alalzada 2009-11-07T11:51:48+00:00
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Cultura the-shaker: that blog/flickr/multimedia-aggregator kind of thing alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/07/el-inicio-la-entrevista El inicio de la entrevista 2009-11-07T11:51:48+00:00 2009-11-07T12:13:44+00:00 <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><img class="imgizqda" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/myfiles/4aad0b13c4fb6ed6945d5004b3f2-1-3.jpg" alt="" width="157" height="205" /></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #330099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">[39] Comenzó la plática. A esta plática le estaba vedada el subirse por las paredes: no podía andar mucho trecho sin tropezar con el dique de la formalidad; no podía tocar algún tema sin sufrir el asedio del reparo. ¿Qué decir en tales circunstancias? ¿Por dónde salir triunfante? Lo mejor sería —concluyó Ignacio— no decir nada pareciendo que uno dice mucho: hablar al tun tun se ofrecía como la mejor alternativa en una charla aderezada con taza de café y pastelitos colocados en bandeja de plata sobre la mesita estilo persa. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #330099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Ya Josefina lo había previsto todo: hasta la luz debía mostrarse coqueta, infundir al ámbito un tono de amable confidencialidad. Y como era domingo por la tarde, el ruido de la plazuela se dejaría notar apenas; la gente del lugar dormitaba en sus casas. Una lámpara de pie blanca iluminaba desde un rincón con pálido fulgor de estrellas. También atisbó el comercial de La Campana una mecedora de rejilla, ¿cuánto tiempo reposaba en ese sitio, sin que nadie la balanceara?</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; font-style: normal; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #330099;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">Cuéntame, Ignacio —dijo la dueña del lugar, al tiempo que llenaba la taza de su huésped. Le tembló un poco la mano—, ¿qué opinas de la conferencia de don José Manuel del Prado y Collado?</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; font-style: normal; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #330099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Don Ignacio esperó a que la señora tomara asiento en un antiguo sillón con almohadilla, reposabrazos de madera de haya y tapizado de velur rojo burdeos; tras lo cual respondió:</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #330099;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">No estuvo mal. Quizás, algo comedida, porque el señor conferenciante no quiso tocar los temas de la actualidad; de la política, quiero decir. Se limitó a hablarnos de los novelistas del siglo XIX, Clarín y compañía. ¡Ah, esos temas ya no interesan hoy en día! Ahora lo que enardece al público son las elecciones de octubre; el cambio de gobierno que se avecina; el porvenir de una España fragmentada en 17 autonomías, que habrá de integrarse en Europa al precio que cueste, porque nos va la vida en ello. Yo a este país lo veo con ganas de cambiar y de sanar el panorama que habíamos heredado del régimen de Franco.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #330099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Don Ignacio no tenía muy claro si Josefina era del lado de acá o del lado de allá en cuanto a los regímenes políticos se refiere; por lo que optó por callar, no fuera a meter la pata nada más iniciada la entrevista. La dama posó sobre el caballero unos ojos bondadosos; luego arrimó delicadamente la taza a su boca, inaugurando así el ritual de los sorbos al café.</span></span></span></p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/06/microcuentos-escapada-imaginaria Microcuentos. La escapada imaginaria. 2009-11-06T20:38:15+00:00 2009-11-06T20:38:36+00:00 <p style="text-indent: 0.56cm; margin-bottom: 0cm; line-height: 150%;" lang="es-ES"><span class="large"><br /></span></p> <p style="text-indent: 0.56cm; margin-bottom: 0cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #000099;"><span class="large"><span style="font-size: small;">Tenía un amigo. Este amigo vivía en el campo. No le gustaba la ciudad. Para él la ciudad representaba todos los problemas, todos los inconvenientes que uno pueda imaginar. En cambio, el campo era sinónimo de paz, armonía, luz y color; aparte una exuberante vegetación y unos animales simpáticos, allí podía encontrar gente amable, que no negaba nunca el saludo. Su amigo le contaba todo esto por teléfono; y él se moría de envidia a la vez que oía el ruido del tráfico, que se colaba por su ventana y era la causa de un intenso desasosiego en lo más hondo de su ser.