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La Coctelera

Categoría: Ignacio Calderón

28 Diciembre 2009

[28] Pasaron algunos años y la fama de Andrea Calderón López en tanto que escritora había rebasado las fronteras de su país. Incluso en América celebraban su talento. Se había convertido en una maestra de las novelas de intriga; aunque tocaba muchos géneros, también el histórico.

En la facultad de Montpellier, donde yo era estudiante del último año, un profesor había estudiado en clase una obra que abordaba la importancia de El Persiles para la posteridad. Intrigado con la joven autora, leí varios títulos suyos; y quedé encantado: me convertí en uno de sus más fieles lectores.

A mediados de marzo, llamé a la puerta de un despacho en la facultad Paul Valéry. Propuse al tutor de mi licenciatura realizar la tesis doctoral sobre el tema de la vida y obra de Andrea Calderón López. El profesor, un especialista de la literatura española contemporánea, aplaudió entusiasmado mi propuesta. Para llevarla a buen término hube de viajar a Guadalajara, donde me constaba que residía la escritora: tras haber pasado su infancia y adolescencia en una localidad próxima a Madrid, había realizado los estudios universitarios en Alcalá de Henares; después se había casado con un apuesto empresario del mundo de los libros, el peruano Leandro Buenavista; por aquel entonces la fama ya había llamado a su puerta; se había trasladado a vivir donde su padre, quien, por cierto, se había casado en segundas nupcias con la sobrina del barón de las Encinas, la poetisa local Josefina Rubio Álvarez.

Fue otro poeta local, el señor Álvaro Montilla, quien me informó sobre estos detalles que me sirvieron para redactar la vida y milagros de la joven autora madrileña. No cesaba de escribir en mi bloc de notas, buscaba materia con que completar la tesis que estaba preparando.

El local era amplio, la luz entraba a raudales por las ventanas decoradas con cortinas de un azul eléctrico, el techo era altísimo, las paredes blancas, con cuadros de marco dorado, las mesas de aquella sala de lectura, de un color oscuro, pulidas y brillantes; los sillones, forrados con tela verde de damasco. Estábamos en la biblioteca del Ateneo. Don Álvaro Montilla me ofreció uno de sus cigarros, pero lo rechacé porque yo no fumaba. Dio una gran calada, al tiempo que entornaba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás. Sonreía, feliz; entre otras muchas confidencias, me anunció que uno de sus poemarios había ido a parar a la Biblioteca Nacional; esto era para él motivo de gran satisfacción y orgullo.

«Aquí todos somos artistas de renombre, me dijo, ¿sabe usted...? Hasta la directora del Ateneo, la sobrina del barón, se ha propuesto dar brillo a esta Institución y ha convencido a los del ayuntamiento para que el año que viene tengamos nuestro Primer Certamen Internacional de Poesía Ciudad de Guadalajara.»

Solicité un encuentro con la nueva directora del Ateneo, Josefina Rubio Álvarez; pero entonces apareció en la sala un señor algo barrigudo, elegantemente vestido, y con aire juvenil, si bien noté que se había empolvado la nariz y los pómulos para quitarse años de encima. Se trataba de don Ignacio Calderón Ibáñez. De buenas a primeras, saludó a su amigo y me dio a mí un abrazo; ya se había enterado de que estaba allí para realizar un trabajo sobre la labor literaria de su hija.

Me invitó a comer en la antigua casa del difunto barón de las Encinas, adonde se había ido a vivir una vez casado con la sobrina. Con este matrimonio, que parecía a primera vista bien avenido, pasé hasta tres días. En esa casa viví escenas memorables, que no puedo contar aquí. Sólo eché en falta la presencia de la célebre autora. Me dijeron que estaba de viaje por tierras de Nicaragua. Con la ayuda de su marido, Andrea Calderón adquiría fama por todas las partes del globo.

 

FIN

 

27 Diciembre 2009

[27] Antonio Delamina fue consciente en todo momento de que su carta no le iba a traer el amor anhelado. La distancia suponía una barrera infranqueable. Aunque ella hubiera compartido su sentimiento, las circunstancias no permitían un encuentro siquiera furtivo. Y lo peor era que Andrea no se había enamorado ni poco ni mucho de su persona. De hecho, apenas se había fijado en él la noche de la fiesta.

