El barón de Las Encinas
[40] Algunos minutos de más necesitaron para caer en la cuenta de que no eran unos desconocidos, sino que previamente habían mediado entre ellos palabras de amistad, cartas de amor y favores más o menos encubiertos. Y aunque todo aquello hubiese quedado en agua de borrajas, era tiempo de volver la página, infundir la cuarta velocidad a aquella relación prometedora que no terminaba de cuajar. Poco a poco, sin embargo, las dos almas fueron congeniando, amoldándose la una en la otra, como si hubieran nacido nada más que para ese fin.
La conversación no perdió su punto de discreción; pero fue ganando en naturalidad: quedó libre de las formalidades, que actuaban como cepos o redes del pensamiento. Al fin don Ignacio se sintió a gusto en casa de Josefina; al fin Josefina pudo mirar a su galán con expresión dulce y afable. Parecía una matrona dando por adelantado el visto bueno a las travesuras de su retoño. ¡Y cómo había cambiado su actitud en comparación con las otras semanas! Ya no era la enérgica y pretenciosa poetisa que centraba sus proyectos en la elaboración de un concurso literario.
La mujer que ahora Ignacio tenía delante había sabido resignarse, recoger sus alas de princesa, renunciar a las irrealizables ambiciones de altos vuelos.
—Muy pronto mi empresa me enviará de paseo a alguna parte de España. Imposible averiguar por el momento el lugar concreto y la fecha. Josefina, sinceramente te lo digo, me gustaría que me acompañaras en esa próxima excursión por las diferentes regiones de la Península. Si la última vez fue Sevilla la ciudad que me tocó visitar, y mi hija la persona que me acompañara, tú serías la siguiente en preparar el equipaje para viajar conmigo a donde quiera que me manden los de La Campana.
Esta proposición llegó después de que hubiesen tocado una infinidad de temas... La canícula de julio, los libros, el panorama político, las obras previstas para ensanchar Guadalajara, el mapa turístico de la provincia, las relaciones con otras capitales vecinas. Y, de repente, Ignacio saltaba con aquello.
De vez en cuando sonaba del techo un ruido seco de pasos amortiguados. Al visitante no le cupo duda de que alguien más había en esa casa. Pero, ¿quién? Tenía entendido que Josefina Rubio vivía sola desde que su marido había muerto a consecuencia de una enfermedad ligada con el corazón (un cáncer del ventrículo, había oído decir). Entonces, ¿quién más podía vivir allí, en el último piso de la finca? Don Ignacio alzaba, intrigado, la vista; la dama parecía no oír, encontraba el modo de no darse por aludida...
Y eso que el estruendo procedente del techo iba en aumento; a los pasos atolondrados, siguió una serie de voces enfermizas: gritos de una discusión. ¡Diablos!, ¿qué podía significar aquello?, se decía don Ignacio, que no salía de su asombro.
Después de una barahúnda fenomenal, en la que parecía que el inmueble se vendría abajo, exclamó por fin doña Josefina, con tono de desdén y gesto despectivo de la mano:
—Se trata de mi tío, el barón don Enrique Rubio de Las Encinas, último descendiente de una familia de rancio abolengo. Está un poco chiflado; es el último pariente que me queda con vida. Esta casa pertenecía a su hermano, mi padre; hasta que yo la heredé, y luego me casé. Nunca he salido de estas cuatro paredes que ves aquí. Mi obligación es acoger al barón hasta que se muera; pero no puedo ocuparme de él; no tengo ni tiempo ni facultades para ello; una enfermera, la señora Amalia, se ocupa de él noche y día. Seguro que mi tío el barón le estará gritando por alguna nadería de las suyas; no prestes más atención, amigo Ignacio. En cuanto a esa idea de viajar contigo por tierras de España, me parece muy bien. Tú eres para mí un amigo de confianza. Y yo hace mucho que no veo otro mundo que el que representa Guadalajara; ya es hora de cambiar de aires.
Y diciendo esto terminó de apurar su segunda taza de café. Ignacio imitó este gesto, feliz con lo que acababa de oír. Entonces, era cierto que habría viaje de novios, luna de miel con una mujer que resultaba ser sobrina de todo un barón ilustre, ¡el barón de Las Encinas! Don Ignacio no cabía en sí de gozo. Con la taza en la boca, clavó los ojos en la araña que colgaba del techo de escayola; mientras tanto, los de arriba seguían liados en su alboroto.




lasrecetasdeteresa dijo
Que bien esto esta tomando un giro muy bueno, de momento se marcha con el que no es poco. Me gusta. Besitos
8 Noviembre 2009 | 03:40 PM