Laurent Fignon, el bicampeón del Tour de Francia en los años 80, acaba de publicar un libro: ‘Nous étions jeunes et insouciants', donde reconoce haberse dopado. A este señor, que es un personaje de notable relevancia en la vida pública francesa, lo conozco más como comentarista de la televisión y la radio que como ciclista. No dudo que es un estupendo analista de las etapas de montaña y de las contrarrelojes. Su sentido del humor se ha hecho proverbial; su aguda ironía, digna de elogio. Los franceses, dicho sea de paso, lo adoran; y esta vez, con toda la razón del mundo. Yo también siento por él un singular aprecio, una simpatía que a menudo raya en la admiración, porque es capaz de dar a una etapa aburrida todo el salero y la gracia que necesita.

Cuando, a la vez que supimos que se había dopado en su época de corredor, nos enteramos de que sufría un cáncer de las vías digestivas, la zozobra y la inquietud invadió el espíritu de millones de espectadores, los cuales siguen de año en año las peripecias de la grande boucle. El mismo Fignon se apresuró en aclarar que su enfermedad no tenía que ver con el hecho de que se hubiera dopado durante sus años mozos, aunque tampoco podía descartar esta posibilidad.

Los medios, como es habitual, se hicieron eco de este nuevo caso de dopaje. Y aquí es preciso que acudamos a los antecedentes:

A finales de los años ochenta hubo un escándalo fenomenal a propósito del affaire Perico Delgado (que había dado positivo en un control). Los medios franceses pregonaron a los cuatro vientos que el gobierno español había intervenido directamente para tapar el escándalo y permitir que el ciclista segoviano se llevara la victoria final.

Después hubo el affaire Festina, con la entrada, registro, saqueo y detenciones a médicos y ciclistas por parte de los gendarmes. Los directores del Tour declararon entonces su propósito de erradicar el dopaje al precio que fuere, cayere quien cayere.

Después ocurrió el affaire Puerto, con la terrible historia de las transfusiones sanguíneas y el dopaje masivo de un gran número de ciclistas. Según los medios franceses, las autoridades españolas han hecho cuanto estaba en sus manos por tapar este asunto, ya que hasta los jueces declararon que ‘no había lugar' durante el proceso que hubo.

Después de este sonado evento, no hay año en que no haya saltado algún escándalo: Pantani, Armstrong, Ulrich...

Durante más de una década, la sociedad francesa ha presumido y alardeado de que eran los otros, los extranjeros, quienes solían doparse; los corredores galos, salvo la triste excepción de Richard Virenque, a quien se había inmolado en acto público y tratado como un criminal, quedaban al abrigo de semejantes malévolas tentaciones. Durante años no han cesado de salpicar el ciclismo de sospechas, rumores, acusaciones, intrigas más o menos policiales, y creado por fin un ambiente malsano de continuas sospechas, hasta el punto de que para muchos todo campeón (que no sea francés) forzosamente ha tenido que doparse.

Sí, tampoco se ha salvado de esta caza de brujas el joven Alberto Contador, a quien se le impidió que participara en la prueba, una vez que se había llevado la victoria en la anterior edición, solo porque estaba enrolado en las filas de un equipo ‘sospechoso'.

Por eso pensé que, vistos y oídos tales antecedentes, también Laurent Fignon sería víctima del oprobio y la persecución de sus conciudadanos.

¿Ha sucedido de este modo? ¿Se han cargado a una de las figuras emblemáticas del ciclismo galo? No. Laurent Fignon sigue siendo un héroe para los franceses, sigue siendo un deportista legendario, una persona cuya calidad moral nadie osaría poner en duda.

¿En qué quedó, pues, la persecución diabólica de los años pasados? ¿En qué quedó el linchamiento de todo aquel que se confiese tricheur (tramposo)? Al parecer, no todos los tramposos son iguales: hay tramposos y tramposos, todo depende de la bandera que defiendan. Pero, como ha dicho Laurent Fignon, nous étions jeunes et insouciants (éramos jóvenes y despreocupados).