</span></span></span></p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/06/el-salon-principal El salón principal 2009-11-06T17:14:21+00:00 2009-11-06T20:41:32+00:00 <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><img class="imgizqda" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/myfiles/th-467-117.jpg" alt="" width="145" height="145" /></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #003333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">[38] Los nervios estaban a flor de piel: había que disimularlos como fuera. La pareja evitaba con sumo cuidado el choque de las miradas. ¡Oh, espanto, si acaso el otro adivinaba que uno se sentía perdido, sin saber qué decir, qué hacer en una situación tan engorrosa como aquélla! </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #003333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Porque pasaba que Josefina no lograba borrar la sonrisa postiza, idéntica a la de un maniquí que luce en el escaparate de la tienda sus encantos de cera. Tampoco Ignacio hallaba las palabras con que salir airoso del atolladero. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #003333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">¡Nervios, nervios que humedecen las manos, embotan la lengua, aprietan la garganta, entorpecen los pies, empequeñecen el traje, o bien agrandan el cuerpo, de manera que uno se siente prisionero de su propio vestuario! ¿Cualquier cita de amor engendra un suplicio así, a todas luces insoportable? </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #003333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">En aquellos instantes de torpe proceder y miedos abismales, don Ignacio maldecía la hora en que había quitado su casa, bien peripuesto (creía él), para reunirse con esta señora, encorsetada; aunque debía admitir que no había perdido aún la gracia femenina, esa belleza aristocrática que a los ojos del comercial la distinguía del resto de las mujeres guadalajareñas: ninguna como Josefina en el andar gracioso, con pasos de enigmática <em>dama de las camelias; </em>ninguna como ella en el hablar comedido, ricamente pausado, digno de una madame de Sévigné. Ya no había duda: Ignacio Calderón se postraba a los pies de su dama. «¡Imposible poner un remedio a esto!», hubiera exclamado Augusto Montes, de haber estado al corriente.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; font-style: normal; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #003333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Reuniendo fuerzas de flaqueza, obteniendo la inspiración de las mismas palabras de don Alfonso, el cura de su parroquia, Josefina tuvo la feliz ocurrencia de conducir a su invitado al salón, cuyo techo adornado con una araña de cuentas de vidrio que imitaban diamantes, estaba a más de tres metros del piso de parquet, entonces un privilegio para la mayoría de los hogares.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; font-style: normal; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #003333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Altísimas cortinas blancas vestían las paredes empapeladas con líneas verticales, rojas y blancas. Detrás de las telas surgían cuatro ventanales, por donde se filtraba la luz de la plazoleta cuadrada. Los muebles serían de caoba, todos oscuros, grandes y macizos; apenas bastaban para llenar la estancia, que era inmensa. A trechos, cubría el parquet una serie de alfombras orientales de tan costoso precio como enrevesada filigrana. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-tahoma" style="color: #003333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Ignacio se decía mientras andaba sobre el blando tapiz hacia una mesita de servicio, estilo persa, que ocupaba un rincón de la sala: «¡Esto sí que es lujo!, ahora entiendo por qué tanta reticencia de la parte de esta señorita a mis pretensiones de conquistarla!» Y a todo esto, Josefina, que veía en la expresión del hombre los deslumbres de su propia casa, iba recuperando el aplomo y la serenidad que hacía unos minutos había echado tanto a faltar.