35. BEGONIA CUATROCAMINOS

Begonia Cuatrocaminos, la esposa del apicultor, conocía a Ignacio Calderón Ibáñez. El encuentro se había producido 30 años atrás, durante una noche de verbena en un pueblo a pocos kilómetros de la capital. Hasta allí se había acercado el intrépido muchacho, «a ponerse morado» -como él dijo- con sus compañeros de carrera (cursaba entonces segundo de Geología; aunque nunca concluiría estos estudios). Se habían subido a un carro prestado por el tío Benito, que se dedicaba a la venta ambulante de los productos de la huerta. Llegaron al sitio de la fiesta algo bebidos, después de haber cantado a los cuatro vientos muchas canciones, en un anticipo de la algarabía que les esperaba al final de la ruta.

En efecto, en cuanto echaron pie a tierra, fueron a reunirse con los danzantes, quienes se movían al compás de la orquesta puesta en un tablado. Las luces chisporroteaban, el aire de la noche soplaba sin ánimo de enfriar los corazones, los cuales estaban abiertos como rosas, ebrios y candorosos, otorgaban al visitante el polen de sus sueños. Era el amor renaciendo de sus cenizas, como cada año, como cada primavera que asoma tras el rudo invierno.

Ignacio había puesto los ojos en la joven Begonia, la más alta, la más espléndida, la más curiosa entre aquellas lindas mujeres. Pero no era él el único que se había fijado en ella: arrimado a la caseta, donde servían los vasos de mosto o de buen vino tinto, un hombre cercano a los 30 años la observaba igualmente. Se trataba de Manuel Cañete, en aquel entonces aficionado al estudio de las plantas. Ayudaba a su padre en las tareas de la tienda de ultramarinos sita en la calle mayor de su pueblo. Aún no poseía el título de apicultor, que más tarde había de darle fama en toda la zona y aún en el resto de España. Estuvo observándola un buen rato antes de decidirse a invitarla a bailar (siempre había sido tímido de más), cuando el intruso se anticipó, y, ni corto ni perezoso, la cogió de la cintura y le hizo dar vueltas en torno a la pista de tierra.

Manuel se tragó la hiel que le salió a flote con un sorbo de vino. Contrariado, seguía los pasos de la pareja, que no cesaba de girar y girar con pasmosa facilidad. Tal vez aquel forastero se creería un Machín, pensó el agraviado caballero. Lanzó un escupitajo antes de preguntar al de la barra quién era esa que bailaba tan bien. «¿Cuál, la larga?» «Sí, esa, la larga.» «Se llama Begonia. Su padre es oficial retirado del ejército.» Manuel tragó saliva de nuevo; metió las manos en los bolsillos y echó a andar hacia ellos. Cuando llegó a su lado, soltó a su rival:

-Aguarda un momento, tú.

Al instante la pareja dejó de bailar; Manuel se atrevió a soltar entonces:

-«El género Begonia comprende más de mil quinientas especies de las zonas tropicales de Asia, África y América; pertenecientes a la familia Begoniaceae. De acuerdo con su origen, todas las begonias son plantas de sombra que crecen en el suelo o epifíticamente en las pluriselvas tropicales, pero también en las regiones subtropicales, y en los bosques de montaña aparecen incluso a 4000 metros de altitud.»

Había sacado estas palabras de un manual de botánica, que conocía de memoria a fuerza de leerlo y revisarlo. ¿Resultaba ridícula una declaración así? Probablemente, pero mejor eso que continuar callado, viendo cómo otros aprovechaban el ambiente de fiesta que allí reinaba. La chica lo miró, sorprendida. Manuel creyó que había dado tal vez con su media naranja, su alma gemela. Ignacio debió de suponer lo mismo, pues, sin querer entrar en líos de faldas, dio la vuelta en busca de sus amigos, olvidándose de la chica que se llamaba Begonia.

