alalzada http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net es-es Cultura opinión poesía bioetica http://s3.amazonaws.com/lcp/joaquin-m-jo/f/50b94bce6235d7326d41d7f0c278230f.jpg alalzada http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com La trifulca entre Dionisio Cañas y Manuel Cañete http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/12/02/la-trifulca-entre-dionisio-canas-y-manuel-canete 2009-12-02T11:02:54+00:00 [14] Andrea hacía alusión en su postdata al reciente evento acaecido en Guadalajara; Isabel la había puesto al corriente con bastante lujo de detalles. Los hechos habían sucedido del siguiente modo:

Una mañana de principios de octubre, Manuel Cañete se dirigió, conforme al calendario que él mismo se había trazado, a una zona concreta del colmenar. La colecta de miel prometía gran número de tarros; se hizo, pues, con los servicios de un ayudante, a quien ya había llamado en otras ocasiones: Roberto Cabrales, el amigo de su hija.

Los dos hombres iban por el camino de tierra, charlando alegres y animados. Se habían puesto aquel traje que tiene cierto parecido con el de los astronautas, a fin de evitar posibles disgustos. La luz del día despuntaba por donde el ermitaño Augusto Montes había cavado su cueva en la pared del montículo. Soplaba un aire rizado, anticipo del frío que cada año asola la región no bien concluido el estío. Dijo don Manuel:

Algo ha llovido durante septiembre; las flores han lucido sus pétalos al sol antes de que se marchitaran; tengo para mí que las abejas han cumplido con creces su labor.

Lo mismo pienso yo. En el corral de la casa donde vivo todavía se mantiene en pie un viejo olivo de los tiempos de Mary Castaña; pues bien, no sé qué tiene el dichoso árbol, qué da o qué no da a las abejas: todo el verano las he visto zumbando por entre las ramas; ¡qué buena música, un día sí y el otro también, me han dado durante las horas de la siesta! Y yo pensando: No se quejará el señor Manuel Cañete; sus abejas disponen de ancho campo por donde zumbar y libar el néctar de las flores.

Razón tienes al pensar así, amigo mío. Pero ocurre que en el campo no hay puertas, miedo tengo de que hayan visitado con harta frecuencia los cultivos atiborrados de pesticidas de Dionisio Cañas, mi enemigo jurado. Este hombre, un viejo avaro, no quiere entrar en razones; no comprende que su beneficio, irrespetuoso con las reglas del juego, supone la ruina de mi cosecha. ¡Con lo fácil que hubiera sido acudir a los remedios naturales, sin echar mano de esos productos químicos que tanto perjudican al medio ambiente, ya que contaminan los ríos, así como las bolsas de agua subterráneas!

Aquella voz lastimosa, propia de quien «las ve venir», brotaba de su garganta protegida por el traje especial, al tiempo que el alba salía de su agujero para iluminar las horas mañaneras: se escuchaba el cantar alegre de los pájaros, en tanto que la brisa seguía soplando en las ramas de arbustos y escasos arbolillos que adornaban el paisaje. Al final del sendero aparecían las primeras cajas del colmenar. Los dos hombres traían los utensilios necesarios para el rascado y almacenado de la miel. Pero, ¡oh, disgusto!, en lugar de un enjambre que alborota y conmueve el aire con su continuo bordoneo, hallaron un lúgubre depósito de cadáveres. No era una sola colonia la que había sido herida por el rayo fatal (como en otras ocasiones), sino varias: el daño se extendía como la pólvora, amenazaba con hacer saltar por los aires el colmenar entero, desde la primera hasta la última caja.

¡Esto era más de lo que podía soportar el bueno de Manuel Cañete! Encendido por la cólera, arrojó las herramientas de mala manera. Dio marcha atrás. Iba a tomar la senda que conducía a los dominios de su enemigo. Quizá había llegado la ocasión de ajustar las cuentas. Roberto Cabrales, que estaba tan perplejo y enrabietado como el apicultor, echó a andar junto a él. Si acaso había que repartir bofetadas, no se privaría de dárselas a uno que —de todos modos— se negaba a entrar en razones.

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La carta de Andrea a su amiga Isabel http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/30/la-carta-andrea-su-amiga-isabel-3 2009-11-30T18:00:21+00:00 [13] Aquel domingo por la tarde Andrea escribía a su amiga de Guadalajara, Isabel Cañete Cuatrocaminos:

 

«Querida Isabel:

 

Por fin concluí el relato del estudiante pardal que viene al encuentro de Miguel de Cervantes en el puente de Toledo. Ahora estoy a la espera de noticias: he enviado el manuscrito a mi padre y no adivino lo que me va a responder; mi padre es alguien imprevisible: lo mismo se pone a elogiar mis cuentos como le da por afirmar que no valen nada. Vamos a ver por dónde sale esta vez; aunque yo, por mi parte, te aseguro que le he puesto empeño a mi trabajo, creo que el resultado ha sido más que «decente».

