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La Coctelera

Categoría: La cajera de Palma

13 Junio 2011

Nota final (130)

13 jun 11 En: La cajera de Palma

Voy a concluir la historia de la cajera de Palma con dos breves apuntes: a don Eusebio Morales Blanco nadie le sacó la idea de que Julia le debía su buena suerte, puesto que antes él había ganado el premio gordo de la lotería y como la novia de su sobrino se había arrimado a su vera, pues la había contagiado con la fortuna. El buen hombre alargaba cada vez más sus paseos en la bahía y si tropezaba conmigo manteníamos unas conversaciones de lo más ameno que he oído nunca.

Yo vivía feliz con la caña de pescar y mi jubilación en el bolsillo. Casi nadie se acordaba de que en otro tiempo fui «Avanti», el ogro del supermercado de la calle Pérez Galdós, el mismo donde había trabajado Julia.

Un día la vi pasar por el muelle en compañía de su amigo. Los saludé llevándome la mano al sombrero y ella me sonrió y vino hacia mí a dedicarme algunas palabras.

¿Qué tal, señor Segundo? –saludó.

Muy bien. ¿Y tú...?

Pss... No me puedo quejar.

¡Ya lo creo que no te puedes quejar; yo en tu lugar iría preparando la boda!

Y miré de reojo al novio.

¡Ah, no, que este es un zascandil y yo no me caso con un zascandil! ¡Además, todavía me queda mucho que estudiar si quiero aprobar las asignaturas de este curso!

¡Ah...! –exclamé algo desilusionado.

La pareja avanzó unos pasos. De repente, Julia se volvió para decirme:

¡Señor Segundo! ¡No me olvido de lo que me hizo una vez en la frutería, cuando quería que colocase las manzanas en forma de pirámide y al final me las tiró todas!

¡Avanti! ¡Avanti! –exclamé por toda respuesta.

Julia rió con ganas y gritó: «¡avanti, avanti!». Luego se fueron alejando con calma y sin soltarse nunca de la mano.

 

FIN

12 Junio 2011

 

El proceso de la enfermedad de Alzheimer fue en doña Emilia fulminante: entre los primeros síntomas y el final había transcurrido un periodo de algo más de año y medio.

Esto demuestra que en algunos pacientes el mal tarda años en desarrollarse mientras que en otros avanza a un ritmo acelerado. Eso fue lo que le pasó a doña Emilia. Y lo mismo podemos decir de don Simón.

 

Julia, por su parte, llevaba una vida amena en el instituto. El año avanzaba raudo hacia los exámenes finales; ella podía presumir de que progresaba y de que seguramente sacaría un aprobado. Sus padres, desde el pueblo, cubrían los gastos del piso en la calle San Miguel, y Ricardo le allanaba el camino, de modo que se sentía querida, protegida y mimada por las circunstancias.

¿Qué otra cosa podía pedirle a la vida...?

De vez en cuando se decía que tenía que realizar una visita a la antigua casera, la señora Emilia. Pero siempre la postergaba para después, y este después no acababa de materializarse.

Así fueron pasando las semanas y los meses, hasta que en vísperas de las vacaciones recibió una carta procedente de la notaría.

Apremiaban a la joven para que se presentara en el despacho sito en...

Allá que fue Julia, ¿qué otra cosa podía hacer? El notario, un hombre amable que sabía vestir muy bien, le preguntó primero por doña Emilia; luego se dispuso a leer cierto documento oficial que traía entre manos.

La pelirroja no salía de su asombro.

Al final de aquella lectura solemne, que tenía sus partes de engorro administrativo y sus partes donde la ex casera manifestaba elocuentes deseos, Julia sacó en claro que la había hecho ¡propietaria del piso de la Calatrava!

Hay una explicación para esto: la buena mujer no tenía descendencia ni allegados y se había acordado de la chica para «ayudarla –afirmaba el testamento– a salir adelante en esta vida donde la solidaridad de los unos para con los otros brilla precisamente por su ausencia.»

11 Junio 2011

Salió de la cama doña Emilia como un ciego que entrase en la oscuridad dentro del reino de lo oscuro. Lo oscuro en lo oscuro, así podríamos definir los pasos que diera en la estancia. No reparó en la enfermera. No veía a su marido. Tampoco se percató de la presencia de los inspectores. Sus ojos estaban velados por el fatal sino del olvido.