 

36. LA PEDIDA DE MANO

Eulogio Cuatrocaminos era el padre de la novia, aquel oficial retirado del ejército. Se había vuelto -afirmaban los más- algo tronera por causa de un obús que había estallado a tres metros de distancia en una operación de asalto. Esta explosión le alborotó para siempre el juicio, dejándolo además bastante sordo. El hombre se había retirado, acompañado de mujer e hija, a su pueblo con una pensión decente, con la que cubría sus pocos vicios, aparte de las necesidades de la familia. En su casa nadie se quejaba; no ignoraban que otros lo pasaban aún peor. Manuel Cañete se atrevió al fin, animado por la chica, a llamar a la puerta de su futuro suegro. Lo hicieron entrar en una pieza húmeda y sombría, en la planta baja de una casita blanca con balcón negro y geranios en los alféizares de las ventanas. El péndulo balanceaba las horas, ajeno al trasiego de afuera, pues la vivienda estaba justo enfrente del mercado. En un sillón orejero permanecía sentado el anciano padre, rodeado de sus recuerdos: almanaques, figuras de porcelana, lienzos pintados al óleo, tapices orientales, muebles roñosos de lejanas épocas, que habían llegado hasta allí como por milagro. Consagró al inesperado visitante una mirada oblicua, algo lacrimosa. Tenía la piel arrugada, pero el porte seguía siendo alto y distinguido. Manuel Cañete dijo lo que tenía que decir, con pocas palabras y con la serenidad de que fue capaz de hacer acopio, que no era mucha, por cierto. El oficial retirado se llevó una mano a la oreja, como dando a entender que hablara más alto. Manuel Cañete repitió, palabra por palabra, lo que antes había pronunciado: «Buenas tardes. Soy... He venido para...» El anciano empezó a gesticular y a mover los brazos, tan delgados como cuerdas de guitarra, con tal rabia que asustó al joven. ¿Si le había dado un síncope? Al cabo, comprendió que era porque seguía sin oír nada de lo que él le comunicaba. En vista de lo cual, empezó a gritar como un energúmeno. A los gritos vinieron madre e hija, temerosas de que se hubiera montado un escándalo en tanto que ellas aguardaban en la cocina el resultado de la entrevista. Cuando pasaron al saloncito, hallaron al pretendiente echando espuma por la boca; en cambio, el oficial dejaba escapar una risa de hiena. A pesar del incidente, la boda tuvo lugar varios meses después; nadie había osado romper el compromiso formal de la pareja.

  

37. LA HIJA DE LOS CAÑETE

Algo cabizbaja salió la pareja de poetas de la granja de don Manuel, felizmente casado, como acabo de evocar, con doña Begonia Cuatrocaminos. Este matrimonio había puesto todo su empeño en dar al mundo una descendencia. Pero la suerte no les fue en principio favorable, la naturaleza no se complacía en otorgarles el hijo que tanto anhelaban. Casi se habían resignado a ello, tras largos años de estériles esfuerzos y vanas esperanzas, cuando Begonia experimentó la sacudida del embarazo, con los indicios que acompañan: mareos, vértigos... La alegría con que el matrimonio recibió la buena nueva no es para contarla. Muy pronto pidieron consulta en la clínica del ginecólogo, acomodaron el cuarto del futuro bebé con la cuna, las telas, mueblecitos y demás adornos propios del caso; conforme la hora del alumbramiento se aproximaba, sentían nacer en sus corazones un orgullo infinito: la dicha de ser padres.

Por fin nació la criatura. Fue una tarde de octubre; el sol había iniciado su declive en el horizonte, cuando vino al mundo la que había de ser bautizada con el nombre de Isabel, la misma que -andando el tiempo- se convirtiría en la amiga inseparable de Andrea, hija a su vez de Ignacio. Esta amistad surgió del modo más extraño, aunque no tiene en realidad nada de particular, pues solamente se llevaban unos meses, siendo Isabel la mayor. ¿Y cómo llegaron a conocerse, si los padres no mantenían relación alguna, y tampoco vivían ellas en la misma ciudad? Andrea contactó con Isabel del modo que ahora voy a referir...

Salió, como digo, no poco contrariada del encuentro con el apicultor la pareja de poetas. Tardaron medio trecho en revelar sus impresiones acerca de la desastrosa visita: aquel caballero los había expulsado del lugar, claro estaba, de un modo descortés, cuando no arrogante.

-¡Bah...! -exclamó Álvaro Montilla. Ya llegaban a las inmediaciones del parque Barranco del Alamín-. De todas formas, este señor no nos hubiera aportado gran cosa: Todo el mundo sabe que las personas que viven del campo, o de las flores, suelen ser tacañas en demasía.