¿Por qué se había jugado el todo por el todo en una carta «estúpida», si sabía que no disponía del as ganador? ¡Ah, estas contradicciones del ser humano, que actúa muchas veces movido por el arrebato, a sabiendas de que su loco empeño le conduce al precipicio!

Y mientras allá en su celda, Antonio Delamina lamentaba su osadía, se arrancaba desesperado los cabellos, se preguntaba apesadumbrado qué haría después, una vez liberado del entuerto en que estaba metido, los abogados de una y otra parte movían los hilos para tratar de pactar una solución «amistosa».

A casa del apicultor llegó el abogado, muy peripuesto, con guantes de cuero, abrigo largo de calidad superior y maletín de piel de buey con mango de asta de toro, que defendía los intereses de su cliente, Dionisio Cañas. Hablaron largo y tendido. El licenciado se expresaba correctamente: no había venido en son de guerra, sino (¡bien al contrario!) dispuesto a fumar la pipa de la paz.

Para que la concordia reinase entre los dos vecinos de Guadalajara, que se habían peleado por una «bagatela», era preciso que Manuel Cañete retirase las denuncias que había puesto en el juzgado; a cambio, su cliente haría lo propio, dando así carpetazo al asunto, permitiendo que cada cual viviera feliz en su casa.

¿Y qué pasa con los pesticidas que tanto daño han hecho a mis abejas? ¿Promete el señor Dionisio que no los volverá a utilizar nunca más?

Hummm... —el abogado se había puesto de repente pálido; no entraba en sus planes negociar este delicado punto, sino solo obtener una paz entre las partes a cambio de ningún compromiso. Para eso le había pagado su cliente: para que se gastara mucho bla bla bla, y luego ¡allá se las viera cada quien! A él no le importaba en absoluto que las abejas vivieran o dejaran de vivir, colectaran o no colectaran la miel que era el pan de cada día de la otra parte del litigio. Como suele decirse, «no era su problema». No obstante, en calidad de diplomático, prometió interceder por su causa, trataría de convencer a su cliente que más valía reducir los productos tóxicos expandidos por el campo, aunque éste fuera de su propiedad. El riesgo de que las abejas quedaran contaminadas se había hecho demasiado evidente: había que tomar cartas en el asunto.

Abandonó este abogado la casa del apicultor. Le había anunciado que contactaría con el otro abogado para que se retirasen las denuncias respectivas; y también buscaría el modo de convencer a Dionisio para que «hiciera un gesto por salvaguardar la cosecha de miel». Se dieron la mano; el representante legal salió en busca de su coche, aparcado un poco más abajo. Estaba bastante satisfecho de la entrevista.

Una semana más tarde, Roberto Cabrales y Antonio Delamina fueron liberados. Los abogados habían firmado un acuerdo que suspendía el proceso. Isabel Cañete invitó a los dos amigos a su casa, donde Begonia Cuatrocaminos  preparó una comida opípara, en agradecimiento de lo mucho que habían arriesgado por ellos, al poner en peligro su libertad a causa de unas abejas que ni siquiera les pertenecían.

Por último, cabe añadir que si Dionisio Cañas accedió a reducir el uso de pesticidas fue porque recibió la visita de un representante del Ministerio de Agricultura, quien le puso los puntos sobre las íes, obligándole a recapacitar con severas amenazas en caso de reincidir en el empleo indiscriminado de productos químicos. Pero de esto nunca se enteraron el apicultor ni su familia.

¡Y qué más daba, si por fin la autoridad competente se hacía cargo del asunto, permitiendo que el negocio de las abejas continuara dando sus frutos en la región de la Alcarria!

24 Diciembre 2009

[26] Antes que la respuesta de su padre con su opinión sobre el relato del «estudiante pardal», recibió la madrileña la carta de Antonio Delamina. Cuando la tuvo delante de los ojos, el autor de la misiva llevaba varios días en el calabozo, pues las pruebas de su participación en los sucesos del incendio parecían irrefutables; el juez había decretado el encierro inmediato de los dos autores de la fechoría; en una celda aparte, rumiaba su infortunio el infeliz de Roberto Cabrales. Justo antes de que los separasen, había aprovechado la ocasión de advertir a su amigo que no «delatase a Isabel, ni la involucrara para nada en el lío que se había formado.»

