Por un plato de lentejas
A los pocos días de la experiencia del tranvía, mi amigo me contó cómo le fue en su última entrevista de trabajo. Como buen español, de los que algunos califican del montón, llevaba semanas buscando un empleíllo por ahí, algún sitio donde colocarse, y no lo encontraba. Pero no desesperaba por ello, porque sabía que el país estaba pasando por un período difícil y solo era cuestión de bregar. ¿Hasta cuándo? Eso ya se vería más adelante.
Entró en un recibidor espacioso con paredes blancas, espejos y carteles colgados en los biombos. Aquella oficina pertenecía al dominio público, era una oficina de la Administración Local. En uno de los carteles leyó: ‘Cuida tu lenguaje: no discrimines a las mujeres.'
Mi amigo se puso lívido: ¿Había revisado el ‘Manual del Lenguaje no Sexista'...? Diablos, ¿por qué no le había echado una ojeada la víspera, si lo tenía allí mismo, al alcance de la mano, en la mesita de su habitación?
Leyó el eslogan de otro cartel (donde una mujer vestida de hombre salía, maletín en mano, de un grandioso edificio): ‘Mujer, que no te pese subir y bajar escaleras para hacerte un hueco en un mundo gobernado por los hombres'.
Estaba claro que el ministerio de Asuntos Sociales hacía campaña para promover la igualdad de sexos y favorecer la integración de la mujer en el mercado laboral.
Mientras esperaba su turno, mi amigo comenzó a retorcerse las manos. ¿A quién se le ocurre, se dijo, dejar de lado el ‘Manual del Lenguaje Burocrático' la víspera de una entrevista con el Ministerio de la Mujer?
Transpirando, mi amigo se dio una palmada en la frente. Entonces, ¿todo estaba perdido...? No: todavía quedaba la posibilidad de improvisar su adhesión al lenguaje no sexista.
Lo llamaron a la oficina. Allá que se plantó, delante de una mujer con gafas sin montura, traje gris, camisa blanca, piel bronceada, pelo abombado color caoba y uñas pintadas de rojo.
Buenos días. Mi amigo le ofreció la mano. Su dossier, el dossier que le concernía, estaba encima de la mesa.
-¿Qué opina del papel de la mujer en las Sociedades Modernas? -preguntó de improviso la entrevistadora.
Mi amigo empezó a soltar amarras. Se acordó de las injusticias que las representantes del sexo femenino habían sufrido a lo largo de los siglos de dominación masculina:
-Opino que poco a poco las mujeres logran hacerse un hueco en el seno de la sociedad. Asumen responsabilidades. Su voz cuenta. Su voto cuenta. Hasta en las iglesias el cura reza cada vez más alto por ellas. Oiga, que salir de la cocina para ocuparse de los menesteres de todo un país es muy digno de elogio.
-¿Lo dice por la señora Ministra?
-La señora Ministra merece las más fervorosas alabanzas, al haber conseguido enriquecer el diccionario con nuevos vocablos, como ‘miembra'. Lo que yo digo, saltar de la cocina a la tribuna pública es algo que no está al alcance de cualquiera.
-Veo que se interesa por los problemas que hoy en día afectan al lenguaje...
-Este tema incumbe a todas las capas sociales. Si al hablar solo mencionamos a la mitad de la población y nos olvidamos de la otra mitad, apañados estamos. Perdón, cuando dije apañados, quería decir ‘apañados y apañadas', disculpe usted el lapsus.
-Estos lapsus, señor candidato, se repiten con demasiada frecuencia; la solución es poner atención a lo que se dice para no caer en los errores de siempre y evitar así los hábitos machistas del lenguaje.
-En esas estamos -repuso mi amigo-. Por costumbre, por mala costumbre, diría yo, hacemos sin darnos cuenta un uso absolutamente sexista del lenguaje.
-Pero la lengua no tiene la culpa de eso; es solo...
-¡Oh, no! La lengua tiene un poquitín de culpa. Hay que suprimir las palabras por lo general soeces que afectan a la dignidad de las mujeres, y hay que mencionarlas y citarlas a cada paso, y, en fin, hay que abogar por la libertad del ‘ser humano'.
A la entrevistadora le brillaron los ojos de contento. Mi amigo estaba siendo más papista que el Papa. Su estrategia parecía funcionar a la perfección. ¿Qué no haría él por asegurar el pan de su familia?
Cuando, de repente...
-En razón de la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos y ciudadanas de este país, y en razón de la no discriminación de sexos, ahora le paso con mi colega, con quien tendrá una segunda entrevista. Con mi criterio, que es el de una mujer, y con su criterio, que es el de un hombre, obtendremos un veredicto equitativo para cada candidato o candidata que se presente a los empleos que aquí se ofrecen.
Y tras decir esto, dio la mano a mi amigo y lo invitó a entrar en el despacho de al lado, regentado esta vez por un caballero.
Mi amigo se puso a temblar. Sabía por propia experiencia que en los asuntos delicados del lenguaje, muchos hombres se las gastan peor aún que muchas mujeres.
En efecto, un señor estirado, con camisa de colores, ojos pintados y coqueta melena flotando al viento del ventilador, lo esperaba con amplia sonrisa y brazos abiertos de par en par.
-Amigo candidato -saludó el entrevistador.
-Buenos días.
-Y bien, ¿qué opina usted de los clichés del lenguaje, sí, qué opina de ese uso indiscriminado del género masculino, de ese uso que invisibiliza a la mujer siempre o casi siempre, puesto que solo nombra a los hombres y sus atributos?
Mi amigo tomó tranquilamente asiento:
-Opino que eso no está nada bien -dijo-. A las mujeres no les faltan tampoco atributos con que hacerse valer.
-¿Atributos dice...?
Aquel señor, tan peripuesto, se puso a mirar con el ceño fruncido a mi pobre amigo... ¡Diablos!, ¿en qué momento, cómo y por qué había metido la pata?
-Quiero decir que... ¡Solo hablaba en sentido figurado!
-¿En sentido figurado dice usted...? Muy bien, sigamos con la entrevista: ¿Es usted casado o soltero?
A las dos semanas de este suceso a tres bandas, mi amigo recibió una carta donde se le informaba que la comisión encargada del reclutamiento del personal para su oficina sita en la calle Armando Morena, tenía el placer de comunicarle que su candidatura había sido ¡retenida!
Al leer esta notificación, mi amigo se puso a dar brincos de alegría. A punto estuvo de estrellar la cabeza contra el techo del salón. Al parecer, había conseguido dar crédito a unas ideas que en su humilde opinión carecían de crédito. ¿Y qué más daba, se dijo, si lo principal era asegurar un plato de lentejas a los miembros y miembras de su familia? ¿Acaso no tenía él una esposa y unos hijos que alimentar?




Jo dijo
Este texto está basado en hechos reales. He leído informes que refieren el ambiente que se da en estos momentos en algunas oficinas que dependen del Ministerio de Asuntos Sociales.
27 Junio 2009 | 01:24 PM