En nuestra época prevalece el interés del individuo frente a los intereses de la colectividad. Esto lo vemos claramente en la forma de los mensajes publicitarios, la cual casi siempre se dirige a un por medio de imperativos como: compra, viaja, prueba, bebe... Los progresos de la tecnología se realizan por y para el bienestar, no común, sino individual. Los adelantos y logros son elaborados para que cada persona disfrute de su vehículo, escuche su música a través de su teléfono móvil, vea sus películas preferidas en la pantalla de su ordenador (personal), reserve su habitación de hotel cuando viaje durante sus vacaciones y pague sus impuestos a través de su cuenta corriente... El yo adquiere tales proporciones que la comunicación entre los miembros de una comunidad ha de verse forzosamente limitada.

La atomización de la sociedad nos parece por ello innegable, es un rasgo típico de nuestra época, que se ha ido acentuando a medida que nuestro modelo económico –el capitalismo– ha ido adquiriendo carta de naturaleza en todos los rincones del planeta, pues dicho sistema sólo es capaz de ofrecer pingües beneficios a sus promotores si consideramos la sociedad en función de los individuos que la componen, y dejamos en un segundo plano –cuando no lo olvidamos deliberadamente– el aspecto global. En otras palabras, importa sobre todo abastecer el bienestar de cada individuo mucho antes que asegurar el bienestar del conjunto.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que el grupo contaba más que el individuo. El interés de la comunidad existía en función del interés general, no en función de los intereses particulares. De este modo, el quehacer humano adquiría una dimensión comunitaria, que era por eso mismo salvaguarda del bien más preciado: el medio ambiente. Pero este esquema ha ido sufriendo sucesivos recortes, hasta llegar a la situación actual, donde las calamidades comienzan a ponerse a la orden del día: por dar cabida a los intereses del individuo, hemos renunciado al interés de todos.

Numerosos ejemplos parecen apuntar hacia la descomposición social a que me vengo refiriendo; hecho que pone en peligro el futuro mismo de la humanidad, pues toda sociedad –ya sea antigua o moderna– requiere para que funcione una buena dosis de solidaridad; cuando ésta falta, aquélla no puede sino saltar en mil pedazos, borrarse del mapa, desaparecer, en suma.