</span></span></span></p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/06/acerca-las-antenas-los-telefonos-moviles Acerca de las antenas de los teléfonos móviles 2009-11-06T08:33:52+00:00 2009-11-06T18:42:55+00:00 <p><span class="font-tahoma" style="color: #333399;">«Numerosas comunidades están oponiéndose a las antenas cerca de colegios y barrios residenciales. Pero cientos de miles de nuevas antenas de telefonía son necesarias para ofrecer cobertura debido a la demanda de todos los aparatos inalámbricos. La construcción de la infraestructura inalámbrica no está completa en ningún sitio. La tecnología de "tercera generación" necesita infraestructura cada 1-4 kilómetros. Hay nuevos servicios de banda ancha que permiten todo desde llamadas, mensajes de texto y descargas de Internet en una pantalla de teléfono móvil o en un portátil inalámbrico. Además, haciendo gala de la competición con las redes de cable, las telecoms pueden ahora ofrecer hasta programación de TV. Esto significa que la antena de telefonía móvil de ayer se ha transformado en una estación de emisión de TV además. Como consumidor, si quieres usar estos sistemas inalámbricos, estás pidiendo que alguien viva cerca de la infraestructura de emisión. Con el tiempo, la tendrás también al lado de tu casa. No tendrás donde esconderte. »</span></p> <p>Extracto de:</p> <p><strong> <em>Electromagnetic Fields: A consumer's guide to the issues and how to protect ourselves, </em>B. Blake Levitt. Traducido por VidaSostenible.</strong></p> <p>copiado del blog: 'Toma el control de tu salud' (<span style="color: #003300;">Vida sostenible</span>)</p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/05/el-recibimiento El recibimiento 2009-11-05T10:29:55+00:00 2009-11-06T08:07:18+00:00 <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"> </p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #003300;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">[37] El vestíbulo era ancho, si bien algo oscuro. La luz procedía del fondo de un largo pasillo, donde aparecía una puerta de cristales que daba acceso al patio. A ambos lados de la pared había dos solemnes puertas de madera, con felpudo a los pies, llamador dorado y placa pulida con esmero, en la que podía leerse con letras góticas: «Despacho de Abelardo Quintanar, doctor en leyes de la gentil y noble Guadalajara.» </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #003300;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">«Así que, dedujo nuestro hombre, Josefina alquila los bajos de su vivienda a un gabinete de abogados. ¡Y luego se queja de que le falta dinero!»</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #003300;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Las escaleras se hallaban al fondo del pasillo, justo antes de topar con la puerta de cristales. Aquel espacio olía a humedad, estaba mal aireado; pero la docena de escalones conservaba el lustre y la finura del mármol; eran amplios y la barandilla, de madera. Las paredes estaban pintadas de un azul decadente, desconchadas en las zonas más oscuras. En conjunto, ofrecía el vestíbulo una sensación de lánguida tristeza. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #003300;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Pulsó la luz y subió con parsimonia al rellano, donde Josefina, elegante y pelirroja, aguardaba el momento de recibir a su invitado con suave apretón de manos y discreta sonrisa. Llevaba un vestido blanco de tirantes, con collar de perlas majórica adornando el cuello de alabastro, pulsera de oro en ambas muñecas y sortija con su verde rubí en el anular de la mano derecha. Se había pintado (¡oh, portento) los labios de un rosa pastel; el polvo en las mejillas daba relieve a un rostro acosado por la severidad de una mirada sin encanto, pues los ojos se hundían demasiado en las cuencas y las gafas de concha disimulaban el feroz brillo de las pupilas de un marrón claro. La nariz era correcta, pero la frente pecaba de amplia y abultada, las arrugas se paseaban por ella ajando los primores de su marchitada juventud. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #003300;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Don Ignacio, insensible a estos detalles de la apariencia, estaba por quitarse el sombrero a fin de celebrar la hermosura de su dama; pero recordó que no lo traía consigo. En cambio, la corbata le apretaba cada vez más el cuello inundado de gotas. ¡Y él, que se había propuesto acudir a la cita sin haber transpirado en el camino! ¿Qué habría pensado Josefina al descubrir que sus manos estaban húmedas de sudor?</span></span></span></p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/04/la-vivienda-josefina-rubio La vivienda de Josefina Rubio 2009-11-04T19:17:36+00:00 2009-11-05T20:55:03+00:00 <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">[36] Vivía Josefina Rubio en una finca de tres plantas para ella sola, en pleno casco antiguo. Su linda morada de ladrillo rojo, balcones negros y vetustas ventanas con cortinas blancas hacía esquina por dos lados: estaba ubicada en una plazoleta cuadrada con fuente en medio, debajo de cuyos caños saciaban su sed los gorriones y palomas que por allí pasaban. Muchas de ellas se quedaban a tomar el sol junto a las paredes de las casas, o bien se posaban sobre los respaldos de los bancos de madera, solitarios siempre, salvo cuando alguna pandilla de jóvenes ocupaba la zona, con estruendo