Publicidad:
La Coctelera

alalzada

9 Febrero 2009

Diabólicas brujas, de Roald Dahl. 2. La abuela

[3] A los ocho años ya había encontrado dos veces a las brujas. La primera vez que esto me sucedió, salí del tropiezo sano y salvo. Tuve menos suerte la segunda vez. Cuando leáis lo que me pasó, lanzaréis sin duda gritos de horror. Pero hay que decir toda la verdad, aunque ésta sea horrible. Al menos todavía vivo para contarlo (¡si bien, ya no soy el mismo que antes!); y el hecho de continuar con vida se lo debo a mi maravillosa abuela.

 

Mi abuela era de Noruega y las personas de Noruega conocen bien a las brujas. Con sus sombríos bosques y sus montañas nevadas, Noruega es el país natal de las primeras brujas. Mis padres eran también noruegos; pero como mi padre trabajaba en Inglaterra, allí fue donde yo nací y fui por primera vez a la escuela.

En Navidad y en verano íbamos a ver a mi abuela en Noruega. La vieja señora, si me acuerdo bien, era el único pariente que nos quedaba. Era la madre de mi madre, la adoraba y debo reconocer que me sentía más afín a ella que a mi madre. Juntos, hablábamos lo mismo en inglés que en noruego, poco nos importaba. Hablábamos con soltura las dos lenguas.

Acababa de cumplir siete años. Como de costumbre, mis padres me llevaron a Noruega para pasar la Navidad en casa de mi abuela. Mientras circulábamos por el norte de Oslo con un frío glacial, nuestro coche derrapó y cayó por un desnivel. Mis padres murieron en el acto. Mi cinturón de seguridad me retuvo en el asiento trasero, y salí del accidente con una simple herida en la cabeza.

 

No contaré los sucesos horribles de aquella terrible tarde. Cuando pienso en ello, aún siento escalofríos. Aterricé en la casa de mi abuela. Me apretó muy fuerte entre sus brazos y nos pasamos toda la noche llorando.

–¿Qué vamos a hacer ahora? –pregunté.

–Te vas a quedar conmigo –contestó–. Yo me ocuparé de ti.

–¿No volveré a Inglaterra?

–No –dijo ella–. Yo no podría vivir allí. Que Dios me perdone, amo demasiado Noruega.

Al día siguiente, con la esperanza de hacerme olvidar mi pena, la abuela se puso a contarme historias. Era una fabulosa contadora de cuentos y todo  lo que me decía me cautivaba.

Pero cuando empezó a hablarme de brujas me quedé realmente obnubilado.

 

–Cuidado, pequeño –dijo mi abuela–, voy a hablarte de las verdaderas brujas. No se trata de las brujas de los cuentos de hadas, ¡sino de criaturas bien vivas! Nunca te mentiré. Te diré la horrible y espantosa verdad. Todo lo que te voy a contar ha sucedido en realidad. Y lo peor es que las brujan viven aún entre nosotros, y que se parecen a cualquier mujer. Debes creerme al pie de la letra.

–¿Por qué lo dices? ¿Es increíble esta historia de las brujas, abuela?

–Pequeño –dijo–, no vas a durar mucho tiempo en este mundo si no sabes reconocer a una bruja.

–¡Pero me has dicho que las brujas se parecen a cualquier mujer! Entonces, ¿cómo reconocerlas?

–Escúchame con atención –dijo mi abuela–. Y retén bien todo lo que voy a enseñarte. Después harás la señal de la cruz, rezarás y le pedirás a Dios que te proteja.

Nos encontrábamos en el salón comedor de su casa de Oslo, y yo me disponía a irme a la cama. Las cortinas nunca estaban corridas y, por la ventana, veía gruesos copos de nieve que caían sobre un mundo triste y sombrío. Mi abuela era una mujer fuerte y robusta, muy vieja y arrugada, vestida con un vestido de encaje gris. Majestuosa, clamaba desde su sillón, ¡donde ya no quedaba siquiera sitio para un ratón! En cuanto a mí, estaba acurrucado a sus pies, en pijama, bata y zapatillas de estar por casa.

–¿Juras que no vas a burlarte de mí, abuela?

–Escucha –dijo–. He conocido a cinco niños, sí, a cinco niños, que han desaparecido de la tierra y nunca más han sido vistos. Una jugada de las brujas.

–¡Intentas hacerme temblar! –grité.

–Lo único que quiero –dijo–, es que tú no desaparezcas, como los otros cinco. Yo te quiero mucho y quiero que te quedes conmigo.

–Háblame de los niños que han desaparecido –le pedí.

Era la única abuela, que yo supiera, que fumaba cigarros. Encendió uno, un largo cigarro negro que olía a caucho quemado.

–La primera niña –comenzó diciendo– se llamaba Ranghild Hansen. Ranghild tenía ocho años. Un día jugaba en el césped con su hermanita. La madre, que preparaba pan en la cocina, salió a respirar un poco.

