Dafne transformándose en laurel 

[48] Ignacio se puso a relatar en detalle los episodios del encuentro con el apicultor:

-La verdad es -dijo- que tuvimos discurso para rato: el señor de la casa nos invitó a comer en compañía de su esposa e hija, Isabel, que tendrá la edad de mi Andrea. Al parecer, han hecho buenas migas, porque últimamente las veo por todas partes, se meten en el cuarto de mi chiquilla tardes enteras. ¡Y no quieren salir de allí! Se pasan las horas escuchando música, cantando, riendo, leyendo... Eso sí, mis reservas de chocolate están sufriendo un asedio continuo, continuo... ¡Esto no puede seguir así! ¡Los de la fábrica me van a decir que me he vuelto extremadamente goloso!

Ignacio advirtió muy pronto la cara de susto de su única oyente, irritada con el tono de confidencia que habían tomado sus palabras; pero el comercial necesitaba desahogarse, halló frente a su dama una ocasión ideal para liberar algo del peso que tanto lo agobiaba.

-Ignacio -protestó Josefina-, todas esas minucias me las contarás más tarde. Ahora al grano, al grano... Que para eso estamos aquí. ¿Hubo acuerdo o no hubo acuerdo? ¿Conseguiste del apicultor algún compromiso o promesa de colaborar en los gastos del Ateneo?

La mirada de Josefina resultaba en ocasiones dura, fría, tan segura de sí que diríase que jamás había puesto en duda la calidad de su persona. Pero no pudo o no quiso notar este detalle Ignacio, quien no veía en ella sino la mujer de sus sueños, el no-va-más de las virtudes femeninas, llegando a colmar sus expectativas en cuanto atañe a la imagen de la Mujer. ¡Pobre Ignacio! ¿Acaso no afirman, y con razón, que el amor es ciego?

-Pues... -declaró suspirando- No hubo acuerdo... Y eso que por mi parte hice cuanto estaba en mi poder: le propuse un trato de índole comercial, quiero decir, que sugerí la posibilidad de que nuestras firmas, La Campana por un lado y La Granja San Lorenzo por el otro, colaborasen en el proyecto consistente en lanzar al mercado unos caramelos de chocolate con sabor a miel. Pero... ¡Nada que hacer! Este buen señor no piensa soltar un duro para que haya concurso de poesía.

Entonces Josefina se dejó llevar por la desesperación y, clavando una mirada colérica primero en Ignacio, luego en el manojo de cuartillas que había sobre la mesa, las atrapó para romper en mil pedazos los versos ya escritos, interrumpiendo así, resquebrajando así su primeriza labor poética. La escena se parecía bastante a la que el otro día había interpretado Andrea a propósito del manuscrito sobre la Antártida; si bien es cierto que las razones que habían movido a ambas a tomar tamaña decisión eran absolutamente distintas: la madrileña lo había hecho por un profundo y repentino desengaño, mientras que la dama alcarreña no hacía sino obedecer al ciego impulso provocado por la frustración de no lograr los laureles de la fama.

[Fin de la 1ª parte de: 'Los años felices de Ignacio Calderón Ibáñez']