Interior de la iglesia de Santa María de Mave (Palencia)
[7] A este rincón sagrado de la ciudad llegó Josefina Rubio una tarde de mediados de julio. Hacía una semana que la visita del afamado escritor había pasado a la Historia sin pena ni gloria, como suele decirse, dejando en los lugareños una sensación de frío, a pesar de las fuertes temperaturas, pues muchos debían admitir que no habían entendido gran cosa de lo dicho durante el acto cultural. ¿Ocurría siempre así? ¿Se quedaba la mayor parte del público sin la posibilidad de apreciar el jugo de los debates que allí se daban?...
Pero Josefina Rubio sí que había comprendido (tal vez, demasiado) que nunca sería tan famosa como esa figura venida de la Corte, de porte campechano, José Manuel del Prado y Collado, que había bajado la tarima con ínfulas de ministro y el aire solemne de las personas importantes. Ella, en cambio, ni siquiera había logrado ponerse a la altura de Álvaro Montilla, personaje que -aunque desconocido en muchas partes- gozaba en su lugar de no poca fama y estima. Las señoras lo saludaban en mitad de la calle, dejando sus quehaceres para luego; los hombres charlaban con él cuando paraba en algún café a tomar una copa, siempre metido en ese traje blanco, ridículo, que le daba un aspecto juvenil. Ella pasaba por la calle y nadie la reconocía, salvo las personas que no le interesaba conocer: antiguas amistades de su difunto marido, quienes la saludaban, malhumorados, con leve inclinación de cabeza.
Cierto que ella detestaba las reuniones bullangueras, la algarabía fastidiosa, los festorros de la madrugá, cuando las multitudes se reúnen con motivo de un evento cualquiera. Pero de ahí a que su vida se hubiera convertido en un lúgubre y oscuro anonimato...
¿Qué le estaba pasando?, se dijo, ¿por qué ya no se conformaba con el género de vida que había llevado hasta ahora? Una vida dulce, tranquila, reposada...
Empujando suavemente (a esas horas, sabía dónde localizar al cura de su parroquia) la diminuta puerta sin necesidad de llamar, se coló en una pieza sumida en la penumbra, con las persianas bajadas para hacer soportables los ardores del estío. El padre Alfonso dormitaba con las manos en el regazo; no llevaba sotana, sino que vestía como cualquier humilde paisano de los alrededores, la cabeza ligeramente apoyada en un hombro.
-Padre -susurró la creyente-, ¿le molesto?
El padre Alfonso abrió los ojos, al tiempo que salía de su letargo con un leve estremecimiento. Exclamó: «Hija mía, ¡cuánto me alegra verte de nuevo por aquí! ¡Pasa!» Y Josefina obedeció, dejando la puerta entornada, pues así era como la había encontrado al llegar.


lasrecetasdeteresa
25 sep 2009 | 06:12 PM
Muy bonita foto, bueno haber que pecados tiene Josefina. Feliz fin de semana Jo. Besitos
Jo
26 sep 2009 | 07:41 AM
Ya anuncio que nos quedaremos sin conocer los pecados de Josefina, por respeto a su intimidad y a su conciencia, pero un charlita con el cura, eso sí oíremos.
Feliz finde,
Jo
odys
26 sep 2009 | 10:58 AM
Yo creo, y sin que sirva de precedente, que lo que doña Josefina necesita es un buen revolcón...
merce-hola
26 sep 2009 | 03:46 PM
Jajjaja mira con odus adelantandonos acontecimientos :-)
Jo
26 sep 2009 | 03:47 PM
Estoy de acuerdo con Odys, pero yo no mando en mis personajes, son ellos los que deciden.