[8] Se despabiló el padre Alfonso: la hora de la siesta había concluido con la aparición de Josefina. Le agradaba recibir a las visitas ofreciendo una taza de menta o de tila que infundiera calor y serenase los ánimos. Con harta frecuencia, las personas que iban a su encuentro fuera de la misa experimentaban angustias que no conseguían exteriorizar. Por lo común, se trataba de personas frágiles, o fragilizadas, perseguidas por el infortunio de unas circunstancias a menudo odiosas o incluso terribles.

¿En tal situación se hallaba Josefina Rubio? ¿Presa de una ansiedad galopante, que difícilmente podía contener? Pero, ¿a qué se debía este hondo pesar, este naufragio del alma, que iba a hundirla en el fondo de la desesperación, o a encallarla en la zozobra del desaliento? Al padre Alfonso le bastó echar una breve ojeada escudriñadora sobre la dama para percatarse de la gravedad del momento. Apreciaba a la viuda de Casimiro Díaz, antiguo comerciante de muebles, que había dejado a su consorte con qué vivir tras su paso por este mundo de desdichas, luego de una larga enfermedad. De ambos conservaba estupendos y memorables recuerdos; ahora que la señora se había quedado sola -hacía un año que debía de guardar luto, aunque no se mostraba nada escrupulosa en lo que atañe a esta costumbre-, no había cesado de acudir a su misa de once, de encender una vela en el altar mayor, de rogar ante la capilla de María del Socorro porque el mundo mejorase, cambiase de rumbo, se disolvieran los pesares en un soplo o respiro de felicidad.

-Cuéntame, hija mía, ¿cómo te va? -dijo el sacerdote, al tiempo que colocaba sobre la mesa de hule las tazas, las cucharillas y el azucarero de porcelana, y ponía en el fuego un cazo con agua para preparar la infusión.

Josefina suspiró ruidosamente:

-Así, así... -se dejó caer en una silla-. Los tiempos no son tan malos como para arrojarse por una ventana; pero tampoco son tan buenos como para echar las campanas al vuelo. En el Ateneo tuvimos la visita del escritor; pero seguimos sin gozar de nuestro concurso: no hay fondos ni modo alguno de conseguirlos. La gente se aprieta el cinturón más ahora que cuando había hambre, al terminar la guerra. Y eso que los expertos anuncian años de bonanza para la economía española. Los políticos se frotan las manos, porque consolidar nuestra democracia equivale sobre todo a asegurar el bienestar de ellos, el de los políticos, dejando de lado -por supuesto- a la ciudadanía. ¡Bah!, no me creo el cuento de la política.

El padre Alfonso la miró de hito en hito: la notaba de pésimo humor; por consiguiente, era normal que echara pestes contra todo lo habido y por haber. Meneó la cabeza, dando a entender que poco podía él por mejorar el panorama. Josefina captó el mensaje de resignación; suspiró de nuevo antes de fijar la mirada en un punto de la pared desnuda, desprovista de imágenes.