El majestuoso vuelo de Romeo
[33] Esta última declaración de don Augusto Montes no sorprendió ni poco ni mucho a la buena de Andrea, quien ya se figuraba cuál sería el colofón a las palabras del sabio. ¿Quién sino ella para prever la reacción de su madre al enterarse de sus propósitos de abandonar el nido que la viera nacer y crecer? La joven suspiró amargamente, como si la montaña sobre la que reposaban sus pies se viniera abajo. ¿Qué otra cosa podía hacer en aquellos momentos de desamparo? Isabel la consoló con la mirada; tampoco ella disponía del remedio eficaz, la panacea frente a los tejemanejes de propios y extraños. Volvió el viejo a dar mil pasos dentro de la guarida; parecía un oso enjaulado, mascullando una solución que intuía fuera de su alcance. La luz, fortalecida por una mañana vigorosa y espléndida, se extendía por la campiña, tal un manto majestuoso de temblorosa nieve; se había colado por las rendijas y claraboyas, dando a la estancia un aspecto sombrío de catedral, en cuyos rincones chisporrotean los mil y un cirios encendidos con motivo de la devoción a María.
El viejo ermitaño detuvo sus pasos y, alzando la frente para contemplar a las chicas, retomó el hilo de su discurso:
—Es cierto que tendrás que regresar a tu barrio de El Bercial más pronto que tarde, donde reharás tu vida: un nuevo curso escolar te espera a la vuelta de la esquina, en cuanto asome su rostro cariacontecido ese otoño de tan mal genio como peor talante. Tu madre irá a lo suyo; tú irás a lo tuyo; y aquí paz y luego gloria. Lo que me falta por decirte es que lo conseguirás, conseguirás adquirir un buen pulso en el manejo de la pluma, de tu puño y letra saldrán espléndidas páginas, memorables relatos, interesantísimas narraciones, que te darán fama y gloria dentro de muy poco. No olvides lo que te he dicho antes a propósito de El Persiles, la magna obra de Cervantes. En lo que atañe a la práctica diaria de la escritura, ten cuidado con los adjetivos, son necesarios pero peligrosos: si no pintan nada, o pintan más bien poco, no dudes en borrarlos de un plumazo. En cuanto a los sustantivos, dales todo su valor: son ellos los creadores de tu ideario artístico, con los cuales levantarás el universo de ficción que te bulle en la cabeza. ¿Qué decir, por último, de los verbos? Sin ellos no hay acción, no hay movimiento. Pero debes aprender a matizar y escalonar su uso, creando una perspectiva donde quepan el pasado, el presente y el futuro. Y no abuses, no te conviertas en una fiel servidora del gerundio, que actúa como un atajo para llegar más pronto a la idea, pero a veces es mejor recorrer el camino oficial, con todo lo largo y tedioso que pueda resultar al principio. Hasta aquí mis consejos para que llegues a ser una gran escritora (aquí, una pausa de algunos minutos, en la que suenan el canto de los pájaros y el batir de alas de los insectos «de oro»). Todo esto que te acabo de decir concierne a la técnica. Pero no olvides una verdad esencial: la «forma» ha de ser completada con un «contenido» que merezca la pena; para que este contenido valga la pena, has de darle un impulso vital, un aliento, un sincero latir humano, ese circular la sangre por todos y cada uno de tus párrafos, de manera que lo que escribas esté impregnado de verdad, de honda y cálida emoción. Sin esto, podrás manejar la técnica a las mil maravillas, no importa, todo cuanto escribas no valdrá lo que un bostezo. Existen muchas maneras de lograrlo (no olvides que cada maestro tiene su librillo). A mí se me ocurre una que te puede ser útil: intenta meterte en la piel del otro, como antes has hecho con tu madre. Cuando veas una golondrina, no la mires: viaja con ella, mueve las alas con ella, «sé» ella misma. Cuando descubras en lo alto de una tapia el gato del vecino, no observes cómo enrosca la cola y se sienta sobre sus patas traseras: respira con él, mira a través de sus ojos felinos, «sé» el gato que estás observando. Este ejercicio te permitirá viajar por el tiempo y el espacio, transformada en todos los personajes que desees (aquí el anciano asceta cerró los ojos, concentrado en sus propias sensaciones). Ahora soy —susurró de pronto— un ave blanca que agita majestuosa las alas, siento cómo se desliza el aire a través de mi cuerpo
suave y ligero como un suspiro, las corrientes invisibles me llevan, me orientan, me guían por ese mapa del cielo, donde siempre encuentro mi camino... Ya llego, ya estoy llegando a donde vosotras...
No hubo acabado la frase, cuando oyeron el grito de una lechuza. «¡Romeo!», exclamó Isabel antes de salir afuera a recibir el ave que era su mascota, su compañero de aventuras en medio de la campiña guadalajareña. La blanca rapaz llegó a tiempo para posarse dulce, majestuosamente, en uno de los hombros de su ama.





lasrecetasdeteresa dijo
Pobre Andrea, creo que no le ha dicho nada que no supiera, al fina se viene para Madrid, bueno hay una cosa buena que le ha dicho, sera una buena escritora y famosa, algo es algo. Tengo la sensación que en el ultimo minuto se quedara en Guadalajara, con sus amigos. ya se vera. Besitos.
1 Noviembre 2009 | 03:42 PM