[10] Durante la segunda parte de la entrevista, propuso el padre Alfonso a Josefina que asistiera a las reuniones parroquiales, donde no tenía más que apuntarse a uno de los muchos talleres que allí se organizaban: estaban las Amigas de la Devoción de María, que tejían bordados para la Virgen, ayudadas de las hermanas del convento de las Carmelitas; estaban las Devotas de la Pasión de Cristo, maestras en el arte de preparar confites y dulces de navidad; estaban Las Hermanas de la Caridad, quienes socorrían tanto a los enfermos del hospital como a los huéspedes de la cárcel. ¿Por qué no encontraba ella en cualquiera de estas asociaciones benévolas un sentido práctico a su vida, dejando de lado los pensamientos obsesivos, las manías que la hacían sufrir e impedían que disfrutara de un reposo benéfico por las noches?
Josefina asintió con una leve inclinación de cabeza, sin despegar los labios. ¿Por qué no...? Quizás allí residía el remedio a sus males: fomentar la vida social, ocuparse de los pesares ajenos antes que de los propios, batallar con las desgracias que azotan a la comunidad de vecinos, olvidándose de las insulsas preocupaciones de quien no tiene nada mejor que hacer que leer los gruesos tochos de la biblioteca del Ateneo.
No obstante, Josefina no las tenía todas consigo. Intuía que aquél no era el camino a seguir. ¡Cómo le hubiera gustado ver realizado un homenaje a su labor creadora, la obtención de un galardón literario, el reconocimiento oficial de su talento como poetisa, pues ella se consideraba antes que nada ─y sobre todo─ una artista de la palabra pulcra, divinamente reflejada en armoniosos versos!
Pero, por falta de un espíritu colectivo y social, por la obsesión de la ganancia y la acumulación de riquezas, ¡Guadalajara seguía privada de un concurso! Y ella, que no disponía de tanto dinero como para remediar esta falta, no podía sino clamar al cielo en silencio, en absoluto silencio, puesto que su voz poética no había conseguido llegar a ninguna parte, no había salido nunca del borrador o las hojas sueltas donde había sostenido (¡bien que lo sabía ella!) heroicas batallas con el arte de componer versos.
En esta maraña se había metido su pensamiento, cuando sonó la increíble pregunta, insólita pregunta, del padre Alfonso:
─Hija mía, ¿no te sientes algo sola en este mundo? Recuerda aquella frase proverbial de la Biblia: «No es bueno que el hombre esté solo.» Y yo añado de mi propia minerva: «Y menos aún, la mujer.»
Josefina trató, azorándose, de responder enseguida:
─¡Oh no, padre Alfonso! ¡No me siento en absoluto sola! ¡Tengo muchos amigos que me apoyan y sostienen en los momentos delicados! ¡En el Ateneo, por ejemplo, realizamos todos juntos, codo con codo, una labor encomiable en pro de la cultura! ¡Allí paso ratos estupendos, acompañada de muy buenos amigos, empezando por el mismo director de la institución, don José González Izquierdo!
Pero el entusiasmo con que había pronunciado estas últimas palabras la había delatado; el párroco coligió por fin cuál era el fondo del problema, la raíz de su mal. Con voz paternal, dijo:
─El hogar que te ha dejado en herencia tu difunto esposo, Casimiro Díaz, me parece demasiado grande para ti. El Señor no quiso daros una descendencia para que llenara con sus juegos y alboroto tan amplias salas, tan cómodas y espaciosas habitaciones. Yo sé (porque así me lo han contado ciertas personas de confianza, y si no me lo han contado, lo adivino yo solo), que muy pocas personas frecuentan tu casa. ¡Nadie, incluso! Hija mía, haces muy bien en respetar la memoria de tu marido por los siglos de los siglos, amén. Pero, ¿acaso vale la pena cerrar tu puerta a toda presencia que no sea la tuya? ¡Oh no, eso no, Josefina! ¡No te encierres en tu casa, no te aisles del mundo como si éste tuviera la lepra! ¡Vive y deja que los demás se acerquen a ti!
Fue entonces cuando el padre Alfonso se levantó de la silla, dio la vuelta a la mesa y ─con el ánimo de dar más fuerza a su plática─ apoyó una mano sobre el hombro de la dama, deseando transmitir así su fraternal simpatía hacia la pobre viuda. Pero ésta sintió el roce como un chispazo molesto, como una quemadura que le azuzó el alma. Averiguó, entonces, por qué le había molestado la fina insistencia de Ignacio Calderón Ibáñez, su absurda pretensión de conquistarla. ¡Ocurría que no soportaba, o soportaba muy mal, el contacto de la carne, el roce de una piel con otra piel! Era algo que le había empezado a suceder años antes de que su marido sucumbiera a causa de la enfermedad. Había llegado incluso a detestar la presencia de ese hombre en su cama.


lasrecetasdeteresa
4 oct 2009 | 04:24 PM
Bueno Jo creo que el padre Alfonso la quiere consolar y de que forma. Jejeje. Besitos.
Jo
4 oct 2009 | 05:19 PM
El padre Alfonso tiene toda la razón, dio en el clavo.
Feliz domingo
merce-hola
5 oct 2009 | 05:11 PM
Un buen consejo le da el padre... :-)