[24] Cenamos todos en buena paz y compañía. Ya don Gregorio había asomado por la puerta, con el aire satisfecho de quien ha tenido una buena racha en el juego de las cartas. La mesa del saloncito era redonda; mi plaza estaba junto a la de Amparo, la cual se acomodaba al lado de su madre, quien guardaba su sitio codo con codo con su marido, el cual se ubicaba al lado de su hijo, que terminaba de dar la vuelta a la mesa.

Como yo quedaba de espaldas a la televisión y don Gregorio estaba justo enfrente de la pantalla, me solía pedir que me hiciera a un lado para que él siguiera viendo las imágenes. Sobre todo, le encantaban las retransmisiones deportivas. Y en este país (digo este país para hacer rabiar a más de uno de esos guardianes del idioma) los noticieros de las cadenas públicas o privadas dedican un espacio colosal a los eventos deportivos. Incluso los titulares están contiminados por las hazañas, o los logros, o los éxitos de tal o cual figura del deporte nacional. Por ejemplo, sale la guapa presentadora y anuncia que en Bangladesh ha habido un terremoto que ha causado cientos de muertos. Y, tras un breve, pero triste, muestrario de imágenes, pasa a decirnos que Raúl acaba de marcar el gol número cien menos uno de su carrera como futbolista en las filas del club merengue.

Pensé: Esto es lo que hay; vivo en un país de locos. Pensado lo cual, me puse a cortar la carne bañada en su pisto de cebolla, pimiento, patatas, tomate, ajo y hoja de laurel, que daba un sabor especial al combinado.

–¿A qué hora tienes ese examen? –preguntó la señora a su hija.

–Chssss –protestó don Gregorio.

–A las diez en punto –dijo por lo bajo Amparo.

Me di la vuelta: en la pantalla, el gemelo musculoso de un jugador daba una patada al balón, y lo metía por toda la escuadra ante la mirada impotente del guardameta.

–Guaaaaaaaaaaauuuuu –exclamó Gregorio hijo.

–¡Así, así, así gana el Madrid! –aplaudía, entusiasmado, Gregorio padre.

En un abrir y cerrar de ojos, nuestro diminuto, tranquilo, apacible salón comedor se había transformado en una parte de las gradas del estadio Santiago Bernabeu. Verlo, o mejor dicho, oírlo para creerlo.

Amparo me lanzó una mirada furtiva, sonriente: Esos dos siempre están con lo mismo; son incapaces de cambiar de tema. ¡Fútbol! ¡Fútbol! Menos mal que a ti no te gusta el fútbol.

Iba a sacarla de su error: a mí sí que me gusta este deporte; de hecho, me considero un hincha del Hércules de Alicante; pero un buen bocado al pisto reclamaba mi atención; y no tardé en hincarle el diente al filete de pavo.

Después de la cena, hubo tertulia: don Gregorio se había enterado de la nueva de mis vacaciones; para él, esta coyuntura representaba una ocasión para hablar conmigo, pues la excusa de que al día siguiente me tocaba trabajar se había esfumado como por arte de magia.

–¿Conoces ya Jaén? –me preguntó el buen hombre.

–Después de los diez meses que llevo viviendo aquí, he aprendido los nombres de algunas calles y barrios de Jaén. Es una ciudad muy linda.

–¿Qué es lo que más te gusta de esta ciudad? –intervino Gregorio hijo.

–Chssss –doña Margarita pedía silencio: se habían puesto a retransmitir una serie colmadísima de anuncios publicitarios.

Los tres hicimos oídos sordos a la advertencia de la señora:

–Lo primero que llama la atención de Jaén –respondí al chico–, cuando uno viene a visitarla por vez primera, es el cerro de Santa Catalina. En lo más alto, aparecen las murallas y las torres del castillo convertido en parador. Otro día, descubrí la catedral de la Asunción. Me han contado que fue construida sobre una antigua mezquita a partir de los planos del arquitecto Andrés de Vandelvira. También me han dicho que la fachada es de estilo renacentista, aunque con elementos barrocos y góticos.

Al dar toda esta información (que había obtenido por boca del señor Antonio y de algunos fieles del restaurante Casa del Abuelo, quienes habían considerado primordial instruirme acerca de las grandezas, maravillas y otros monumentos de esta villa andaluza, que estuvo en poder de los árabes hasta que el rey Fernando III la conquistó, allá por el año mil doscientos cuarenta y tantos. ¡Ufff!), incluso doña Margarita dejó de prestar atención al comecocos y se puso a beber de mis palabras como si hubieran salido de la pila bautismal que se encuentra en la Capilla de San Andrés, en pleno barrio de la judería, y que fue levantada a partir de una antigua sinagoga.

–Me parece muy bien que te intereses por los monumentos de nuestra ciudad –celebró don Gregorio–. Yo no voy a visitar la catedral todos los días, no tengo tiempo para eso; pero cuando llega la época de las procesiones, salgo a la calle a jalear la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, más conocido con el nombre del abuelo, como buen jienense que soy.

–A mí me gustan las procesiones –comentó doña Margarita–; pero no me gusta que haya tanta gente en la calle. Algunos no saben comportarse como civilizados, se abren paso entre los fieles a mala fe, se creerán que están en un patio de escuela. Hay que ver, ¡cómo se están perdiendo los modales cada día que pasa! A mí la fiesta que más me gusta es la de los Fuegos de San Antón: se montan unas hogueras de padre y señor mío, con espantajos que queman y todo, para hacer burlas a los políticos y hombres de poder. ¿Sabías que la fogata de nuestro barrio quedó segunda el año pasado en la competición que organiza el ayuntamiento?

–Mamá –saltó Amparo–; eso fue porque cada año tiene que ganar un barrio diferente: está decidido de antemano por los concejales del consistorio quién se lleva la palma. Que no te enteras. A mí me gustó más la fogata del barrio de Peñamefécit y casi quedó la última en la competición.


Express yourself instantly with MSN Messenger! MSN Messenger