Hace poco tropecé con un tipo que para tratar de ganar adeptos a su causa en vez de persuadir con palabras justas y adecuadas, con argumentos válidos y convincentes, se dedicaba a poner el grito en el cielo, a sacar a colación temas de la política (cuando de lo que se trataba era de debatir un asunto exclusivamente ‘lingüístico'), y a comparar -por último- a los que no están de acuerdo con sus pobres pareceres con los miembros de la Iglesia o de la RAE, como si todos fuéramos uno y lo mismo (¿cabe mayor desprecio, mayor prepotencia de la parte de quien aduce ser un ‘promotor del lenguaje no discriminatorio'?).

He leído la crónica de un programa televisivo en la que se cuenta cómo un miembro de esta llamémosla ‘congregación pseudo-religiosa', en medio del fragor de una discusión no tardó en calificar a su oponente de: "¡Machista cabrón!"

Bien, por ahí vamos por el buen camino, no me cabe la menor duda; así es como conseguirán aumentar el número de discípulos. Pero, ¿cómo se explica entonces que quienes presumen de hacer uso del lenguaje no sexista emplean a las primeras de cambio los términos supuestamente machistas que ellos mismos condenan?

Y yo me pregunto: ¿Qué es lo que pretende esta gente?...

Esta gente pretende que la lengua castellana no sea machista. Vale. Y considera que la lengua castellana (y de paso, también la gallega, la catalana, la valenciana y hasta la murciana, si la hubiera) es machista porque:

 

1.- Hay quien dice: "Me lo estoy pasando de puta madre", cuando todo el mundo sabe que madre no hay más que una.

2.- Deberíamos hacer un uso completo de los ‘nombres colectivos': gente, multitud, persona, muchedumbre, público, clientela, etc.

3.- Cuando en un grupo de individuos es necesario referirse a todos (en su globalidad) ya no vale la terminación del masculino plural (-os), porque esto equivale a invisibilizar -dicen ellos- a la mitad (por lo menos) del grupo.

 

Al primer caso lo llaman ‘discriminación léxica'; al segundo y tercero, ‘discriminación gramatical'.

Hasta aquí los puntos de vista de esta nueva escuela. En cuanto a la discriminación léxica, me parece bien que se sustituyan, por caducas, viejas expresiones como: calzonazos, gilipollas, mamarracho, coñazo, de puta madre, chorrada, etc., etc.

En cuanto a la ‘discriminación gramatical', la cosa me parece que se presenta complicada, porque aquí no se trata de una moda o de una predilección por el uso de tal o cual vocablo, sino del funcionamiento mismo de la lengua, ya que, en efecto, si uno de los recursos principales de que se vale el idioma para evitar la repetición de palabras es acordar a la terminación -os la facultad de reunir ambos géneros (masculino y femenino) en un solo término, ¿cómo alcanzar el mismo grado de eficacia y de equilibrio lingüísticos si de repente suprimimos dicha posibilidad?

Sucede que nuestro sistema de concordancias exige que de un solo sustantivo dependa un buen número de categorías gramaticales, de palabras en suma, por el hecho de ser aquél núcleo del Sintagma Nominal.

Por eso es lógico que los determinantes (determinante = la palabra que precede al sustantivo, sean los artículos, sean los adjetivos posesivos, indefinidos o demostrativos), los adjetivos calificativos, los epítetos y los participios hagan depender su género y número de los que ya posea el nombre.

Baste un ejemplo para aclarar todo esto: En el siguiente fragmento subrayo las palabras que deben concordar con algún sustantivo:

 

"Esta afición a los trapos, según nosotros los hombres solemos decir, tan general en las muchachas de todas las clases y de todos los siglos, y que en Dorotea predominaba exclusivamente a las demás aficiones, era causa continua de domésticos disturbios entre la sobrina y el tío que, contando con muy pocos recursos en su pobre curato de aldea, y siempre en la mayor estrechez a causa de su largueza para con los infelices, según él decía con una ingenuidad admirable, andaba desde que recibió las primeras órdenes procurando hacerse un manteo nuevo, y aún no había encontrado ocasión oportuna."

 

G.A. Bécquer, Desde mi celda

 

 

Negar o simplemente alterar este sistema de dependencias y de concordancias equivale a echar por tierra el tinglado lingüístico, pues, como vemos en el texto citado no son pocas las palabras que entran en juego, más bien al contrario, constituyen la mayoría (las únicas que no varían nunca son: los adverbios, las preposiciones, las conjunciones y las interjecciones).

Y esta es la razón por la que cualquier estudioso de la gramática, cualquier escritor, cualquier profesor de lengua, cualquier amante del idioma no puede estar de acuerdo con los planteamientos de estos señores, que dicen actuar por el interés general, cuando ya todos sabemos a qué obedecen sus burdas manipulaciones: obtención de votos, delirios de grandeza, estrategias comerciales de tal o cual firma empresarial.

Aquí no entran en juego, como ellos pretenden, cuestiones de discriminación sexual (la lengua en sí no es ni machista ni feminista; es el uso que de ella hagamos lo que le da uno u otro carácter).

Aquí tampoco se trata de darle la razón a unos para quitársela a otros.

Lo que está en juego con el absurdo maquiavelismo de esta gente, tan falseadora de la realidad como amiga de apuntarse a las encuestas que ellos solos manejan, es el futuro mismo de la lengua.

No corre tanto peligro con la entrada de extranjerismos (anglicismos, galicismos, germanismos) como por la perversión de sus propias bases, pues alterar el complejo mecanismo de las concordancias equivale, lo repito una vez más, a cargarse el idioma, a dejarlo a merced de los vientos que soplen en la esfera de lo político y de la economía.

Y eso es lo que está pasando ahora. ¡Y cómo se mueren los franceses de risa al oírnos debatir sobre tan ridículos temas!

Me dirán que no, me dirán que no es para tanto. Negarán como burros y se quedarán tan anchos, predicando, como hasta ahora, con sus falacias, sus insultos, sus prepotencias, sus absurdos principios de malabarista.

Esto es lo que hay. La lengua castellana, y ninguna otra, no necesita de predicadores que nos digan cómo se debe hablar, cómo se tiene que pensar, cómo tenemos que expresarnos en público y cómo habremos de hablar en privado. Para eso ya están los publicistas de la tele, que cumplen con creces esta misión. Por favor, no más salteadores de caminos.