-No lo dudo; este don Manuel parecía tan ajeno a las cosas del Ateneo que no tiene por qué sorprendernos su reacción arisca. ¿Te has fijado en la cantidad de abejas que había muertas? ¡Pobre colmena, si las otras acaban igual, pronto se quedará sin miel para llenar los tarros!

-Sí, es muy triste lo que está pasando con las abejas. ¡Ojalá y el tal Dionisio reconsidere su actitud y cese de utilizar productos tóxicos para el cultivo de girasoles!

Con este y otros pareceres similares, llegaron al Ateneo. La caminata les había servido para liberar la frustración que traían encima. Don José González, al enterarse del suceso, meneó la cabeza en señal de abatimiento. ¿Qué podían hacer ellos frente a un panorama tan desolador como aquel? Pero Josefina no quiso oír hablar de capitulación; sin renunciar a la idea del concurso, escribió una carta a su pretendiente, don Ignacio, en la cual solicitaba su ayuda para apaciguar los ánimos del apicultor, por ver si quedaba una posibilidad, por remota que ésta fuera, de sacar algún provecho de la anterior visita a la granja.

 

38. LA RECOMENDACIÓN DE JOSEFINA RUBIO

Al llegar del viaje a Sevilla, halló Ignacio en su buzón la carta de Josefina a él destinada. La recogió no sin alborozo; al contrario que Andrea, quien ya barruntaba otra marrullería de la dama aspirante a poetisa. Depositaron los bultos en la misma entrada del piso. El comercial rompió al instante el sobre, cuyo contenido decía:

 

«Estimado Ignacio,

 A propuesta del director del Ateneo, nos acercamos el poeta Álvaro Montilla y una servidora a la granja de miel San Lorenzo, de la que habrás oído hablar innumerables veces, pues se trata de una de las banderas que más alto ondean en el pabellón de las marcas comerciales de la ciudad, tanto como La Campana, para la que efectúas tus hábiles servicios de representante. Pues bien, llegamos allí y, aparte las infinitas abejas que pululaban en el aire claro de la mañana y de dos pastores alemanes que salieron a recibirnos, por fortuna, sin ladrar, vino a nosotros el señor Manuel Cañete, propietario del lugar. Al momento nos hizo entrar en su casa, que estaba allí mismo, junto a la fila de colmenas repartidas por aquel terreno sin puertas al campo. Nos invitó a tomar una infusión y mi compañero le habló de los obras del Ateneo, la encomiable labor que realiza en pro de la ciudad, sin ánimo de lucro alguno. Pedimos su colaboración para llevar a buen puerto el proyecto del concurso literario; y él, por toda respuesta, nos condujo hasta una colmena cuyas abejas estaban abatidas, quiero decir, muertas, por culpa de los pesticidas que Dioniosio Cañas había empleado en su extensión de girasoles, a 7 kilómetros al oeste de la granja de miel. Y tras relatarnos este infortunio, nos ha despachado sin más, desentendiéndose del asunto por el que Álvaro Montilla y yo habíamos ido a reunirnos con él. ¿Qué opinas de esto? Como este encuentro ha terminado, a nuestro parecer, bastante mal, quiero pedirte un favor: ¿Te sientes capaz de apaciguar los ánimos de don Cañete? ¡Aquí tienes una oportunidad de oro para probar tu maestría en el manejo de la palabra! Y, de paso, te estaría muy agradecida si a los ojos del apicultor restauras la buena imagen de que siempre ha gozado el Ateneo.

 Afectuoso abrazo de tu amiga,

Josefina Rubio Álvarez

 

P.D.: ¡Ah, se me olvidaba: no dejes de meter baza en pro del concurso, si acaso este buen hombre te da ocasión para hacer promoción del mismo!»

 

Imperceptiblemente, una leve sonrisa irónica se dibujó en los labios de Ignacio. No obstante, estaba dispuesto a poner su granito de arena porque las sabias intenciones de Josefina Rubio encontraran una salida favorable. Obviamente también, Andrea no fue en absoluto del mismo parecer que su padre. Con el fin de acallar su incipiente protesta, le prometió que a la mañana siguiente irían juntos en aquella excursión a la granja de mieles San Lorenzo.

 

39. LA SÚBITA APARICIÓN DE ISABEL

De nuevo recibió visita el bueno de Manuel Cañete; pero esta vez la pareja la formaban un hombre de aspecto saludable y una chica que rondaría los 20 años. Era valiente, pues se había atrevido a hacer carantoñas a uno de los perros, que se dejó acariciar allí mismo, en medio del camino. Como la vez pasada, el apicultor salió al encuentro de los forasteros -quizá turistas interesados en adquirir un tarro de «miel de la Alcarria» en el centro mismo de producción-.

Les ofreció la mano, y los invitó a pasar adentro. El calor empezaba a ser sofocante; el día prometía otra jornada de canícula en un mes de junio que estaba resultando bastante abrumador en cuanto a temperaturas se refiere. En la sala de estar, en cambio, se respiraba cierta agradable frescura; por las puertas entreabiertas se colaba un aire ameno, que movía las cortinas con delicado primor y concedía al recinto un sonido de susurro, como un leve batir de alas. De la señora de la casa, Begonia Cuatrocaminos, no había ni rastro. Don Ignacio no tardó en tomar asiento (en cuanto el amo le dio la señal). Había llegado a la granja algo cansado después de la caminata que se había dado con su hija, durante la cual hablaron de todo y de nada, como suele decirse vulgarmente.

Lo que vino después fue una larguísima plática, un interminable bla bla bla -según opinión de Andrea-, a ratos monólogo, a ratos diálogo que servía más que nada para que cada interlocutor fijara y consolidara sus respectivas posiciones, como también sucede en la guerra de trincheras.

Al cabo de un buen rato, quedó claro que habían llegado a una especie de callejón sin salida, en el cual don Ignacio reiteró por enésima vez:

-Conozco a los del Ateneo. Buena gente. ¿Y quién era el señor tan elegante, todo vestido de blanco? ¡Álvaro Montilla, el poeta! Autor de un buen número de poemarios que han sido publicados en lujosa encuadernación y distribuidos por todas partes. En cuanto a la señora que lo acompañaba, se trata de Josefina Rubio, poetisa de mucho talento, aunque aún por descubrir para la mayoría de los lectores. Estoy convencido de que en la próxima temporada, a partir de septiembre, se convertirá en una de las figuras que mayor furor causará dentro del panorama de la poesía española. Quédese con este nombre: Josefina Rubio Álvarez; dudo mucho que exista otra de idéntico calibre. Si acaso, tendríamos que salir de nuestras fronteras para descubrir un talento comparable al suyo.

Andrea suspiraba, aburrida, sin atreverse a lanzar un bemol que pusiera en tela de juicio las afirmaciones de su padre. A semejante exposición de las maravillas del Ateneo, replicaba don Manuel:

-¿Poesía me dice usted...? Salga al campo, llene esos pulmones de aire puro, observe el pulular de los insectos, ese acariciar el aire con las alas de las aves, el continuo rumor de algún riachuelo que corre bajo nuestros pies, y atrévase luego a decirme que todo eso no es poesía. ¡Poesía mil veces más auténtica que la que componen los fantasmas de la pluma! Mire, usted lo sabe tan bien como yo: Poetas que valgan, muy pocos. Tal vez, un Garcilaso de la Vega, un San Juan de la Cruz, un José de Espronceda, un Rubén Darío... Pero, ¿cuándo sale a la estampa uno como ellos? Digamos que una vez cada quinientos años. ¡Así que no me venga con fábulas, señor Ignacio, que ni Álvaro Montilla ni su amiga, Josefina Rubia o Rubio valen el arrullo de una tórtola! Y fíjese bien, esto lo afirmo yo sin haber leído uno solo de sus poemas, ni maldita la falta que me hace.

En estas estaban cuando oyeron del exterior un alarido espantoso, que los levantó de sus asientos y les puso la piel de gallina. Corriendo, se precipitaron los tres afuera, donde hallaron el espectáculo más insólito, más ináudito que jamás hayan contemplado ojos humanos: En mitad de las cajas se desplazaba una figura de persona, pero completamente cubierta de abejas, salvo en la parte de los ojos y la boca, de donde era fácil suponer que aquel fantoche se sentía tan ufano como feliz: sus ojos brillaban con el fulgor del arrebato místico. Andrea, al contemplar esta imagen increíble, se puso a gritar como la otra señora que allí había: Begonia Cuatrocaminos. Cañete, por el contrario, agarró presto un frasco provisto de un dispositivo gracias al cual arrojó una fina lluvia de agua sobre los insectos voladores.

Al instante, comenzaron a desprenderse del cuerpo de la joven, pues, en efecto, la que se ocultaba debajo del disfraz de las abejas no era otra sino Isabel, la hija del apicultor.

  

40. CARAMELOS DE CHOCOLATE CON MIEL

Isabel Cañete Cuatrocaminos era una chica larga y flaca (algunos la apodaban ‘la tabla de planchar'), morena, de cejas pobladas y ojos redondos y negros, tenía la boca grande, de un rosa tenue, y la nariz recta, aunque pequeña. La severa nitidez de su fisonomía le daba un aire de romana en tiempos de César Augusto; pero su natural indolente la inclinaba a echarse al campo -como las cabras- siempre que la ocasión le daba pie a ello. Adoraba a su padre y reñía con harta frecuencia con su madre, Begonia Cuatrocaminos, por un quítame ahí esas pajas. Una vez liberada del hábito de las abejas, dijo a don Manuel:

-¿Lo ves como yo también iba a ser capaz de hacerlo? ¡Me acabo de ganar con toda justicia el título de apicultora!

-¡Ay -exclamó doña Begonia-, qué dolor de cabeza me ha entrado!

Y, llevándose una mano a la sien, se fue a sentar en una silla de paja que por allí había. Don Manuel replicó al comentario de su hija:

-Cierto que yo también hice eso; pero entonces era joven y quería alardear delante de mis amigos, con quienes había hecho una apuesta absurda. Pero tú, Isabel, ¡no tenías ningún motivo para asustar de ese modo a tu madre!

-¡Bah!, el motivo de hacer lo que mi padre. ¿Qué mejor motivo que ése? -Tras decir esto, clavó su penetrante mirada en Andrea, quien la observaba a su vez con mucha curiosidad. Obvio sería añadir que en este cruce de miradas se produjo una reacción química, cuyo efecto contaré luego.

-Señor Ignacio, señorita Andrea -declaró el hombre de la casa-, les presento a mi esposa Begonia y a mi hija Isabel. ¡Cuán diferentes la una de la otra, aunque se parezcan como dos gotas de agua! Y sin embargo, ¡vaya si daría mi vida por las dos!

Don Ignacio dio la mano a ambas. Lo mismo hizo su hija. Tras lo cual, doña Begonia volvió a quejarse de su migraña y a sentarse en la silla que parecía estar allí solo para que ella pudiera sentirse cómoda entre tantas colmenas. Isabel se acordó de inspeccionar su cuerpo: tal vez había sufrido las picaduras de los aguijones y aún no había caído en la cuenta. Tras comprobar que seguía sana y salva, se fue hacia donde la joven, con quien deseaba trabar amistad, pues a primera vista le había parecido simpática.

Dijo a la sazón Manuel Cañete:

-Sabe usted, señor Ignacio, de tanto hablar antes sobre poesía me ha entrado un hambre de lobo. ¡Quédense a comer con nosotros, ya que estamos!

Ignacio miró por el rabillo del ojo a su hija, que se había puesto colorada al oír la propuesta. Contestó:

-Acepto la invitación, señor Manuel, a condición de que deje de tratarnos de usted. ¡Seamos amigos sin otras formalidades!

-¡Trato hecho! -exclamó el apicultor.

A don Ignacio se le acababa de ocurrir una buena idea, si bien juzgó que aún no había llegado el momento de sacarla a la luz: «¿Y si, se dijo para su capa, comunico a este buen hombre que La Campana está interesada en producir caramelos de chocolate con miel? Si pica el anzuelo, ¿qué favor le pediré a cambio? Pues, ¡que acceda a poner algo de dinero para la creación del certamen de poesía! Je je, lo uno por lo otro, como dirían en mi pueblo.»