A todo esto, se presentó Adela —la amiga punky de Roberto— en la cárcel; pero no para reconfortar a su novio, hecho prisionero por las autoridades, sino para anunciarle que se largaba: se había reconciliado con la familia; había tomado la decisión de emprender otra vida en compañía de sus seres queridos; en sus nuevos planes, por supuesto, ya no contaba con él.

Roberto Cabrales le deseó «buen viento». El orgullo le impedía derramar una lágrima; por otro lado pensó que se había cansado de «semejante mona lisa vestida de seda, pintarrajeada con mil colores: caprichosa, pueril y egoísta como una muñeca de trapo.» Fingiendo dolor y rabia por la ruptura, la mandó a paseo, contento en el fondo de perderla de vista.

Isabel también acudió a la cárcel. Abogó por sus amigos. Quiso denunciarse a sí misma. Pero Roberto Cabrales la convenció de lo contrario con un argumento que no admitía réplica: «Si tú también te metes en el ajo, irán luego a buscar a tu padre, ¿quién se ocupará entonces de la granja de miel? Esa sería la mejor manera de conceder el triunfo a Dionisio Cañas. Y eso no podemos permitirlo ni tú ni yo.»

Dando su brazo a torcer por culpa de este razonamiento, abandonó Isabel la sala de visitas, con lágrimas en los ojos: esperaría acontecimientos. ¡Qué remedio le quedaba!

A pesar de los pesares, cumplió Isabel Cañete la palabra dada: hizo llegar la correspondencia de Antonio Delamina a su amiga Andrea, quien con letra menuda y apretada leyó lo siguiente:

 

«Querida Andrea:

Lo mío nunca ha sido escribir cartas; a mí esto de trazar renglones siempre me ha parecido un galimatías; ni sé cómo empezar ni, menos aún, terminar cuanto se me ocurra escribir.

Pero la ocasión que se me ofrece es especial, especial porque pienso en ti a todas horas; apenas he tenido tiempo de conocerte, y ya me suena tu voz a música celestial, ya veo tu rostro reflejado en todas las fuentes donde me paro a beber, y en todos los cielos de estos atardeceres lánguidos de Guadalajara, lánguidos porque me faltas tú, porque echo en falta tu presencia. Quiero concluir esta carta reconociendo que te amo, que te adoro, que mi vida entera te pertenece, pues yo no he nacido sino para quererte.

Afectuosamente,

Antonio Delamina.»

 

Una vez acabada la lectura, Andrea se quedó obviamente pasmada. Luego reconoció que la carta estaba bien escrita; se preguntaba de qué manual la habría copiado, al menos en parte.

23 Diciembre 2009

 

[25] Andrea, mientras tanto, estaba pasando por un período de ensueño: Que los resultados escolares hubiesen tocado el cielo con los dedos era lo de menos (cada año obtenía excelentes calificaciones); que en su casa el clima de tensión hubiese disminuido (al parecer, su madre había trabado amistad con cierta persona que le hacía «tilín») no suponía mayor cambio en su vida, pues tenía por costumbre refugiarse en su cuarto, donde siempre la dejaban tranquila con sus libros tanto la madre como el hermano; que en su clase la hubieran nombrado delegada no representaba para ella motivo especial de orgullo: le había tocado una clase pacífica, no daba problemas a los profesores; la atmósfera que reinaba en las aulas era más que saludable, así que el convertirse en delegada carecía de mérito alguno.

Lo que realmente suponía un gran motivo de júbilo era su reciente relación con el encargado del bibliobús. No sólo se había enamorado del apuesto peruano (como si se deslizara con un trineo a través de la nieve), sino que había obtenido una respuesta favorable, una complicidad amorosa, un «sí, te quiero» capaz de embriagar los sentidos del más reacio a las cosas del amor.

Leandro Buenavista era un tesoro de muchacho: sensible, atento, galán, cordial, inteligente, tenía el don de transportar a su público a una región maravillosa donde las facultades se potencian, los ánimos reverdecen, el yo de cada quien se une mediante lazos invisibles al yo común, que constituye un nosotros solidario, tan fabuloso como el propio mundo.

