La vivienda de Josefina Rubio
[36] Vivía Josefina Rubio en una finca de tres plantas para ella sola, en pleno casco antiguo. Su linda morada de ladrillo rojo, balcones negros y vetustas ventanas con cortinas blancas hacía esquina por dos lados: estaba ubicada en una plazoleta cuadrada con fuente en medio, debajo de cuyos caños saciaban su sed los gorriones y palomas que por allí pasaban. Muchas de ellas se quedaban a tomar el sol junto a las paredes de las casas, o bien se posaban sobre los respaldos de los bancos de madera, solitarios siempre, salvo cuando alguna pandilla de jóvenes ocupaba la zona, con estruendo para los del lugar. Esto sacaba de quicio a Josefina Rubio; por fortuna su casa era grande, del lado del patio le llegaban mitigados los ruidos de la plaza; cuando pasaba el afilador con su moto-taller, pregonando su servicio con la ayuda de un silbato, se enteraban hasta las piedras; cuando algún que otro chatarrero anunciaba su presencia a grito pelado, también las piedras se daban al fin por aludidas; pero estos oficios poco a poco iban desapareciendo, casi nadie se acordaba ya de que en otro tiempo hubo un granjero que vendía la leche llenando los cazos de las comadres en las mismas puertas; hubo también un peregrino comercial de muebles, que sacaba las sillas, los armarios y las mesas de su viejo carro y, aunque no había mueble que no cojease, los colocaba en fila india en mitad de la acera, ante la mirada atónita de los vecinos. Aquellos oficios y menesteres que ella había conocido de niña habían sido reemplazados por los grandes almacenes, las supertiendas «abiertas al gran público», donde todo cabía y todo se vendía, y todo se comercializaba: no hacía falta ir más lejos para adquirir hasta lo más insospechado, aseguraban los prospectos de la publicidad, que por aquel entonces comenzaba a invadir los buzones con la insolencia de quien se cree dueño de un coto privado de caza.
Don Ignacio, que ya llegaba a su destino, lanzó una ojeada a los pájaros posados en los baldosines rojos; pero, sin que hubiera sonado ninguna voz de alarma ni se hubiera levantado ningún aire fresco, agitaron las alas y uno tras otro se alejaron volando hacia la torre de la catedral, visible desde allí. Don Ignacio volvió a llevarse las manos al nudo de la corbata, que le apretaba hasta el punto de causarle agobios. Sobre todo, no deseaba transpirar; si acaso acudía un poco mojado donde su amada, ¿qué pensaría ella? A don Ignacio le dieron escalofríos. Se detuvo en un portal con dos aldabas de latón y, casi en estado de embriaguez, se puso a aporrear la oscura madera. Uno, dos golpes; con eso bastaba.
Al cabo, se abrió una ventana del primer piso y asomó la cabeza tintada de color caoba de Josefina. «¡Allá va!», exclamó con sonrisa bastante mitigada. Era la llave metida en un calcetín de lana para que no se rompiera. Así la dama se ahorraba el esfuerzo de bajar las escaleras para abrir el portal.
Don Ignacio comprendió al instante. Recogió del suelo el calcetín hecho una bola, de donde sacó la llave que encajaba perfectamente en el agujero de la cerradura.




merce-hola dijo
Un portero automatico muy eficiente :-D
5 Noviembre 2009 | 03:41 PM