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Terra
La Coctelera

Categoría: Zarzamora

10 Abril 2011

 

De acuerdo con las instrucciones dadas por el propio Rosendo, la acción de cortar el pino debía realizarse en horas tardías, horas en que el búho y la lechuza se dedican a capturar ratones y otros roedores de vida nocturna.

Julián Moro andaba escaso de dinero (como siempre). Tentado por la recompensa, que era bastante jugosa, dejó pasar una jornada para recuperarse de la borrachera que traía encima cuando el correveidile de Zurriales, Tomás Valiente, le había anunciado de forma discreta aquella comisión tan especial.

Con voz ronca y mirada vidriosa hizo saber a sus secuaces, cuatro forajidos de poco seso pero de mucho embrutecimiento, que al día siguiente por la noche los iba a sacar del camastro y que estuvieran preparados, porque había excursión de por medio. Julián Moro no había cortado un árbol en su vida. Tenía la vaga sospecha de que la tarea habría de ejecutarse con la ayuda de un hacha, porque dando empujones al tronco del árbol no era posible echarlo por tierra. Se sonrió malévolamente. Ya sabía él de dónde sacar un hacha tan afilada que sería capaz de cortar cabezas. La tarde en que se recuperó por fin de la resaca, se fue a la tienda de Enrico y le soltó a bocajarro: «De parte de «Erre Pe» (así era como llamaba al jefe de la provincia), que me des ahora mismo un hacha, o si no atente a las consecuencias.» Y Enrico, que conocía muy bien cuáles podían ser esas consecuencias, le suministró al instante un hacha de las que cortan una hebra de acero por la mitad. Salió el forajido de la tienda con el arma en la mano, sin envolver, muy ufano: no hay nada como infundir el verdadero terror para ir por la vida «de gratis».

Luego se reunió con los suyos y les dijo: «Estaos atentos; esta misma noche tendréis que acompañarme a un sitio cuyo nombre no voy a revelaros hasta el final.»

Y se fueron a dormir los cinco la siesta bajo la sombra (ironías del destino) de un pino que por allí había. Al cabo de algunas horas, cuando ya los vecinos del lugar dormían a pierna suelta, y los gallos habían metido la cabeza bajo el ala, y los perros habían apagado sus continuos ladridos, se espabiló aquella cuadrilla de desalmados y sin hacer ruido ni molestar a los mismos cielos nocturnos, se encaminaron hacia la localidad de Zarzamora, a unos cinco kilómetros de distancia.

A eso de las tantas de la madrugada entraron por la calle de abajo. Habían atisbado una caravana a las afueras de la aldea; pero como estaban absortos en su misión, optaron por no incordiar al presunto inquilino (tal vez lo hicieran a la vuelta; pero tampoco, de lo que se trataba era de pasar inadvertidos para que nadie pudiese acusarlos después).

Y llegaron a la plaza. Y divisaron el oscuro árbol junto a la oscura fachada de la oscura iglesia. Todo permanecía silencioso. Incluso los espíritus errantes se habían retirado a descansar. Oían el grito de una lechuza seguramente instalada en el campanario.

Jerónimo –ordenó el cabecilla–, tú te acomodas en la esquina de allí y si ves que alguno se acerca, le arreas un estacazo. Nadie ha de ser testigo de esta maniobra. Los otros os quedáis conmigo. Nos iremos turnando en eso de dar hachazos al tronco. Tenemos delante de nosotros un árbol grueso; seguro que dará bastante faena antes de venirse abajo.

Y así fue como iniciaron la labor... Julián Moro creía haber oído decir que «es preciso dar los golpes con el hacha desde el lado opuesto al que uno desea que caiga el árbol»; y como este tenía que caer en el centro de la plaza, se puso a aplicar la herramienta con el cuerpo orientado hacia la fuente, que se hallaba en el centro mismo de la explanada.