Andrea le picaba siempre que podía para que hablase, le contase su peculiar filosofía, cuyas raíces ahondaban en el saber agreste de la tribu india del Altiplano a la que había pertenecido su madre. Leandro Buenavista traía consigo, en definitiva, una parte de los Andes: sobre su cabeza planeaba el cóndor; en sus pasos se notaba el andar ágil de la llama, o bien la marcha sigilosa del puma.

En las narraciones que oía de su boca Andrea encontraba una increíble coincidencia con las lecciones del ermitaño Augusto Montes: Los héroes que pintaba Leandro eran a menudo animales; el narrador «se metía en la piel» de los seres vivos que pueblan los Andes, para hacernos vibrar con sus hazañas, para transportarnos a través del tiempo y la distancia a un universo ignorado por muchos europeos.

A Andrea le quedó grabada para siempre en la memoria una de las historietas contadas por su amigo...

 

«Había una vez un flamenco curioso de más; ya tenía sus años: había viajado muchas veces de África a Europa, de Europa a África. Los veteranos conocían la ruta. Los jóvenes sólo tenían que seguir las huellas de sus padres, con vuelo ágil, con alas teñidas de rosa. Las siluetas de los pájaros, tan delgadas como flautas, surcaban los límpidos cielos del Sur. Los hombres de aquellas latitudes los veían pasar por encima de sus cabezas, y se felicitaban porque tras ellos siempre venía el buen tiempo.

Pero una vez, una sola vez a lo largo de su vida, nuestro flamenco se alejó del parecer de sus congéneres. Su imaginación era tan viva que le planteó el siguiente dilema: «Si cierras los ojos y agitas continuamente las alas, en vista de que la inmensidad azul carece de obstáculos, ¿adónde te conducirá tu loco empeño?»

Pensarlo y hacerlo fue todo uno. Cerró los ojos. Batió más fuerte las alas. Sin advertirlo, se fue distanciando de la colonia que lo había visto nacer y crecer. Navegó muchas millas por encima del océano. Sintió cómo los rayos del sol calentaban sus alas rosadas, cómo la tibia luna depositaba un manto de luz en su cuerpo ligero y dócil a las corrientes del aire.

Por fin atisbó la costa. Por fin abrió los ojos. Estaba solo en el mundo. El mundo que flotaba bajo sus pies, una gigantesca mancha verde, ya no era el mundo de siempre, sino otro nuevo, acaso más espectacular y tremebundo.

A lo lejos divisó las crestas blancas de unas colinas tan altivas como los dioses del Olimpo. Allá se daría un respiro. Ignoraba cuánto tiempo había durado su viaje.

Nada más aterrizar en la cumbre de la montaña más alta, advirtió que en torno suyo volaban sombras negras; sus hermanos los flamencos habían crecido de tamaño, habían mudado el color de las plumas. Los habitantes de la región llamaban a estos flamencos cóndores.

Uno de ellos, el más grande sin duda, se acercó curioso a conocer las señas del recién llegado: «¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué has venido a parar aquí, tan lejos del lugar de tus padres?»

Entonces el viajero explicó cómo se había dejado llevar por la loca imaginación, cómo había cambiado de rumbo, cómo había cruzado el océano, hasta varar en esa costa, cuya existencia desconocía hasta entonces.

El cóndor, impresionado por el reflejo rosado de las alas, contestó: «Para nosotros, tú serás el hijo del sol; tus alas recogen como ninguna su brillo. Vivirás entre nosotros hasta que los cielos nos separen.»

Nunca supieron los habitantes de la cordillera cuánto tiempo permaneció aquel flamenco entre los cóndores. Pero hay quien afirma que mientras vivió, fue feliz.»

 

A Andrea le había seducido la sencillez de la fábula, cuya moraleja no lograba descifrar. Ni tampoco había para qué. Entusiasmada con lo que había oído, también ella se dejó llevar por «la loca de la casa» y, cerrando los ojos, echó el cuerpo hacia delante para dar un beso en la boca a Leandro Buenavista.

