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La Coctelera

Categoría: Mundomanía

18 Septiembre 2010

¿Qué es el tiempo? (1)

18 sep 10 En: Mundomanía

Índice:

 

1. ¿Qué es el tiempo?

 

Una sucesión de «unidades de presente»: unidad espacial + unidad de acción o actividad (= escena).

El tiempo es una sucesión de escenas.

El pasado no existe; el futuro, tampoco. Sólo cuenta el presente.

 

2. ¿Qué es la realidad?

 

La realidad es múltiple y depende de los infinitos puntos de vista que se adopten.

Hay diferentes niveles de realidad.

 

3. La necesaria abolición de la «esperanza».

 

Vivir de cara al futuro (el hombre «fantasma»).

Vivir de cara al pasado (el hombre «momia»).

Vivir de cara al presente (el hombre «real»).

La abolición del mito de la caverna.

 

 

1. ¿QUÉ ES EL TIEMPO?

 

A fin de empezar con buen pie este estudio filosófico, acudo al diccionario, que sin duda me ha de sacar de apuros.

 

tiempo.

(Del lat. tempus).

1. m. Duración de las cosas sujetas a mudanza.

2. m. Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Su unidad en el Sistema Internacional es el segundo.

 

El diccionario no se limita a ofrecer dos puntos. Pero nosotros, para no cansar al lector, nos quedaremos con las dos primeras acepciones.

El tiempo como sinónimo de duración, momento, instante... puede servir en términos relativos. Sin embargo, si rascamos un poco en el sentido de las palabras, comprobamos que la primera acepción no se ajusta a la realidad: ¿Duración de las cosas sujetas a mudanza? Las cosas que nunca mudan, ¿no están sometidas al imperio del tiempo? Por otro lado, la mudanza de todas las cosas es tal que terminan desapareciendo. Y cuando estas se acaban, ¿desaparece también el tiempo?

La segunda acepción tiene visos de ser más seria, más profunda, más «rigurosamente» científica. El tiempo es una magnitud (valdría decir también «dimensión», «fenómeno», «campo», «esfera», «ente»...) ¿física? Esto se me hace más difícil de avalar: ¿alguien ha visto el tiempo?, ¿alguien lo ha pesado, lo ha medido, lo ha cogido entre sus brazos?, ¿qué aspecto «físico» tiene el tiempo?

A continuación afirma que el tiempo «permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro.»

A mí esta definición me huele a chamusquina; creo que no encaja con mi experiencia vital, pues el tiempo no ordena nada, para ordenar ya están los hombres, que de todo disponen, sobre todo de una potente voz de mando. Y en lo de poner orden, ninguna especie animal o vegetal nos aventaja.

Así que el tiempo no ordena nada, ni siquiera la sucesión de los hechos.

De esta sucesión se ha querido derivar un pasado (momento de antes), un presente (momento de ahora) y un futuro (momento de después). Semejante división temporal plantea en mi opinión serios reparos u objeciones.

A saber:

El «antes», si alguna vez existió ya no existe. ¿Cómo se puede dar entonces apariencia real a una «magnitud física» que ya no existe?

Lo mismo diremos del «después», y todavía añadimos que el supuesto «será» presupone un «es» anticipado; pero este presunto «es» lo mismo puede confirmarse que quedarse en la pura potencia. En efecto, lo que va a pasar más tarde ni lo sabemos ni lo podremos saber hasta que no ocurra.

Sólo nos queda el «ahora» para agarrarnos a la existencia, a un seguro ser, a la realidad palpable que conlleva la infinita sucesión de hechos en el tiempo.

Para llegar a medirlo, lo hemos fragmentado en unidades llamadas «segundos». Esta división es arbitraria; lo mismo podíamos haber tomado como unidad medio segundo que cincuenta años. El segundo es tan solo una unidad que le sirve al hombre, una unidad que le permite «ordenar», establecer divisiones en el eje espacio-temporal. Fuera de nuestro pequeño mundo ya no funciona, como lo demuestra el hecho de que para referirnos a los fenómenos cósmicos utilicemos la unidad denominada «año luz», gracias a la cual realizamos cálculos y mediciones astronómicas.

Todo esto me sirve para confirmar mi sospecha: nosotros, los humanos, en realidad no sabemos muy bien qué es eso del tiempo, cómo funciona, a qué reglas obedece, en qué medida influye en nuestras vidas.

Nos hemos dedicado a catalogar, buscar atajos, poner remiendos aquí, tapar agujeros allá: lo cierto es que esta increíble «magnitud física» se nos escapa siempre de los dedos, como si fuera agua.

Y los sistemas filosóficos no parece que hayan encontrado una solución.

Y los planteamientos científicos se han quedado en la superficie, sin atreverse, sin osar siquiera, a adentrarse en las profundidades de ese inmenso océano llamado «tiempo».

Y las promesas religiosas hablan de un eterno «después»; han postergado la respuesta última para siempre jamás, amén.

Ha llegado el momento, creo yo, de coger el toro por los cuernos. Habrá que hacer frente al tiempo como mejor podamos y sepamos, puesto que no nos queda otro remedio que convivir con él.

De este modo, partimos de la base de que sólo hay un presente, un ahora capaz de echarse a los hombros el peso de la existencia.

¿Cómo definirlo?

El presente está ligado invariablemente a un espacio. Si cambia el espacio, cambia el presente. En este espacio se da, en efecto, una sucesión de hechos. Son hechos o sucesos simultáneos, a los cuales llamaremos una acción o actividad determinada. Así pues, para simplificar diremos que:

 

Presente = unidad de espacio + unidad de acción.