“¿Dónde está Ranghild?”, preguntó.

“La señora alta con guantes blancos –respondió la hermanita– ha cogido a Ranghild de la mano y se la ha llevado con ella.”

Jamás nadie volvió a ver a Ranghild.

–¿La buscaron? –pregunté.

–La buscaron un montón de kilómetros a la redonda –respondió mi abuela–. Toda la gente del pueblo se puso a buscarla; pero nunca la encontraron.

–¿Qué les pasó a los otros cuatro niños? –pregunté.

–Desaparecieron, igual que Ranghild. Antes de cada desaparición, una extraña dama merodeaba delante de la casa.

–¿Pero cómo desaparecieron, abuela?

–La segunda desaparición fue bastante curiosa. Los Christiansen vivían en Holmenkollen, y, en su salón comedor había una antigua pintura al óleo, de la cual se sentían muy orgullosos. El cuadro representaba patos en un corral, frente a un granja. A excepción de este tumulto de patos, no había ningún personaje. Era un enorme y bonito cuadro. Pues bien, un día su hija Solveg regresó de la escuela mordiendo una manzana. Dijo que una amable señora se la había dado en la calle. Al día siguiente, la pequeña Solveg ya no estaba en su cama. Sus padres la buscaron en vano por todas partes. Luego, de repente, el padre exclamó: “¡La he encontrado! ¡Solveg está dando de comer a los patos!” Señalaba el cuadro y, en efecto, Solveg estaba allí dentro. En el corral de la granja hacía el gesto de tirar pan a los patos. El padre corrió hacia el cuadro y lo tocó. Pero eso no sirvió de nada: la hija formaba parte del cuadro. ¡Estaba pintada en el lienzo!

¿Has visto tú ese cuadro, abuela?

Varias veces, y lo más curioso es que la pequeña Solveg cambiaba cada día de lugar. Una vez, miraba por la ventana de la granja. Otra vez, se arrimaba a la parte izquierda del cuadro con un pato en los brazos...

¿La has visto cambiar de sitio, abuela?

No, nadie ha visto eso. Cuando daba de comer a los patos o miraba por la ventana, no se movía. Solo era un pequeño personaje pintado al óleo. Y además, ¡crecía con el paso de los años! Diez años más tarde, la niña se había convertido en una muchacha. Treinta años más tarde, era una mujer madura. Cincuenta y cuatro años más tarde, desapareció bruscamente del cuadro.

¿Estaba muerta, abuela?

¿Cómo saberlo? Ocurren fenómenos tan extraños en el mundo de las brujas...

¿Qué le pasó al tercer niño, abuela?

El tercer niño se llamaba Birgit Svenson. Vivía enfrente de mi casa. Un día le empezaron a salir plumas por el cuerpo. En un mes se había transformado en una gorda gallina blanca. ¡Y muy pronto se puso a poner huevos! Durante años, sus padres la guardaron en un vallado, en medio del jardín.

¿Cómo eran los huevos, abuela?

Eran los huevos morenos más gordos que jamás he visto en mi vida. Su madre hacía con ellos deliciosas tortillas.

Miré a mi abuela, me recordaba a una vieja reina sentada en su trono. Sus ojos grises parecían observar un punto a lo lejos. Sólo su cigarro parecía real; y nubes de humo azul giraban alrededor de su cabeza.

Pero la niña que se transformó en una gallina, ¿desapareció? pregunté.

No contestó mi abuela. Birgit no desapareció. Vivió el tiempo que suelen vivir las gallinas, algunos años; nunca dejó de poner huevos morenos.

Me habías dicho que todos los niños habían desaparecido.

Me había equivocado replicó mi abuela. Soy vieja y me falla la memoria.

 ¿Qué le paso al cuarto niño, abuela?

 

El cuarto era un niño llamado Harald. Una mañana se despertó con la piel completamente amarilla, dura y áspera como una vieja nuez. Y, por la noche, se había convertido en piedra.

¿En piedra? repetí, extrañado.

¡En granito! dijo mi abuela. Te llevaré a verlo, si quieres. Sus padres lo guardan desde entonces en la casa. Harald es una pequeña estatua que han colocado en el vestíbulo. ¡Los visitantes cuelgan sus paraguas del brazo!

Aunque muy joven aún, ¡no estaba dispuesto a tragarme cualquier cosa! Pero mi abuela hablaba con convicción, con seriedad, sin sonreír nunca, sin un brillo de malicia en los ojos. Por eso empecé a impacientarme.

Sigue, abuela. Me has dicho que eran cinco. ¿Qué le pasó al último?

¿Quieres darle una calada a mi cigarro?

Sólo tengo siete años, abuela.

No importa dijo. Si fumas, nunca cogerás frío.

¿Y el quinto niño? repetí.

