos I debió de leer mucha correspondencia ininteligible, mucha diplomacia puesta en un papel que no había por dónde cogerlo, hasta tal punto parecía enrevesado.

Sirva como botón de muestra un fragmento que sin duda hubo de leer el emperador una y mil veces; se trata de una bula papal en tiempos de Paulo III:

 

«Pero habiéndose adelantado el tiempo mucho, y siendo necesario avisar a todos la elección de la nueva ciudad; y no siendo posible por la proximidad del primer día de noviembre, que se divulgase la noticia de la que se había asignado, y estando también cerca del invierno; nos vimos otra vez necesitados a diferir con nueva prorroga el tiempo del concilio hasta la primavera próxima, y día primero del siguiente mes de mayo.»

 

Con lecturas así, y esta fue de las más suaves que pudo encontrar, lo normal hubiera sido que el emperador acabase un poco ido, que es justo lo que plasma Cervantes en su obra.

Don Quijote era el emperador Carlos V, digo, Carlos I, [obsérvese cómo también Cervantes crea un equívoco con los nombres: «Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana.»

Resulta revelador que el equívoco se dé 3 veces con el sonido [k], el mismo que fija las iniciales del emperador: Carlos Quinto de Alemania o Carlos Primero de España.

¿Y a quién representaba, entonces, Sancho? No me cabe sobre esto la menor duda: Sancho era el escudero del caballero andante dentro del universo novelesco; pero en la realidad, Sancho representa al pueblo inculto, que sigue los pasos de su Señor, a pesar de que no los entienda, a pesar de que él no gane nada, más bien pierde, con las batallas en las que se enfrascaba el amo, siempre motivadas por un ideal caballeresco: la expansión de la Cristiandad más allá de las fronteras del país, más allá de las fronteras del continente.

Quizá una frase del capítulo primero resuma esto que yo acabo de señalar: «Los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza [es cierto que el emperador fue gran aficionado a la caza], y aun la administración de su hacienda [pues por realizar sus continuas guerras de religión, Carlos V estuvo a punto de dejar al reino de Castilla en la banca rota].»

 

¿Cómo se llamaba el lugar de la Mancha de cuyo nombre el autor no quiso acordarse? Para responder a esto recordemos primero que el inicio de la novela arranca con el octosílabo de un romance popular en aquella época:

«En un lugar de la Mancha»: ocho sílabas, como corresponde a los versos de un romance.

Desde luego, Miguel de Cervantes no quiere acordarse del nombre porque en realidad se trata de un pueblo extremeño, y porque, lo que es aún más importante, si lo revelara: «Yuste», los lectores identificarían en seguida al personaje del libro con el emperador que había abdicado a favor de su hijo, Felipe II.

Cervantes utiliza de este modo el verso de un romance para despistar al lector, para que éste nunca imagine qué célebre personaje disimulaba la figura del hidalgo manchego, Quesada o Quijada o Quejana.

17 Enero 2010

Capítulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la
espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación


En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.

-Aquellos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:

-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

-Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y, en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y, dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.

-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.

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Tal vez haya llegado la hora de hacerse la siguiente pregunta:

¿Quién de los dos estaba realmente loco: Sancho el simple o Alonso Quijano el bueno?

En el libro de Cervantes nada es lo que parece. A primera vista, juzgamos al hidalgo como un loco de atar y a su escudero como un mentecato, pero cuerdo al fin y al cabo.

Pues bien, nada es lo que parece, repito, Cervantes se ha burlado de los lectores hasta en lo de asignar los papeles de loco y cuerdo. Porque la verdad pura y simple es esta otra:

El loco era Sancho.

El cuerdo era don Quijote.

En los siguientes estudios trataré de demostrar esta tesis. El procedimiento que voy a seguir para ello será el análisis de fragmentos escogidos, como este que inaugura la serie: el capítulo VIII de la primera parte.

La situación es bien conocida por el público: Sancho y don Quijote recorren los campos de Montiel montados en sus respectivas cabalgaduras, cuando de pronto topan con el primer enemigo serio que osa retar al esforzado caballero. Nuestro héroe no puede esquivar este desafío, pues comprueba que el rival se le ha plantado delante.

