Más tarde el padre de Julia contó en torno a la mesa la leyenda de Zarzamora, un pueblecito manchego que sufrió cierto percance con un pino ubicado en la plaza, junto a la fachada principal de la iglesia Nuestra Señora del Carmen.
A Ricardo le gustó el cuento; a Julia también, solo que ya lo sabía de memoria: era una de las historias preferidas de su padre desde los tiempos en que solía hablar por hablar frente al fuego de la chimenea en las noches de invierno. Por cierto, ¡qué buena noche pasó el nuevo alumno de la facultad de Artes! Lo habían alojado en una habitación coqueta, vestida con elegantes cortinas blancas y una colcha azul sobre la cama; un mueble oscuro ocupaba la pared encalada; el techo era bajo y salpicado de vigas de madera; un ventanuco redondo se abría al campo.
A lo lejos divisaba las negras siluetas de las montañas. Le parecía que el mundo sonreía plácido, sereno, cómplice de su felicidad. Regresaron a Palma en el autobús de las cinco. La vuelta fue menos animada que la ida; pero eso era señal de que lo habían pasado bien en la campiña balear y de que gustosos repetirían la experiencia. Julia marchó cabizbaja algún rato: otra vez se apartaba de los suyos, ignoraba cuándo volvería a coincidir con ellos. Dijo:
-Mi situación se parece mucho a eso que consiste en hacer «borrón y cuenta nueva»: no tengo trabajo, me alejo por segunda vez de mi casa, estreno piso en Palma... Lo único que no ha cambiado es mi novio, que se llama igual que antes, o sea, Ricardo.
-¿Te da vértigo pensar en el porvenir? -preguntó este con aire distraído.
Julia respiró ruidosamente.
-No me da vértigo; pero es obvio que me encuentro en un cruce de caminos: de lo que haga estas fechas se decidirá mi futuro.
-¿Y no te da miedo equivocarte? -insistía el chico, como si le regocijaran las tribulaciones de su compañera. Sin embargo, la pregunta la formuló sin acento de burla, por lo que Julia prefirió tomárselo con calma.
-Verás... Yo he estado trabajando una buena temporada en un súper y no me ha ido mal en absoluto; si luego la experiencia de la tienda de paños salió torcida no fue por mi culpa, sino porque me había metido en una casa de locos, imposible no acabar un poco desquiciada. Ahora se abre ante mí un montón de posibilidades: ¿por qué iba a sentir miedo si te tengo a mi lado y tengo a mi familia, que vela por mí en todo momento, y también tengo un sitio donde cobijarme?
-¿Por qué no le pides al señor Alfredo que te fiche de nuevo como cajera del súper?
Julia abrió escandalizada la boca:
-¿Estás loco!... Yo no vuelvo a poner los pies allí ni aunque estuviera en las últimas.
-¿Y en el pueblo...? ¿Estarías dispuesta a regresar al pueblo con tus padres y tu hermano? Que yo sepa, nada ni nadie te impide dar media vuelta y reencontrarte con los tuyos.
Julia puso, obviamente, mala cara:
-Suena muy bonita tu propuesta. Otra cosa es que a mí me apetezca hacer lo que dices. ¿Ese es el amor que sientes por mí, que quieres que me vaya de Palma para librarte de un estorbo como el que yo represento ahora?
-¿Tú, un estorbo...? No, maja, lo que hago es formular en alto las preguntas que tú misma te planteas en voz baja.
-Pues no, te equivocas, no pienso en nada de eso. No me planteo el porvenir, ni me preocupa lo que pueda pasar mañana, ni me cuestiono si conviene o no conviene tomar el camino de vuelta al pueblo para meter los bártulos en la casa de mis padres.
-¿Entonces...?
A Julia le temblaron los labios. Suspiró y pidió por último:
-Entonces abrázame fuerte y dame cuarenta y ocho horas para pensar lo que voy a hacer con mi vida.
En efecto, se abrazaron conmovidos en los asientos de aquel autobús con destino a Palma. ¡Qué bien había barruntado el joven la zozobra por la que estaba pasando su amiga!