La corbata a rayas de don Ignacio Calderón Ibáñez

[35] Don Ignacio se miraba delante del espejo, miraba y remiraba esa prenda que otorga el título de «don» al más pintado. Y no le convencía cómo quedaba el nudo, cómo se dejaba caer (tal el badajo de una campana) ese trozo de tela que adorna el cuello y la pechera de las camisas. Si no fuera porque el tiempo apremiaba ya hubiera revuelto la mitad de los cajones, sacado otras camisas, otras corbatas, otras chaquetas que mejor se acomodasen a su estado de ánimo. Porque Ignacio Calderón se sentía agitado, insoportablemente agitado: cuando hubiera terminado de ajustarse aquella prenda díscola, y rociado sobre su bien peinada cabellera gris unas gotas de colonia, y lavado con oloroso jabón otra vez sus manos blanquecinas, como para refrescarse el alma, no le quedaría otro remedio que atravesar el salón de su piso para dirigirse a la salida (a la calle), donde tomaría la dirección de la vivienda de Josefina Rubio Álvarez, con quien tenía cita a eso de las cinco de aquel soleado domingo.
Quizá Andrea —que estaba encerrada en su cuarto, seguramente leyendo vaya usted a saber qué tocho— podría darle el visto bueno a su fachada, aprobar la pinta que con tanto esmero había ido ajustándose al cuerpo el comercial de chocolates.
Tras salir del cuarto de baño para cruzar el corredor, se puso a llamar con los nudillos en la habitación de su hija. No hubo respuesta. Aplicó el oído en la madera, intrigado con aquel silencio, aquella falta de respuesta que no se esperaba. Dejó pasar algunos segundos antes de volver a poner los nudillos sobre la blanca puerta, cuyo pomo dorado, tan resplandeciente como una alhaja, le hizo sonreír de orgullo: ¡Qué limpio y brillante lo tenía todo en su casa!
—¿Andrea...? ¿Puedo pasar?
—Pasa —contestó desde el otro lado una voz apagada.
El buen hombre empujó la manivela y se introdujo en el cuarto de su hija: las persianas estaban echadas; la cama, sin hacer; se oían las notas al piano de una sonata de Beethoven, conocida por los amantes de la música clásica con el nombre de «patética». La joven estaba sentada, enfrascada en la lectura de un libro a buen seguro ameno.
—¿Qué lees? —preguntó don Ignacio.
—Una obra que me recomendaron el otro día... Se trata de El Persiles, la última novela que escribió Cervantes.
—¡Ah, El Persiles! ¡Estupendo, me encanta que leas al caballero Cervantes, el genial manco de las letras! Ahora, aparta un momento los ojos de las páginas y dime qué tal aspecto presenta tu padre; me va la vida en ello; de aquí a un rato, tengo cita con la señora Josefina; como le falle en algo, ya me puedo ir despidiendo del paraíso de las mujeres. Así que sé justa, pero severa, en tus apreciaciones. ¿Qué opinas de esta corbata que me he puesto?, ¿casa o no casa con la camisa? ¿Y la chaqueta, qué opinas de esta chaqueta negra?
Andrea posó sobre don Ignacio sus delicados ojos marrones, los cuales evocaban sin ella pretenderlo tanta sinceridad y gratitud para con la vida misma, que uno sentía el choque de la emoción al tropezar con esa vívida e inocente mirada. Al fin, contestó:
—¡Pero qué guapo ha quedado mi padre! Esa señora, o señorita; ya me voy acordando de ella, ejem... ¡Josefina Rubio!, la famosa aprendiz de poetisa, caerá rendida a tus pies, fulminada por la flecha de Cupido en cuanto aparezcas por su casa con esa camisa y corbata tan elegantes. Papá, desde mi punto de vista «femenino» te concedo mi aprobación: puedes salir tranquilo en busca de tu amada; no te dirá que no.
Ignacio Calderón, que sospechaba la burla bajo el elogio aparente, no se dignó en replicar. Dándose por satisfecho con lo que había oído, dio media vuelta hacia el espejo del cuarto de baño, frente al cual daría los últimos retoques a su silueta.




merce-hola dijo
Muy Don es Don Ignacio :-)
3 Noviembre 2009 | 04:35 PM