22 Diciembre 2009

[24] La iniciativa había partido de Isabel. Cuando tuvo noticia del incidente ocurrido entre su padre y Dionisio Cañas, puso cara de susto al tiempo que evaluaba la posibilidad de tomar venganza. Se enteró con minucia de detalles de todos los pormenores del caso: El agricultor había asomado por la puerta con la escopeta en la mano; no había querido entrar en razones; Manuel Cañete, inconsciente del peligro, había continuado profiriendo amenazas, fuera de sí; entonces el viejo había apretado el gatillo; por suerte, la bala había viajado sin tocar ningún bicho viviente; Roberto Cabrales había sido testigo del episodio: su testimonio sería capital ante el juez. Porque de tan lamentable suceso no podía esperarse sino una denuncia inmediata.

Begonia Cuatrocaminos no estaba para sustos. Llevaba una temporada delicada de salud. Quería convencer a su marido para que abandonasen aquel oficio de apicultor, vender la propiedad, irse a vivir a Madrid... Ella conocía de oídas que en la Corte de momento había trabajo para todo el mundo. Debían aprovechar la coyuntura social y económica del país, y salir de ese pueblo de estampida, puesto que el porvenir estaba en otra parte. La campiña era sólo cosa de águilas y buitres, y personas sin escrúpulos como el tal Dionisio Cañas. Todo esto lo escuchaba en silencio el bueno de Manuel Cañete. Después de haber apretado un rato los dientes, contestaba a su mujer con un exabrupto: «De aquí no me mueve ni la madre que me parió. Esta es mi vida. Esta es mi casa. Aquí nos quedamos.»

A Begonia Cuatrocaminos le tocaba entonces suspirar, clamar al cielo, levantar los brazos a modo de plegaria. Pero Dios no quería apiadarse de ella, ni la cordura reinaba en la mente de los suyos, que se obstinaban en defender lo indefendible.

Isabel Cañete salió en busca de su amigo Roberto Cabrales. Lo halló metido en su casa, recuperándose del susto. Su compañero, Antonio Delamina, había tenido el detalle de prepararle una infusión. Claro estaba que el joven ayudante de apicultor había exagerado los rifirrafes de la contienda: Dionisio Cañas había aparecido con un fusil de los que se utilizan para matar rinocerontes; había apuntado bien, pero como le temblaba la mano de puro viejo, había fallado el tiro; Manuel Cañete y un servidor habían dado la vuelta para echar a correr y quedar así a salvo de la metralla enemiga; pero el viejo había vuelto a disparar, y vuelto a fallar.

Si aún seguían vivos era porque un ángel pasaba por allí en el momento de la refriega; les había protegido de la mala saña del agricultor.

Roberto Cabrales contaba esto, una sarta de mentiras y exageraciones, pálido como la cera. Isabel supo a qué atenerse en cuanto concernía al odioso enemigo de su padre. Propuso ir aquella misma noche a pegarle fuego a los campos de Dionisio. Al día siguiente su cosecha se habría convertido en un montón de ceniza; tendría que recogerla con un cubo y una pala.

Los muchachos celebraron la propuesta. Para pegar fuego a unas pocas hectáreas de cultivo bastaba con un barril de gasolina, algunos trapos que ardieran fácilmente, la complicidad de la noche y la mano que estuviera dispuesta a prender la mecha. Sería algo así como coser y cantar; un paseo por el campo bajo la luz de las estrellas.

Una vez concluido el plan, Antonio Delamina, en un aparte, entregó a Isabel una carta dirigida a Andrea. Él no disponía de su dirección en Madrid; por eso solicitaba la mediación de Isabel, quien no puso reparos, pues pensó que valía la pena hacer de Celestina a cambio de que su amigo colaborase en la cuestión de la «venganza».

21 Diciembre 2009


[23] A principios de noviembre, una pareja de la guardia civil llamó a la puerta de Roberto Cabrales. El sol aún no había terminado de asomar por el horizonte. La mañana era fría; las temperaturas habían caído en picado desde hacía una semana.

El land rover estaba aparcado un poco más abajo. Las ruedas estaban sucias de barro; el parabrisas traía manchas de su paso por la campiña. Los hombres iban vestidos de uniforme, con el tricornio en la cabeza y las pistolas en el cinto. Las botas eran altas, de cuero negro, si bien teñidas con el lodo de los caminos.

Uno de ellos, el más alto, aplicó por segunda vez los nudillos en la madera, en vista de que no recibían respuesta del otro lado. Era joven; usaba bigote pelirrojo de cepillo. El otro, algo más viejo, llevaba gafas, tenía la frente ancha y la piel morena; había dejado crecer unas patillas que casi se juntaban con la densa barba.