para los del lugar. Esto sacaba de quicio a Josefina Rubio; por fortuna su casa era grande, del lado del patio le llegaban mitigados los ruidos de la plaza; cuando pasaba el afilador con su moto-taller, pregonando su servicio con la ayuda de un silbato, se enteraban hasta las piedras; cuando algún que otro chatarrero anunciaba su presencia a grito pelado, también las piedras se daban al fin por aludidas; pero estos oficios poco a poco iban desapareciendo, casi nadie se acordaba ya de que en otro tiempo hubo un granjero que vendía la leche llenando los cazos de las comadres en las mismas puertas; hubo también un peregrino comercial de muebles, que sacaba las sillas, los armarios y las mesas de su viejo carro y, aunque no había mueble que no cojease, los colocaba en fila india en mitad de la acera, ante la mirada atónita de los vecinos. Aquellos oficios y menesteres que ella había conocido de niña habían sido reemplazados por los grandes almacenes, las supertiendas «abiertas al gran público», donde todo cabía y todo se vendía, y todo se comercializaba: no hacía falta ir más lejos para adquirir hasta lo más insospechado, aseguraban los prospectos de la publicidad, que por aquel entonces comenzaba a invadir los buzones con la insolencia de quien se cree dueño de un coto privado de caza.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Don Ignacio, que ya llegaba a su destino, lanzó una ojeada a los pájaros posados en los baldosines rojos; pero, sin que hubiera sonado ninguna voz de alarma ni se hubiera levantado ningún aire fresco, agitaron las alas y uno tras otro se alejaron volando hacia la torre de la catedral, visible desde allí. Don Ignacio volvió a llevarse las manos al nudo de la corbata, que le apretaba hasta el punto de causarle agobios. Sobre todo, no deseaba transpirar; si acaso acudía un poco <em>mojado</em> donde su amada, ¿qué pensaría ella? A don Ignacio le dieron escalofríos. Se detuvo en un portal con dos aldabas de latón y, casi en estado de embriaguez, se puso a aporrear la oscura madera. Uno, dos golpes; con eso bastaba. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Al cabo, se abrió una ventana del primer piso y asomó la cabeza tintada de color caoba de Josefina. «¡Allá va!», exclamó con sonrisa bastante mitigada. Era la llave metida en un calcetín de lana para que no se rompiera. Así la dama se ahorraba el esfuerzo de bajar las escaleras para abrir el portal. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000099;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Don Ignacio comprendió al instante. Recogió del suelo el calcetín hecho una bola, de donde sacó la llave que encajaba perfectamente en el agujero de la cerradura.</span></span></span></p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/04/tribulaciones-un-espanol-paris Tribulaciones de un español en París 2009-11-04T09:20:27+00:00 2009-11-06T08:08:34+00:00 <p><img class="imgizqda" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/myfiles/320_7869250.jpg" alt="" />Acabo de publicar por el sistema de autoedición mi anterior novela por entregas, <em>Tribulaciones de un español en París</em>, que previamente había aparecido en este blog de 'alalzada'.</p> <p>Este es el enlace para adquirir el libro, de 248 páginas, por el precio de 16 euros:</p> <p>http://www.lulu.com/content/libro-tapa-blanda/tribulaciones-de-un-espa%C3%B1ol-en-par%C3%ADs/7869250</p> <p>La editorial es Lulú, hermana gemela de bubok, donde también puedes encontrar este libro. Todo esto se lo debo a nuestra querida amiga Fernández Barrio, que me dio la idea cuando publicó sus dos obras: una novela (<em>Raíces de nobleza</em>) y un libro de poesía (<em>Mis 90 perlitas</em>) por este medio. Desde aquí le deseo mucha suerte en su andadura literaria. Gracias mil, amiga coctelera.</p> <p>El libro trata sobre los problemas del medio ambiente y la ecología, como bien saben mis lectores de entonces.</p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/03/la-corbata-rayas-don-ignacio-calderon-ibanez La corbata a rayas de don Ignacio Calderón Ibáñez 2009-11-03T12:43:48+00:00 2009-11-04T19:40:39+00:00 <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><img class="imgcen" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/myfiles/corbatas-tipos-estilos.jpg" alt="" width="431" height="275" /></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">[35] Don Ignacio se miraba delante del espejo, miraba y remiraba esa prenda que otorga el título de «don» al más pintado. Y no le convencía cómo quedaba el nudo, cómo se dejaba caer (tal el badajo de una campana) ese trozo de tela que adorna el cuello y la pechera de las camisas. Si no fuera porque el tiempo apremiaba ya hubiera revuelto la mitad de los cajones, sacado otras camisas, otras corbatas, otras chaquetas que mejor se acomodasen a su estado de ánimo. Porque Ignacio Calderón se sentía agitado, insoportablemente agitado: cuando hubiera terminado de ajustarse aquella prenda díscola, y rociado sobre su bien peinada cabellera gris unas gotas de colonia, y lavado con oloroso jabón otra vez sus manos blanquecinas, como para refrescarse el alma, no le quedaría otro remedio que atravesar el salón de su piso para dirigirse a la salida (a la calle), donde tomaría la dirección de la vivienda de Josefina Rubio Álvarez, con quien tenía cita a eso de las cinco de aquel soleado domingo.