[65] El señor Pierre Sapin continuó su discurso como si con él no fuera la cosa, ajeno completamente al movimiento que se estaba desarrollando en el auditorio.

 

Considero la lista de estos 7 pecados capitales -que en realidad no lo son, repito, sino una definición de la personalidad humana- arbitraria, puesto que deja de lado otros, digamos, pecados no menos capitales. Y, por otra parte, es discutible que de la soberbia deriven los demás. La prueba de la arbitrariedad de semejante lista nos la proporciona la propia Iglesia, la cual, por querer actualizarse en estos tiempos que corren, ha publicado un bando donde da a conocer los llamados pecados sociales, entre los que incluye la falta del reciclaje de la basura, el enriquecimiento por medio de la explotación y el abuso y las manipulaciones genéticas. Todo esto no representa más que de la poudre aux yeux, una mascarada, una patochada. La Iglesia, que siempre se ha mostrado tan proclive a mezclar lo divino con lo humano, retrocede a cada paso que da, se repliega en sí misma como una concha que viviera del cuento. Pero también el viento airado se levantará contra Ella: la piedra que en su día puso el apostol San Pedro se convertirá en polvo y se hundirá el sagrado templo en la nada del desierto sin límites.

¿Por qué, me pregunto yo, no han considerado los Padres de la Santa Iglesia un pecado de capital importancia la necedad, entendida como el propósito obstinado de no querer enterarse de la raíz de los sucesos que acontecen en el mundo? Dar la espalda a la cruda realidad por ahorrarse disgustos, no mover un dedo porque consideramos que ese asunto no nos concierne, negar toda posibilidad de saber y de aprender para luego emitir juicios temerarios que solo pueden ser calificados de necios, me parece una falta tan grave como cualquiera de las otras 7. La política del avestruz es la política del ignorante por propia decisión, es la política del que no quiere saber por pereza, o por comodidad, o por miedo, o por falsos escrúpulos. Pero en estos tiempos que corren, tan favorecedores de los desmanes, tan desmesurados, tan locamente acelerados, enterrar la cabeza bajo la arena equivale a condenarse a sí mismo. Necesitamos dar la cara. La humanidad entera ha de dar la cara; de lo contrario, nos convertiremos en la especie menos adaptada del planeta, nos convertiremos en la única especie que ha sido víctima de su propio éxito. Porque si no logramos adaptarnos a las condiciones de la nueva era, que nosotros mismos hemos inaugurado con nuestras acciones irresponsables, estamos condenados a desaparecer del mapa. Ese es el auténtico desafío. Ese es el único reto que nos queda por afrontar. Quien no quiera verlo de este modo está practicando la política del avestruz, está metiendo la cabeza en la arena, está cometiendo el fatal pecado de la necedad.

 

Aquí el sabio se tomó un respiro, hizo una larga pausa, bebió un trago de agua. El público presente en la sala aprovechó para echar una ojeada a la salida, donde habíamos visto concentrarse un buen número de policías. De media docena habían pasado a representar una veintena. Ya descendían por el pasillo central, ocupaban los cuatro rincones del recinto, se arrimaban con increíble desparpajo a la mesa de los tres conferenciantes. A los que estábamos allí reunidos nos costaba concentrarnos en las palabras del erudito. Lo último que dijo, no  obstante, fue...

 

Voy a contaros una historia totalmente absurda, disparatada, increíble. Érase una vez un planeta verde, gobernado por todo tipo de plantas. Este Reino Vegetal era dueño y señor de la vida en la tierra, tanto en los océanos como en los cinco continentes. Un día asomó un pequeño invertebrado, el primero de una larga lista de invasores, pertenecientes todos ellos al Reino Animal. Las plantas se dijeron: Podemos destruir a estos bichos, basta con que dejemos de producir oxígeno y en su lugar emitamos un gas tóxico que los envenene a todos. Pero no. Seamos generosas. Permitamos que otra forma de vida conviva con nosotras en este planeta. Permitamos que otros seres sean capaces de destruirnos. A cambio, renunciaremos al dolor, no queremos sentir ningún dolor mientras nos devoran o destruyen. Y de este modo el Reino Animal, siempre con el beneplácito del Reino Vegetal, con el que acabó formando un agradable y estimulante ecosistema, fue progresando, multiplicándose, evolucionando hacia formas más avanzadas y complejas. Hasta que surgió el Hombre. Y el Hombre puso en peligro el natural equilibrio que habían pactado animales y plantas. Y el Hombre, inflado de una soberbia y de unas ansias de destrucción sin límites, no tuvo nunca en cuenta que él también formaba parte de ese ecosistema. Algunas plantas levantaron en seguida la voz de alarma. Algunas plantas propusieron a las otras: Dejemos de emitir oxígeno, convirtámonos en tóxicas, agotemos los frutos y los granos con que estos Hombres se nutren. Pero uno de los abetos más ancianos del lugar fue de parecer que: Dejadlos hacer como ellos quieran; ellos mismos se autodestruirán a causa de sus propias contradicciones. Y con esta idea, las plantas del mundo entero se dejaron cortar, se dejaron incendiar, se dejaron manipular por los Hombres sin escrúpulos. Sabían muy bien que la voluntad humana obedece a ciertos fenómenos químicos, que son resultado de los estímulos exteriores. Así que expandieron en la atmósfera, sin que el Hombre llegara a advertirlo, además del oxígeno y del CO2, partículas que estimulaban los sentimientos de la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la envidia, la ira, la soberbia y, por último, la necedad, con el propósito de acelerar el proceso de autodestrucción. Y solo así se explica cómo la especie humana ha llegado a este callejón sin salida en que se encuentra en estos momentos...

 

Aquellas fueron las últimas palabras del erudito Pierre Sapin, porque -no pudiendo dilatar por más tiempo la angustiosa espera- uno de los gendarmes, acaso el jefe de la banda, se acercó a la mesa con las esposas en la mano y, diciendo esto: En nombre de la nación, queda usted detenido como inmigrante que es sin haber obtenido la renovación del permiso de residencia, le colocó las esposas. Mientras se lo llevaban, pasillo arriba, rodeado de gendarmes y ante el estupor del público, Louis me contaba que, en efecto, el señor Pierre Sapin era un francófono de nacionalidad belga.