Los dos agentes del orden parecían bien avenidos. Sin duda alternaban los papeles del bueno y el malo: cuando en una intervención uno se mostraba inflexible y hasta grosero con el detenido, el otro guardia trataba de contrarrestar los duros modales de su compañero. Y de este modo, hacían de su oficio una representación teatral. Aquel día le tocaba al joven asumir el papel de agente con mala uva, mientras que el otro se limitaría a «verlas venir».

¿Qué es esto? ¿No hay respuesta...? ¡Por Dios que soy capaz de tirar la puerta abajo! —exclamó el policía borde; a punto estaba de sacar la pistola metida en la funda.

Tranquilo, amigo; no te impacientes; ya abrirá —replicó su colega con tono suave, aunque una risita lo delataba.

Roberto Cabrales abrió la puerta, sí, pero después de que los guardias civiles la hubieran estado aporreando largo rato. Se habían enfadado de veras: aquella representación teatral corría el riesgo de irse al traste. Y cuando no había comedia el asunto solía terminar bastante mal, con derramamiento de sangre incluso.

¿De qué se me acusa? —preguntaba, perplejo, el muchacho.

El malo de la pareja le aplicó al punto las esposas:

¿Es usted Roberto Cabrales?

El mismo.

Queda usted detenido por haber pegado fuego a las hectáreas de nuestro paisano, Dionisio Cañas —comunicó el agente bueno.

Yo no he sido.

Eso se lo explicará usted al juez. ¡Andando! —ordenó el malo al tiempo que le daba un empujón.

Al cabo, vino a sumarse al jaleo Antonio Delamina. No iba a permitir que se llevaran a su amigo así como así. Pero uno de los guardias, el que hacía el papel de amable, le dio un porrazo y, colocándole las esposas, se dispuso a embarcarlo también a él en el land rover estacionado allá abajo, en la cuneta.

20 Diciembre 2009

 

[22] La habitación del hotel era muy simple; estaba tocada por la humedad galopante. Había un armario de pino sin luna, una cómoda con figuras de santos y plancha de mármol, y un espejo oval colgado en la pared de rombos grises y blancos. El techo era alto; una bola de cristal iluminaba la pieza con pálida luz de ultratumba. Ocultaba la ventana un paño azul que barría las losas de granito. Un poco más y al respirar proyectaba la pareja el vaho en la atmósfera rancia, cargada de humedad. Ignacio sintió hondo desaliento, creyó que su torre de marfil, tan finamente labrada hasta entonces, se vendría abajo por culpa del hospedaje que la mala suerte les había reservado. Josefina dejó caer los brazos, paseó compungida la mirada alrededor. Era cierto que había dos camas, cada una con su colcha de hilo blanco y su crucifijo en la cabecera; pero ¡dormir allí sería tan triste! Si aquello parecía más una celda de convento que la habitación de un hotel...

El comercial de La Campana no iba a tolerar que el vacío se instalara, estableciendo una barrera invisible entre ellos, imposible de atravesar. Lo mejor que podía hacer era llenar el espacio con una voz que delatase ligero, aunque firme, enojo...

¡Ah, Josefina! ¡Cuánto lamento que nos hayan dado una habitación así! ¡Esto no me lo esperaba en absoluto! Me habían asegurado por teléfono que el establecimiento ofrecía suficientes garantías de confort como para estar tranquilos. ¡Compruebo que me he dejado engañar como un bobo! Me voy a recepción a expresar mi más enérgica protesta.

Y se dirigió a la puerta, aliviado en el fondo por no tener que enfrentarse a la terrible mirada, llena de reproche, de su compañera, la cual había osado (tras la incertidumbre de los primeros momentos) tomar asiento al borde de una de las camas.

Sin embargo, ya era tarde; acaso, demasiado tarde para ella, que no estaba acostumbrada a pernoctar. El viaje había sido largo, larguísimo...