 

Como estas «escenas», donde se conjuga un espacio con una acción predominante, cambian, se alteran o quedan superadas, les adjudicaremos la categoría de unidades temporales.

Estas unidades o escenas no duran todas igual, dependen del espacio y la actividad que en ellas se desarrolla.

 

Tiempo = sucesión de unidades de presente; es decir, sucesión de escenas.

 

Aquí conviene poner un ejemplo: para Pedro, la jornada se divide en las siguientes unidades de presente:

Las ocho horas que duerme en su cama [unidad espacial (la habitación) + unidad de acción (el hecho de dormir)].

El aseo y desayuno [unidad espacial (la casa) + unidad de acción (los preparativos antes de salir)].

El trayecto a pie hasta el lugar donde trabaja.

Su cometido en la oficina.

La vuelta a casa.

El diálogo con su mujer e hijos mientras comen todos juntos en la mesa.

La vuelta a la oficina.

La realización de la jornada laboral.

El regreso a casa.

Etc.

 

Son todas estas unidades de acción + unidades de espacio, las cuales establecen un ritmo diario, un eterno presente.

Y de esta manera, nos ponemos de acuerdo con Einstein: el tiempo es relativo puesto que cada unidad temporal posee una duración diferente, por no decir única.

Se acabó la medición artificial, cronométrica, contra natura a través de los segundos. ¿Qué son sino un corte momentáneo de una escena, que es la verdadera unidad del tiempo, ya que éste ha de ir ligado siempre con el espacio?

Y de esta manera hemos conseguido hacer del tiempo no un fenómeno abstracto, puramente ideal, sino algo concreto, real, tangible: tiempo y espacio se dan la mano, ¿por qué hemos tenido que separarlos?

18 Septiembre 2010

La realidad es aquello que nos envuelve, incluidos nosotros mismos. Es el aire que respiramos, el suelo que pisamos, el paisaje que contemplamos, el techo que nos cobija, el vehículo que nos transporta, las personas con quienes hablamos, el ruido que llega a nuestros oídos desde la distancia, la sombra que pasa corriendo a ras del muro... La realidad es lo que vemos y no vemos, es lo que sabemos que existe o lo que adivinamos que tiene alguna existencia. Así... Aunque nunca hayamos estado allí, sabemos que ese punto de luz en el firmamento representa una estrella, y que en torno a esa estrella otros planetas giran, albergando quizá alguno de ellos la vida, tal y como sucede en el nuestro. A este inmenso conjunto le llamamos la «realidad de las cosas», el saco donde todo cabe y cuando algo desaparece es como si se hubiera colado por un agujero para dejar de existir. Reconozco que hay algo de magia en todo esto: un día una diminuta criatura empieza a ser, otro día esa misma criatura deja de ser. ¿Qué ha pasado? ¿De dónde ha venido si antes no estaba? ¿Adónde irá luego si después ya no está?

Estas cuestiones corresponden sin duda a la metafísica; nosotros no nos aventuraremos a dar una hipótesis más o menos razonable. Nos limitaremos a hablar de lo que es, de lo que existe, de lo que sigue siendo en el reino de los vivos.

La percepción de la realidad se altera en función del punto de vista que adoptemos. Quiero decir con ello, que no es lo mismo contemplar una montaña desde una avioneta, que en medio de la escalada o a tres kilómetros de distancia, en la llanura. La montaña es la misma, pero es obvio que lo que ven nuestros ojos cambia radicalmente en cada contexto. Lo mismo ocurre cuando observamos un insecto de cerca o de lejos, una casa desde la calle o dentro de ella, una ciudad desde la ventanilla del tren que pasa de largo, dejando atrás sus calles y plazas, o metidos en ella, dispuestos a visitar cual si fuéramos turistas cada uno de sus monumentos históricos.

No es lo mismo actuar como un verdugo que sufrir el papel de reo, preparar la tortilla que comérsela, ver desde la valla una pelea que participar en ella...

La realidad es una y múltiple: desde mi punto de vista una campana de iglesia sólo medirá un metro y medio; para una hormiga, en cambio, se trata de una montaña altísima de cobre pulido.

Este fenómeno de la perspectiva establece un sinfín de posibilidades, un infinito dentro de un infinito.

Puesto que la realidad es una y múltiple, y la verdad queremos que coincida con la realidad, diremos que esto o aquello es verdad en función del punto de vista que adoptemos, por más que sea incompatible con la verdad de quien sostenga lo contrario.

Es como si el mundo jugara a los disfraces: el cielo cambia de color; a veces transita por él un conjunto de nubes; a veces el sol señorea solitario en lo más alto; pero siempre será el mismo cielo, esa bóveda transparente que nos envuelve.

Por eso es importante señalar que nosotros, los humanos, vivimos la realidad de una forma, los árboles, de otra, las aves, de otra, los reptiles, de otra... En todos los casos, la realidad es diferente: mi punto de vista jamás podrá ser el mismo que el de mi vecino o compañero o compañera de piso. Basta un centímetro de diferencia en nuestras alturas para que la percepción del mundo cambie por completo.

 

Además de estas diferencias de punto de vista, debemos distinguir entre los distintos niveles de realidad. Nuestra mirada puede enfocar hacia las cosas inmediatas, próximas a nuestro entorno. En ese caso, nosotros formaremos parte de esa parcela de realidad, estaremos integrados en ella. Pero también es posible orientar la mirada hacia lo infinito lejano o –¿por qué no?– hacia lo infinito pequeño. En estos casos, no estamos integrados en esa realidad, no formamos parte de ella, no somos más que simples «observadores».

