[6] El padre Alfonso era algo más que el confesor de Josefina Rubio, era su padre espiritual, amigo, confidente, consejero de la dama alcarreña. Desde las últimas semanas andaba ésta preocupada, enojada, irritada por nonadas que moverían a risa si no fuera por la persistencia y el tono -a veces dramático- de tales obsesiones, causa de un profundo malestar que ni siquiera la compañía de Ignacio era capaz de aliviar. El padre Alfonso podía ser la persona que aliviara esta carga arrastrada por la pobre viuda, aprendiz de poetisa. Poseía un talante dulce, afable, que contrastaba con el corpachón de lobo de mar que la naturaleza le había otorgado; pero las manos suaves, grandes, cálidas, delataban un carácter lleno de simpatía y de conmiseración para con los fieles: el padre Alfonso amaba a todos por igual, grandes y chicos, fuertes y débiles, poderosos y humildes. Tenía la cara redonda, los ojos chicos, negros y luminosos, las cejas pobladas, la frente salpicada de líneas que recordaban los extensos y regulares campos de cultivo, la boca pequeña y la nariz algo chata y roja, siendo éste el defecto de su fisonomía que peor llevaba, porque en su fuero interno temía que lo tomaran por un diablo de borrachín, cuando la realidad era que este cura de ciudad solo probaba el vino durante el oficio litúrgico (y por imperativo de la Santa Madre Iglesia, que así lo exigía). Junto a la pequeña iglesia donde ejercía su labor pastoral había una prolongación del edificio que a él le servía de morada, compuesta de una entrada o vestíbulo, dos habitacioncitas, una cocina con ventanuco y barrotes, y un a modo de patio o corral, donde tenía plantado su cuadrado de lechugas, tomates y patatas. Por el contrario, se negaba a dar cobijo a media docena de gallinas y, menos aún, a una colonia de palomas, que hubieran echado todo a perder con sus excrementos. Una de las dos habitaciones servía a la vez de sala de estar, de comedor y de recibidor: allí había una mesa con hule y jarrón de flores en el centro, un sillón de cuero negro, un espejo con marco dorado -de cuerpo y medio- colgado en la pared, y un mueble vetusto y oscuro, repleto de cajones, con candelabros de latón y figuras de santos (San Patricio, San Antonio, San Eulogio) adornando la plancha de mármol. Se respiraba un olor a naftalina, a cerrado, a incienso permanente, como si la nave de la iglesia trasladara a través de la puerta de madera que servía de vaso comunicante los efluvios que la fe inalterable de los parroquianos ha ido depositando en la Casa del Señor.