[1] Ignacio Calderón Ibáñez acababa de cumplir cincuenta años, pero conservaba el vigor y la lozanía de la juventud. Trabajaba como comercial de la marca de chocolates La Campana, cuya sede se ubicaba en Guadalajara. Gracias a este oficio de representante concedía especial importancia a la imagen, pues la compostura galán y risueña que el bueno de Ignacio había sabido guardar favorecía sin duda el volumen de ventas. Don Ignacio Calderón era, en efecto, un hábil calculador, tan dueño de la palabra sugerente como del manejo del tempo que toda operación comercial requiere. No era fácil colarse por la puerta de un despacho, plantarse delante de un ceñudo caballero, dueño tal vez de una cadena de supermercados, y salir al cabo con un acuerdo bajo el brazo, por el cual los establecimientos de dicho caballero ceñudo se verían atiborrados de chocolates La Campana. Don Ignacio Calderón contaba en su haber una larga experiencia, un olfato exquisito para saber decir y callar a tiempo, un tino a la hora de evaluar las circunstancias, que hacían de él el agente más apreciado de la firma; y con este bien ganado prestigio, no era de extrañar que el jefe de ventas de la empresa lo enviara, maletín de muestras en la mano, a cualquier rincón de la geografía peninsular. Don Ignacio había recorrido cada una de las cincuenta provincias de que se compone el suelo español, visitado ciudades, admirado pueblos grandes y chicos, celebrado con los habitantes del lugar las fiestas y eventos de la comarca. Don Ignacio había conquistado algún nombre en el mundo de las letras: una vez ganada la confianza de los directores de periódicos y publicaciones locales, solía mandar a la estampa sabrosas crónicas deportivas, sagaces artículos de opinión, comentarios diversos sobre la situación aquende y allende fronteras.


lasrecetasdeteresa
2 jun 2009 | 03:26 PM
Hola Jo, bueno que me cuentas de este chocolate, cuando yo era pequeña mi madre nos lo compraba, y lo ponía bajo llave pues mas de una onza por día no podíamos comer, ya que las cosas no eran como ahora, que no nos privamos de nada. Besitos.
abril-ale
2 jun 2009 | 06:26 PM
Jo, un abrazo fortísimo y un besito de chocolate, aunque no de Campana. :D
Rica semana para vos. :)
teremarin
3 jun 2009 | 02:42 AM
Cuando vivíamos en San Sebastian (Pais Vasco) comíamos cholate La Campana de Elgorriaga....que casualidad ¿o no es este? y como dicen en los libros "cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia"...
Un abrazo
Jo
3 jun 2009 | 06:19 AM
Hola. Teresa, en aquellos tiempos una onza de chocolate era mejor que una onza de oro, porque era difícil de obtener y se comía. ¡Qué tiempos aquellos!
Jo
3 jun 2009 | 06:21 AM
Hola, Abril, la semana se presenta calurosa, pero siempre acaba lloviendo por estos lares. A ti tambíen te deseo una rica semana.
Jo
3 jun 2009 | 06:23 AM
Sin duda, tomo el nombre La Campana de la realidad, pero estamos en la ficción, porque no creo que El Gorriaga tuviera su sede en Guadalajara.
Un abrazo,
Jo
lasrecetasdeteresa
3 jun 2009 | 01:41 PM
Bueno Jo tus tiempos ya eran diferente, no te compares. jajaja. Bueno ya veo que no tiene que ver nada con el chocolate la campana, estoy esperando el próximo capitulo. Besitos.
charlitox
3 jun 2009 | 10:03 PM
Quién fuera don Ignacio!
Jo, cada vez que entro en tu blog tiene un diseño diferente...
Te decides?
Salu2
odys
14 jun 2009 | 07:38 PM
Tolón tolón, a golpe de campana vende sus chocolates el señor Calderón :-)
Iniciamos trayecto.