Por ello opino que carecen de fundamento ideas como la siguiente: «Comparados con el universo, no somos nada, somos menos que polvo, somos infinitamente cero.» El error consiste en traer a colación dos niveles de realidad diferentes, dos escalas que nada tienen que ver la una con la otra. Un átomo no se puede comparar con el universo, aunque hay quien sostiene que un átomo solo es todo un universo.

De este modo, nunca supondremos que una hormiga carece de fuerza sólo porque seamos capaces de aplastarla de un pisotón, ya que esta hormiga –dentro de su dimensión real– es mucho más fuerte que nosotros, al poder levantar diez veces su propio peso.

No tiene sentido plantarse frente al cosmos para constatar la insignificancia de nuestro ser: el científico al observar a través de un microscopio una célula jamás exclamaría: «¡qué ínfima es!», más bien pensará todo lo contrario.

Todo esto echa por tierra esa parte de la filosofía y también de la religión que han hecho hincapié en nuestra pretendida insignificancia en tanto que seres vivos, nuestra pretendida pequeñez, nuestra supuesta nulidad frente al orbe. Lo único que pasa es que hemos partido de escalas distintas, y por consiguiente no son comparables.

Este planteamiento sirve en buena medida para dar al César lo que es del César: el ser humano, dentro de su mundo, es un ser enorme, con toda su dimensión y peso; el organismo microscópico, dentro del suyo, también será un ser enorme y con todo su peso.

Creo que a partir de ahí es posible devolver la «dignidad» a todo lo existente... La reina de una colmena será vital para las abejas obreras que de ella dependen; una ballena equivale a una isla para los organismos parasitarios que encuentren cobijo en su piel. Dentro de su campo concreto, dentro de su realidad, cada ser es de una importancia extrema, posee un valor incalculable: es, por así decirlo, el centro de todas las cosas.

No podemos, no debemos, subestimar a nadie ni a nada por su tamaño, por su forma, por su manera de «ser» en el mundo.

Y este es precisamente el error que nosotros, los humanos, hemos cometido. Después de que las religiones nos hayan estado apabullando con nuestra insignificancia frente a la creación, vivimos una época en que el mundo entero gira a nuestro alrededor: no existe sino la escala humana, todo lo que hay en la tierra es vapuleado por el capricho del hombre, sólo cuenta la dimensión meramente humana.

Me refiero, claro está, al antropocentrismo que ejerce una presión de la noche a la mañana, a todas horas, en todas las partes del globo.

Pero, ¿a qué tipo de antropocentrismo me estoy refiriendo? Porque no es lo mismo acaparar el poder sin destruir el entorno, que aniquilar todo a nuestro paso, como si de una plaga de langostas se tratara.

Para tratar sobre este tema, debemos abordar la cuestión de la complicada relación del hombre con el tiempo. En efecto, al haber convertido el tiempo en un concepto abstracto, desligado del espacio y dividido en tres etapas: pasado, presente y futuro, cabe preguntarse si los humanos vivimos de cara al presente, de cara al pasado o de cara al futuro. Aquí reside, creo yo, la diferencia fundamental, la clave de nuestra propia existencia.

18 Septiembre 2010

El hombre «fantasma».

Vivir de cara al futuro implica una proyección hacia el porvenir, un tratar de anticiparse a los hechos, un querer adelantarse a lo que va a pasar, orientándolo hacia un objetivo preciso. Este modo de vida genera a la vez que cierto desengaño, pues los hechos nunca terminan de confirmar lo esperado, una dosis de estrés: al estar esperando siempre el mañana se genera ansiedad, incertidumbre, desasosiego, temor a no cumplir las expectativas... Sucede como con el mito de Sísifo: este personaje debía subir una piedra hasta la cima de la montaña; cuando casi lo consigue, la pesada carga comienza a rodar ladera abajo, obligándole a repetir la actividad, y así hasta el fin de los tiempos. El hombre que vive pendiente del futuro revive esta misma fábula una y mil veces. Sus ansias de lo por venir le impiden aferrarse al presente, vivir cada minuto de su «ahora» como si fuera el último.

La mayoría de los seres vivos anticipa o se prefigura un futuro más o menos inmediato: la ardilla colecta frutos secos para el invierno; la abeja recoge el néctar para fabricar la miel y alimentar a las larvas; el oso busca una guarida donde pasar los meses de invierno... Pero no por ello dejan de vivir el presente, no por ello dejan de saber por dónde andan, hacia dónde se dirigen, qué hacen en cada momento de la jornada. En su concepción espacio / temporal el presente es lo que cuenta; se anticipa el futuro porque se intenta «salvaguardar» ese presente; se vuelve a veces la vista atrás para no repetir los errores del pasado; pero es obvio que ningún animal, salvo el ser humano, convierte el futuro en la razón de su vivir. Esto sería para ellos un absurdo, un sinsentido, y para nosotros (que escribimos estas páginas) también lo es.

 

Más arriba hemos explicado cómo el futuro en realidad no existía ni podía existir nunca, porque llegado el momento ese futuro será siempre un presente. Entonces, ¿con qué motivo, con qué fundamento válido, se puede consagrar toda una vida a la espera de lo porvenir, como si de ella dependiera la existencia misma? Esperar en todo momento y en toda ocasión es un ejercicio vano, baldío, es una fuente de constante frustración, es la manera más fácil de negarse a sí mismo la felicidad, entendida ésta como un estado de sosiego y quietud.

Precisamente, la esperanza nos mueve a, pero se trata de un movimiento sin atisbo de final, sin meta precisa, puesto que el mañana se renueva cada día: mientras salga el sol, habrá un mañana.

 

El hombre «momia».

