Vida y milagros del barón de Las Encinas
[41] En sus años mozos, el barón de Las Encinas fue lo que se denomina un «calavera», esto es un personaje alborotador, risueño y despistado, de esos locuelos que en cada esquina encuentran una ocasión para liarla parda; siempre acompañado de unos amigos tan jaleantes como él.
Enrique de las Encinas había sido engendrado en las altas esferas sociales, y esto quería decir que todo le estaba permitido: donde la ley le ponía un freno, el dinero le despejaba el camino para actuar a su guisa, porque de lo que se trataba era de divertirse, aun a costa del erario de la familia; por algo había nacido rico y noble, pensaba él.
Y con estos principios no poco descabellados, fue matando a disgustos a su madre (una pobre mujer que vivía a la sombra de la autoridad del cónyuge), esquivando los intempestivos bramidos de un padre «abierto a las novedades del progreso», pero que no había sabido educar al hijo con un mínimo de rigor; muy al contrario, parecía sentirse orgulloso de las calaveradas del muchacho. ¿Acaso él no había sido igual de joven? ¡Que la juventud se divierta, ya tendrá tiempo de sentar la cabeza!; y de este modo, cuanto afirmaban las palabras lo contradecían los hechos de un padre demasiado permisivo.
Y bien que supo sacar partido de estas contradicciones el hijo avispado, el mayor de los tres que había tenido el matrimonio de Las Encinas: a su hermano Julián lo tenía por tonto, incapaz de desprenderse de las faldas de mamá; a su hermana Elisa la juzgaba timorata, algo imbécil, crédula en asuntos de religión y de hombres. En fin, un caso perdido.
Y como se consideraba el mayor, el más listo, el más sano, el más guapo, el más fuerte de los hijos, obró en consecuencia: hizo de su capa un sayo, se rodeó de amigos «nada recomendables», aprendió a darse de bofetadas con el primero que le tosiera en su afán de conquistar las calles y plazas de la muy noble Guadalajara.
¿Unos estudios para él...? No, no... Que el segundón, Julián, apechugara con el peso de los libros.
¿La carrera de militar le convenía? ¿Y cómo...? ¿Acaso estaba él dispuesto a dejar su reino para alistarse en un ejército...? ¡Un millón de veces diría que no a esto! El padre hubo de renunciar al fin al proyecto de los galones.
¿Alejarlo del ambiente donde se había criado de manera que aprendiera a valerse por sí mismo, sin gastar ni saquear el patrimonio familiar? Sí, pero al cabo de unos meses acababa volviendo: quizá más calavera que antes, más ávido devorador de fortunas ajenas.
El padre dejó este valle de lágrimas sin gozar de la ocasión de ver a su hijo corregido. La madre lo siguió en su viaje de ultratumba. Cuentan que sus últimos años fueron un continuo ir y venir de su casa a la iglesia, de la iglesia a su casa. Se había vuelto extraordinariamente devota. Esta manía por «las cosas de la religión» fue lo único que heredaría Josefina Rubio Álvarez de la estirpe de Los Encinas, aparte la casa, como ya hemos dado a entender.





lasrecetasdeteresa dijo
Hola Jo En esa época había niños de papa no estudiaban no hacían nada con su vida solo divertirse y cuando les falto el padre, todo el capital se vino a bajo, por que estas personas no estaban preparadas para nada ni siquiera sabían mandar. Eran los señoritos. Eso le paso al varón de encinas. Besitos
9 Noviembre 2009 | 02:30 PM