Doña Carmen la cogió del brazo y la condujo delicadamente hasta el baño a través del pasillo. Pasaron delante de los funcionarios y la anciana ni siquiera les dedicó una mirada de cortesía. Era como si su mente viajara por otros lugares y el cuerpo, que seguía en pie por pura inercia, fuese del todo ajeno a las tribulaciones del alma. Materia y espíritu se habían disociado hasta el punto de que «ella» ya no estaba ahí: había mudado de mundo; o bien recorría los últimos pasos en lo que había sido hasta entonces su mundo. Triste final. Tal vez quedase para los vivos el único consuelo de que no era consciente de su marcha definitiva.

Los funcionarios agitaron compadecidos las cabezas. No hacía falta ser un lince para advertir que la dolencia del olvido ejercía un imperio fatal en la mente de la enferma, un imperio tan poderoso que la arrastraba inexorablemente hacia la tumba, cuyo perfil de piedra se vislumbraba en el horizonte inmediato.

Y en lo que concernía al caballero... El ex médico estaba tan desmejorado que apenas le quedaban fuerzas para saltar de la cama. Un ligero y constante temblor le hacía gesticular más de la cuenta. El pelo se le caía como las hojas de los árboles en otoño. Su mirada se había vuelto tan difusa y lacrimosa que todo él naufragaba en las aguas del pasado. Al igual que su compañera, se disponía a abandonar su plaza en el reino de los vivos.

Sólo quedaba por saber quién de los dos partiría antes. El inspector de Sanidad apuntó lo siguiente:

 

«Pareja de ancianos en estado terminal vive en un piso. Una enfermera sin apenas medios los asiste. La hospitalización ha de ser inmediata [...]»

 

Al día siguiente de recibido el informe en la sede del ministerio, una ambulancia vino a recogerlos. En la habitación de hospital donde fueron ingresados hallaron ambos la muerte. El primero en cerrar para siempre los ojos fue don Simón. La señora Emilia los cerraría varias semanas después de la ausencia definitiva de su esposo.

4 Junio 2011

Como doña Carmen insistiera con lo de la «insostenibilidad de la situación en el piso de la Calatrava», se presentó una mañana temprano un encargado de los servicios de salud e higiene. Venía acompañado de su secretario y llevaba en una mano la ficha que esperaba rellenar tras la visita cuyo objetivo era enviar a la delegación el correspondiente informe sanitario.

La enfermera era consciente de que los inspectores mirarían con lupa no solo el estado de ambos pacientes sino la manera como ella se había desenvuelto al desempeñar su oficio.

Por suerte le habían llegado rumores de que la visita sería inminente; así que el día anterior lo había consagrado a efectuar una limpieza en profundidad del piso. Igualmente, había revisado el maletín de primeros auxilios, no fuera que hubiese caducado alguno de los medicamentos.

Había puesto, en suma, todo su empeño para que nadie pudiera reprocharle cualquier falta o descuido.

 

Tim... Tim... El timbre sonaba insistente. Doña Carmen acudió a abrir. Tenía el corazón encogido a causa de los nervios.

Buenos días –saludó el funcionario. Era un señor pequeño con bigote de cepillo. Llevaba traje de americana negra y pantalón de tergal color canela. Traía consigo un maletín de cuero negro. Su compañero ofrecía idéntico aspecto, además de usar gafas de concha. Era mucho más alto que su jefe. Entre los dos sumarían aproximadamente ochenta años.

Buenos días –contestó la enfermera.

Pasaron a través del pasillo a la salita, que estaba entonces desierta, pues doña Emilia ya no se levantaba a las seis y cinco, sino que tenía que esperar a que la enfermera la sacara de la cama, cosa que solía ocurrir a eso de las nueve en punto.

Los inspectores abrieron muy bien los ojos. Se pusieron a registrar la pieza como si allí acabara de suceder algún crimen.

La enfermera los observaba con inquietud. El secretario comprobaba que no había polvo en los rincones, ni en los muebles, ni en la planta que servía de adorno junto a la puerta del balcón.

El delegado ponía en marcha un aparato que medía la temperatura, la humedad y el índice de contaminación de aquella atmósfera algo rancia. De vez en cuando los operarios apuntaban datos escuetos o tachaban algunas casillas del informe.

Esta serie de operaciones las realizaban provistos de guantes de goma, que había sido lo primero que habían extraído de sus respectivos maletines.

Al fin decidió despertar a los pacientes.

Usted haga su trabajo como si nosotros no estuviéramos –dijo el señor del bigote.

Carmen se fue a la habitación del matrimonio; descorrió las cortinas; dio los buenos días a Emilia y Simón, quienes despertaron o fingieron despertar.

Con el fin de guardar el decoro, permanecía en el umbral la pareja de inspectores.

¡Arriba! –dijo Carmen–. El desayuno va a estar listo dentro de cinco minutos y ustedes siguen ahí, como si nada.