Un golpe. Dos golpes. ¡Maldito árbol! Y eso que el hacha era nueva, con el filo a flor de eficacia. A los diez tajos ya estaba sudando como un carbonero. Le dijo a uno de sus compinches:

¡Eh, Ambrosio, dale tú ahora por el mismo sitio donde yo le estoy atizando! Diez golpes y que te reemplace Isidro. ¡Confiemos en que no nos darán las uvas antes de que el arbolito ceda por fin!

Y Ambrosio tomó el relevo. Y luego fue Isidro quien se puso manos a la obra. Y luego fue Caracortada (un ex presidiario de muy malas pulgas). Y luego el turno volvió a Julián Moro, quien se aplicó con mucha conciencia a cortar aquel estupendo árbol. Pobre pino. Parasol dicen que es. Parasol dicen que será...

Oyeron crujir el pesado tronco, que se había estado inclinando –creían ellos; pero con la oscuridad reinante la verdad era que no se apreciaba demasiado bien– hacia el centro de la plaza. Y fue el caso que sintieron venir el peligro; Isidro, que era quien la estaba manejando entonces, soltó la herramienta y se puso a correr despavorido, y lo mismo hicieron los otros, e incluso el que estaba de vigilante en la esquina empezó a correr como un pelele, no sabía muy bien hacia dónde.

Apenas habían salido de la plaza cuando oyeron el estrépito. El cura Rufino también tuvo tiempo de oírlo, por cierto. Su camastro estaba puesto en un cuartucho pegado a la iglesia, donde tenía su casa. Apenas tuvo tiempo de abrir los ojos cuando ya el techo y la casa entera se le habían venido encima. El pino parasol acababa de desplomarse contra la iglesia Nuestra Señora del Carmen, que se convirtió en el acto en un amasijo de escombros. Y sepultó con ella al señor cura. Y también sepultó con ella al ama de llaves, Teresa Garduño. Pero a diferencia del párroco, esta no tuvo tiempo siquiera de abrir los ojos cuando ya los cerraba para siempre. Fueron las dos únicas víctimas que se contaron en aquel extraño accidente.

A la mañana siguiente los vecinos de Zarzamora pudieron comprobar que se habían quedado, en efecto, sin pino parasol, a la vez que sin iglesia Nuestra Señora del Carmen, y sin cura Rufino Cazapulgas, y sin ama de llaves, Teresa Garduño.

Un equipo de reporteros acudió a la zona del desastre. El concejal de la localidad, don Álvaro Casapuesta, los acogió en su despacho del municipio y accedió gustoso a que le hicieran una entrevista.

 

Apéndice: Lo que dijo el periódico al respecto.

 

«¡Insólito! Un pino parasol que había en la plaza de Zarzamora ha sido derribado esta misma noche por un delincuente (se ignora quién ha podido ser; aunque ya se especula sobre la posible autoría), con tan mala fortuna que el árbol ha caído sobre la fachada de la iglesia, tirándola abajo, así como la casa parroquial, que estaba unida al sagrado edificio. Se han descubierto entre los escombros al cura del pueblo, el bravo Rufino Cazapulgas, y a su ama de llaves, la señá Teresa Garduño.

Estas han sido las primeras declaraciones que hemos recogido del concejal don Álvaro Casapuesta:

«¡Esto es inadmisible!, –exclamaba furioso–. Que una iglesia desaparezca por culpa de la acción de un individuo sin escrúpulos, quien habrá querido vengarse de la negativa que le di de retirar la declaración de «persona no grata», es un asunto que no podemos dejar pasar, máxime si en este lamentable episodio han perdido la vida dos personas honorables de nuestro pueblo.

Acabo de encargar una estatua a un taller de la capital para inmortalizar la figura de nuestro cura Rufino. Y enviaremos en fechas cercanas una petición al papado para su beatificación en tanto que mártir de nuestra santa Iglesia. Pero ya adelanto que esto no va a quedar así: al malhechor Jacinto Laguna le va a caer encima todo el peso de la ley y, si no logramos que lo sentencien a muerte, haremos lo imposible porque le caiga cadena perpetua con trabajos forzados.»

