[14] Para terminar de completar el cuadro, nos queda por señalar que Roberto había encontrado domicilio en una casita de paredes blancas, corral con palomero en desuso, y cuarto de baño en un rincón del patio. El propietario vivía en Madrid, pero ─atacado por la nostalgia─ planeaba pasar los fines de semana en su lugar de origen; el inconveniente lo planteaba la casa heredada de los padres, que estaba prácticamente en ruinas, con el techo demolido y los muros rajados de parte a parte. Como no tenía dinero para emprender las obras, encontró un arreglo con la figura del inquilino: éste se comprometía a poner en condiciones la casa, asumiendo él los gastos de albañilería que de ello se derivasen, a cambio de la gratuidad en el alquiler. Roberto, que vio en este acuerdo una bendición caída del cielo, pues cerca estaba de irse a vivir bajo un puente, no se conocía en el oficio de albañil. Pensó que ya se las arreglaría conforme se presentaran los enigmas en materia de ladrillos. Con esto, recogió sus bártulos y se fue a vivir a la casita en ruinas, último residuo de otros tiempos en que las labores del campo ocupaban a más del setenta por ciento de la población. La primera vez que visitó aquellas lúgubres pertenencias se quedó con el pomo de una puerta en la mano, se le vino encima una ventana que quiso abrir, a punto estuvo de partirse la crisma por culpa de un agujero que había en medio del pasillo. Salieron alborotadas las palomas, revolotearon como mariposas negras los murciélagos, hubo de vérselas con un avispero que había levantado su nido de celdillas en el alero de la parte posterior de la vivienda. ¡Toda una odisea entrar allí y no salir despavorido! Roberto Cabrales se armó de paciencia y de valor; nada tenía que temer de animales y objetos, las personas acaparan ellas solas todo el peligro que uno pueda imaginar. Al día siguiente salió a inspeccionar los alrededores. Su plan consistía en realizar un recuento de las obras que en la ciudad se efectuasen en aquel entonces, a fin de agenciarse ─con nocturnidad y alevosía si fuere necesario─ cuantos sacos de cemento y arena, útiles del oficio, ladrillos y tejas precisara para llevar a cabo su tarea. No se trataba de un simple hurto, sino del legítimo recurso a la supervivencia, como bien estipulan los libros de Derecho y demás zarandajas, que a él, la verdad sea dicha, le traían sin cuidado.

Se puso manos a la obra.

La primera pared que quiso levantar se le vino a los pies, haciéndoselos polvo, pues no le había dado tiempo de dar el oportuno salto hacia atrás.

La segunda pared que acometiera no se derrumbó como un castillo de naipes, esto es cierto; pero quedó tan torcida que más parecía una burla del destino que el trabajo serio de una persona honesta. Por suerte, se correspondía con la del corral; unas matas aquí, un arbolito allá disimularían el desaguisado.

Se vio con ánimos de reconstruir la ventana que había quedado hecha pedazos el mismo día de su llegada. Un poco más y se guillotina los dedos con el serrucho. Por lo demás, el marco quedó tan descuadrado que hubo de renunciar al empeño de ajustarlo en el agujero de la pared.

Por último, viendo que no se le daba tan mal eso de levantar muros y poner suelos, la emprendió con el tejado, pero con tanto miedo de caerse que al final se cayó, y en la caída se llevó consigo la mitad de la casa que aún se mantenía firme, porque la otra mitad había cedido al desgaste del tiempo.

Como remedio a sus males, se hizo con los servicios del desarrapado Antonio Delamina, quien no sólo le prestó una mano sino todas las que le hicieran falta, a cambio ─eso sí─ de su amistad, protección y compañía.