[28] A Andrea le agobiaba la idea de vérselas con su madre cuando le anunciase por teléfono su plan de vivir en Guadalajara. Doña Rosario era una mujer de hábitos fijos, inamovibles, tan encaprichada con las personas como con los muebles que decoraban su piso de El Bercial: quería verlos siempre en el mismo sitio; su sola presencia la reconfortaba a ella, que adolecía de falta de confianza desde su más tierna infancia. Le bastaba con tener la certeza de que al abrir la puerta encontraría la cocina en su sitio, el salón en el suyo (sin que el ficus puesto en un rincón se hubiera movido un ápice), y a Andrea también allí, sentada frente al televisor o enfrascada en una lectura dentro de su cuarto. Que alterasen este decorado lo más mínimo representaba para ella una tragedia de enormes proporciones, un desastre que amenazaba con romper los cimientos de su vida, el orden que ella se había fijado a lo largo de los años.

En este orden doméstico no podía faltar su adorada Andrea, su hija del alma, de quien tan orgullosa y ufana se sentía, pues año tras año sacaba excelentes calificaciones, se llevaba por delante las asignaturas que tantos quebraderos de cabeza provocaban en los demás alumnos, ninguno de ellos tan aventajado como su chiquilla, la dulce y aplicada Andrea, si hasta los maestros le auguraban una fulgurante carrera como escritora.

¿Cómo iba a convencer a esta mujer de que valía la pena alejarse de ella para pasar un año junto a su padre? Terrible dilema. En su fuero interno, la intrépida joven no hallaba las palabras con que hacer frente a la más que probable oposición materna.

Los días pasaban, monótonos. Don Ignacio aguardaba mudo e impaciente el desenlace. No obstante, había tomado la resolución de no dar prisas a su hija, confiado en que el tiempo jugaba a su favor, persuadido también de que Andrea no daría con el modo de salvar el difícil obstáculo que representaba doña Rosario.

Así pues, don Ignacio supuso que después de tan agitado período las aguas volverían solas a su cauce: no había más que esperar el oportuno grito de su ex mujer (por una vez, convertida en su aliada) para que a la niña se le bajaran los humos.

Andrea, por su parte, se figuraba lo que iba a suceder una vez su madre estuviese al corriente de la noticia: Gritos... Sollozos... Lamentos... Ese negarse a entrar en razones, desoyendo cualquier propuesta que contradijera las preferencias de una madre egoísta.

¿Cómo iba a resolver este grave obstáculo a su deseo de abandonar Madrid por una temporada?

Acudió Andrea, con su angustia, a consultar el parecer de Isabel. Tal vez su amiga vislumbrara una solución ante el jaleo que ya se preparaba en casa de los Ibáñez. La hija del apicultor escuchó en silencio el asunto que tanto preocupaba a la madrileña. Tras lo cual, le propuso (con sonrisa entre inocente y pícara) que fueran a reflexionar sobre el caso con un amigo suyo, don Augusto Montes, un ermitaño que vivía dentro de una cueva, a las afueras de Guadalajara.