 

A los pocos días era arrestado en su caravana rosa (que él se figuraba azul) el díscolo vecino de Zarzamora. Le pidió al carcelero Pedro Maldonado como último favor que llevara la gatita Felipa a casa del correveidile Álvaro Molina, el cual accedió a ocuparse de ella y aún tengo noticias de que vivió muchos años, muy feliz y dichosa de poder saltar las tapias de aquel pueblo o aldea.

 

FIN

9 Abril 2011

 

En ese antro, sin duda uno de los que poseían peor reputación en la comarca, se reunía un grupo de maleantes que había prestado algún que otro servicio al mandamás, Rosendo Pozoalegre. Decían las malas lenguas que Julián Moro, el cabecilla, era el padre de Jaime Moro, el hijo de la costurera, la cual había andado, siendo moza, en relaciones prohibidas con el bandido de Julián. En efecto, este hombre moreno, paticorto, carirredondo, cejijunto y dotado de un vozarrón que lo hacía temible muchas leguas a la redonda, había sido un famoso bandolero dedicado a asaltar las caravanas de los viajeros, demostrando siempre predilección por los desfavorecidos y aquellos que no podían costearse una protección o custodia armada de sus posesiones. También se murmuraba que había asesinado a sangre fría a un campesino y su hijo el día en que fue sorprendido por estos cometiendo rapiña en las tierras de labor. La justicia lo apresó y le perdonó la vida y lo liberó, finalmente, a cambio de que cesara sus acciones en tanto que bandolero para realizar exclusivamente actividades delictivas que favoreciesen a los poderosos.

La tarde en que Rosendo recibió la visita del concejal de Zarzamora no dudó un solo instante que Julián Moro y su cuadrilla serían los encargados de cortar el árbol de la plaza a espaldas de los zarzamorenses, quienes habrían de levantarse uno de estos días y descubrir que un tremendo hueco llenaba el espacio que había sido hasta entonces dominio exclusivo del pino parasol.

Había enviado a Tomás Valiente a avisar a Julián Moro. Cuando aquel entró en la taberna de Manolito lo halló en una mesa del fondo, rodeado de sus compinches. El vino había corrido generoso y ya festejaban con grandes gritos y aspavientos lo brutos que eran. El dueño del tugurio se llamaba Juan; era hijo del hijo del antiguo propietario, un tal Manolo Díaz, el fundador de aquel negocio de mala estampa.

4 Abril 2011

 

No estamos del todo satisfechos con su gestión –dijo Rosendo, al tiempo que se echaba sobre el sillón orejero de cuero marrón, frente a la larga mesa y los estantes de libros arrimados a las paredes. Flotaba en la estancia un polvillo invisible. A don Álvaro le entraron ganas de estornudar. Se contuvo treinta segundos; pero –no pudiendo aguantarse más– estornudó con tal violencia que unas hojas que había sobre la tabla se dispersaron por el aire y cayeron al fin al suelo. El dueño le clavó irritado los ojos.

¿Ha atrapado uno de esos resfriados al perderse por el campo, señor edil?

Al edil de Zarzamora le molestaba mucho que hicieran alusión a su pobre cargo en la sociedad zarzamorense. Además, don Rosendo Pozoalegre era el único que se permitía la insolencia de recordarle lo poco que él representaba para el mundo. Tragaba entonces saliva, agachaba la cabeza y se comía la rabia lo mejor que podía.

No es nada, don Rosendo. La primavera despliega su cortina de polen y unos son más sensibles que otros a estos aires saturados de fragancias. Pero ya le digo que no es nada.