En clase no tengo tiempo de aburrirme: los profesores insisten con que éste es el año decisivo, «el no va más» en materia de estudios, porque es ahora cuando nos jugamos nuestro porvenir: el acceso a la universidad. Yo me aplico todo lo que puedo y más; aparte que no tengo nada mejor que hacer, en casa el ambiente sube y baja como si viviéramos en una montaña rusa; al final una no sabe qué pensar. Mi madre parece desquiciada; se pasa los días quejándose de esto o de lo otro, no hay quien la aguante. Y mi hermano, bueno mi hermano cada vez está más gandul, le cuesta horrores saltar del sofá, no digamos de la cama; eso sí, le ha dado por beber como un cosaco, una cerveza tras otra; y me han contado que suele montar jaleos con sus amigos por las calles del barrio. Aquí en El Bercial no hay mucho que visitar; pero ya tenemos formadas dos pandillas de jóvenes, y a veces hay trifulca entre ellas. Por desgracia mi hermano siempre está metido en todas las broncas. Como siga así, va a terminar con sus huesos en la cárcel. Mi madre, que es una histérica para tantas cosas, con él se deshace en mimos, le consiente cualquier capricho, es incapaz de pararle los pies. Y claro, el niño se lo tiene tan creído que si antes era un holgazán, ahora es el doble de holgazán. Aquí tienes un ejemplo de cómo los mayores se contradicen: mi madre conmigo es súper severa, no me pasa una, cada segundo me está exigiendo que haga esto o lo otro; en cambio, con Ramón, el nene de la casa, ya no es lo mismo: Pobrecito, está en la edad difícil, hay que dejar que él solo vaya madurando, etcétera, etcétera...

Querida Isabel, no todo lo que me ha pasado desde que te envié la última carta ha sido malo. El miércoles de esta semana aparcó junto al instituto un bibliobús que yo no había visto hasta entonces. Ya te puedes figurar lo que hice enseguida: me metí allí para ver cómo funcionaba la cosa; y de buenas a primeras tropecé con un muchacho guapo, guapísimo. ¡Sospecho que me enamoré al instante!

Se llama Leandro Buenavista. Estuvimos hablando unos cinco minutos con la excusa de que yo tomaba prestado el libro de Gustave Flaubert: Madame Bovary. Es de origen indio, de las montañas de El Perú. Te contaré más cosas de él en la próxima carta, porque he resuelto realizar un asedio del bibliobús.

Mientras tanto, recibe un fuerte abrazo y un montón de besos de tu amiga:

Andrea.

 

P.D: Escríbeme pronto. Quiero saber en qué para eso del escándalo con el señor Dionisio Cañas, según me hablaste en tu anterior carta.»

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El principio de una amistad http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/29/el-principio-una-amistad 2009-11-29T11:13:41+00:00

[12] El rectángulo con techo abovedado daba para mucho: estantes metálicos repletos de libros, dos mesas en el centro, con sus correspondientes sillas alrededor, y alguna que otra butaca ocupando los rincones. Andrea vio, además, un revistero, un perchero de latón y una acuarela (parecía que las olas iban a salirse del marco dorado) colgada en la pared. Bastaba con recorrer diez pasos para llegar de un extremo al otro. Pero resultaba tan seductora, tan halagadora la sonrisa de aquel desconocido, joven y exótico muchacho... Andrea se atrevió a dar un nuevo paso al frente.

—Buenos días, ¿puedo mirar?

El chico dijo que sí con leve gesto de cabeza. Continuaba al fondo del vehículo, donde la cabina del piloto, que tenía dos asientos y un parabrisas inclinado, a través del cual Andrea veía la calle que hubiera debido tomar para dirigirse a la parada de autobús de El Bercial. Iba a perderlo, llegaría tarde a casa, su madre (de todos modos) no volvería del trabajo hasta bien entrada la tarde. Disponía, pues, de un tiempo precioso: era libre de malgastarlo como a ella le viniera en gana. Por ejemplo, cotilleando un buen rato en medio de las «preciosidades» de este bibliobús aparcado frente a su instituto.

Se dispuso a efectuar el recorrido de inspección: había una selección de libros de viajes, fotos a todo color, la Antártida (continente que tanto le había impresionado el curso anterior) al alcance de su mano, la selva del Amazonas paso a paso, con espectacular inventario de las especies animales y vegetales que la habitan, las costas de Irlanda vistas desde el cielo, con parada obligatoria en los pueblos de los pescadores y los increíbles faros que adornan la rocosa geografía, continuamente golpeada por los vientos del Atlántico o del Canal de La Mancha...

