Nuestra manera de ser y de actuar en el mundo se acerca a un punto de no retorno; todo pillaje cometido a la larga termina por pillarse los dedos a sí mismo, pues acaba con los recursos de que se sirve para cometer sus fechorías.

Hasta fechas recientes, cuando un campo o un territorio de caza eran asolados por la explotación intensiva, los habitantes del lugar se iban a otro sitio a reiniciar el proceso, y permitir así que la exhausta tierra de antaño se recuperase de los estragos causados. Pero en estos tiempos que corren ya hemos dado la vuelta al planeta un millón de veces, no quedan nuevos territorios por descubrir, y conquistar, y explotar. Los límites de nuestro pequeño mundo saltan a la vista del horizonte dos mil...

El mundo es –desde luego– redondo y, como dice la canción: esto es lo que hay. Tratar de perpetuar el pillaje –lo que yo llamo el bandolerismo ecológico–, equivale a pillarse los dedos una y mil veces, equivale a destruir el propio refugio de uno frente a la borrasca que se avecina.

En el diccionario de María Moliner, la segunda acepción de ética es: “Conjunto de principios y reglas morales que regulan el comportamiento y las relaciones humanas.” La bioética sería, pues, una extensión de este mismo concepto, al ampliar los ‘principios y reglas morales’ al campo no sólo de las relaciones humanas sino también de las relaciones del hombre con el medio ambiente, de manera que se vuelvan a tener muy en cuenta los principios de responsabilidad, convivencia entre las distintas especies de un lugar, y el patrimonio medioambiental que han de heredar las generaciones futuras, a fin de preservar la vida y la diversidad en todas partes. Y si alguna vez esto no fuera posible, que por lo menos no sea por culpa de las acciones humanas.