El salón principal

[38] Los nervios estaban a flor de piel: había que disimularlos como fuera. La pareja evitaba con sumo cuidado el choque de las miradas. ¡Oh, espanto, si acaso el otro adivinaba que uno se sentía perdido, sin saber qué decir, qué hacer en una situación tan engorrosa como aquélla!
Porque pasaba que Josefina no lograba borrar la sonrisa postiza, idéntica a la de un maniquí que luce en el escaparate de la tienda sus encantos de cera. Tampoco Ignacio hallaba las palabras con que salir airoso del atolladero.
¡Nervios, nervios que humedecen las manos, embotan la lengua, aprietan la garganta, entorpecen los pies, empequeñecen el traje, o bien agrandan el cuerpo, de manera que uno se siente prisionero de su propio vestuario! ¿Cualquier cita de amor engendra un suplicio así, a todas luces insoportable?
En aquellos instantes de torpe proceder y miedos abismales, don Ignacio maldecía la hora en que había quitado su casa, bien peripuesto (creía él), para reunirse con esta señora, encorsetada; aunque debía admitir que no había perdido aún la gracia femenina, esa belleza aristocrática que a los ojos del comercial la distinguía del resto de las mujeres guadalajareñas: ninguna como Josefina en el andar gracioso, con pasos de enigmática dama de las camelias; ninguna como ella en el hablar comedido, ricamente pausado, digno de una madame de Sévigné. Ya no había duda: Ignacio Calderón se postraba a los pies de su dama. «¡Imposible poner un remedio a esto!», hubiera exclamado Augusto Montes, de haber estado al corriente.
Reuniendo fuerzas de flaqueza, obteniendo la inspiración de las mismas palabras de don Alfonso, el cura de su parroquia, Josefina tuvo la feliz ocurrencia de conducir a su invitado al salón, cuyo techo adornado con una araña de cuentas de vidrio que imitaban diamantes, estaba a más de tres metros del piso de parquet, entonces un privilegio para la mayoría de los hogares.
Altísimas cortinas blancas vestían las paredes empapeladas con líneas verticales, rojas y blancas. Detrás de las telas surgían cuatro ventanales, por donde se filtraba la luz de la plazoleta cuadrada. Los muebles serían de caoba, todos oscuros, grandes y macizos; apenas bastaban para llenar la estancia, que era inmensa. A trechos, cubría el parquet una serie de alfombras orientales de tan costoso precio como enrevesada filigrana.
Ignacio se decía mientras andaba sobre el blando tapiz hacia una mesita de servicio, estilo persa, que ocupaba un rincón de la sala: «¡Esto sí que es lujo!, ahora entiendo por qué tanta reticencia de la parte de esta señorita a mis pretensiones de conquistarla!» Y a todo esto, Josefina, que veía en la expresión del hombre los deslumbres de su propia casa, iba recuperando el aplomo y la serenidad que hacía unos minutos había echado tanto a faltar.




lasrecetasdeteresa dijo
Hola Creo que sigue enamorado como cuando era joven, espero que ahora consiga lo que en otros tiempos no consiguió. Besitos
6 Noviembre 2009 | 07:52 PM