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La Coctelera

alalzada

12 Noviembre 2009

El prólogo de El Persiles

[1] El prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, la novela de Cervantes, encierra un gran misterio: el mismo autor anticipa su muerte, la cual tuvo lugar ─en efecto─ tres días después de haber mandado a la imprenta su libro. Esta increíble profecía no ha pasado desapercibida a los críticos; pero, habiendo juzgado El Persiles como una obra de escaso relieve, no le han prestado mayor atención.

A Andrea le había chocado, por el contrario, el final de este prólogo, fechado en abril de 1616; para ella se trataba de un enigma que había quedado sin resolver.

Creo que vale la pena copiar íntegro el texto de Cervantes, persuadido de que los lectores gozarán con su lectura:

«Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.

Llegando a nosotros dijo:

-¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.

A lo cual respondió uno de mis compañeros:

-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.

Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo:

-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!

Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:

-Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.

Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:

-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.

-Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.

En esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.

Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.

Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.

¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!»

No sé cuántas veces leyó estas páginas memorables la intrépida hija del comercial de chocolates. Muchas, sin duda, tratando siempre de descifrar el secreto: ¿Qué había querido dar a entender Miguel de Cervantes? ¿Qué es lo que quiso revelarnos y, finalmente, por falta de tiempo, ya que su vida se agotaba, quedó sepultado en el silencio?

El último párrafo supone, pues, una despedida en toda regla, una despedida de la vida y de los lectores presentes y futuros, con quienes el autor de Alcalá de Henares se da cita en el más allá:

«¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!»

Andrea Calderón López elaboró un sinfín de teorías al respecto: Seguro de haber alcanzado la inmortalidad, el autor de El Quijote nos invitaba a reunirnos con él en «la otra vida»; contento (pues había cumplido aquello para lo que había sido predestinado), se despedía de esta vida terrenal, cruel y lastimosa, para pasar a otro nivel de existencia, donde la felicidad estaba al alcance de la mano: la felicidad no era sino el fruto prohibido, sólo se disfruta de ella en el paraíso de una vida fuera de esta vida; ya sabía Cervantes justo antes de morir que su obra sería célebre: durante «luengos» años las gentes hablarían de las fazañas de sus inmortales personajes.

Andrea conjeturaba todo esto, vislumbraba su parte de verdad; pero al mismo tiempo intuía que se había quedado sin desvelar el «secreto».

Por fin, después de muchos días de elucubración, advirtió que se le había presentado la ocasión de aprovechar las enseñanzas del ermitaño de la cueva de Guadalajara, don Augusto Montes. ¿Y si se metía en la piel de uno de los personajes de la ficción cervantina? ¿Y si se colaba en el escenario madrileño? ¿Y si viajaba a través del tiempo y el espacio con el fin de asistir a los últimos días de don Miguel de Cervantes Saavedra?

En tanto que propósito literario, ¡no estaba mal! Andrea experimentó una fuerte sacudida, su espíritu se revolucionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica: iba a escribir un relato donde ella tomaría el papel del estudiante «pardal», el mismo que fue al encuentro de Cervantes cuando éste se hallaba a la sazón a las puertas de Madrid (y de la muerte).

servido por Jo 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

merce-hola

merce-hola dijo

haber que tal le va de escritora :-)

12 Noviembre 2009 | 05:00 PM

mily ------------------------------------

mily ------------------------------------ dijo

SI QUE HE DISFRUTADO CON LA LECTURA. ECHABA DE MENOS A ANDREA.
RESPECTO A SEGOVIA, E COLGADO UN POST CON FOTOS EN MI BLOG DE AVE FX.

ABRAZOS

12 Noviembre 2009 | 05:39 PM

charlitox

charlitox dijo

Esto promete... Me recuerda a "El Código da Vinci" o "El último Catón" sin querer caer en odiosas comparaciones...

Creo no obstante que el pasaje de Cervantes tiene lugar entrando en Madrid, pues yo vivo precisamente entre los (las) puentes de Toledo y Segovia...

Salu2

12 Noviembre 2009 | 05:54 PM

Jo

Jo dijo

Gracias mil, Charlitox, pues creo que tienes razón: los hechos acaecen entrando en Madrid, no en Toledo, como yo había supuesto.

Hará las oportunas correciones,
Jo

12 Noviembre 2009 | 06:32 PM

Jo

Jo dijo

Jeje, creo que Andrea dará de qué hablar largo y tendido.

Echaré un vistazo a esas fotos de Segovia.

Un beso
Jo

12 Noviembre 2009 | 06:34 PM

Jo

Jo dijo

Andrea será una gran escritora: se lo ha pronosticado un ermitaño, y no puede fallar.

Un beso
Jo

12 Noviembre 2009 | 06:35 PM

lasrecetasdeteresa

lasrecetasdeteresa dijo

Bueno Jo no puedo ni faltar un día pues ale llego y ya tengo para un rato de lectura. Yo también estoy de acuerdo que Andrea sera una gran escritora. Besitos

15 Noviembre 2009 | 06:47 PM

Jo

Jo dijo

Tiene delante de sí todo un proyecto. Ahora no tiene más que tomar el hilo y seguirlo.

15 Noviembre 2009 | 07:09 PM

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Charleville, Francia
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Mi pasión son los libros. Podía haberme dedicado a la pintura o a escalar montañas una tras otra. Lo que he hecho ha sido tenderme a la sombra de un membrillo y ponerme a leer. Uno de mis pasatiempos es abrir la página de un libro al azar y transcribir un fragmento. Esto es lo que voy a hacer ahora. Cojo el libro y... "En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y a todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia." Cervantes, Novela de las dos doncellas. Cátedra, letras hispánicas. clasificados
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