Como le iba diciendo... mis espías me comunican que no se avanza casi nada en lo que atañe al progreso en el pueblo de Zarzamora. ¿Ha conseguido usted asfaltar el empedrado de la plaza y calles adyacentes? Me parece a mí que no. ¿Ha conseguido usted instalar las señales de tráfico en los puntos estratégicos con el fin de propiciar la llegada en tromba de los vehículos de motor? Me parece a mí que tampoco. Esto es muy grave, señor edil. ¿A qué espera para dar el pistoletazo de salida a la civilización allí donde usted desempeña labores de representante municipal? ¿Quiere ser «edil» toda la vida y no verse promocionado a «alcalde»? Pues mientras todo siga igual, no cambiará de estatuto: regentará un municipio catalogado por la administración como «burgo» dependiente de Zurriales. Ahora bien, lleve usted a cabo las reformas previstas y yo haré lo posible para que Zarzamora tenga por fin su alcalde. ¿Qué opina?

A don Álvaro Casapuesta le bailaban los ojos. Sabía que una promoción a alcalde equivalía al aumento de los honorarios en varios cientos de duros, además de la posibilidad de asistir a los saraos y convites de altos vuelos en tanto que «jefe político» de Zarzamora.

Verá... –principió a decir.

Le escucho –dijo don Rosendo con semblante serio.

Y como el edil era alguien orgulloso y no admitía jamás una derrota, la emprendió sobre la marcha contra el pino parasol, como si fuera este el culpable de todas sus frustraciones:

Sucede que por el momento no es posible asfaltar la plaza por culpa de un pino que crece allí demasiadamente a sus anchas y salvaje. El cura Rufino ha predicado a favor de que lo corten. Pero, ¡oh, sorpresa!, su sermón fue pronunciado en vano. Los de Zarzamora no están por la labor de quedarse sin el pino parasol.

Don Rosendo abrió extrañado la boca. Casi se le desbarató el peluquín que llevaba encima de la calva.

¿Ha consultado con el leñador?

Con el leñador consulté el caso. Es un hombre sensible y dominado por su mujer. Las hembras de Zarzamora dictan la ley según les da. Cuando los maridos de un pueblo obedecen a sus esposas, ese pueblo está condenado al atraso absoluto. Es preciso esperar a que esta influencia «mujeril» cese un tantico para que nosotros, los hombres de bien, podamos orientar las cosas hacia el progreso.

¿No hay otro aldeano capaz de tomar el hacha o el serrucho?

Es un árbol de gran tamaño y grosor... Zarzamora sigue siendo un pueblo de doscientas almas. ¡Nadie que no se llame Ginés el leñador sería capaz de arriesgar el pellejo con semejante empresa! –mintió descaradamente el concejal, pues olvidaba a propósito su entrevista con el rebelde Jacinto.

En un par de días enviaré a ese lugar una patrulla de cortadores de leña venidos desde Zurriales. Quédese al tanto del timbrazo del teléfono, porque pronto llegarán novedades. Estimado señor Álvaro, ¡no quiero más contratiempos! En cuanto hayan derribado el pino de la plaza, emitirá un bando anunciando el comienzo del asfaltado en la localidad. ¡Póngase ya mismo en negociaciones y contratos con los obreros que asfaltarán esas calles! Tráigalos, si fuera preciso, de la capital. Todo esto ha de costar dinero; pero no seremos nosotros quienes asumamos los gastos: el gobernador ha dado luz verde a este proyecto.

Don Álvaro sonrió de veras. Empezaba a vislumbrar el final del túnel. Para él, aquella operación equivalía a matar dos pájaros de un tiro: por un lado, se vengaba del agravio sufrido con algunos vecinos de Zarzamora al conseguir finalmente que derribasen el pino; por otro, ascendía a la consideración de «alcalde», algo con lo que estaba soñando desde hacía por lo menos un lustro.

Salió de aquella noble morada pensando que lo que al principio no había supuesto sino un capricho del señor cura, se había convertido de la noche a la mañana en una cuestión fundamental para su suerte. Era necesario acabar con ese soberbio pino. No había más vuelta de hoja.

