La suave ladera y el repentino vuelo azul
[34] A pesar de la contrariedad que las revelaciones del ermitaño aportaban en la vida de Andrea, salieron ella y su compañera contentas de la gruta, felices al considerar que disponían de una jornada completa, donde el sol acabaría encaramándose a lo más alto, dejando caer sobre la faz de la tierra sus fervientes rayos, sus ardientes brazos de rey que gobierna en el firmamento con la leve oposición de las nubes, las cuales sólo aciertan a tapar su poderío de tarde en tarde. Ninguna nube asomaba por el horizonte; daba igual que mirasen hacia oriente u occidente: el cielo aparecía de un azul blanco, límpido.
Se habían despedido de don Augusto Montes, no sin agradecerle las hermosas palabras que el caso de Andrea había suscitado en la imaginación del viejo ermitaño. Para ellas, ese adelantarse al futuro, ese predecir lo que iba a pasar con serena resignación no tenía precio: justificaba con mucho la escalada a la cueva, donde finalmente tuvieron que reconocer que en contra de las apariencias el ermitaño no estaba solo en el mundo, sino rodeado por todos los seres de la Creación, que eran infinitos, puesto que había aprendido a comunicar con ellos por extrañas formas que ningún otro ser humano había logrado dominar.
—¿Qué te ha parecido la opinión del sabio? —le preguntó Isabel en cuanto terminaron de bajar la pendiente, la cual ofrecía más dificultades que en la subida. El ave blanca había retomado el vuelo tras dejarse acariciar y mimar por Isabel, quien le hablaba al oído y velaba por ella como si fuera la niña de sus ojos. No en vano, la hija del apicultor la había criado desde que era un polluelo recién salido del cascarón; hacía de esto unos siete años.
—Me ha parecido increíble —contestó Andrea—; yo no sé hasta qué punto debo dar crédito a lo que he oído en la cueva de don Augusto; pero lo cierto es que esta visita me ha dejado una sensación de dulce armonía (y diciendo esto, acudieron algunas lágrimas a sus ojos), una sensación de bienestar que mitiga el saber de buenas a primeras que nunca podré quedarme a vivir en esta ciudad encantadora. ¡Y eso qué importa! Viajaré con la imaginación, convertida en Romeo, hasta donde tú estés, hasta estos campos de Guadalajara, hasta el piso de mi padre: desde la distancia, guardaré el contacto con vosotros.
Isabel había notado por el timbre de la voz la emoción que embargaba a su amiga; quiso alegrarle aún más el día...
—Vamos a comprobar ahora mismo si es verdad eso que ha dicho don Augusto: vamos a fijarnos en algún pájaro que pase sobre nuestras cabezas y, en vez de contemplarlo con ojos envidiosos, «seremos» ese pájaro que vuela, el ave que se aleja sólo Dios sabe dónde.
Las dos amigas detuvieron el paso; cesó de oírse el vaivén de las mochilas a sus espaldas; alzaron las frentes, recibiendo así sobre sus rostros el tibio calor de la mañana. Buscaban la presencia de una V mágica en el cielo. Una V que se agitara y temblara como una menuda barca visible apenas entre las olas.
Y cuando hubieron avistado una V pequeñita, se lanzaron cogidas de la mano en frenética carrera a través de los campos de cereales, las rayas de los sembrados bajo sus pies. Pero no era el suelo lo que ellas pisaban, el duro terreno con sus piedras, baches y trampas, sino el aire transparente, suave y ligero como un soplo. Lo habían conseguido: se habían puesto a volar. Hasta que una piedra en el camino las devolvió al suelo con todo el estrépito de una caída. ¡Qué risa les entró cuando se vieron tumbadas en medio del campo de cereales, de cara al infinito azul!






fdez_barrio dijo
LA IMAGINACIÓN NOS DA EL PODER DE HACER TODO AQUELLO QUE DESEAMOS, QUE PENA QUE SIEMPRE HAYA UNA PIEDRA QUE NOS DEVUELVA A LA REALIDAD.... HAY QUE DISFRUTAR DE LOS SUEÑOS MIENTRAS DURAN...
UN BESO
2 Noviembre 2009 | 12:31 PM