Volvió a pasear la mirada sobre la habitación impregnada de melancolía. Si hasta las paredes rezumaban soledad por todas partes... Y los rincones, los rincones parecían acoger un nido de desdichas y tristezas sin fin. Josefina sintió cómo su alma se anegaba de pesadumbre. Creyó que saldrían a flote los infortunios acumulados en los años de su anterior matrimonio, aquellos malos ratos que le había hecho pasar su difunto marido (Casimiro Díaz, amable con todos, salvo con ella; solícito con los demás, déspota y autoritario con su mujer, quien había tenido que soportar su mal genio hasta  el último minuto: incluso en los meses de la convalecencia el enfermo no había tenido un gesto de agradecimiento para con quien permanecía a su lado «hasta que la muerte los separase»). De todo esto se acordó en el espacio de un segundo Josefina; como notara ruido en la puerta, volvió los ojos hacia Ignacio, que ya se iba. Con voz suplicante, le dijo:

No te vayas, Nacho. Ven aquí conmigo. No me importa que la habitación sea desagradable. Estamos nosotros, y eso a mí me basta para sentirme a gusto.

Era la primera vez que lo llamaba con su nombre de pila. Sonó en los oídos del galán la palabra «Nacho» como si fuera una explosión de júbilo... Advirtió que la dama acababa de rendir sus armas.

Se dio la vuelta (al tiempo que pensaba: «Que me parta un rayo si la jugada sale mal. ¡Yo me lanzo a la piscina!»), y extendió los brazos en busca de su amada; no tardó en encontrar el tesoro de sus labios, que unió enseguida a los suyos.

Cuentan las crónicas que aquella noche triunfó el amor. También cuentan que la sobrina del barón de Las Encinas, seducida por el encanto de un comercial de chocolates, se dejó transportar a la región de los sueños y promesas.

Por otro lado, parece igualmente cierto que don Ignacio cumplió a la perfección su cometido en la villa de Santiago de Compostela, ganando gran cantidad de clientes para La Campana. Mientras tanto Josefina consagró sus jornadas a visitar cada templo sagrado, cada iglesia, cada monumento que componían el inventario religioso de la ciudad.

17 Diciembre 2009

 

[21] Sería la una de la madrugada, cuando se metieron en el taxi que los dejaría en un hotel del centro. Se trataba de un inmueble antiguo, negro de humedad. Los balcones eran de hierro forjado; las ventanas muy altas y delgadas, con forma de cúpula. La fachada era de principios del siglo XX, estilo modernista.

Durante el viaje, un detalle había llamado la atención de Josefina Rubio: ¿En qué momento iba a meter la pata su acompañante?

Permaneció al acecho del inevitable fallo hasta la provincia de León; pero el galán no se equivocaba nunca: sin pecar de empalagoso, prodigaba amabilidades, cortesías, palabras honestas y educadas, sanas y prudentes intenciones, que eran el reflejo de un corazón alegre, si bien respetuoso con las formas.

En una ocasión, Ignacio fue al cuarto de baño a espiar su imagen frente al espejo. Con un guiño cómplice, se dijo: «Perfecto, camarada; las maniobras de abordaje están siendo realizadas con enorme precisión; pero, ¡cuidado!, que la sobrina es taimada; cuando menos se lo espera uno, levanta el vuelo.»

Y volvió a su sitio del vagón, dispuesto a proseguir la bien calculada estrategia de conquista amorosa.

Esta aparatosa escenografía conoció uno de los momentos de mayor auge en el restaurante del tren. El servicio era caro; la comida, menguada y con cierto sabor a humo. Aún así, Ignacio logró encender la chispa que le faltaba al ambiente. Pidió al camarero que colocase en el centro una vela. Detrás de la ventanilla, el paisaje se esfumaba a toda velocidad. La tarde, cada vez más arrinconada, retrocedía ante el avance misterioso de la noche. El traqueteo del tren sonaba en sus atribulados espíritus como un oleaje que rompiera el dique de sus conciencias: ya solo podían entregarse a los brazos del júbilo. A Josefina le subieron los colores a las mejillas (¿sería efecto del vino, que mojaba sus labios sin notarlo apenas?). Ignacio creía ganar terreno a la vez que el tren avanzaba en dirección de los montes de Francia, que forman una barrera natural entre la meseta castellana y los húmedos y verdes campos gallegos. Eufórico, daba buena cuenta al vino tinto de Rioja. Le brillaban las pupilas, grises como perlas; su rostro, encendido, rebosaba de plenitud, tal un conquistador postrado ante la reina, a quien ofrece los mil y un objetos traídos de tierras lejanas.

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