Un poco más allá tropezó con la selección de libros históricos: allí estaba el sombrero (tan ridículo como imponente) de Napoleón Bonaparte, con su casaca militar atiborrada de estrellas y galones, el rostro serio de un barón de la guerra; en otra parte, atravesaba Aníbal los Pirineos con su regimiento de elefantes, empeñado en conquistar la Roma de los cónsules, no sin antes haber aplastado al enemigo; y en el compartimento inferior Carlos V cabalgaba sobre un caballo blanco, tenía el rostro infantil, los cabellos rubios y la frente abombada, diríase que había salido de excursión por los jardines de La Granja, cuando de lo que se trataba era de conquistar Viena... ¡Cuántas batallas, cuántas conquistas de territorios enemigos, saqueos de las ciudades, cambios bruscos de poder, giros y caprichos de los gobernantes, se habían sucedido a lo largo de los siglos como si se tratara de una cuenta del Rosario que alguna anciana chismosa susurra entre dientes al calor del hogar! Para Andrea no había duda: la historia de la Humanidad ha consistido en un pueril (pero fatal) tira y afloja de intereses, donde siempre los de arriba luchan por mantener sus privilegios, mientras que los de abajo sólo aspiran a «sobrevivir».

Si continuaba un poco más allá, llegaría a la sección de literatura. Aquí no podía detenerse, porque de lo contrario se le iría la tarde: tanto había que ojear. Por curiosidad, buscó El Persiles. No lo encontró. De sobra sabía que este libro que le había recomendado el ermitaño era un libro raro, de muy difícil acceso; si bien, ella había podido hacerse con un ejemplar para trabajar sobre el prólogo (como ya hemos contado en los episodios precedentes).

La obra que sí le llamó poderosamente la atención fue la novela decimonónica de Gustave Flaubert: Madame Bovary. La sacó del estante, la abrió por la mitad: una letra menuda, sin anotaciones a pie de página... Más de trescientas páginas que devorar en un par de tardes. La portada dibujaba un camino polvoriento, sobre el que avanzaba un carruaje negro tirado por dos caballos, uno gris y otro marrón. Imaginó que dentro de ese vehículo, misterioso, viajaría la heroína al encuentro de su amante Rodolfo, una vez vencidos los reparos al amor prohibido: el adulterio.

La joven estudiante alzó la frente. Por fin había encontrado el tesoro que justificara su presencia en el garito de hojalata. Avanzó con la sonrisa en los labios hacia la parte delantera del autobús. Allí seguía el apuesto bibliotecario.

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Leandro Buenavista http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/28/leandro-buenavista-2 2009-11-28T12:02:23+00:00

[11] El muchacho procedía, en efecto, de los Andes, dentro de una zona situada en las proximidades de la frontera entre el Ecuador y Perú. Su madre había sido india al cien por cien; todavía hablaba mal de los Incas, cuyo inmenso poderío había sometido a los suyos en la época precolombina, cuando falleció de repente, por así decirlo, con la sonrisa en los labios. Su padre, por el contrario, tenía algo de sangre criolla, aunque también un pésimo concepto de los españoles, a quienes llamaba «gallegos», imitando así el habla popular del Caribe. Su muerte fue prematura, debida a un accidente en la mina donde trabajaba, con cientos de compañeros que sufrieron la misma suerte.

Leandro Buenavista era un inmigrante afincado en Madrid desde que su tía abuela se hiciera cargo de él cuando unas hermanas del difunto fueron capaces de reunir el dinero con que costear el viaje en barco a través del Atlántico. Un precioso día de principios de abril, apenas contaba quince años, el joven indio del Altiplano desembarcó en la antigua Metrópoli, la capital del Reino. Su tía abuela, la señora Alejandra Buenavista, le quiso bien desde el principio, aunque le costara no poco hacerse a la idea de que allá en América tenía familia cuyo color de la piel era «diferente» al suyo. Por lo demás, pecaba de tacaña: hasta se había empeñado en contar los granos de garbanzos que cabían en el plato; daba gracias al cielo porque su nieto no fuese muy alto, señal de que no le iba a vaciar la despensa en cada acometida. Leandro era un muchacho observador, de pocas palabras; a veces afirmaba que las calles de Madrid «hacían demasiado ruido», pero nadie (salvo él) veía ningún inconveniente en ello.

En el colegio demostró una gran capacidad de adaptación: al ser todo oídos y todo ojos, aprendió de inmediato a sumar y dividir correctamente, leer, escribir sin cometer faltas, y hasta fue capaz de memorizar una página completa de su manual de Ciencias Naturales. Doña Alejandra, que gozaba de alguna influencia en la sede del ayuntamiento, agradecida con el poco gasto del chico y la mucha compañía que le había proporcionado durante su apacible vejez, trató de devolverle el servicio adjudicándole algún puesto en la Administración: cierto concejal de cultura, amigo de la anciana, puso como condición que obtuviera el permiso de conducir. Leandro aprendió el código de la ruta; puso las manos en el volante; salió airoso de la prueba: el empleo como conductor de un bibliobús había sido conquistado.