2 Abril 2011

El mayordomo y su amo

2 abr 11 En: Zarzamora

 

Subieron los escalones un poco gastados por el uso. En el último esperaba, muy estirado con su traje a rayas negras y verdes y guantes blancos, el mayordomo. Era un hombre con bigote gris de cepillo, media calva, rostro enjuto y ojos montaraces, lo cual significa que estaba al tanto de muchos secretos, aunque pensaba llevarlos consigo a la tumba, pues no los destaparía por más que le pincharan con una aguja. Era fiel a su amo, tan fiel como lo puede ser una sombra a su cuerpo. Don Álvaro se presentaba ansioso y excitado. Bien sabía él que aquellas reuniones con el jefe de la comarca repercutían directamente en la mejora de su suerte o estatus social. El cochero se quedó, en cambio, charlando con el jardinero, que era alguien enamorado de los caballos: conocía de memoria los nombres de las distintas razas y las proezas que estos animales son capaces de realizar.

Buenas tardes –saludó el concejal con deje de desapego en la voz.

El sirviente inclinó la cabeza y se retiró para abrirle paso con esa media sonrisa propia de los mayordomos. Hay quien afirma que no existe otra igual de falsa en toda la faz de la tierra. Ni siquiera la de los usureros se la puede comparar.

Buenas tardes –dijo.

El edil pasó al vestíbulo. Era una pieza cuadrada de altas paredes adornadas con cortinas blancas y grandes cuadros al óleo oscurecidos por los años. En el centro del techo colgaba una araña de fantástica envergadura: en cada brazo de bronce chisporroteaba una vela. El piso estaba cubierto de alfombras procedentes de Marruecos. Al fondo, la amplia escalera giraba hacia la izquierda a los diez peldaños. La luz exterior se filtraba a través de las cortinas; pero no bastaba para disipar la desazón causada por una atmósfera enrarecida: estaba solicitando a gritos que la renovasen con nuevos soplos. El dueño de aquellos magníficos dominios era una persona decrépita. Usaba lentes oscuras y era casi tan bajito como la Tapona. A diferencia de esta, le quedaban escasos pelos en la cabeza (por lo que gastaba peluquín para que nadie murmurase a sus espaldas) y poseía una voz arrastrada que imitaba bastante bien el sinuoso deslizarse de las serpientes por los paisajes arenosos.

Precisamente, cuando apareció don Álvaro Casapuesta el hombre más influyente del lugar se disponía a abandonar su casa (raro era el minuto que no le agobiara algún «quehacer urgente»). Pero viendo que tenía visita, decidió tragarse por un rato las prisas y con muestras de amabilidad y solicitud ceremoniosa invitó a don Álvaro a entrar en el salón de su casa, que era también biblioteca.

31 Marzo 2011

El caserón del jefe

31 mar 11 En: Zarzamora

 

Rosendo Pozoalegre era el personaje de mayor influencia en la comarca. Establecía un contacto directo con el gobernador de la provincia; los diputados y políticos lo consultaban sin cesar en reuniones lo mismo formales que informales. A sus sesenta y tantos años, se declaraba ferviente defensor del progreso y las nuevas tecnologías. Pero, cosa harto contradictoria, dentro de su casa desempeñaba funciones de déspota con la firme intención de conservar bajo su techo las costumbres de los antepasados, señores todos ellos de alcurnia, escudo de armas en el frontis de la fachada, y ese respeto escrupuloso de las formas y maneras propias del medievo, cuando los vasallos rendían servidumbre y honores a su señor. Por esta razón don Álvaro Casapuesta acudió a la cita subido en un carruaje tirado por dos caballos (uno blanco y otro marrón), con cochero que la emprendía a latigazos desde el pescante, y vestidos ambos con levita, calzón oscuro de media pierna, medias blancas y zapatos de hebillas doradas. El caserón estaba rodeado de un parque cuidado a la manera inglesa: con setos y amplias zonas de césped y rosales y fuente redonda (más allá se divisaba una zona boscosa). El edificio ocupaba tres pisos; poseía un tejado rojo de notabilísima pendiente y su planta era rectangular, saturada de ventanas y balcones negros en las plantas primera y segunda. La puerta principal, de madera de ébano, era abovedada. Una verja pintada de verde marcaba los límites de la posesión. El escudo de armas decía: «El que tuvo, retuvo.» Don Álvaro Casapuesta atravesó el arco del portalón subido en el carro antiguo que se deslizaba sigiloso por el sendero de grava.

