[28] Pasaron algunos años y la fama de Andrea Calderón López en tanto que escritora había rebasado las fronteras de su país. Incluso en América celebraban su talento. Se había convertido en una maestra de las novelas de intriga; aunque tocaba muchos géneros, también el histórico.
En la facultad de Montpellier, donde yo era estudiante del último año, un profesor había estudiado en clase una obra que abordaba la importancia de El Persiles para la posteridad. Intrigado con la joven autora, leí varios títulos suyos; y quedé encantado: me convertí en uno de sus más fieles lectores.
A mediados de marzo, llamé a la puerta de un despacho en la facultad Paul Valéry. Propuse al tutor de mi licenciatura realizar la tesis doctoral sobre el tema de la vida y obra de Andrea Calderón López. El profesor, un especialista de la literatura española contemporánea, aplaudió entusiasmado mi propuesta. Para llevarla a buen término hube de viajar a Guadalajara, donde me constaba que residía la escritora: tras haber pasado su infancia y adolescencia en una localidad próxima a Madrid, había realizado los estudios universitarios en Alcalá de Henares; después se había casado con un apuesto empresario del mundo de los libros, el peruano Leandro Buenavista; por aquel entonces la fama ya había llamado a su puerta; se había trasladado a vivir donde su padre, quien, por cierto, se había casado en segundas nupcias con la sobrina del barón de las Encinas, la poetisa local Josefina Rubio Álvarez.
Fue otro poeta local, el señor Álvaro Montilla, quien me informó sobre estos detalles que me sirvieron para redactar la vida y milagros de la joven autora madrileña. No cesaba de escribir en mi bloc de notas, buscaba materia con que completar la tesis que estaba preparando.
El local era amplio, la luz entraba a raudales por las ventanas decoradas con cortinas de un azul eléctrico, el techo era altísimo, las paredes blancas, con cuadros de marco dorado, las mesas de aquella sala de lectura, de un color oscuro, pulidas y brillantes; los sillones, forrados con tela verde de damasco. Estábamos en la biblioteca del Ateneo. Don Álvaro Montilla me ofreció uno de sus cigarros, pero lo rechacé porque yo no fumaba. Dio una gran calada, al tiempo que entornaba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás. Sonreía, feliz; entre otras muchas confidencias, me anunció que uno de sus poemarios había ido a parar a la Biblioteca Nacional; esto era para él motivo de gran satisfacción y orgullo.
«Aquí todos somos artistas de renombre, me dijo, ¿sabe usted...? Hasta la directora del Ateneo, la sobrina del barón, se ha propuesto dar brillo a esta Institución y ha convencido a los del ayuntamiento para que el año que viene tengamos nuestro Primer Certamen Internacional de Poesía Ciudad de Guadalajara.»
Solicité un encuentro con la nueva directora del Ateneo, Josefina Rubio Álvarez; pero entonces apareció en la sala un señor algo barrigudo, elegantemente vestido, y con aire juvenil, si bien noté que se había empolvado la nariz y los pómulos para quitarse años de encima. Se trataba de don Ignacio Calderón Ibáñez. De buenas a primeras, saludó a su amigo y me dio a mí un abrazo; ya se había enterado de que estaba allí para realizar un trabajo sobre la labor literaria de su hija.
Me invitó a comer en la antigua casa del difunto barón de las Encinas, adonde se había ido a vivir una vez casado con la sobrina. Con este matrimonio, que parecía a primera vista bien avenido, pasé hasta tres días. En esa casa viví escenas memorables, que no puedo contar aquí. Sólo eché en falta la presencia de la célebre autora. Me dijeron que estaba de viaje por tierras de Nicaragua. Con la ayuda de su marido, Andrea Calderón adquiría fama por todas las partes del globo.
FIN