Cuando aquel miércoles de octubre Andrea subió al armatoste ambulante, el chico llevaba ejerciendo el cargo de chófer-bibliotecario media temporada, es decir, unos tres meses. En la concejalía le habían dicho: Consigue una clientela por todos los barrios de Madrid, y tendrás asegurado el puesto. Se trataba, pues, de «fidelizar» a un máximo de lectores, de manera que este proyecto piloto tuviera una razón de ser para los responsables del municipio. Leandro cumplió con creces el reto: su amabilidad desbordante atrajo a buen número de jóvenes lectores; por otro lado, era cierto que el color exótico de su piel, los ojos rasgados de mirada penetrante, el tono aterciopelado de su voz, fueron factores decisivos para su triunfo. Andrea, ella no podía ser menos, también cayó en las redes del simpático andino.

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Ideas ecológicas http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/27/ideas-ecologicas 2009-11-27T12:29:19+00:00

El objetivo es aportar soluciones fáciles y eficaces que contribuyan a una gestión responsable de los recursos naturales.


1. En materia de consumo de agua, hay una manera simple de lograr un ahorro importante:

El alero de los tejados acumula gran cantidad de agua en días de lluvia. La cual es conducida a través del canalón y las cañerías hacia el desagüe. ¡Qué pena de agua desperdiciada para siempre!

Solución: Acaba de salir al mercado un sistema que recoge esta agua procedente del canalón gracias a un depósito y un grifo muy fáciles de instalar. En una noche de lluvia se puede guardar más de ¡500 litros! Si todos los edificios dispusieran de este mecanismo el ahorro de agua sería más que considerable para la población.

Nota: Debajo de los aleros que dan a una terraza colocaremos unos contenedores. En mi casa este simple gesto me ha proporcionado ¡160 litros en los días de lluvia! Y como aquí llueve mucho, resulta que la idea ha sido súper eficaz. Con esta agua doy abasto a la cisterna del cuarto de baño, y aun me sobra.


2. A la hora de realizar las compras:

Hay que tener en cuenta que el lugar donde acudamos a comprar repercute en la calidad de vida de tu ciudad.

Si dejas de lado los mercados, los mercadillos y las tiendas de proximidad para comprar sólo en las grandes superficies, estás favoreciendo por un lado el monopolio de la distribución y del comercio, por otro que unos pocos acaparen las riquezas en detrimento de la mayoría.

Nota: Se prevé una disminución de puestos de trabajo en los supermercados y grandes centros comerciales porque la labor de las cajeras será sustituida por el auto-servicio. Sólo es una cuestión de tiempo para que así suceda.

3. ¿Qué debemos comprar?

Si bien es difícil responder a esto (depende de las necesidades de cada cual), al menos es fácil saber lo que NO debemos comprar:

Evita a toda costa los productos híper embalados: NO a los envoltorios individuales de pastelitos y demás ejemplos de despilfarro industrial.

Favorece los productos locales con el fin de reducir en lo posible el transporte por carretera de un máximo de productos.

Consume sólo productos de temporada: Di NO a las fresas en invierno, etc, etc.

Ahorra dinero inteligentemente: NO al afeitado con maquinilla de usar y tirar; escoge la máquina eléctrica (hoy en día existen modelos eficaces que duran años y nos ahorran muchísimas «maquinillas de plástico».

Sé responsable, sé lógico: ¿Por qué usar a cada momento servilletas de papel, trapos de papel, bayetas de papel... Cuando las de toda la vida, las de tela, duran más, son más baratas, no contaminan el medio ambiente y además favorecen el ahorro en nuestros hogares?

4. Para desplazarte:

No permitas que los automóviles hagan el trabajo por ti. Andar es bueno para la salud. Andar favorece la respiración de los pulmones y la circulación de la sangre. Si quieres tener una vida sana, comienza por recuperar el hábito de andar. El cual hemos ido dejando de lado porque nos han impuesto un modo de vida que no se corresponde -en absoluto- con nuestras auténticas necesidades vitales.

Si la distancia a recorrer es demasiado larga: Recuerda que pedalear es casi tan sano como andar. Recuerda también que viajar en grupo es ¡muchísimo! más divertido que viajar solo en el coche. Apuesta, en definitiva, por el transporte colectivo.


5. Hacia una nueva ética:

¿Afirman que el atún rojo está en peligro de extinción y pensamos que «esto no nos concierne ya que nosotros no somos atunes»?

¿La barrera de coral australiana desaparecerá muy pronto y esto «nos da absolutamente igual»?

¿El gorila que habita en las selvas del río Congo conocerá la extinción por culpa de la caza furtiva; pero esto es algo que tiene para mí «relativa importancia», aunque admito que el ser humano y los gorilas comparten más del 99 por ciento de su código genético?