 

Vivir de cara al pasado no nos parece tampoco la mejor de las alternativas. El hombre nostálgico, más pendiente de lo que fue un día que de lo que es hoy, desaprovecha su tiempo, lo deja pasar sin advertir lo que vale, lo que supone el «aquí y ahora» que otorga a cada instante un valor único, inconfundible.

Rememorar de vez en cuando, volver la vista atrás es un ejercicio saludable, que no hace sino fortalecer el presente, porque nos permite dar a nuestra trayectoria vital un sentido, una dirección concreta.

Pero hacer de las vivencias pasadas y de los paisajes de antaño el soporte de la existencia acarrea un sinsentido que transforma el azaroso vivir en un absurdo, puesto que no es posible re-vivir lo pasado, no es posible siquiera resucitar las sensaciones experimentadas en aquel ayer. Y este no poder «traer de nuevo» engendra un estado de tristeza permanente, una zozobra que amenaza con hundir el barco donde navegamos con rumbo al porvenir.

Es como si llenáramos el alma de telarañas, es como si acumuláramos en la cabeza un tropel de «ayeres» que no saben dar cabida a un hoy bien real, no obstante. En estos casos se dice que el espíritu languidece y que tal enfermedad conlleva el deterioro del cuerpo, que por cualquier nimiedad (un simple resfriado) podría sucumbir, víctima de la desidia.

De hecho, se está produciendo una «fuga» de la realidad, sea porque nos refugiamos en el pasado, que a los ojos del nostálgico fue más glorioso que el ahora, sea porque galopamos con la intrépida imaginación hacia un futuro que todavía no existe y que quizás no llegue a realizarse nunca. En ambos casos tenemos una negación del presente, así como una situación o estado de anhelo continuo.

El hombre «momia» es aquel que sacrifica la importancia del ser en aras del fui, del he sido en aquel sitio, con aquellas personas que nunca más (¡oh, desdicha!) volverán a nuestro lado. Si fuera capaz de pasar página, de mirar de frente, es muy posible que lograra ahorrarse un sufrimiento tan inútil como insoportable.

 

El hombre «real».

 

Es el que vive acorde con su tiempo: no se deja apabullar por el temor de un después ni somete su existencia al arbitrio de un ayer interminable; más bien, concede a cada día su justo valor, su justa medida.

Esta forma «actualizada» de circular por el mundo posibilita la integración de la especie humana en el entorno, ya que sólo viviendo plenamente el presente podemos apreciar los detalles que conforman el día a día, ese entresijo de avatares y circunstancias.

Semejante afirmación necesita sin duda varios ejemplos que la sostengan. Primer ejemplo, me fijo en los mensajes publicitarios localizados en Internet:

 

«Consigue cada domingo con El País la colección de minerales de National Geographic.»

 

«Juega siete días al mes y participa en el sorteo para ganar ¡1500 euros! Cantabingo. Juega ahora.»

 

«¿Qué haces si te falla tu SIM? Te la cambiamos en el acto en más de 1500 puntos de venta en España. Habla siempre desde cuatro céntimos por minuto. Pepephone.com.»

 

«¿Acertarías 25 preguntas? ¿Contra 30 participantes? Nuevo concurso de TV. Juega gratis. + 16 juegos multijugador. + 4000 rivales a la vez. 20Minutos.es mini-juegos.»

 

Todos estos anuncios tienen en común: 1) el uso de un imperativo que proyecta al participante hacia un futuro próximo: consigue – juega ahora – habla siempre; 2) el uso de un lenguaje donde las cifras adquieren todo el protagonismo: gana ¡1500 euros! – más de 1500 puntos de venta – 25 preguntas – 30 participantes – + de 4000 rivales. Este lenguaje queda codificado con los números, se reduce a su mínima expresión por falta de espacio (y para mejor acaparar la atención del internauta), se reduce a lo esencial, aunque para los anunciantes lo esencial sea sinónimo de cantidad: gana más, juega más, participa más... 3) Los adverbios indican cierta noción de inmediatez, de urgencia... El cliente no dispone de tiempo para pensar; es preciso que actúe lo antes posible: Juega ahora – Te la cambiamos en el acto – Habla siempre – Juega gratis – 4000 rivales a la vez.

El resultado de esta amalgama de adverbios temporales, cifras redondas, imperativos urgentes, es la sensación de agobio: se crea la falsa necesidad de... ¿Acaso se le ha dado tiempo al potencial consumidor para pensar si realmente le importa participar en, jugar gratis a, ganar tanto por, conseguir esto o aquello con solo...? ¿Es tan urgente acelerar el ritmo de vida a fin de satisfacer las ansias voraces de obtener más, jugar más, ganar más y más para vivir en resumidas cuentas peor?

En cambio, el hombre que está con los pies en el suelo, sin ansias ni prisas de ningún tipo, consigue liberarse de la hipoteca que supone vivir de cara al futuro, de cara al siempre más, siempre más, ese más insaciable, acaparador.

 

El segundo ejemplo nos lo proporciona el análisis de un fragmento de artículo tomado al azar:

 

«Los sindicatos convocan una huelga general en la minería del carbón

 

Los representantes del sector anuncian el paro para los días 22, 23, 29 y 30 de septiembre tras reunirse con el ministro de Industria. El Gobierno abrirá expediente a las dos empresas que han dejado de abonar las nóminas a los trabajadores.