La enfermera no solía emplear en su trato con el matrimonio el «usted»; pero debido a la situación un poco estresante creyó conveniente marcar las distancias, como si ello contribuyera a realzar su «profesionalidad».

La escena que vino a continuación fue bastante patética –según declararon en su informe los agentes del ministerio de sanidad.

29 Mayo 2011

La secretaria tomó nota. Dijo que consultaría el caso con el jefe de la asociación, el doctor Llaneras, una persona de mucha valía. Doña Carmen abandonó el despacho sin cesar de murmurar. Era cierto que había alcanzado el límite de su resistencia.

¿Qué le estaba ocurriendo a don Simón para que esta mujer acudiera tan pronto a dar la señal de alarma? ¿Qué carácter quejicoso no habría adoptado para agotar así la paciencia de una profesional como la copa de un pino, pues doña Carmen era experimentada en estas lides donde la salud de los pacientes se resquebraja a velocidad de vértigo?

Cierta madrugada Simón había sufrido una crisis aguda del hígado (según explicaba luego el parte de urgencias). Fue doña Carmen quien lo condujo en taxi hasta el hospital. Y este ataque repentino del hígado había intoxicado su estado de ánimo, le había agriado el carácter hasta el punto de que quienes habitualmente se relacionaban con él debían realizar un esfuerzo para reconocerlo.

Dejó de asistir a los torneos de ajedrez en el bar Costa de Marfil, su establecimiento preferido, a un paso de la plaza doctor Fleming. Anuló igualmente sus frecuentes paseos a lo largo de la bahía de Palma, la cual se estira como un elástico desde Porto Pi hasta las playas de Es Molinar, en la otra punta de aquel recodo natural que forma la costa. Y, encerrándose en su casa, que era en realidad la de Emilia, se dejó llevar por la pesadumbre, el mal humor y los nervios a punto de estallar. Todo le causaba enojo; la mera presencia de la enfermera le hacía gesticular como un mico y entablar disputas contra sí mismo. Semejaba otro don Quijote enfrentándose a brazo partido con los fantasmas del pasado o las quimeras de lo porvenir.

Hay quien sostuvo que lo de don Simón no era más que una fiebre pasajera. Pero yo, que tuve la suerte de coincidir con él en sus momentos delicados, debo afirmar que quienes así pensaban se equivocaban. El decaimiento del antiguo doctor no solo era anímico, sino físico. Había perdido algunas libras de peso en muy poco tiempo. El color de la piel se le ajaba rápidamente y las arrugas de la cara se hicieron tan visibles que una segunda generación de arrugas parecía haberse expandido sobre la primera generación. Al final solo se distinguían los dos puntos sin brillo de las pupilas; diríase que estas pedían clemencia a los estragos del tiempo. La boca había quedado mustia y sin color... Daba, en verdad, pena verlo. ¡Él, que había sido tan dandi y tan coqueto a lo largo de su fértil vida! Gran asombro me causó el comprobar cómo en tan poco tiempo el universo de este hombre se había venido abajo de forma tan calamitosa.

28 Mayo 2011

 

Me toca ahora referir la penosa degradación de la salud de doña Emilia, cómo la enfermedad del Alzheimer iba minando sus fuerzas, convirtiéndola en un espectro de la que fue, robándole su esencia de mujer al tiempo que la memoria. Su compañero de viaje en este último tramo de su vida acabó resignándose a la suerte de ambos; no tardó en constatar que había contraído matrimonio para quedarse otra vez solo al cabo de un período de incertidumbres. Don Simón no podía luchar contra el hado fatal porque del mismo modo que los seres nacen y prosperan en su entorno, luego aparece el declive y la estrella termina apagándose; esto es inevitable.

En medio del infortunio, llegó un momento en que la situación se hizo tan frágil que el propio ex podólogo sintió quebrarse su hasta entonces envidiable estado de salud. En efecto, también él cayó enfermo de la noche a la mañana y su dolencia, que no le iba a dejar un momento de respiro, cabe calificarla incluso de peor que la que venía padeciendo su esposa.