Soy consciente de que en un futuro próximo habrá: menos agua, más sequía, más inestabilidad atmosférica, riesgos graves de inundación en todas partes, subida de las aguas del mar, agudización de los extremos, y, no obstante, ¿creo que todo esto aún queda lejos y que para entonces ya se descubrirá el remedio o, en todo caso, considero que a mí no me concierne?

Solución: Si has respondido afirmativamente a la mayoría de estas preguntas, quiere decir que todavía no estás convencido de la necesidad «urgente» de cambiar nuestro modo de vida.

 

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La vida en Madrid http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/26/la-vida-madrid 2009-11-26T15:05:38+00:00

[10] A pesar de que Ignacio escribiera esta respuesta nada más recibir la correspondencia de su hija, retrasó algo más de una semana el envío del sobre, de manera que la joven tardó bastante en recibirlo. Esta demora carece de explicación, sino que don Ignacio ocupó la mente con los preparativos del viaje a Santiago de Compostela, adonde no iría solo: este detalle lo colmaba de júbilo, no cabía en sí de contento.

Andrea, por su parte, había conseguido una perfecta adaptación al medio madrileño, una vez concluidas sus vacaciones en la Alcarria. De todos modos, era fácil evadirse del ambiente familiar, excesivamente cargado de malos humos: bastaba con tomar el autobús que la llevaba a un instituto de Getafe, donde cursaba el último año antes de entrar en la universidad, y efectuar el camino de vuelta cuando las sombras del atardecer se hubieran dejado caer sobre los campos de horizontes sin fin: la llanura castellana era un mar de secano, un mar donde los cultivos de cereales imitaban las olas que el viento agita allá en los océanos.

Fue por aquellos días de finales de octubre cuando se paró delante de la entrada del edificio un autobús de cristales ahumados y carteles en los flancos. A Andrea no le impresionaban los mensajes publicitarios, así que pasó de largo; subió la escalinata de dos en dos peldaños; se plantó en el hall lleno de ventanales que daban a un patio interior, y, torciendo a la derecha, tomó las escaleras de acceso al tercer piso.

Para empezar con buen pie la mañana, una sesión de literatura española, con el dramaturgo Calderón de la Barca en el menú. ¿A ver quién era el guapo que digería La vida es Sueño sin hacer ascos ni aspavientos? No obstante, el profesor se explicaba a las mil maravillas; todavía era joven, algunas compañeras de clase suspiraban a escondidas por él. Ella no, ella se había enamorado de los libros. Y hablar, por ejemplo, una hora entera de las obras de Calderón de la Barca suponía un regalo a sus oídos, la ocasión de disfrutar con las batallas en las mentes de los escritores, que forcejeaban a brazo partido con los mecanismos de la Lengua para hallar la palabra justa, la expresión feliz y oportuna.

Luego le tocó escuchar otros sermones de no menos bulto: una inmersión en la Historia Universal del Siglo XX; un breve, pero ameno, recorrido por los versos de Virgilio: ciertas partes de su Eneída estaban siendo traducidas en clase; un difícil, pero necesario, repaso a las reglas de la Sintaxis Española, ya el señor Gili Gaya había puesto la luz sobre algunos puntos oscuros de esta materia, la profesora seguía los pasos de su tomo con absoluta fidelidad.

Al fin concluyó la jornada. Era miércoles y no habría clase por la tarde. Tocaba —a su pesar— volver a casa. Discutía con una amiga la posibilidad de verse durante el fin de semana; la otra se había enterado por no recordaba quién, el cual conocía a uno «metido en el ajo», que las dos estaban invitadas a una fiesta, no sabía muy bien dónde: de allí al sábado, tendría tiempo de obtener más información al respecto.

Andrea dijo que sí, a condición de que su madre diera el visto bueno; de esto no podía estar completamente segura. Más de una vez la señora Rosario le había impedido que se reuniera con sus compañeros fuera del establecimiento escolar. Descendían la escalinata, cuando de nuevo divisó aquel extraño autobús que no servía para transportar a los pasajeros de una parte a otra de la geografía urbana. Esta vez se detuvo a leer los carteles que adornaban los flancos del vehículo: «Biblioteca Móvil. Pasa y disfruta. Préstamo gratuito de libros.» Andrea se quedó pasmada; era la primera vez que aquel armatoste, aquel armario rebosante de libros, se paraba delante del instituto. La curiosidad le aguijoneó el espíritu; no podía alejarse de la zona sin antes haber echado un vistazo. Propuso a su amiga una visita al biblio-bús; pero ésta dijo que tenía prisa (y un hambre de lobo), anhelaba llegar cuanto antes a su casa. Así que Andrea subió los tres peldaños sola: encontró una caverna de Alí Babá, un lugar mágico, un depósito de la fantasía universal. Y al fondo de este garito con paredes de hojalata, ¿quién había?... Un apuesto muchacho; tenía el pelo negro y lacio, los ojos negros y rasgados, la piel cobriza, la expresión simpática, los labios rojos y carnosos, la frente despejada: no era español. Andrea creyó que era un indio procedente del Perú.