Habrá huelga en el sector del carbón. La reunión celebrada esta noche entre el ministro de Industria, Miguel Sebastián, y los sindicatos para abordar el futuro del carbón nacional se saldó con una convocatoria de cuatro días de huelga. Al filo de las once de la noche, el ministro compareció para hablar de un "entendimiento" con los mineros que condujo a pensar que el encuentro había culminado en acuerdo. Inmediatamente los sindicatos (UGT, CCOO y organizaciones mineras) respondieron con la convocatoria de paros para los días 22, 23, 29 y 30 de septiembre. También decidieron encerrarse en el ministerio en señal de protesta.

 

Pablo García, 15-09-2010, El País.»

 

En este artículo el periodista ofrece de forma velada dos versiones contradictorias: por un lado, la parte oficial, la del ministro, quien sostiene que tras la reunión hubo 'entendimiento'; por otro, los sindicatos replican alegando que no solo no hubo entendimiento sino que además se convocaba una huelga para finales de septiembre. ¿Hubo intento de manipulación por parte del ministro? ¿Hubo incomprensión entre las partes, de modo que cada una ofreció a la prensa una versión distinta del resultado de la entrevista?

Seguramente, así sea; pero, pasando por alto estos pormenores, advertimos que el artículo tiene cierto parecido con los anuncios anteriores: 1) En ambos casos, las cifras, las fechas, los números toman una importancia primordial: Los días de... – al filo de las once de la noche – Han dejado de abonar las nóminas... 2) Hallamos otro lenguaje dentro del lenguaje: un código dentro del código común; es el lenguaje de las siglas, los cargos y los títulos más o menos honoríficos: CCOO, UGT, el ministro de tal ramo... 3) En los dos documentos se da una proyección hacia el futuro, porque el presente resulta insatisfactorio: juega y gana por el lado de la publicidad; hay reunión sin acuerdo, se convoca, pues, una huelga por el lado del artículo.

 

En la mayoría de los documentos que he podido leer descubro que el presente no satisface a casi nadie; se tiende a pensar que «mañana» comenzaremos a vivir de verdad, una vez que hayamos logrado deshacernos de un «hoy» a menudo engorroso.

Pero resulta que mañana es hoy y esta historia, la del desengaño, se repite hasta que llegamos a viejos sin conocer apenas variaciones...

 

La abolición del mito de la caverna.

 

En su libro La Fe, don Armando Palacio Valdés nos explica en qué consiste esta teoría formulada por primera vez por Platón:

 

«Las cosas de este mundo, tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna. Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepción sensible somos como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Sólo perciben en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrás, las sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra ciencia, pues, se reduce y se reducirá siempre a predecir, según la experiencia, el orden en que se suceden las sombras.»

 

Esta teoría ha sido retomada por el pensamiento cristiano, que otorga nuestra razón de vivir a un imaginado, cuando no anhelado, después: «Este mundo es un valle de lágrimas; aquí estamos para padecer; la recompensa, si somos buenos, llegará una vez que todo haya acabado.»

Este planteamiento equivale a negar el presente para vivir con la vista puesta en un futuro que se sitúa más allá, ni siquiera pertenece a este reino; justo lo que, en mi opinión, no se debe hacer, so pena de tirar por la borda la actualidad y vigencia del presente.

Si postergamos la felicidad a un «después», se cumpliría cuanto ha predicho Platón: el mundo sería nada más que el reino de las sombras; sólo veríamos desfilar un penoso cortejo de sombras; nosotros mismos nos volveríamos sombras, y, lo que sería todavía peor, perderíamos la libertad¹ de movimientos al quedar encadenados a una ilusión que no ha de cumplirse jamás.

¿Por qué? Antes hemos explicado que el tiempo va ligado al espacio: si no hubiera espacio no habría tiempo. Por consiguiente, no se debe hacer del tiempo una idea, un ente abstracto; antes bien, se trata de una realidad tan tangible como el propio espacio: allí donde suceda algo existirá también el tiempo; el mismo movimiento de las partículas es lo que genera la noción de tiempo: si las partículas careciesen de espacio por donde moverse tampoco podríamos hacernos una idea de lo que es el tiempo.

Nuestra civilización entera se funda, pues, en un disparate: la artificiosa separación de las nociones espacio / tiempo.

El hombre actual se ha puesto a contar ambos y a ambos les ha fijado un precio: para ir a tal sitio es necesario pagar tal cantidad; para obtener una cantidad de tiempo libre es necesario ganárselo a pulso, es decir, hay que esperar las vacaciones.

 

De este modo, vivimos de lleno en la cueva de Platón:

«Encadenados», porque el tiempo ya no nos pertenece, no somos dueños de nuestros actos. La libertad de maniobrar nos la han robado a fin de cuentas con premeditación y alevosía.

«Sin ver nada», porque la información de todo lo que acontece en el mundo depende de unos medios que no cuentan jamás la verdad, mienten y tergiversan lo mismo que respiran.

Y tampoco «nos vemos a nosotros mismos» porque, obsesionados con nuestra imagen, nos limitamos a copiar las modas que otros dictan, dentro de un juego bastante pueril que consiste en seguir la corriente, sin cuestionarse nunca «si lo que estoy haciendo me gusta a mí o, más bien, obedece al gusto ajeno.»

De esta manera, la personalidad de cada quien queda diluida en una serie de modas que desfilan como sombras ante nuestros ojos: esa serie de gustos y preferencias que nada tienen que ver, en el fondo, con nuestros deseos y aficiones.

Todo esto sucede en el momento en que alguien dispone de nuestro tiempo y, lo que conlleva aún peores consecuencias, ese mismo alguien decide que la mayoría de la gente ha de vivir pendiente del futuro², es decir, sin apreciar el presente en su justa medida.

Las personas, por lo general, representamos al pie de la letra el mito de la caverna: vivimos de cara al futuro y vemos desfilar la realidad como si fuera un cortejo de sombras por la simple razón de que no apreciamos esa realidad, no apreciamos el hoy, sino que tendemos a suponer que el mañana será siempre mejor.

