La arroba (@) no es un signo lingüístico: no se compone de un significante y un significado. Sin embargo, es habitual encontrarlo en los mensajes que se envían a través de Internet, de manera que reemplaza a los fonemas -o / -a. Esta solución sería del todo correcta si la arroba poseyera una realidad acústica (un sonido que lo distinga de los otros sonidos que constituyen el lenguaje humano) y un significado. En cuanto al significado, no hay problema: la arroba se utiliza para reunir ambos géneros, el masculino y el femenino. Pero, ¿qué ocurre con su realidad fonética?, ¿qué ocurre con el sonido?

La arroba no se puede pronunciar, carece de un sonido que la caracterice; y esto imposibilita que llegue a formar parte del discurso, combinándose con otros sonidos (los fonemas) para crear las sílabas primero, las palabras después.

Y si la arroba no nos suena a nada, ¿cómo vamos a leer enunciados como el siguiente?:

Estimad@s amig@s, algun@s sabéis mejor que otr@s cómo se sienten l@s que tienen que trabajar los domingos y fiestas de guardar: es un suplicio, mientras un@s y otr@s se lo pasan de miedo, montando y desmontando fiestas aquí y allá, nosotr@s, l@s de mi empresa, a currar y currar.

Este texto no solo es del todo ilegible, sino que además se convierte en un suplicio para cualquiera que lo aborde, porque lo que vemos escrito no se corresponde con unas palabras que se puedan leer en voz alta; es como si la forma escrita se hubiera separado definitivamente de la forma oral. Pero todos sabemos, sin embargo, que en el lenguaje rige un principio básico: la forma escrita ha de subordinarse a la forma oral, la cual representa el auténtico lenguaje. Por así decirlo, el lenguaje escrito debe ser un reflejo del lenguaje oral, puesto que podrá no haber escritura, pero siempre habrá personas que hablen.