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La carta de don Ignacio a su hija http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/25/la-carta-don-ignacio-su-hija 2009-11-25T11:04:03+00:00 [9] Una cosa era sentir el entusiasmo por los progresos de su hija, otra, bien distinta, reflejarlos en una carta a ella destinada. ¿Cuáles serían las palabras adecuadas, las que no pecasen de excesivo elogio (siempre contraproducente), ni adoleciesen de falta de reconocimiento de los méritos ajenos?

¿Todavía experimentaba aquella envidia de antaño, que fue la causa de la destrucción del manuscrito de la Antártida?

Don Ignacio se removió en su asiento. No sabía qué responder a estas preguntas. Si alguien se las hubiera formulado en su lugar, de seguro que hubiera replicado airado contra el osado entrometido.

Y en este caso... él mismo escarbaba en los fondos de su conciencia; no descubría el olor a azahar, que tanto lo había estremecido cuando su buena o mala sombra no tenía nada que reprocharse aún. En aquellos tiempos era muy joven, un niño: su conciencia estaba tranquila.

Pero desde aquel entonces a veces había llovido barro o ceniza sobre sus hombros, se había manchado el pulcro traje de la inocencia: había cometido algún que otro error, como el haberse casado pronto y mal con Rosario; este matrimonio fue causa de prolongados disgustos. Al final, una separación amistosa y un arreglo económico devolvieron la paz al entonces joven comercial de chocolates. De aquella relación desastrosa nacieron Ramón, el benjamín de la familia, y Andrea, la mayor de los dos, que con sus muy pronto dieciocho años estaba más que preparada para tomar a saco los escaparates de las librerías. No necesitaba más que un padrino, y el nombre de Andrea Calderón López sonaría bien alto en el pabellón de las letras. Así lo creía, así acabó reconociéndolo, tras acallar la voz de la envidia que de nuevo afloraba en su pecho como esa mala hierba resistente a las mañas del horticultor.

Tras haber puesto estos detalles de su vida en orden, cogió el bolígrafo, preparó el sobre, colocó sobre la mesa que había en el salón comedor la hoja donde contestaría a la carta de su hija...

«Querida Andrea,

He leído con gran satisfacción, con enorme alegría, tu relato sobre Cervantes. El hecho de que me lo hayas enviado a mí es prueba de que no me guardas rencor por lo ocurrido en Sevilla con tu cuento de la Antártida. Esto te lo agradezco mucho. Yo no soy ni puedo ser tu mecenas; me conformo con ser tu padre. Los consejos que te doy son sinceros, aunque pecan de excesivos, porque están de más. Para ti ya no hay secretos en el arte de escribir. Escribes como los ángeles. No sé de dónde has sacado ese ingenio. De tu padre, no, que de esto no entiende. Y tu madre, menos aún.. ¡Que Dios te conserve por muchos años esa destreza pulcra y elegante a la hora de narrar!

Yo no puedo decirte más por el momento, sino que haré que estas hojas que me mandas, escritas a mano, tengan la presentación de una máquina de escribir; y luego, luego las entregaré a ciertos amigos míos (todos ellos relacionados con el mundillo literario). De su lectura auguro grandes sucesos: ni más ni menos que la publicación de tu relato en alguna revista prestigiosa.

Recibe un fuerte abrazo de tu padre:

Ignacio Calderón Ibáñez.»

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El camino http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/24/el-camino 2009-11-24T11:53:48+00:00 [8] Al cabo de una semana, recibió el sobre don Ignacio. Leyó el contenido: media docena de hojas arrancadas de un cuaderno a cuadros tamaño cuartilla, cuyos renglones anunciaban la caligrafía menuda, elegante, recta como el paso de un coronel, de su hija. El comercial de La Campana pensó que por navidad obsequiaría a la joven con una máquina de escribir Olivetti (la tenía vista en los escaparates), de esas portátiles.

Ya en verano, cuando disfrutó de la ocasión de leer el relato sobre la Antártida, había echado en falta este invento, tan útil en las manos de Andrea. Su hija, conforme crecía, escribía mejor; esto de componer historias no representaba para ella misterio alguno; antes bien, manejaba los hilos de la escritura del mismo modo que un marinero interpreta las agujas de marear: con asombroso ingenio.

Allí delante tenía la prueba, esas hojas de colegiala darían qué hablar al mundo entero si el mundo estuviera al corriente de semejantes andaduras literarias. Porque aquello rebosaba de tacto, de elegancia, de buen decir, de tierno y afable amor para con los mayores. ¡Qué bien había comprendido su adorada Andrea que todo escritor es hijo de una tradición literaria, de la que no puede ni debe desprenderse, porque cualquiera de ellos sigue y prosigue la labor que otros muchos habían comenzado antes que él!