Sólo hay una manera de romper estas cadenas: recuperar el presente, suprimir la esperanza como valor absoluto que da sentido a nuestros días. Para vivir al fin libres de ataduras hay que cesar de esperar, hay que vivir nuestro hoy como mejor podamos, tomando el máximo de contacto con la realidad.

 

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¹La libertad de acción desaparece básicamente gracias a tres mecanismos: 1) cualquier ciudadano corriente solicita un crédito (si no son varios) para pagar la hipoteca del piso, el vehículo con que se desplaza o el lugar de las próximas vacaciones. De este modo si un día alguien decidiera abandonarlo todo encontraría grandes dificultades, pues los créditos lo tienen atado de pies y manos. 2) De acuerdo con la necesidad de formar parte de un grupo, el individuo ha de comulgar con actividades que quizá no le entusiasman tanto como se esfuerza, sin embargo, en aparentar: sostener al equipo de fútbol de su localidad; acudir a las celebraciones de Semana Santa; tirar petardos la noche vieja; gritar su entusiasmo cuando el equipo nacional gana un partido trascendente; todo ello representan manifestaciones de alegrías prestadas, ajenas al propio individuo. 3) Para poseer esto o lo otro se necesita pagar un precio. No hay límites si tienes dinero para gastar; hay límites, y aún fronteras, candados, puertas y rejas vigiladas por la policía si en tu bolsillo no alojas dinero, sólo las ganas de conseguirlo al precio que sea. Incluso la libertad aparente tiene precio, y ese precio cuesta tu tiempo (que vendes a cualquier empresa) y tu espacio vital, puesto que no puedes desplazarte según tu designio: tus pasos están medidos y valen tanto. O los pagas o te echan a patadas del mundo «civilizado».

 

²¿Para qué sirve la escuela? Esta pregunta se ha repetido de generación en generación y nunca se ha dado con la respuesta acertada. La escuela ha cumplido en general dos objetivos: 1) Educar-enseñar; 2) Guardar a los hijos de los obreros en tanto que estos están en la fábrica. Poco a poco el sistema ha ido concediendo más importancia a la segunda función que a la primera, como lo demuestra el hecho de comparar los manuales de los años sesenta con los de esta última década: vemos que en aquel entonces se aprendía mucho más, el programa era más completo. En realidad, la escuela cumple una función básica: inculca a los niños el hábito de la espera. Dentro de las aulas el presente se vuelve para ellos fastidioso y cargante, pues tienen que permanecer quietos, sentados, escuchando contra su voluntad las largas enseñanzas de la maestra. Los niños aprenden sobre todo a esperar. Esperan la hora del recreo, esperan a que suene el timbre, esperan el fin de semana, esperan las vacaciones. Desde una edad temprana, nos pasamos la vida esperando, no hacemos otra cosa que esperar porque nos han educado para vivir con la mirada puesta en el futuro, sin aprovechar nunca el momento presente. Por ello, opino que la Escuela debe ser suprimida; es necesario encontrar otra manera de aprender sin poner en entredicho la libertad de las personas.

Y cuando nuestra vida se convierte toda ella en una «esperanza», pasa de largo, se diluye en la quimera. Podemos pensar que entonces no la vivimos sino que la desperdiciamos, y eso es precisamente lo que está haciendo la mayor parte de la humanidad.

4 Agosto 2010

Peces transgénicos

4 ago 10 En: Mundomanía

¿Peces transgénicos, por qué no?

La posibilidad de que se autorice la venta de salmones manipulados para que crezcan más deprisa provoca polémica

ANTONIO FIGUERAS 03/08/2010

Los avances logrados recientemente en la transferencia de genes han ofrecido la posibilidad de manipular el crecimiento en los peces a través de la inserción de los genes de la hormona del crecimiento.
La ingeniería genética es una vía alternativa a la selección artificial dirigida (aplicada ya en algunos casos). Tecnologías como la manipulación del genoma de estos animales mediante la inserción de genes o la manipulación de los genes ya existentes permiten conseguir animales transgénicos de alta tasa de crecimiento o resistentes a enfermedades sin necesidad de selección genética, normalmente lenta y limitada.
Desde que varias compañías presentaron su solicitud de permiso para comercializar salmón transgénico, no ha cesado de crecer la controversia en torno a estos peces manipulados. La investigación sobre líneas de peces transgénicas ha estado en marcha durante los últimos 15 años en todo el mundo, incluyendo fundamentalmente el salmón del Pacífico (Onchorrhynchus kisutch), varios miembros de la familia de los salmónidos y otros peces de interés comercial como el pez gato o la tilapia.
No sabemos si los salmones transgénicos presentan algún tipo de riesgo real pero sí se intuyen riesgos potenciales: El salmón cultivado (transgénico o no) se escapa de las jaulas en las que se cría en el agua. El salmón modificado genéticamente puede cruzarse con los salvajes liberando sus genes de la hormona del crecimiento a las poblaciones salvajes con resultados impredecibles. Las metodologías de esterilización no son eficaces al 100% y existe una gran variación en los resultados entre grupos de animales. Los salmones modificados genéticamente comen tres veces más en el laboratorio que los no modificados pero son menos cuidadosos con sus depredadores. ¿Serían menos capaces de sobrevivir en la naturaleza? Es necesaria más investigación sobre el posible impacto ecológico de estos peces modificados genéticamente antes de pasar a su producción comercial.
La Organización para los Alimentos y la Agricultura de las Naciones Unidas (FAO) predice que la producción de la acuicultura se doblará en la próxima década. Dado que la acuicultura en aguas costeras está dañando los ecosistemas, extendiendo enfermedades de peces y moluscos, modificando habitats, causando contaminación por el exceso de nutrientes y antibióticos y mediante la introducción de especies exóticas, se piensa que los legisladores pueden llegar a exigir que las granjas de peces se instalen solo en tierra. Si esto es así los peces modificados genéticamente que crezcan rápido podrían ser la única salida para que esta industria sea económicamente competitiva.
España está realizando un importante esfuerzo mediante el proyecto Ingenio 2010 Consolider Aquagenomics, cuyo objetivo principal es la selección de los más aptos mediante herramientas genómicas para conseguir mejores estirpes de peces que proporcionen una mayor calidad y rendimiento a un precio razonable. ¿Trangénesis en peces, por qué no?