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Quizá Andrea —que estaba encerrada en su cuarto, seguramente leyendo vaya usted a saber qué tocho— podría darle el visto bueno a su fachada, aprobar la pinta que con tanto esmero había ido ajustándose al cuerpo el comercial de chocolates.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Tras salir del cuarto de baño para cruzar el corredor, se puso a llamar con los nudillos en la habitación de su hija. No hubo respuesta. Aplicó el oído en la madera, intrigado con aquel silencio, aquella falta de respuesta que no se esperaba. Dejó pasar algunos segundos antes de volver a poner los nudillos sobre la blanca puerta, cuyo pomo dorado, tan resplandeciente como una alhaja, le hizo sonreír de orgullo: ¡Qué limpio y brillante lo tenía todo en su casa!</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">¿Andrea...? ¿Puedo pasar?</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">Pasa —contestó desde el otro lado una voz apagada.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">El buen hombre empujó la manivela  y se introdujo en el cuarto de su hija: las persianas estaban echadas; la cama, sin hacer; se oían las notas al piano de una sonata de Beethoven, conocida por los amantes de la música clásica con el nombre de «patética». La joven estaba sentada, enfrascada en la lectura de un libro a buen seguro ameno.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">¿Qué lees? —preguntó don Ignacio.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">Una obra que me recomendaron el otro día... Se trata de <em>El Persiles</em>, la última novela que escribió Cervantes.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">¡Ah, <em>El Persiles</em>! ¡Estupendo, me encanta que leas al caballero Cervantes, el genial manco de las letras! Ahora, aparta un momento los ojos de las páginas y dime qué tal aspecto presenta tu padre; me va la vida en ello; de aquí a un rato, tengo cita con la señora Josefina; como le falle en algo, ya me puedo ir despidiendo del paraíso de las mujeres. Así que sé justa, pero severa, en tus apreciaciones. ¿Qué opinas de esta corbata que me he puesto?, ¿casa o no casa con la camisa? ¿Y la chaqueta, qué opinas de esta chaqueta negra?</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Andrea posó sobre don Ignacio sus delicados ojos marrones, los cuales evocaban sin ella pretenderlo tanta sinceridad y gratitud para con la vida misma, que uno sentía el choque de la emoción al tropezar con esa vívida e inocente mirada. Al fin, contestó:</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">¡Pero qué guapo ha quedado mi padre! Esa señora, o señorita; ya me voy acordando de ella, ejem... ¡Josefina Rubio!, la famosa aprendiz de poetisa, caerá rendida a tus pies, fulminada por la flecha de Cupido en cuanto aparezcas por su casa con esa camisa y corbata tan elegantes. Papá, desde mi punto de vista «femenino» te concedo mi aprobación: puedes salir tranquilo en busca de tu amada; no te dirá que no.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #333333;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Ignacio Calderón, que sospechaba la burla bajo el elogio aparente, no se dignó en replicar. Dándose por satisfecho con lo que había oído, dio media vuelta hacia el espejo del cuarto de baño, frente al cual daría los últimos retoques a su silueta.</span></span></span></p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/02/la-suave-ladera-y-repentino-vuelo-azul La suave ladera y el repentino vuelo azul 2009-11-02T11:40:27+00:00 2009-11-02T19:02:21+00:00 <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">[34] A pesar de la contrariedad que las revelaciones del ermitaño aportaban en la vida de Andrea, salieron ella y su compañera contentas de la gruta, felices al considerar que disponían de una jornada completa, donde el sol acabaría encaramándose a lo más alto, dejando caer sobre la faz de la tierra sus fervientes rayos, sus ardientes brazos de rey que gobierna en el firmamento con la leve oposición de las nubes, las cuales sólo aciertan a tapar su poderío de tarde en tarde. Ninguna nube asomaba por el horizonte; daba igual que mirasen