El quinto... murmuró, mientras mordisqueaba la punta del cigarro, como si probara un delicioso espárrago. Fue un caso muy interesante. Un niño de nueve años, llamado Leif, pasaba las vacaciones de verano con toda su familia en un fiordo. Después de haberse tirado de cabeza, sus padres se pusieron a nadar entre las rocas, y el joven Lief se tiró al agua. Su padre, que lo observaba, se dio cuenta de que se quedaba bajo el agua más tiempo de lo acostumbrado. Cuando, por fin regresó a la superficie, Lief se había convetido en una marsopa [cetáceo parecido al delfín].

No, ¡no es cierto! grité.

Era una encantadora pequeña marsopa, extremadamente amistosa.

¿Fue transformado en marsopa? dije.

Así es respondió mi abuela. Yo conocía bien a su madre. Me contó que Lief, la marsopa, se quedó toda la tarde con ellos, paseó a sus hermanas y a sus hermanos a horcajadas sobre su lomo. Fue un momento maravilloso. Después Lief se despidió moviendo la aleta, y se alejó. No se le ha vuelto a ver nunca más.

¿Pero cómo sabía su familia que la marsopa era Lief?

Porque hablaba respondió mi abuela. Recuerda que en Noruega estamos acostumbrados a este tipo de sucesos. Las brujas están entre nosotros. Seguramente, hay una en la calle en este momento. Ha llegado la hora de irse a la cama.

¿Una bruja podría entrar en mi habitación por la ventana? pregunté, temblando un poco.

No contestó mi abuela. Una bruja nunca hará cosas tan estúpidas como trepar por el canalón para entrar en las casas de la gente, cometiendo así un delito. En tu cama estarás a salvo. Vamos, voy a arroparte.




con Windows Live Messenger comparte fotos mientras charlas. El doble de diversión:

servido por Jo 10 comentarios compártelo

10 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Jo

Jo dijo

Este es el 2º capítulo, íntegro, del libro de Roald Dahl 'Sacrée sorcières', que yo traduzco aquí con el título de 'Diabólicas brujas'.

9 Febrero 2009 | 11:57 AM

clarel

clarel dijo

Hola,Jo!
Me ha encantado! cada vez ma gusta mas este libro.solo espero que la abuela no sea finalmente una bruja,jeje,eso si que sería un palo para el pobre niño despues de todo lo que está sufriendo ya.
un beso!

9 Febrero 2009 | 01:13 PM

merce-hola

merce-hola dijo

Digo como clarel :-)

9 Febrero 2009 | 05:06 PM

abril-ale

abril-ale dijo

Si es una bruja al menos estará protegido de correr la misma suerte de los otros niños. Esperaré el 3er capitulo.

Abrazos y buena semana q empieza.

9 Febrero 2009 | 07:12 PM

Odys

Odys dijo

Un buen cuento, y una buena traducción, no porque conozca el original, sino porque se lee de forma fluida y sin fisuras ni tropiezos.

Buen trabajo. No paras, ¿eh?

:-)

9 Febrero 2009 | 07:54 PM

Jo

Jo dijo

Odys, ¿has leído esta obra de Roald Dahl? O sea, que para ti ya no hay emoción ni suspense que valga. Mi gozo en un pozo. :(

9 Febrero 2009 | 08:00 PM

Jo

Jo dijo

Para mí es imposible parar, o tengo teclas a mi disposición o me destecleo yo solo. :(

9 Febrero 2009 | 08:02 PM

lasrecetasdeteresa

lasrecetasdeteresa dijo

Hola, jo vengo tarde, pero no he podio esperar a mañana, y que miedo la bruja, Je,je,je, Besitos.

9 Febrero 2009 | 09:32 PM

lacazadoraderratas

lacazadoraderratas dijo

Bueno, yo conozco a alguna bruja, ya que estamos con este tema. Y te puedo asegurar que no les interesan los niños especialmente. Y en Marruecos conozco a un brujo, a éste le gustan bastante los niños, pero sólo juega con ellos.
No sé, la historia me gusta aunque las brujas son diferentes a como las describe Dahl. En serio.
Enhorabuena por la traducción, podrías dedicarte.

10 Febrero 2009 | 12:56 AM

Jo

Jo dijo

Muchas gracias, Li, lo de traducir no es fácil. Es verdad que me gustaría dedicarme a ello, ¿por qué no?

Bueno, Teresa, luego habrá escenas más terroríficas aún.

10 Febrero 2009 | 06:48 AM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Jo

alalzada

Charleville, Francia
ver perfil »
contacto »
Mi pasión son los libros. Podía haberme dedicado a la pintura o a escalar montañas una tras otra. Lo que he hecho ha sido tenderme a la sombra de un membrillo y ponerme a leer. Uno de mis pasatiempos es abrir la página de un libro al azar y transcribir un fragmento. Esto es lo que voy a hacer ahora. Cojo el libro y... "En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y a todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia." Cervantes, Novela de las dos doncellas. Cátedra, letras hispánicas. clasificados
contador gratis ImageChef.com - Custom comment codes for MySpace, Hi5, Friendster and more ImageChef.com - Custom comment codes for MySpace, Hi5, Friendster and more

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera