41. LA TERTULIA DE SOBREMESA (1ª PARTE)

Hacia el final de la sobremesa se animó la tertulia. Si bien es verdad que la variedad de licores que adornaban la tabla infundió un brillo especial a la conversación. Sobre todo de la parte de Ignacio, el cual, con alegría y arrebatos típicos del verano, arrojó palabras a medio camino entre lo disparatado y lo cómico.

-¿Qué opinas de la selección española? -preguntó a su contertulio tanteando el terreno- ¿Se llevará el mundial o no se lo llevará?

-Arconada lo para todo -repuso don Manuel-; pero si la defensa no defiende o defiende mal, de nada le va a servir lanzarse como un atleta detrás de la pelota: su portería se convertirá en un colador. No soy optimista con el papel que hará el equipo. Si pasa de la primera ronda, estamos servidos. Pero no creo que llegue a cuartos. De todos modos, a mí el fútbol no me dice mucho. Antes me gustaba ver jugar a Marcelino, esos regates suyos no los ha vuelto a repetir nadie. ¡Y cómo chutaba...! Pero desde que se ha retirado, el fútbol me va gustando menos. ¿Qué quieres que te diga...? Para ver a unos autómatas dando patadas al esférico, mejor me voy a dar un garbeo por ahí y por lo menos respiro aire limpio, que es lo mejor que uno puede hacer, aparte de pasar un rato ameno con los amigos en el bar de siempre -y diciendo esto, empinó el codo y apuró medio vaso de cerveza.

-En eso estamos de acuerdo: los tiempos futboleros ya no son los de antes. A mí me gusta Kempes; es un fiera, un bravo con el balón. Y tiene un olfato para colocar la pelota donde hace falta, que ya lo quisieran muchos sabuesos cuando salen de cacería con sus amos. ¡Kempes es un todo terreno, un pura sangre, un lebrel de esos campos que deja a sus rivales con un palmo de narices, porque más rápido que él no hay ninguno, y siempre les gana la delantera a los contrarios! ¡Tokotok-tokotok, como los caballos! ¡Ja ja! ¡Me encanta verlo correr! Fíjate lo que te digo, el Valencia con él de nuevo en sus filas se meterá la próxima temporada la liga en el bolsillo. O si no, ¡al tiempo!

-¡Bah! ¡Bah! Marcelino era la joya de la corona, el gallego universal, como yo lo llamaba. El real Zaragoza le debe muchísimo a este jugador, entre otros logros, una muy meritoria Copa del Rey, que consiguió allá por el año, si no recuerdo mal, mil novecientos sesenta y cuatro o sesenta y cinco. Y esto lo digo yo, aunque de fútbol cada vez entiendo menos. Ahora no me gusta tanto como cuando el Zaragoza hacía estragos por donde pasaba gracias a la labor de su delantero, Marcelino. Los partidos los sigo de uvas a peras, como quien dice.

Del tema deportivo pasaron al de la política, entonces objeto de atención popular: cada español se figuraba que el año 82 aparecería en los manuales de Historia con letras de oro, al fijar un antes y un después en el devenir de la nación.

¿A qué se dedicaban, entretanto, las dos chicas, Andrea e Isabel? Salieron afuera, a contemplar el paisaje monótono del llano. Begonia, por su parte, se subió al cuarto a reposar un poco, todavía quejosa de la migraña que le había sobrevenido a raíz del espectáculo de las abejas.

 

42. LA TERTULIA DE SOBREMESA (2ª PARTE)

Isabel contó a Andrea que conocía a su padre, pues ella tenía ocho años cuando topó con ese señor que ahora charlaba amigablemente en el salón de su casa. Recordaba una mañana en el colegio, cuando asomó don Ignacio en mitad de la clase y, con el permiso de la maestra, ofreció una breve conferencia acerca de las delicias y primores de los chocolates La Campana. Los alumnos, entusiasmados, aceptaron la chocolatina con que fueron obsequiados al final de la exposición. Después de saludar a la enseñante y despedirse de los chicos, salió el comercial al pasillo en busca de otra aula donde repetir la operación de márketing. Era un período de intensa actividad para la empresa en la que trabajaba; don Ignacio se ganaba a golpes de audacia la confianza de los jefes, que no cesaban de asombrarse con sus iniciativas, a menudo comparables a las de Sherlock Holmes en su propósito de resolver los casos que se le ofrecían.

-Me pareció -dijo Isabel- un charlatán de cuidado. Más de media hora estuvo soltándonos el rollo de la fábrica que fabrica chocolate: el proceso de elaboración desde que van a recoger la leche que les prepara el establo de la granja colindante, el almacenamiento y etiquetado de los sacos de cacao (procedentes de Brasil, de Colombia, de Costa Rica) y la puesta en ebullición en unas grandes cubas de acero, donde mezclan los ingredientes, todo elaborado, decía tu padre, de manera artesanal, respetando al milímetro la clásica receta de la abuela y teniendo siempre en cuenta las normas de higiene. Me acuerdo de que nos enseñó un montón de fotografías; las colgaba en la pizarra y se ayudaba de la regla para hacer hincapié en los detalles, que de otro modo hubieran pasado desapercibidos. Pero de lo que más me acuerdo es de la chocolatina de última hora, que tenía un envoltorio blanco y granate, con el dibujo de una vaca lechera, tolón tolón, provista de un cascabel gigante bajo el cuello.

-No se llaman cascabeles -precisó Andrea en su calidad de escritora-, sino cencerros.

-¿Qué?

-Las herramientas que ponen al cuello de algunos animales como las cabras, las ovejas y las vacas para que hagan ruido al desplazarse, se denominan cencerros.

-¡Ah, bueno! -exclamó Isabel, recibiendo con la boca abierta un soplo de aire procedente de la ardiente -¡ay!- llanura, donde ni las intrépidas abejas osaban ya perturbar el cielo, que aparecía como trastocado por los vapores que se levantaban de la tierra. Una vez se hubo calmado esta brisa pasajera, apenas perceptible, añadió la joven:- Ven, voy a enseñarte una cosa que te va a interesar.

-¿Qué es? -preguntó Andrea, intrigada.

-Tú sígueme -respondió su amiga.

 Sin alejarse de los muros de piedra de la casa, por no quedar expuestas a los rayos de la tarde, que abrasaban, se fueron hacia un hangar con techo de hojalata y paredes de lo mismo, de color rojizo tirando a cobre. Los portales estaban abiertos de par en par, en el interior se sentía el olor de la paja y también el frío metálico de un tractor rojo, sin cabina, que allí había.

  

43. ROMEO

 Nada más cruzar el umbral, Isabel se puso a llamar a viva voz:

-¡Romeo! ¡Romeo! ¡Romeo!

Andrea esperó unos segundos (en tanto que sus ojos se habituaban a la penumbra y descubrían un decorado de leña apiñada, montones de paja, útiles del campo), antes de que descendiera de las vigas un ave blanca, grande, una lechuza de ojos redondos, pico curvo y garras fuertes como el acero. Era Romeo, la rapaz que con sus mañas había amaestrado la hija del apicultor.

Con majestuoso despliegue de alas, desplazó el aire encerrado en la caverna de hojalata, llenando por un momento el ámbito de un ruido suave, sugerente. Andrea contempló maravillada el portentoso animal, que con delicada dulzura terminó posándose sobre uno de los hombros de Isabel, la cual lo recibió con alegría y le habló al oído, como si se tratara del hada buena con quien discute los asuntos del corazón.

-¡Hola, Romeo! ¿Has cazado muchos ratones? ¿Y ratas?, ¿cuántas ratas has cazado?

El ave movía la cabeza y cerraba los ojos, dando a entender que la jornada había sido fructífera. Se acercaron a un rincón oculto por los maderos y la paja, al fondo del rectángulo, que debía de medir cuarenta pasos de largo por veinte de ancho. Allí descubrió Andrea un barreño de plástico verde, lo suficientemente liso y lo suficientemente alto como para que las capturas (roedores) no pudieran darse a la fuga. Estaban atrapadas en el fondo del recipiente y daban vueltas y más vueltas, sin escapatoria posible.

-¡Ajá! ¡No está nada mal, Romeo! -exclamó Isabel-. Veamos cuántos has cazado. Uno, dos, tres, ¡cuatro ratones! Y uno, dos, ¡tres ratas! Bien hecho, bien -acariciaba las plumas blancas de la lechuza, su cómplice.

Andrea no salía de su asombro. Le preguntó:

-¿Y para qué quieres esos ratones?

-Uno será para Romeo, que se lo ha ganado a pulso. Los otros los llevaré a...

En vez de concluir la frase, paseó distraída la mirada por el recinto, en busca de las bicicletas arrimadas a la pared. También localizó la jaula de alambre, de hechura rústica, dentro de la cual introdujo las capturas, salvo una que entregó a Romeo. La rapaz dio cuenta del ratón en lo alto de una viga, adonde se había subido con la presa entre las garras.

Tras esto, abandonaron las dos amigas el hangar montadas en sendas bicis. Isabel había amarrado en el portabultos la jaula. Solo entonces fue cuando reveló que había llegado el momento de visitar el campo de girasoles de Dionisio, el principal enemigo de su padre, por haber hecho un uso indiscriminado de los insecticidas causantes de la hecatombe de las abejas. «Si los hombres se niegan a hacer justicia, afirmó la chica, no me queda más remedio que poner yo misma a cada cual en su sitio.» Al oír esto, Andrea se asustó: creyó que su compañera tramaba alguna salvajada de consecuencias absolutamente imprevisibles.

 

44. EL CAMPO DE GIRASOLES

El camino era de tierra, lleno de baches que dificultaban el paseo en bicicleta, con sus repechos no muy pronunciados y bajadas suaves. El sol hervía sobre las cabezas de las chicas, no hallaban refugio ni siquiera en los pensamientos, agobiados por el ruido de las chicharras y el espejismo del calor intenso, feroz. El aire exhalaba los vapores de la tierra, dibujaba el perfil de un terreno duro, liso, reseco, con la vegetación exhausta. Por muchas zonas se abrían las grietas de una sequía persistente. Pero las nubes, preñadas de lluvia, navegaban por otros cielos, otros escenarios más afortunados que el de la planicie castellana.

Andrea sudaba pedaleando detrás de su amiga; veía cómo los animales encerrados en la jaula de alambre brincaban con los saltos de la bicicleta, que Isabel, muy avezada en estas lides, manejaba con increíble facilidad, atenta solo a no salirse del sendero. Para entonces, la madrileña se había hecho una idea bastante acertada sobre las intenciones que traía la hija del apicultor. Consideró que su propósito de hacer la guerra por su cuenta a Dionisio Cañas, y con esos medios tan pobres, por no decir ridículos, suponía un absurdo, un despropósito que no aportaría sino nuevos perjuicios a las colmenas de Manuel. Así se lo hizo saber en tanto se aproximaban a un sembrado uniforme y vasto como un mar de espigas, que se tuercen y ondean ligeramente con el soplo del viento. Un poco más allá, asomaban los primeros tallos, fuertes, altos, vigorosos, de los girasoles, cuyas rubias cabezas seguían el trazado que en lo más alto dibujaba el astro rey.

-Yo creo -dedujo Andrea con la respiración entrecortada a causa del esfuerzo de pedalear- que si sueltas los roedores en el campo de girasoles con el fin de que se coman las raíces y hojas, el propietario tendrá nuevos motivos para emplear pesticidas, y las abejas se envenenarán otra vez, y tú tendrás parte de culpa, porque si este agricultor siente su cultivo agredido, utilizará los medios químicos de que dispone sin ningún escrúpulo.

Isabel la miró indiferente, sorda a cualquier opinión que contradijera sus planes. ¿Qué sabían las chicas de ciudad de los manejos que se dan en los pueblos y aldeas, donde la vida rústica jamás ha sido cosa de coser y cantar, sino de arrimar el hombro una y otra vez?

Se bajó de la bici y se puso a andar con precaución, la máquina cogida del manillar como si se tratara de un borrico, en tanto que las ruedas rebotaban con las piedras y la jaula de alambre no cesaba de brincar, alborotada. Dijo al cabo:

-Me da igual que siga usando pesticidas. Estos roedores harán su vida aquí, en medio de los girasoles, trazarán innumerables galerías, se procrearán, destruirán las raíces de las plantas y Dionisio se morirá de rabia. Tanto mejor. Voy a causarle destrozos donde más le duele: en la cosecha.

También Andrea se había apeado de la bici. Ahora que estaban cerca de su objetivo, los girasoles las rodeaban por todas partes como si se hubieran metido en un bosque bizarro. Isabel desató la jaula, dejó caer en el suelo la bici; tras lo cual, liberó los animales, que salieron en estampida, desapareciendo entre los tallos. Se respiraba un aire denso de vegetación ardiente, con temperaturas comparables a las que despide un horno en pleno fragor de llamas.

 

45. EL REGRESO A CASA DE DON MANUEL

 No tardaron en dar media vuelta hacia el colmenar, pues todo buen estratega sabe que no conviene permanecer más de lo estrictamente necesario en zona enemiga. Isabel, que algo había oído acerca del mal genio del señor Dionisio Cañas, se temía incluso el uso de la escopeta si acaso las divisaba rondando en sus dominios con intenciones que el agricultor muy bien podía presumir que no serían buenas para sus intereses. Así que montaron sobre sus cabalgaduras metálicas y abandonaron el campo de girasoles con toda la fuerza de sus pulmones y el ritmo frenético de las pedaladas. Depositaron al cabo las bicis en el hangar, donde la lechuza cazadora había desaparecido, puesto que el calor no dejaba ni respirar y más valía dormir la siesta a la sombra de una higuera. Se fueron al salón, donde sus padres seguían liados en viva plática, animada por el vino o la cerveza.

Ignacio observó a Andrea con los ojos vidriosos y la cara como un tomate. Una sonrisa de animal complacido afloró a sus labios mojados por la espuma blanca. Por su parte, Manuel contemplaba a su amigo el comercial con el aire ofuscado de quien anda sobrado de razones, pero que tropieza con la dificultad de hallar las palabras justas que expresen a la perfección lo que desea decir, sin dar lugar a los equívocos que tanto suelen entorpecer el diálogo.

-Señor, señor -dijo Manuel Cañete- Ignacio, me congratula que hayan escogido a la Granja San Lorenzo para llevar a cabo el proyecto de lanzar al mercado caramelos de chocolate con sabor a miel; pero esa loca idea de que yo contribuya en los gastos del Ateneo, que a mí la verdad ni me va ni me viene, vamos, vamos, por favor. ¡Ya te he dicho cientos de veces que para mí la poesía se encuentra en el campo, en la vida misma, no necesita ni de muletas, ni de poetas o poetastros, ni de concursos que la sostengan! Si los poetas dan alas a sus versos, lo único que van a conseguir es que salgan volando por las ventanas. ¡Cuánto aborrezco a los mercachifles del arte! -Acto seguido, se volvió hacia su hija y, cambiándole la cara, le preguntó:- ¿Dónde habéis estado, que venís tan sudorosas?

-Hemos salido a dar una vuelta con las bicis -repuso sonriente Isabel, en tanto que Andrea trató de disimular su sonrojo fijando la mirada en las baldosas.

-Hummm... -alegó Manuel- Con estos calores, era fácil que atraparais una insolación. No volváis a cometer semejante locura. ¿Estamos...?

Por toda respuesta, Isabel agarró un botijo puesto sobre el poyete de una ventana y sació la sed con un hermoso trago. El agua trazaba un arco de plata en la atmósfera tibia, algo pegajosa, del salón. Invitó luego a su compañera a beber otro trago, cosa que la madrileña no dejó de hacer, gustosa.

-Está muy bien que nuestras empresas colaboren en un proyecto donde ambas obtendrán cuantiosos beneficios -dijo Ignacio-; pero debes admitir que todo tiene en la vida una contrapartida. No puede ser que te lleves un par de millones a casa, ¡viva mi morena!, y que te niegues a aportar unos pocos billetes en favor de una causa que, digas lo que digas, es oportuna, interesante, prometedora, benéfica para la imagen de Guadalajara.

-¡Ya estamos, ya estamos con el discurso patriotero mal entendido! -exclamó, ofuscado, el apicultor; mientras tanto, don Ignacio le daba de nuevo a la botella para ponerle más mecha a sus argumentos en pro del concurso literario.

Las dos muchachas se miraron de reojo y, por vez primera, sonrieron ufanas, transmitiéndose una alegría que los adultos nunca alcanzarían a entender.