Si la joven —pensó— se declara a la postre escribano de Miguel de Cervantes, es como si estuviera rindiendo homenaje a las letras castellanas, a la vez que universales, representadas en la figura del manco de Lepanto.

Don Ignacio Calderón no solía descollar como espíritu patriótico, no creía que el destino de España fuera ni mejor ni peor, ni más o menos importante que el de las otras naciones europeas. Pero leer ese manuscrito había despertado en él un sentimiento nacional, el orgullo patriotero tantas veces mal interpretado.

¿A qué se debía este singular portento? Ni él mismo se lo explicaba. ¡Cientos de veces uno siente y no sabe lo que siente, ni por qué! Así ocurría entonces con el padre de Andrea; a quien no faltaban, por otra parte, razones para estar más que contento: ya la empresa lo mandaba de paseo a otro rincón de las Españas, Santiago de Compostela; ya había propuesto a Josefina que hicieran ese viaje juntos; ya la dama alcarreña, la sobrina del barón de las Encinas, había dicho que sí con el mismo entusiasmo de una chiquilla de once años.

¡Qué bien se presentaban las cosas para don Ignacio! ¡Qué estupendo panorama de allí a diciembre! Y, por si esto fuera poco, las elecciones habían tenido lugar; se había hecho público el escrutinio; no había más vuelta de hoja: los de su partido habían ganado por abrumadora mayoría; Felipe González tomaba las riendas del poder. ¿Cuándo iba a soltarlas? Sólo Dios sabría...

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El último diálogo con Cervantes (2ª parte) http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/23/el-ultimo-dialogo-con-cervantes-2-parte 2009-11-23T10:42:53+00:00

[7] ¡Cuánta razón tiene mi señor! ¡Los hombres corren en pos de sueños que son sólo eso... sueños, humo!

Hubo un silencio repentino, que aprovechó don Miguel para terminar de hacer su estudio acerca de mi persona. Me sentí incómodo, pero al mismo tiempo comprendí que hombre tan sagaz como el creador de El Quijote no podía sino desenterrar el alma y el cuerpo de quienes acuden a su presencia.

Habiendo percibido en sus pupilas y en el semblante serio un brillo de irritación presta a surgir en cuanto saltase la chispa, busqué en mi conciencia razones que justificaran mi estancia allí, pues me dije: «¡Loco!, ¿cómo osas perturbar el descanso de un moribundo?»

Me acordé entonces de los muchos pueblos de La Mancha en que se trataba y se discutía, a veces a garrotazos, la procedencia del hidalgo Quijano, a quien todos tomaban por loco, cuando no era sino un cuerdo extraordinariamente sensible. Por fin me atreví a preguntarle:

Señor Cervantes, hay una cuestión que me pica mucho la lengua: yo quisiera saber dónde es ese lugar de cuyo nombre no ha querido acordarse.

Al momento, la voz del convaleciente tronó en la pieza, arrastrando con ella las míseras fuerzas que aún le quedaban. De haber estado sano, yo no lo contara; a buen seguro que me hubiera echado de allí a patadas; tal vez hubiera sacado incluso la espada con el fin de castigar mi insolencia:

¡¡Tunante!! ¿Y tú eres tal como para venir aquí a preguntar lo que mil necios me han preguntado ya, lo que mil borricos no saben, ni pueden, ni deberán saber nunca? ¡Ah, jovenzuelo imprudente, bachiller de escaso seso, estudiantón pardalillo! ¡Mi señor don Quijote era de un lugar de La Mancha cuyo nombre guardarán los siglos en secreto no bien me haya ido de este mundo, a lo más tardar el domingo que viene!

Contuve el aliento, temeroso de que al enfermo le diese un síncope, pues no cesaba de agitarse en su cama, tal un condenado a galeras.

En esto, acudieron a socorrer al dueño el ama de llaves y otra mujer de hábito gris y figura graciosa. La escena me pareció, además de ridícula, terriblemente embarazosa. ¿Por qué no me había mordido la lengua cuando pude haber callado? Por suerte, el señor Miguel de Cervantes se serenó de golpe; recostándose sobre los almohadones decía que no era nada, que le trajeran otra jarra de agua; tanta era la sed que sentía que el pozo del patio no sería suficiente a satisfacerla.

Luego posó sobre mí sus graves y húmedos ojos: me rogó que olvidase el incidente y me propuso que, puesto que se habían agotado las fuerzas que todavía le quedaban, escribiera por él los retoques finales de su novela El Persiles, si acaso gozaba de buena caligrafía y estaba acostumbrado a copiar cuanto me dictasen en la Universidad.