hacia oriente u occidente: el cielo aparecía de un azul blanco, límpido. </span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Se habían despedido de don Augusto Montes, no sin agradecerle las hermosas palabras que el caso de Andrea había suscitado en la imaginación del viejo ermitaño. Para ellas, ese adelantarse al futuro, ese predecir lo que iba a pasar con serena resignación no tenía precio: justificaba con mucho la escalada a la cueva, donde finalmente tuvieron que reconocer que en contra de las apariencias el ermitaño no estaba solo en el mundo, sino rodeado por todos los seres de la Creación, que eran infinitos, puesto que había aprendido a comunicar con ellos por extrañas formas que ningún otro ser humano había logrado dominar.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">¿Qué te ha parecido la opinión del sabio? —le preguntó Isabel en cuanto terminaron de bajar la pendiente, la cual ofrecía más dificultades que en la subida. El ave blanca había retomado el vuelo tras dejarse acariciar y mimar por Isabel, quien le hablaba al oído y velaba por ella como si fuera la niña de sus ojos. No en vano, la hija del apicultor la había criado desde que era un polluelo recién salido del cascarón; hacía de esto unos siete años.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">Me ha parecido increíble —contestó Andrea—; yo no sé hasta qué punto debo dar crédito a lo que he oído en la cueva de don Augusto; pero lo cierto es que esta visita me ha dejado una sensación de dulce armonía (y diciendo esto, acudieron algunas lágrimas a sus ojos), una sensación de bienestar que mitiga el saber de buenas a primeras que nunca podré quedarme a vivir en esta ciudad encantadora. ¡Y eso qué importa! Viajaré con la imaginación, convertida en Romeo, hasta donde tú estés, hasta estos campos de Guadalajara, hasta el piso de mi padre: desde la distancia, guardaré el contacto con vosotros.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Isabel había notado por el timbre de la voz la emoción que embargaba a su amiga; quiso alegrarle aún más el día...</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">Vamos a comprobar ahora mismo si es verdad eso que ha dicho don Augusto: vamos a fijarnos en algún pájaro que pase sobre nuestras cabezas y, en vez de contemplarlo con ojos envidiosos, «seremos» ese pájaro que vuela, el ave que se aleja sólo Dios sabe dónde.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Las dos amigas detuvieron el paso; cesó de oírse el vaivén de las mochilas a sus espaldas; alzaron las frentes, recibiendo así sobre sus rostros el tibio calor de la mañana. Buscaban la presencia de una V mágica e</span></span></span><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">n el cielo. Una V que se agitara y temblara como una menuda barca visible apenas entre las olas.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #3333ff;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">Y cuando hubieron avistado una V pequeñita, se lanzaron cogidas de la mano en frenética carrera a través de los campos de cereales, las rayas de los sembrados bajo sus pies. Pero no era el suelo lo que ellas pisaban, el duro terreno con sus piedras, baches y trampas, sino el aire transparente, suave y ligero como un soplo. Lo habían conseguido: se habían puesto a volar. Hasta que una piedra en el camino las devolvió al suelo con todo el estrépito de una caída. ¡Qué risa les entró cuando se vieron tumbadas en medio del campo de cereales, de cara al infinito azul! </span></span></span></p> <p><img class="imgcen" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/myfiles/cielo1.jpg" alt="" width="534" height="401" /></p> alalzada http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/01/el-majestuoso-vuelo-romeo El majestuoso vuelo de Romeo 2009-11-01T12:17:04+00:00 2009-11-02T00:23:39+00:00 <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000066;"><span class="large"><br /></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000066;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">[33] Esta última declaración de don Augusto Montes no sorprendió ni poco ni mucho a la buena de Andrea, quien ya se figuraba cuál sería el colofón a las palabras del sabio. ¿Quién sino ella para prever la reacción de su madre al enterarse de sus propósitos de abandonar el nido que la viera nacer y crecer? La joven suspiró amargamente, como si la montaña sobre la que reposaban sus pies se viniera abajo. ¿Qué otra cosa podía hacer en aquellos momentos de desamparo? Isabel la consoló con la mirada; tampoco ella disponía del remedio eficaz, la panacea frente a los tejemanejes de propios y extraños. Volvió el viejo a dar mil pasos dentro de la guarida; parecía un oso enjaulado, mascullando una solución que intuía fuera de su alcance. La luz, fortalecida por una mañana vigorosa y espléndida, se  extendía por la campiña, tal un manto majestuoso de temblorosa nieve; se había colado por las rendijas y claraboyas, dando a la estancia un aspecto sombrío de catedral, en cuyos rincones chisporrotean los mil y un cirios encendidos con motivo de la devoción a María.