Fuente: El país.com

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Sorprende que el periodista defienda este avance, según él, cuando reconoce que 'no se sabe si los salmones transgénicos presentan algún tipo de riesgo real pero sí se intuyen (se adivinan, mejor dicho) riesgos potenciales para el medio ambiente'. Otro ejemplo de que aquí lo prioritario es el dinero, que pasa incluso por encima de la salud mundial.

3 Agosto 2010

Coherente con mis ideas y principios, me apunto a las innovaciones de la tecnología cuando éstas parece que favorecen al progreso de todos, no solo al de unos cuantos.

Yo no me aparto sistemáticamente de las máquinas, sino que no me dejo embobinar por el último invento que inunde los mercados. ¿Es eficaz? ¿Sirve para algo? ¿No daña los intereses de la comunidad?

De este modo, yo he dicho «no» a los teléfonos móviles por considerarlos nocivos, pero ahora acojo con entusiasmo un invento que tal vez se ponga de moda muy pronto: el libro electrónico. Con pantalla que reproduce fielmente la hoja de papel (no cansa a la vista), uno puede almacenar en este pequeño utensilio (apenas 150 gramos) todos los libros que desee, más de mil libros... Y llevárselos consigo a todas partes.

No volveré a comprar libros de papel, salvo en casos excepcionales. Seguiré leyendo tanto o más que antes, pero sin que por ello se tengan que cargar medio bosque de no sé dónde: ¡La salud del planeta en primer lugar! Yo apuesto por el libro en formato electrónico y ésta ha sido mi inversión para este verano.


31 Julio 2010

La necesidad de...

31 jul 10 En: Mundomanía

El concepto de «necesidad» ha adquirido una importancia desproporcionada en estos tiempos que corren. Hay necesidades y necesidades; unas se crean de la nada; otras desaparecen de pronto, siendo reemplazadas por las de nueva factura; y otras, por último, caen en saco roto o son olvidadas como si jamás hubieran existido.

Los industriales y estrategas de los hábitos en el consumo juegan a ser magos haciendo y deshaciendo supuestas necesidades, probando aquí, descartando allá, implantando alguna de reciente invención o favoreciendo el olvido de las que no convienen a su idea primera, que es la obtención de un máximo de beneficios.

Para ellos, todo se resume en aumentar las ganancias al precio que sea, modificando incluso las costumbres ancestrales, esas que habían sido de toda la vida. Hasta que llegaron los de la industria del marketing y se las fueron cargando una por una.

El truco consiste en hacer desaparecer –como por arte de magia– algo que era de uso común a fin de implantar luego la «necesidad» de vender un producto que sirva para tapar el hueco creado.

Los ejemplos de esta malévola estrategia se cuentan por millares:

Primero se hace de la ciudad un lugar «inhóspito». Luego se crea, a consecuencia de esto, la necesidad de esquivar las calles en la medida de lo posible: de ahí el éxodo masivo en periodo de vacaciones o la proliferación de los objetos que nos ayudan a evitar el ruido ambiente: MP3, Ipod, teléfonos móviles...

Primero se vende en los supermercados alimentos de baja calidad. Luego se crea, a consecuencia de esto, la necesidad de acudir a los productos farmacológicos, pues habrá que poner remedio a los estragos de la salud que ellos mismos (el sector de la distribución, la industria farmacéutica) han provocado.

Primero surge una inseguridad ciudadana alarmante. Luego se crea, a consecuencia de esto, la necesidad de aumentar la represión por parte de la policía mediante la multiplicación de agentes o la instalación de los radares caza-multas en las carreteras.

Primero se favorece el estrés dentro de la población. Luego se crea, a consecuencia de esto, la necesidad de implantar psicólogos o centros de ayuda para los adictos al alcohol; pero sin que esto sea obstáculo para que se lance una campaña que promueve las apuestas online y demás negocios donde la estafa es la palabra que lo resume todo.

Y mientras tanto, la gente de la calle se olvida de lo que realmente importa: comer sano, respirar sano y beber sano en un paisaje natural que, por desgracia, nos están escamoteando.

30 Julio 2010

Una verdadera revolución se está dando en la época presente. Según parece, la historia de la humanidad ha conocido hasta ahora dos grandes revoluciones:

La del Neolítico, con el hallazgo de la agricultura.

La de la era industrial, con el creciente protagonismo de las máquinas.

En esta última, seguimos inmersos.

Para pasar de la primera a la segunda se han necesitado cientos de miles de años; pero pasar de la segunda a la tercera (que está a punto de venir) ha sido sólo cuestión de un par de siglos.

En efecto, el ser humano vive hoy un periodo decisivo, un periodo que deberá transformar radicalmente su relación con el mundo.