En estos casos solo puede seguir al pie de la letra el procedimiento que marcan los libros de caballería, y que tanto aficiona (los había leído y devorado hasta la saciedad).

En realidad, está llevando con este proceder la cordura y la sensatez a su máximo rigor. Es como si en nuestros días alguien leyera y aprendiera el código de la ruta, para aplicarlo luego hasta sus últimas consecuencias.

Don Quijote posee un «código de la ruta» que le permite circular a su manera por el mundo. Esto equivale a llevar la cordura a su máxima expresión, puesto que no hace sino dar valor real a la palabra escrita. Y si esta palabra escrita entra en conflicto con el mundo real, esto no tiene que ver con la falta de juicio sino que solo es un punto de vista más entre los infinitos que se ofrecen.

¿O acaso juzgamos más real lo real que el propio libro cuando nos cuenta lo que pasa en el mundo y cómo es a los ojos del escritor?

De acuerdo con la buena lógica de sus libros de caballería, sigue el hidalgo el procedimiento sin saltarse ni una coma:

1. Identificación del enemigo: «Porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes».

2. Declaración de intenciones: «Con quien[es] pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas».

3. Justificación de tales propósitos: «Que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra».

4. Paso a la acción: «Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba».

5. Todo caballero andante debe encomendarse a su señora antes de iniciar la batalla: «Y, en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante».

6. Hallar una explicación a la derrota, a fin de permitir que don Quijote siga siendo valeroso en tanto que caballero andante, puesto que en los libros que el hidalgo ha leído los héroes nunca son vencidos a no ser que se dé una fuerza mayor que justifique la derrota: «-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento».

Comprobamos, pues, que don Quijote no ha hecho sino seguir punto por punto el ejemplo que ofrecen los libros de caballería. Su cordura es en este sentido intachable, no admite réplica.

 

¿Podemos decir lo mismo de Sancho?

Yo creo que no. Sancho parte de otra realidad; para él las reglas del juego son otras, o, retomando la metáfora de antes, su código de la ruta se corresponde con el de la realidad cotidiana, sin el aderezo de los libros. ¿Es Sancho coherente con esta visión? ¿Es coherente con su particular forma de entender las cosas? Veamos su proceder ante el desafío inminente:

1. Negación del desafío mismo: una cosa es lo que cuentan los libros y otra bien distinta es tomarse al pie de la letra dichas fantasías: «Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento».

2. Tratar de persuadir a un conocido de su error cuando lo evidente parece confirmar que somos nosotros quienes estamos en lo cierto: «Sin atender [DQ] a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer».

3. Socorrer al accidentado: «Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.»

 

Hasta aquí, Sancho es coherente con su punto de vista inicial. Sigue a la perfección las reglas del buen ciudadano, esas reglas que justifican la buena conducta de las personas sensatas y prudentes.

Pero, ¿qué hace acto seguido? ¿No le entra al lector la sospecha de que abandona estos principios, traicionando su peculiar «código de la ruta» para dejarse arrastrar hacia otros caminos, a pesar de que ni los entiende ni comulga con ellos?

¿Quién actúa, entonces, como un «loco de atar»?

Para mí, la respuesta está clara: Sancho es el verdadero loco, porque acabado el incidente, y una vez visto lo visto y oído lo oído, ¿cómo reacciona este lugareño manchego? Pues, el bueno de Sancho renuncia a sus principios cívicos y lo deja todo a la mano de Dios (que es justo lo que hacían los paisanos de Cervantes: abandonar las explicaciones racionales y permitir que Dios (o el diablo) decida por ellos cuando de una situación cualquiera se deriva un conflicto).

Estas son las palabras que pronuncia Sancho y que parecen confirmar mi anterior hipótesis:

«-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza».

Y con esto pasaron los dos personajes a otra cosa, y con esto la vida siguió su curso, y con esto Sancho el simple prosiguió su labor como escudero de un caballero que a primera vista (todos los indicios así lo confirmaban) estaba más loco que una cabra.

Pero el verdadero loco es aquel que renuncia a sí mismo por seguir los pasos de alguien que no está en sus cabales. Y eso es justo lo que hace Sancho a lo largo de toda la novela.

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