28 Marzo 2011

La cita con don Rosendo

28 mar 11 En: Zarzamora

Y como las desgracias nunca vienen solas, a don Álvaro Casapuesta terminaron de amargarle el día cuando sonó el teléfono. Era algo con lo que ya contaba; pero aquel timbrazo repentino no dejó de causarle una muy desagradable impresión.

¿Diga...?

El edil guardó silencio durante varios minutos. Agitaba la cabeza en señal de aprobación. De vez en cuando asentía en voz alta: «¡Sí!» «¡Ya!» «¡Claro!» «¡Por supuesto, señor Rosendo!»

Al poco colgó el auricular, dirigió una mirada melancólica al perchero de latón que servía de adorno en un ángulo de la pieza y, tras levantarse del asiento, se apresuró en ponerse la chaqueta y el sombrero. Era alguien tan elegante que incluso en los meses de bochorno usaba alguna prenda que realzara su buen gusto y coquetería en el vestir. Precisaba de los servicios de Pascual, el cochero. Se preguntó si tendría tiempo de pasar por el bar de Vicente a dar los buenos días a la parroquia, como era costumbre en él. Pero, ¿y don Rosendo? Este era de los que no aprecian en absoluto que le hagan esperar.

Se dirigió con paso firme a la vivienda de Pascual. En el trayecto saludó a buena parte de los zarzamorenses. Ese llevarse la mano al sombrero frente a las damas a la vez que esbozaba una amable sonrisa, y ese darse un achuchón algo bestial con los caballeros, constituían un hábito arraigado en él, un hábito que no descuidaba nunca, pues por algo se consideraba el «elegido». La mala suerte quiso que topara también con el cura Rufino, persona a la que –dadas las circunstancias– no hubiera deseado dirigir la palabra por el momento.

¿Qué hay de eso...? –le soltó el párroco con aire misterioso.

El edil bajó los ojos.

Llevará unos días. Paciencia. Ese pino debe de tener cerca de cien años. Echarlo abajo requiere las debidas precauciones.

¿Ginés...?

Ginés es un alma cándida. Me ha hablado de no sé qué problemas de salud... Dolores de espalda. Reúma. Se está haciendo viejo nuestro leñador.

Entendido.

El cura siguió su camino echando pestes contra la mitad de la población. El edil aceleró entonces el paso. A los pocos minutos hacía sonar la aldaba en la puerta de Pascual. No había tiempo que perder: debía dirigirse cuanto antes al caserón de don Rosendo, situado en el pueblo de Zurriales, a unos cinco kilómetros del suyo.

27 Marzo 2011

La propuesta

27 mar 11 En: Zarzamora

Todavía tuvo que esperar otro rato el bueno de Álvaro Molina. Jacinto prodigó mimos y atenciones a la gatita blanca, marrón y gris, la cual recibió con gran alborozo la ofrenda de la leche. En un cazo de porcelana se la sirvió su amo. El cazo lo había encontrado, por cierto, en el fondo de una cuneta. Lo había recogido y lavado con el agua del río. De seguir así, no tardaría en reunir los enseres necesarios a la vida doméstica.

El correveidile lo miraba cada vez con peor talante; pero, ¿qué podía hacer él sino aguardar? Por fin, cuando el reloj de la torre dio las once, se acordó el fugitivo de sus obligaciones y salió sin prisas a reunirse con el concejal. Allá en su despacho, don Álvaro Casapuesta miraba fijamente el teléfono que había sobre la mesa. Sólo existía un aparato igual en toda Zarzamora, el de Julio Casavieja, quien sin embargo no lo utilizaba por supersticioso: Raquel, la vieja con poderes adivinatorios de la calle de abajo, le había advertido que este invento del demonio traía consigo mal de ojo y tremendos dolores en las cervicales para la persona que hiciera uso de él.

