El comercio de las alarmas existe porque el dueño de una cosa teme perderla, al ser víctima de un robo. Para ahuyentar a los ladrones se recurre al sistema de la delación sonora. En la distancia, el ruido alerta a los vecinos, alerta al propietario de la cosa y, sobre todo, provoca la huida de los malhechores.

Este sistema comporta un inconveniente: el perjuicio a terceros; perjuicio que ha sido ignorado por los fabricantes, minimizado por las autoridades, silenciado por los medios de comunicación. En aras de la seguridad de los amos y señores del espacio sonoro, tanto público como privado, se toleran ciertos abusos, como el de la fabricación de alarmas que funcionan de modo indiscriminado, algunas se disparan incluso si hay un golpe de viento, o si una sombra pasa por las inmediaciones, o si simplemente se pone a llover...

Estamos ante uno de esos casos que confirman cómo el interés particular prevalece sobre el interés general. Lo mismo podríamos decir sobre: el ruido que causan las motos infernales, el constante ruido del tráfico, el ruido nocturno de los pubs y discotecas... Por dar cabida al benificio de un individuo –lo cual no representa sino un pequeño beneficio–, el resto de la comunidad ha de soportar el peso de la carga.

De acuerdo con las leyes naturales, si no hay límites establecidos, el contenido, la materia, termina por desbordarse. Esto es lo que ha sucedido con el Capitalismo: se ha dado la posibilidad absoluta de enriquecerse, se ha generalizado la libertad de sacar partido económico al precio que sea –incluso a costa de la estabilidad del planeta–, cuando se hubiera debido fijar unos límites coherentes, que hubieran permitido el enriquecimiento de todos, de la comunidad entera, no sólo de unos cuantos.

Pero para dar cabida a la repartición igualitaria hubiera debido aplicarse el criterio de la renuncia: saber renunciar a tiempo implica reconocer los límites inherentes a la persona. Porque no es posible poseerlo todo, ni dominarlo todo, ni convertirse en dueños absolutos de una mínima parcela del universo, tal vez hubiéramos debido imponer ciertos límites en el terreno de la economía: el desarrollo no tiene por qué medirse según la vara de la cantidad, sobre todo si se tiene en cuenta que tener más no equivale necesariamente a vivir mejor.

Y para el caso de las alarmas invasoras, un razonamiento menos egoísta, menos obsesionado con la posesión y conservación del objeto, hubiera dado prioridad al criterio de la renuncia: no todo vale, señor, los vecinos también tienen derecho a que no se les moleste, a que se les deje dormir en paz.

Si aspiramos a seguir compartiendo un espacio común, en buena paz y compañía, debemos dar prioridad al principio de la renuncia. Sin ella, volveremos a la barbarie de los tiempos antiguos; tiempos que, por desgracia, ya asoman a las puertas de nuestro precioso mundo.