Hasta ahora, el hombre siempre se había servido del medio natural para modelarlo a su antojo, de acuerdo con sus necesidades y caprichos. Pero este medio siempre había estado ahí, nunca le había dado la espalda a las «cosas» de nuestra civilización.

Esto está a punto de modificarse: el ser humano se ha vuelto no sólo artificial en sus formas de vida sino que ya es contra-natura en cuanto a la forma de razonar, es decir, hoy concibe la existencia como una lucha contra el medio: o dominamos el mundo o se cae por su propio peso.

Esto nunca había sucedido antes; pero el proceso de degradación va tan rápido que no puedo sentirme sino perplejo. ¡Qué poca memoria tenemos las personas! ¡Qué pronto olvidamos lo que nos da de comer, lo que permite nuestro sustento diario: el aire, el agua y la propia tierra!

Este hecho, que algunos pueden juzgar como de poca monta, supone en realidad una revolución en toda regla, un cambio radical en las formas y maneras de entender la vida. Y afecta, por desgracia, a todos.

Lo supe ayer mismo. Les contaré la anécdota que ha suscitado tanta alarma en lo profundo de mi ser:

La sobrina de mi esposa es una persona adorable, dulce, servicial y respetuosa como pocas.

Realizó una visita a nuestra casa. En la terraza yo dejo que las plantas invadan el terreno como pueden, dentro de una lucha sin cuartel entre ellas mismas por apoderarse del espacio. Hay una zona de cemento que está siendo conquistada por una planta espinosa, con preciosas flores blancas que a mí me han deleitado mucho esta primavera, porque han ofrecido abundante néctar a las abejas.

El caso es que nuestra casa está puesta a la venta. Y mi sobrina comentó: «Va a ser más difícil venderla, ahora que la terraza se os ha llenado de plantas y de bichos.»

¡Diablos!... Según mi sobrina, la contaminación, la enfermedad, el peligro, los microbios, lo malo está en la naturaleza: allí donde hay plantas y bichos, hay peligro, no sé si de muerte, pero hay peligro para ella y para sus hijos.

Esto, esto es muy grave, señores míos. No se puede seguir dando la espalda de este modo a la naturaleza, que ni es nociva, ni es peligrosa, ni mata, ni contagia, ni perjudica a la salud de absolutamente nadie.

La enfermedad la traen los hombres, que alimentan a sus animales con medicamentos, que convierten los productos de la huerta en transgénicos, que hacen de una simple gripe una Pandemia con riesgo (ficticio) de contagio universal.

El veneno no está en un árbol, ni en un trozo de tierra, ni en un insecto que se posa en nuestro hombro y nos dice «buenos días» con sus alas doradas. El veneno está en esta revolución silenciosa que nos llevará a despreciar todo lo natural para convertirnos en autómatas, seres sin alma ni escrúpulos.

28 Julio 2010

En las ciudades y pueblos, los espacios públicos ya no son públicos. Esto quiere decir que la calle, ese espacio ideado por y para los vecinos, es ahora un lugar de tránsito, por donde pasa una fila interminable de automóviles. El peatón queda arrinconado en una franja estrecha, siempre al borde de los edificios para no hacerse atropellar por las máquinas devoradoras del tiempo. En las calles y avenidas, el noventa y cinco por ciento del espacio se consagra a los coches y lo que queda, ese cinco por ciento, a los conductores para que tengan acceso a dichas máquinas.

Al peatón se le ningunea de los pies a la cabeza. Un peatón no paga su consumo diario de gasolina, no contamina como los demás, no está expuesto a las multas, por lo tanto se le considera un ser no-existente, alguien poco más que invisible.

Pero los conductores también son invisibles, puesto que en la calle nadie los ve, al quedar sepultados en sus vehículos.

Estamos ante el caso del pez que se muerde la cola. Una persona que va a pie no puede respirar a pleno pulmón mientras camina, se ve agobiado por los mil inconvenientes del tráfico, el ruido le persigue por todas partes, le atosiga, le acorrala; y por si esto fuera poco, ahora los jardineros se dedican a podar los árboles, de manera que no quedan ni las sombras para hallar un refugio frente al calor asfixiante.

Por su parte, el conductor es igual de infeliz, cuando no más infeliz aún que los transeúntes. Día tras día se ve sometido al estrés de la circulación, los riesgos del accidente, el agobio de encontrar un aparcamiento, las multas acechando al menor descuido, el atasco fenomenal durante las horas punta, justo cuando le toca dirigirse al trabajo. ¿Es esto vida?

Y mientras tanto, el espacio público, ese que debería ser ideado para todos, se ve privado de niños que puedan correr, de ancianos que puedan charlar en los bancos, de madres que puedan caminar tranquilas con sus retoños cogidos del brazo.

No, no, todo eso no daba dinero a las arcas del Estado, por eso las autoridades han suprimido el bienestar de los vecinos, el espacio común: allí donde antes había una pareja jugando a las cartas, vemos ahora un municipal colocando la multa sobre algún parabrisas.

Me replicarán diciendo que siguen existiendo jardines y plazas. Y yo respondo a esto: muchos parques tienen más cemento que árboles (¿es esto normal?). Y también respondo: no conozco ningún parque que se libre del ruido del tráfico (¿es esto normal?). Y también respondo: en las ciudades los parques ocupan el diez por ciento del espacio, el resto va a parar a los edificios y las calles. Quiere decirse que a los peatones nos han arrinconado por dar la absoluta prioridad a los coches, que son los que hacen la vida imposible tanto a los unos como a los otros.

Pero como el tráfico es una fuente inagotable de dinero, los municipios practican la política del «suma y sigue»: a más coches, más ganancias; a más coches, más embrollos para la gente.

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