Doña Carmen, la enfermera, empezó a murmurar entre dientes. Muy pronto advirtió que no daba abasto; ella sola no podía atender a dos enfermos cuyo estado no hacía sino empeorar de día en día. Así que tomó la determinación de presentarse en la agencia de contratación y plantear su caso. Dijo a la secretaria que había en la oficina: «A mí me pagan cada mes para que me ocupe de una persona enferma; no de dos. Y en esa casa cuando no se lamenta el señor porque le duele la barriga, está doña Emilia haciendo de las suyas. En estos momentos no se acuerda ni de su nombre. Todo el santo día tengo que andar detrás de ella, recordarle por dónde se va al salón o a la cocina, ponerle el babero y darle de comer una sopa de verduras, porque ella no puede sujetar la cuchara sin que le tiemble el pulso. Señora, en serio se lo digo: me estoy desquiciando. El señor Simón, ahora que está pachucho y los ojos se le caen de pura fatiga, nos ha salido protestón. Si le preparo un caldo de alas de pollo con su pastilla de avicrem me dice que no le gusta el pollo y que se lo dé a los gatos de la vecindad. Y si le hago un buen puré con su pizca de sal o de pimienta y medio litro de leche, va y me dice que es alérgico a la levadura y que eso no lo puede tomar. Pero, le suelto yo bastante amoscada, si este puré no lleva ni levadura ni nada que se le parezca. «¡La huelo!», exclama el tontorrón, «deles también este puré a los gatos; ellos no tienen un estómago tan delicado como el mío». ¡Ay, señor, yo no soy enfermera a prueba de bombas! Con ocuparme de un solo paciente me basta y me sobra. Así que, o ponen arreglo a esta situación o dimito de mi cargo en ese piso de la Calatrava. He hecho cuentas y he visto que si me apunto en las oficinas del paro me van a dar año y medio de subvención, lo cual sería preferible a seguir como estoy: todo el santo día con la lengua fuera.»

14 Mayo 2011

 

Algunos días después, en efecto, Julia decidió que había llegado el momento de acometer una importante reforma en su vida. Muy pronto se le hizo evidente que era necesario actuar, pero ¿hacia dónde? Ahí residía la cuestión, el terrible dilema que le estaba acarreando algunos quebraderos de cabeza. Durante estas sesiones de tremebundo ensimismamiento en busca de respuestas la acompañaba el jolgorio de la canaria metida en su jaula, junto a la cristalera que daba a la calle San Miguel. El pájaro saltaba de un palitroque a otro. De vez en cuando metía la rubia cabeza en el comedero, y vuelta a entonar su peculiar himno a la alegría.

Eran mañanas de otoño soleadas, llenas de buenos augurios, pero tan frágiles que bastaba un soplo de malos humos para que se echaran a perder, y tardes calurosas, soporíferas. Con grandes dificultades lograba entregarse a los brazos de Morfeo en las horas de la siesta. Y como su novio ya no trabajaba y las horas de la facultad le dejaban bastante tiempo libre, la acompañaba en esta especie de travesía del desierto, cuando uno parece que busca su destino y solo encuentra arenas que se mueven formando traviesas dunas: el paisaje de su conciencia lo veía Julia tan igual, tan monótono cada día que pasaba que por un momento creyó haberse vuelto loca. Por fin, se sentó a la mesa frente a su chico y le dijo:

Se acabó lo que se daba. He decidido que voy a volver a estudiar.

¿Volver a estudiar...? –Ricardo se mostraba tan sorprendido que se limitó a interpretar el papel de eco.

Eso mismo. Nunca es tarde si la dicha es buena. Aún estoy a tiempo de demostrar que un montón de libros y una banda de profesores no serán más tozudos que yo. ¡Ea!, los números rojos saldrán en estampida de mi boletín de notas. ¿Qué te parece?

¿Y cómo vas a conseguirlo...? ¿Y dónde te vas a matricular? –preguntó, incrédulo, el muchacho.

Estamos en el periodo de solicitudes de matrícula. Mañana mismo iré al instituto de Formación Profesional y me apuntaré en la lista.

¿Qué curso has escogido?

Hostelería. De todas las posibilidades que existen, creo que este es el ramo que más me conviene. Piensa que vivimos en un archipiélago y que el aeropuerto de Mallorca es el que más tráfico de pasajeros soporta en Europa durante los meses de verano.

Yo no digo que no... pero...

¿Pero...?

¿A ti te gustaría trabajar en la hostelería?

¿Y por qué no me iba a gustar, vamos a ver?

Por favor, contesta a la pregunta.

La hostelería ofrece un amplio abanico de oficios: una puede trabajar de recepcionista, de camarera, de señora de la limpieza, de guía turístico, de comercial en una agencia de viajes, de intérprete en los centros de reuniones y exposiciones, de...

¡Adelante, adelante, chiquilla, con tus faroles! Aprenderás en un par de trimestres el inglés, el francés, el alemán...; y también aprenderás a preparar un cóctel y a manejar la bandeja; y te irás luego a trabajar a toda pastilla en un hotel de Ca'n Pastilla. Porvenir, divino porvenir, ¿quién te atrapara con la punta de los dedos?

