La entrada en escena del barón

[43] Antes de abandonar la casa de Josefina, Ignacio pudo conocer al barón de Las Encinas. Salían al rellano con las palabras de la despedida, cuando sintieron unos pasos procedentes de las escaleras que daban al piso superior. Giraron la cabeza para descubrir al personaje, un vejete que aparentaba cien años, tan decrépito era su aspecto, lleno de arrugas, tembloroso, encorvado y vestido con una bata de invierno de un rojo tirando a morado. Cuatro pelos en la cresta le quedaban de lo que en otro tiempo debió de ser una abundante cabellera negra, majestuosa cuando el viento la azotaba al galopar sobre su yegua blanca por los montes de Guadalajara. El rostro dibujaba un rictus amargo: parecía solidificado en su expresión, como si mantuviera al vivo su eterno enfado, día y noche, siempre mascullando penosos comentarios, groseras interjecciones de niño mal criado. Con él estaba una mujer grande, de unos cuarenta años, maciza, de bucles dorados, ojos verdes, expresión altiva a pesar de las barrabasadas de su paciente; no la dejaba respirar un segundo. La enfermera le ayudaba a terminar de bajar los escalones de mármol.
El barón deseaba tomar la merienda en compañía de su sobrina, a quien no apreciaba en absoluto; pero para el anciano cualquier excusa era buena con tal de incordiar. Doña Amalia insistía con lo de que «la señora tenía una visita; mejor no bajar las escaleras; además, a sus años no podía continuar subiendo y bajando como si fuera un saltamontes.» Al barón le había irritado que lo comparasen con un saltamontes, de ahí la precedente escena de gritos que los amigos habían oído desde la primera planta.
—Ya ves, —dijo la sobrina con tono resignado— querido Ignacio, una no puede estar tranquila en su propia casa.
—¡Ah, bribona! —exclamó el viejo—. ¡Y cómo te gusta restregarme a la cara que estás en casa ajena! ¡Este suelo que pisas no te pertenece! ¡Bien me la jugasteis tú y tu padre! Pero Dios es sabio, ¡allá en el cielo hará justicia!
Escupía al hablar, movía los brazos como un demente; Ignacio advirtió los espumarajos de la rabia feroz; lo sintió mucho por su amiga, pues debía soportar a ese adefesio hasta que quisiera morirse; pero no, no se moría...
—¡Y tú, pillastre! —continuó el viejo, esta vez dirigiéndose al invitado—, ¿también quieres robarme lo que por derecho es mío? ¡Nunca lograréis echarme de esta casa! ¡Ah, bribones, fuera de aquí los dos! ¡Fuera de aquí los tres! ¡Tú también, enfermera, enfermera loca, no te quiero, no me haces falta!
Y siguió vomitando palabras, insultos, furibundas exclamaciones...
Ni doña Amalia ni la sobrina juzgaron oportuno interrumpir semejante cúmulo de disparates. Daba la impresión de que hablaba solo: nadie le hacía caso, nadie se tomaba la molestia de replicarle con algún exabrupto.
Don Ignacio Calderón abandonó la antigua casa del barón de Las Encinas con amarga desazón, como si hubiera probado el elixir de la cicuta, el mismo que acabó con la vida de Sócrates. Él no era el gran pensador griego, pero había adivinado que bajo la opulencia de aquel caserón se había mascado la desgracia, el pesaroso vivir humano. ¿Seguía amando a Josefina Rubio a pesar de tantos inconvenientes? ¿Estaba dispuesto a subir con ella al altar, único modo de gozar de su compañía para siempre?
Don Ignacio movió ligeramente la cabeza. Sí, sí, por su noble dama bien valía la pena sortear los obstáculos, igual que si participara en una carrera de caballos. Además, era de suponer que el viejo se moriría tan pronto como se presentara el invierno.
Y, con la firme intención de proseguir el asedio hasta que un «sí quiero» coronase sus trabajos de galán, anduvo el camino de vuelta a casa.
Fin de la 2ª parte





merce-hola dijo
Pobre Josefina que mal plan tiene :-)
11 Noviembre 2009 | 03:45 PM