El correveidile llamó a la puerta de doble hoja. Esperaba una recompensa por parte del edil, que éste le perdonase al menos su tardanza, pues no había sido cosa fácil llevar hasta allí a Jacinto el Díscolo.

«Adelante», exclamó el prohombre desde dentro. Se introdujo la pareja en la pieza ricamente adornada con muebles de lujo y tapices y banderolas que formaban colección de las provincias peninsulares. Don Álvaro Casapuesta clavó sus ojos, primero en el chico, luego en el rebelde.

¡Tú, ya hablaremos más tarde! Ahora te puedes ir. Por tu culpa, se me ha enfriado la sopa –era esa su manera de decir que se le había hecho tarde.

El correveidile salió del despacho cariacontecido. ¡Una vez más, se iba a quedar sin propina! ¡Perra suerte! Apenas hubo desaparecido de la pieza, cuando ya los enemigos iniciaban su particular desafío de miradas. Imposible deducir cuál de los dos se aborrecía con más tesón.

 

Con artificio diplomático, el edil fue sembrando su discurso de vagas promesas: «el municipio eliminará la declaración de persona no grata»; «podrá usted volver al hostal de Robustiana; yo me encargaré de que ella no ponga objeciones». Y lo llevó de este modo al terreno que a él le interesaba.

Usted ha trabajado alguna que otra vez en compañía de Ginés, el leñador. Ha tenido tiempo de aprender cada uno de sus secretos y mañas en el arte de cortar árboles. Ahora los zarzamorenses le necesitamos para que lleve a cabo un trabajito de bastante enjundia (por lo que será debidamente recompensado). El mismo Ginés duda de su propia valentía, de su valor y de su brazo para acometer semejante empresa. Usted se conserva fuerte y ágil y cuerdo. No dudo que logrará, con las oportunas precauciones y medidas de rigor que se imponen, ejecutar la tarea que el pueblo y el municipio de Zarzamora le encomiendan. En sus hombros delego, pues, la misión consistente en cortar de raíz el pino parasol que hay junto a la iglesia Nuestra Señora del Carmen.

Jacinto suavizó la mirada. Una leve sonrisa se dibujaba en su rostro. No parecía que hubiera acogido con excesivo desagrado la propuesta del concejal.

¿Podré circular libremente por las calles de Zarzamora?

Podrá, podrá –contestó el edil con sonrisa de triunfo; había puesto las manos sobre la mesa en una clara actitud reconciliadora.

Vicente, el del bar, ¿me dejará entrar en su establecimiento?

Le dejará entrar en su establecimiento todas las veces que quiera: mañanas y tardes; días laborales y festivos. Yo mismo me encargaré de que nuestro amigo el mesonero entienda que así ha de ser, que está en su obligación el acoger a todos los vecinos y vecinas de este pueblo. Usted ha sido un rebelde. Lo pasado, pasado. Ha llegado el momento de la reconciliación para que los zarzamorenses caminemos unidos por la senda del progreso. Nuestra misión consiste en ponernos a la altura de los tiempos que corren. ¡La civilización! ¡El progreso! ¡El avance de las máquinas y otros ingenios humanos representan el horizonte hacia donde deberemos poner los ojos con el objetivo de alcanzarlo algún día!

¿Y se me pagará...?

¡Cuatro duros, señor Jacinto! En una tarde habrá despachado el dichoso árbol. En una tarde habrá usted ganado el jornal de siete días. A veces las circunstancias nos ofrecen chanzas. ¡No hay sino que estar al loro y recogerlas, estimado Jacinto! Sea usted el chanzudo que ha ganado el premio gordo, según le acabo de formular.

