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La Coctelera

alalzada

10 Noviembre 2009

Adelaida, la yegua blanca

 

[42] Tres desafortunados sucesos mayores contaba el barón a lo largo de su vida:

El primero acaeció una vez cumplidos los veinte años. Durante una temporada fue gran aficionado de la equitación. Contrató los servicios de un apuesto caballero francés, originario de Narbona, quien le enseñó el arte de montar a caballo, cabalgar al trote o al galope, manejar las riendas y poner pie a tierra sin dejarse la salud en el intento. El joven jinete aprendía con facilidad; su espíritu se embriagaba al sentir sobre el rostro el aire de los prados, lanzado a velocidad de crucero sobre un animal más dócil y manejable que un guante de lana. El maestro sonreía, satisfecho, sospechaba que su pupilo no apretaba con suficiente antelación las espuelas, en caso de peligro; pero este defecto se corregiría con el tiempo, no había para qué insistir en ello. Enrique de las Encinas se portó por dos meses como un hijo ejemplar; fue el tiempo que necesitó para engatusar a los de su familia, convencerlos para que compraran una preciosa yegua blanca, que fue bautizada con el nombre de «Adelaida».

Al cabo de una semana ocurrió lo del accidente: ya entonces el intrépido alumno había despedido al caballero galo, pues opinaba que estaba capacitado para proseguir sus conocimientos sin la ayuda de nadie. Por esta razón el francés quedó fuera de toda responsabilidad: nadie le echó en cara que hubiera enseñado mal el difícil arte de montar a caballo.

A consecuencia de la aparatosa caída que sufrió, tuvo que operarse en diez ocasiones de la cadera, la cual había quedado bastante estropeada. Pero los cirujanos no fueron lo suficientemente hábiles, el muchacho iba a cojear el resto de su vida. Adelaida tuvo más suerte; de la tapia donde había caído con el jinete salió indemne. El padre pudo venderla así por un precio interesante, ya que se trataba de un animal de raza.

El segundo contratiempo sobrevino veinte años más tarde. El padre acababa de fallecer; había llegado el momento de acudir a la notaría para leer el testamento. ¿Y qué leyó allí el señor notario? Nada de lo que hubiera imaginado el mayor de los hijos: como castigo a su conducta «lamentable» (decía el documento), donaba el caserón de la familia, sito en..., al segundo de los hijos, Julián, puesto que de los tres había sido el único en casarse y tener una descendencia (Josefina). Elisa se había metido a monja y renunciado a sus privilegios en tanto que hija de un barón. Enrique, cojo y todo, nunca había dejado de ser peor que un calavera, una calamidad. Salió de aquel despacho furioso. No se lo podía creer, su padre lo había ¡desheredado!

Según estipula la ley en estos casos, daba al mayor como compensación de la pérdida de la casa una magra cantidad de dinero. ¡Eso era todo cuanto podía esperar de la herencia!

Nunca le perdonaría semejante agravio a su padre; se lo figuraba riéndose a grandes carcajadas dentro de la tumba. Así pues la venganza había caído sobre él en el último segundo, tal un mazazo de albañil.

La tercera contrariedad que hubo de sufrir a lo largo de su vida, fue consecuencia de la primera: Enrique se encaprichó como el que más de los coches en cuanto estos alcanzaron una gran notoriedad. No ansiaba sino ponerse al volante de uno de ellos, el que fuera más veloz, más potente, más vertiginoso.

Una o dos veces trató de pasar el control médico. ¡Nada que hacer!, la cojera heredada de sus locos años de juventud lo inhabilitaba para el manejo de un vehículo a motor, cualquiera que éste fuese.

Una o dos veces también trató de sobornar a las autoridades administrativas. ¡Imposible! Su defecto se hacía demasiado evidente; nadie arriesgaría su puesto en la oficina dando la cara por él.

Don Enrique de Las Encinas, el barón de Las Encinas, tuvo que contentarse con ver pasar, rauda como el viento, la Civilización desde su ventana. Las alas que había tomado el progreso quedaban de este modo fuera de su alcance. Las personas que lo trataban a menudo afirman que desde entonces su carácter se fue agriando, volviéndose irascible, colérico, irritado por el vuelo de una mosca en su habitación.

servido por Jo 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

merce-hola

merce-hola dijo

Si que ha pagado caro el ser un calabera :-)

10 Noviembre 2009 | 04:03 PM

mily ------------------------------------

mily ------------------------------------ dijo

En parte me dá pena Don Enrique, está claro que los errores del pasado se pagan con creces, pero más lástima me dá la pobre yegua, vamos que darse un lechugazo por un tipo mal criado que no sabe apreciar la pureza de semejante yegua.....

ABRAZOS

10 Noviembre 2009 | 06:09 PM

Jo

Jo dijo

Por suerte para la yegua, no termina mal parada, porque fue vendida y no sufrió lesiones en la caída. Supongo que caería en buenas manos, al ser un caballo de raza.

10 Noviembre 2009 | 06:48 PM

Jo

Jo dijo

Sí que lo paga caro, Merce, pero que no se queje, porque en su vejez es recogido por su sobrina. Parece que esta solo obra movida por la caridad.

10 Noviembre 2009 | 06:49 PM

lasrecetasdeteresa

lasrecetasdeteresa dijo

Lo dicho los señoritos malcriados. Besitos

11 Noviembre 2009 | 05:28 PM

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Charleville, Francia
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Mi pasión son los libros. Podía haberme dedicado a la pintura o a escalar montañas una tras otra. Lo que he hecho ha sido tenderme a la sombra de un membrillo y ponerme a leer. Uno de mis pasatiempos es abrir la página de un libro al azar y transcribir un fragmento. Esto es lo que voy a hacer ahora. Cojo el libro y... "En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y a todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia." Cervantes, Novela de las dos doncellas. Cátedra, letras hispánicas. clasificados
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