El otro día, nuevos desastres relacionados con el clima se abatieron sobre el territorio francés. De norte a sur, formando una franja ancha como la bandera que luce en los edificios ministeriales, y larga como un mal presagio, una lluvia violenta azotó las diferentes regiones. Hubo momentos en que esta lluvia -y aquí es donde debemos hablar de fatalidad- vino acompañada de una fuerte granizada, con granizos como pelotas de tenis. Este fenómeno duraba unos minutos; lo suficiente como para aniquilar jardines, agujerear tejados, romper parabrisas, causar los mayores destrozos en tan breve lapsus de tiempo.

Infinidad de escenas circulan por internet, tomadas por los propios vecinos que, teléfono móvil en mano, no podían sino dejar constancia de la amplitud del desastre. Los medios de comunicación se hacen eco de la noticia. Una vez concluido el desfile de imágenes, el presentador del telediario efectúa un somero recuento de los incidentes de este tipo habidos en lo que va de año: invierno riguroso (¡si hasta ha nevado en el puerto de Marsella!), tornado en la región de Lille, vientos que alcanzaron los ciento sesenta y los ciento ochenta kilómetros por hora en las costas de Bretaña, inundaciones en la región del Mediodía... Y se pregunta, a continuación, si todo esto no es para alarmarse. Aparece el ‘experto en la materia' de rigor, que nos explica -gráfico en mano- cómo y por qué caen del cielo pedazos de hielo, comúnmente llamados granizos. Y concluye su documentada e instructiva información diciendo que ‘de momento los científicos aseguran que estos fenómenos no tienen que ver con el cambio climático.'

Esto es una desinformación, una mentira, una tergiversación de los hechos, porque -justamente- la comunidad científica internacional lleva años, décadas, advirtiendo sobre los peligros de una eventual deriva climática. Por supuesto que hay científicos que lo niegan. Por supuesto que hay quien se pone al servicio de los intereses creados. Por eso mismo, a quienes no somos científicos, no somos ‘expertos en la materia', no somos sino ciudadanos de a pie, no nos queda más remedio que fiarnos de nuestro instinto, no nos queda sino hacer caso a lo evidente, por más que algunos pretendan lo contrario. Y con este criterio, el único para mí válido, me atrevo a decir que algo grave está pasando: estamos asistiendo al punto de ruptura del cambio climático. Ni más ni menos.