Jacinto se rascaba meditabundo la frente y la coronilla. Parecía seducido por la lluvia de promesas que el bueno de don Álvaro Casapuesta había desplegado ante él. Finalmente, se levantó sin decir palabra, alcanzó el pomo de la puerta y, antes de salir, se volvió dando muestras de alegría. Hizo una cuchufleta al edil, soltó la carcajada y se fue de la oficina.

«¡Fuera, fuera de Zarzamora, tunante, impío, inmundo, estiércol de los campos!» «¡Juro que llamaré ahora mismo a Pedro Maldonado para que te encierre entre barrotes!» Jacinto no cesaba de reír al bajar las escaleras mientras oía esta sarta de improperios.

24 Marzo 2011

La casa de los Molina

24 mar 11 En: Zarzamora

«Lo primero es lo primero –dijo Jacinto con tono lastimoso–. Mi gatita se muere de hambre; necesita un poco de leche para aliviar la sed. El edil no va a moverse, mientras tanto, de su silla. Si quiere hablar conmigo, que se espere otro poco.»

Iba a replicar Segundo, pero ya el de la caravana rosa se había puesto a andar en dirección a la aldea. «¿Y de dónde saco yo ahora un vaso de leche?», se preguntaba en voz alta. El correveidile aceleró el paso. Como era casi igual de veloz con la cabeza que con las piernas, se le ocurrió sobre la marcha una forma de resolver el conflicto...

Véngase a casa de mi padre –señaló–. Yo le daré ese vaso de leche. La Roja acaba de parir y tiene las ubres a punto de reventar. La pobrecita se mueve con algún apuro dentro del establo.

La Roja era una cabra, claro está.

Hummm... Leche fresca para la Felipa. ¿Me darás a mí otro poco?

¡Dos onzas de leche le daré a usted, señor Jacinto!

El chico experimentaba de nuevo la necesidad imperiosa de correr. No quería que el jefe se impacientara por su culpa. Entraron en la aldea por la calle de la derecha. Llegaron a la de la izquierda y allí, en mitad de la apretada fila de casas blancas, se colaron en un zaguán húmedo y sombrío, con suelo de guijarros redondos y plantas trepadoras y macetas por todas partes. José Molina había sido un excelente correveidile. Desde que su hijo había tomado el relevo, se dedicaba a las labores del campo y al pastoreo. Contaba con un buen par de docenas de cabras y otras tantas de ovejas.

¡Padre! –gritó Álvaro–. ¡Soy yo! ¡Entro en el cobertizo a ordeñar las ubres de la Roja y me voy, que vengo acompañado de Jacinto!

Un viejo de tez morena, pelo lacio y ojos inquisidores asomó por la ventana que daba al patio. Debía de ser la de la cocina.

¡Granuja! –gritó abriendo mucho la boca desdentada–. Han preguntado por ti los del ayuntamiento. «¿Dónde está tu hijo Segundo?», me decían. «Don Álvaro lo busca y nadie sabe dónde se ha metido.» ¿Te parece esta una forma adecuada de cumplir la misión de mensajero, eh?

Álvaro Molina se puso rojo como una cereza.

Padre, ¡yo no tengo la culpa! ¡Corrí cuanto pude y no encontré a Jacinto hasta un buen rato después! Pero ahora lo traigo conmigo. Luego iremos al ayuntamiento.

A mí que me den ya mismo la leche de cabra –replicó algo enojado Jacinto-, que por algo me he molestado en venir hasta aquí.

¡Se la ofreceré enseguida en un cubo, señor! Y con ella podrá alimentar a su Felipa –repuso el mozo, que recordaba bien el nombre de la gatita.

¿Qué es eso de «enseguida»...? ¡Nanay! ¡De aquí no sale ni media pizca de leche! –aseguró el padre.

Pero su hijo el correveidile fingió no oír nada. Se introdujo con su acompañante en la cuadra y salió de ella al cabo de varios minutos. En un cubo de hojalata llevaba la cantidad de dos onzas de leche.

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