¿Acaso te estás burlando de mí?

No, señorita. No me estoy burlando de usted.

Se miraron unos segundos antes de estrecharse en un caluroso abrazo.

Una semana más tarde, estaba matriculada en el primer año de Formación Profesional del instituto situado cerca del Ministerio de Impuestos y Cargas Fiscales. La rama elegida por ella había sido «hostelería», de acuerdo con lo que había anunciado a su novio.

11 Mayo 2011

Más tarde el padre de Julia contó en torno a la mesa la leyenda de Zarzamora, un pueblecito manchego que sufrió cierto percance con un pino ubicado en la plaza, junto a la fachada principal de la iglesia Nuestra Señora del Carmen.

A Ricardo le gustó el cuento; a Julia también, solo que ya lo sabía de memoria: era una de las historias preferidas de su padre desde los tiempos en que solía hablar por hablar frente al fuego de la chimenea en las noches de invierno. Por cierto, ¡qué buena noche pasó el nuevo alumno de la facultad de Artes! Lo habían alojado en una habitación coqueta, vestida con elegantes cortinas blancas y una colcha azul sobre la cama; un mueble oscuro ocupaba la pared encalada; el techo era bajo y salpicado de vigas de madera; un ventanuco redondo se abría al campo.

A lo lejos divisaba las negras siluetas de las montañas. Le parecía que el mundo sonreía plácido, sereno, cómplice de su felicidad. Regresaron a Palma en el autobús de las cinco. La vuelta fue menos animada que la ida; pero eso era señal de que lo habían pasado bien en la campiña balear y de que gustosos repetirían la experiencia. Julia marchó cabizbaja algún rato: otra vez se apartaba de los suyos, ignoraba cuándo volvería a coincidir con ellos. Dijo:

-Mi situación se parece mucho a eso que consiste en hacer «borrón y cuenta nueva»: no tengo trabajo, me alejo por segunda vez de mi casa, estreno piso en Palma... Lo único que no ha cambiado es mi novio, que se llama igual que antes, o sea, Ricardo.

-¿Te da vértigo pensar en el porvenir? -preguntó este con aire distraído.

Julia respiró ruidosamente.

-No me da vértigo; pero es obvio que me encuentro en un cruce de caminos: de lo que haga estas fechas se decidirá mi futuro.

-¿Y no te da miedo equivocarte? -insistía el chico, como si le regocijaran las tribulaciones de su compañera. Sin embargo, la pregunta la formuló sin acento de burla, por lo que Julia prefirió tomárselo con calma.

-Verás... Yo he estado trabajando una buena temporada en un súper y no me ha ido mal en absoluto; si luego la experiencia de la tienda de paños salió torcida no fue por mi culpa, sino porque me había metido en una casa de locos, imposible no acabar un poco desquiciada. Ahora se abre ante mí un montón de posibilidades: ¿por qué iba a sentir miedo si te tengo a mi lado y tengo a mi familia, que vela por mí en todo momento, y también tengo un sitio donde cobijarme?

-¿Por qué no le pides al señor Alfredo que te fiche de nuevo como cajera del súper?

Julia abrió escandalizada la boca:

-¿Estás loco!... Yo no vuelvo a poner los pies allí ni aunque estuviera en las últimas.

-¿Y en el pueblo...? ¿Estarías dispuesta a regresar al pueblo con tus padres y tu hermano? Que yo sepa, nada ni nadie te impide dar media vuelta y reencontrarte con los tuyos.

Julia puso, obviamente, mala cara:

-Suena muy bonita tu propuesta. Otra cosa es que a mí me apetezca hacer lo que dices. ¿Ese es el amor que sientes por mí, que quieres que me vaya de Palma para librarte de un estorbo como el que yo represento ahora?

-¿Tú, un estorbo...? No, maja, lo que hago es formular en alto las preguntas que tú misma te planteas en voz baja.

-Pues no, te equivocas, no pienso en nada de eso. No me planteo el porvenir, ni me preocupa lo que pueda pasar mañana, ni me cuestiono si conviene o no conviene tomar el camino de vuelta al pueblo para meter los bártulos en la casa de mis padres.

-¿Entonces...?

A Julia le temblaron los labios. Suspiró y pidió por último:

-Entonces abrázame fuerte y dame cuarenta y ocho horas para pensar lo que voy a hacer con mi vida.

En efecto, se abrazaron conmovidos en los asientos de aquel autobús con destino a Palma. ¡Qué bien había barruntado el joven la zozobra por la que estaba pasando su amiga!

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