[27] Pasaron algunos días. Antes de que Ignacio tuviera confirmación de que Andrea se quedaba o no se quedaba a vivir en su casa, recibió una invitación formal de la parte de Josefina, la cual deseaba que su «mejor» amigo en el Ateneo acudiese «un día de estos» a su casa, donde sería obsequiado con una taza de café, unos pastelitos de hechura casera, servidos en bandeja de plata, y una conversación amena, inteligente, gracias a la cual pasarían ―aseguró la dama― una tarde inolvidable.

Lo primero que pensó don Ignacio, colgado del auricular como estaba, fue: «A Josefina le ha cambiado el tono de la voz; se ha vuelto meloso, afable, ¿qué estará tramando?»

Acto seguido, se dijo que sus pronósticos se habían confirmado: las mujeres siempre dicen «no» al principio; y luego, ¡vaya usted a saber por qué!, cambian de parecer, acceden a comulgar con ruedas de molino.

¡Cuán acertado estaba él y qué equivocada su hija en la discusión que tuvieron a propósito de la carta que doña Josefina le había enviado a él, su galán y, de pronto, feliz pretendiente! Con una sonrisa donde apenas cabía su regocijo, aplaudió la propuesta de Josefina; dijo que sí con voz vibrante de entusiasmo; se apresuró en fijar una fecha para tan señalado reencuentro.

Doña Josefina, acostumbrada a tomarse las cosas con calma, aventuró una fecha algo lejana: el domingo siguiente, a eso de las cinco de la tarde, lo esperaba en su casa sita en la calle de... Ignacio contó mentalmente los días que faltaban: ¡todavía le quedaban cuatro jornadas de soltero empedernido! Y después de la visita... ¡sólo el Señor sabía lo que iba a ocurrir!