</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000066;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">El viejo ermitaño detuvo sus pasos y, alzando la frente para contemplar a las chicas, retomó el hilo de su discurso:</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000066;"><span class="large">—<span style="font-size: medium;">Es cierto que tendrás que regresar a tu barrio de El Bercial más pronto que tarde, donde reharás tu vida: un nuevo curso escolar te espera a la vuelta de la esquina, en cuanto asome su rostro cariacontecido ese otoño de tan mal genio como peor talante. Tu madre irá a lo suyo; tú irás a lo tuyo; y aquí paz y luego gloria. Lo que me falta por decirte es que lo conseguirás, conseguirás adquirir un buen pulso en el manejo de la pluma, de tu puño y letra saldrán espléndidas páginas, memorables relatos, interesantísimas narraciones, que te darán fama y gloria dentro de muy poco. No olvides lo que te he dicho antes a propósito de <em>El Persiles</em>, la magna obra de Cervantes. En lo que atañe a la práctica diaria de la escritura, ten cuidado con los adjetivos, son necesarios pero peligrosos: si no pintan nada, o pintan más bien poco, no dudes en borrarlos de un plumazo. En cuanto a los sustantivos, dales todo su valor: son ellos los creadores de tu ideario artístico, con los cuales levantarás el universo de ficción que te bulle en la cabeza. ¿Qué decir, por último, de los verbos? Sin ellos no hay acción, no hay movimiento. Pero debes aprender a matizar y escalonar su uso, creando una perspectiva donde quepan el pasado, el presente y el futuro. Y no abuses, no te conviertas en una fiel servidora del gerundio, que actúa como un atajo para llegar más pronto a la idea, pero a veces es mejor recorrer el camino oficial, con todo lo largo y tedioso que pueda resultar al principio. Hasta aquí mis consejos para que llegues a ser una gran escritora (aquí, una pausa de algunos minutos, en la que suenan el canto de los pájaros y el batir de alas de los insectos «de oro»). Todo esto que te acabo de decir concierne a la técnica. Pero no olvides una verdad esencial: la «forma» ha de ser completada con un «contenido» que merezca la pena; para que este contenido valga la pena, has de darle un impulso vital, un aliento, un sincero latir humano, ese circular la sangre por todos y cada uno de tus párrafos, de manera que lo que escribas esté impregnado de verdad, de honda y cálida emoción. Sin esto, podrás manejar la técnica a las mil maravillas, no importa, todo cuanto escribas no valdrá lo que un bostezo. Existen muchas maneras de lograrlo (no olvides que cada maestro tiene su librillo). A mí se me ocurre una que te puede ser útil: intenta meterte en la piel del otro, como antes has hecho con tu madre. Cuando veas una golondrina, no la mires: viaja con ella, mueve las alas con ella, «sé» ella misma. Cuando descubras en lo alto de una tapia el gato del vecino, no observes cómo enrosca la cola y se sienta sobre sus patas traseras: respira con él, mira a través de sus ojos felinos, «sé» el gato que estás observando. Este ejercicio te permitirá viajar por el tiempo y el espacio, transformada en todos los personajes que desees (aquí el anciano asceta cerró los ojos, concentrado en sus propias sensaciones). Ahora soy —susurró de pronto— un ave blanca que agita majestuosa las alas, siento cómo se desliza el aire a través de mi cuerpo</span></span></span><img class="imgdcha" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/myfiles/lechuzablanca35np.jpg" alt="" width="254" height="350" /><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000066;"><span class="large"><span style="font-size: medium;"> suave y ligero como un suspiro, las corrientes invisibles me llevan, me orientan, me guían por ese mapa del cielo, donde siempre encuentro mi camino... Ya llego, ya estoy llegando a donde vosotras...</span></span></span></p> <p style="text-indent: 0.64cm; line-height: 150%;" lang="es-ES" align="JUSTIFY"><span class="font-trebuchet-ms" style="color: #000066;"><span class="large"><span style="font-size: medium;">No hubo acabado la frase, cuando oyeron el grito de una lechuza. «¡Romeo!», exclamó Isabel antes de salir afuera a recibir el ave que era su mascota, su compañero de aventuras en medio de la campiña guadalajareña. La blanca rapaz llegó a tiempo para posarse dulce, majestuosamente, en uno de los hombros de su ama.</span></span></span></p>