Dije que sí a la propuesta. Ama y doncella volvieron a salir del cuarto, aturdidas. Tras lo cual me convertí en el escribano de Miguel de Cervantes Saavedra. Suceso que agradeceré al cielo todos los días de mi vida. Pero ocultaré bajo mi capa los secretos que entonces conocí y que el «manco sano» me rogó encarecidamente que no revelase nunca. Por cumplir la palabra dada, callaré, pues el autor de El Persiles no me autorizaba a decir más.


En Madrid, a 26 de julio de 1616»


Y así concluyó su relato Andrea Calderón López. Días más tarde lo retocó, si bien los cambios fueron mínimos y de escasa importancia. No se atrevía a ir más lejos. Al final le pareció demasiado atrevimiento indagar en las últimas horas de don Miguel. Resignada con su trabajo, que fue más fuente de frustraciones que otra cosa, lo mandó por correo a la dirección de su padre, en Guadalajara. Quería que fuese él la primera persona en dar sus impresiones acerca de tan atrevida narración como era la suya.

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El último diálogo con Cervantes (1ª parte) http://joaquin-m-jo.lacoctelera.net/post/2009/11/22/el-ultimo-dialogo-con-cervantes-1-parte 2009-11-22T14:53:25+00:00

[6] «La gobernanta me hizo esperar en una antesala del primer piso, por donde entraba, radiante, la luz del patio. Desde allí oía el canto de los gallos, el aleteo de las palomas. La sala olía a incienso, los muebles tenían un lustre húmedo, de madera quizá de cerezo; no soy nada entendido en ebanistería. Había gran cantidad de cajones cerrados con llave y de cuadros pintados al óleo con marco de hojarasca dorada sobre unas paredes altas, en ciertas zonas atacadas por la humedad. La puerta que daba al aposento del enfermo era imponente, de doble hoja; la manivela de oro semejaba la trompeta de un arlequín, con la que toca música celeste.

Después de media hora de espera en la que sentí pasos menudos, cuchicheos y suspiros de convaleciente, la gobernanta reapareció ante mí: el señor Cervantes había sido informado de mi presencia; contra lo esperado por todos, acogía con gran entusiasmo esta noticia; así pues, me invitaba a pasar un rato de amena charla en su compañía.


La habitación de Miguel de Cervantes, tal y como yo la vi entonces, estaba sumida en una semi oscuridad de convento; la cama era bien grande, con pabellón de lustrosa madera, cuyas retorcidas columnas llegaban al techo, cortinas blancas de tul, blandos almohadones en la cabecera y colcha de hilo blanco, bordado, no exenta de finura.

Los muebles aparecían oscuros, ocupaban los rincones; una gran mesa escritorio llenaba el centro, sobre ella reposaba un candelabro de cuatro brazos donde alumbraba una única vela, las otras estaban apagadas. Esta luz, tenue, caía sobre un polvoriento manojo de papeles, donde deduje reposarían los últimos escritos del «manco sano, el regocijo de las musas.»

Mi buen amigo —dijo Cervantes con voz irritada por la tos—, celebro vuestra presencia en esta casa. Bien es verdad que no la esperábamos. Las sorpresas cuanto más agradables, mejor son recibidas. Yo a Vuesa Merced apenas lo conozco; las pocas palabras con que elogió mi escaso ingenio y mi mucha torpeza han quedado grabadas, no obstante, en mi memoria. Tiempo tendré, a pesar de esta enojosa enfermedad, de hacer saber al mundo quién me recibió con tanto halago cuando estaba a un paso de entrar en Madrid.

Vuesa Merced sanará —repliqué al punto; el ver a tan noble caballero postrado en la cama había sido la causa de que se empañaran mis ojos—. Remedios hay para muchos males: enfermos con peores síntomas que los que aquí constato han saltado de las camas, restablecidos como Lázaros que ansían continuar sus andanzas terrenales.

Señor, yo me estoy muriendo y a esto no hay quien le ponga remedio —replicó Cervantes, encolerizado—. No lo siento por mí, que doy por bien cumplida mi labor en el reino de los vivos; aunque hubiera deseado algo más de tiempo, pues parte de mi obra quedará inconclusa. ¿Ve Vuesa Merced esos papelotes puestos sobre la mesa, en completo desorden? Pertenecen a los últimos episodios del cuarto libro de El persiles. Tengo que escribirlos deprisa, antes de que se apague para siempre la luz en mis pupilas. No hay tiempo para corregir, elaborar un final digno de mi pluma. Deberé improvisar, acortar los diálogos y descripciones, sacar fuerzas de flaqueza para poner término a una obra que pretendía competir con la célebre de Heliodoro, y en la que había depositado yo tantas esperanzas. Pero ahora compruebo que todo es humo: la más estupenda quimera del hombre no dura ni un segundo.»

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