El recibimiento
[37] El vestíbulo era ancho, si bien algo oscuro. La luz procedía del fondo de un largo pasillo, donde aparecía una puerta de cristales que daba acceso al patio. A ambos lados de la pared había dos solemnes puertas de madera, con felpudo a los pies, llamador dorado y placa pulida con esmero, en la que podía leerse con letras góticas: «Despacho de Abelardo Quintanar, doctor en leyes de la gentil y noble Guadalajara.»
«Así que, dedujo nuestro hombre, Josefina alquila los bajos de su vivienda a un gabinete de abogados. ¡Y luego se queja de que le falta dinero!»
Las escaleras se hallaban al fondo del pasillo, justo antes de topar con la puerta de cristales. Aquel espacio olía a humedad, estaba mal aireado; pero la docena de escalones conservaba el lustre y la finura del mármol; eran amplios y la barandilla, de madera. Las paredes estaban pintadas de un azul decadente, desconchadas en las zonas más oscuras. En conjunto, ofrecía el vestíbulo una sensación de lánguida tristeza.
Pulsó la luz y subió con parsimonia al rellano, donde Josefina, elegante y pelirroja, aguardaba el momento de recibir a su invitado con suave apretón de manos y discreta sonrisa. Llevaba un vestido blanco de tirantes, con collar de perlas majórica adornando el cuello de alabastro, pulsera de oro en ambas muñecas y sortija con su verde rubí en el anular de la mano derecha. Se había pintado (¡oh, portento) los labios de un rosa pastel; el polvo en las mejillas daba relieve a un rostro acosado por la severidad de una mirada sin encanto, pues los ojos se hundían demasiado en las cuencas y las gafas de concha disimulaban el feroz brillo de las pupilas de un marrón claro. La nariz era correcta, pero la frente pecaba de amplia y abultada, las arrugas se paseaban por ella ajando los primores de su marchitada juventud.
Don Ignacio, insensible a estos detalles de la apariencia, estaba por quitarse el sombrero a fin de celebrar la hermosura de su dama; pero recordó que no lo traía consigo. En cambio, la corbata le apretaba cada vez más el cuello inundado de gotas. ¡Y él, que se había propuesto acudir a la cita sin haber transpirado en el camino! ¿Qué habría pensado Josefina al descubrir que sus manos estaban húmedas de sudor?




merce-hola dijo
Haber la reacción de Josefina :-)
5 Noviembre 2009 | 04:03 PM