Los preparativos del viaje imaginario
[2] Le asustaba dar el primer paso, colarse de polizón en el siglo XVII, la época de los monarcas altivos, de los nobles poderosos e influyentes, de la Corte espléndida, y de la Inquisición, que tanto respeto imponía entonces.
Cualquier ciudadano de a pie podía ser enviado a tormento, acusado de heterodoxo o de «traicionar el dogma católico».
Lejos, muy lejos quedaba la era de las máquinas tragaperras, el avión, la grúa y la producción en cadena de todo un arsenal de aparatos eléctricos.
En el siglo XVII Europa había declarado la guerra al turco. España estaba exhausta. Cuando no eran los hombres, que se mataban entre sí, una epidemia exterminaba familias, diezmando la población en el espacio de cinco años.
En Abril de 1616 Cervantes había vivido mucho, viajado por toda Europa, conocido Italia, Portugal, Flandes... En dos ocasiones lo habían encerrado en el calabozo; cinco años estuvo prisionero en Argel. Había tratado con los más afamados escritores de la Corte: Félix Lope de Vega y Francisco de Quevedo, quienes lo tenían en poco, algo así como un «escritor de poca enjundia». Para los sabios de entonces sólo contaba la literatura seria, la de carácter didáctico, moral, filosófico o religioso; la de «entretenimiento» no valía gran cosa, estaba hecha para divertir al vulgo si acaso éste sabía leer, pues no todos (por no decir, muy pocos) habían disfrutado de la ocasión de aprender.
Como sucede en nuestros días, a la sociedad del Barroco le importaban las apariencias: el «qué dirán» pesaba tanto en los modos de vida que nadie osaba salir a la calle sin haberse puesto el sombrero de plumas, la capa de amplio vuelo y el cinto que sujetaba la espada a la cintura. ¡Eso sí que eran maneras! Los caballeros se batían por honor, confesaban sus amores platónicos mediante versos enrevesados, que nadie entendía, e iban a misa los domingos y fiestas de guardar. Quien más y quien menos, tenía la despensa llena, la mujer en su casa, los hijos en el campo y las aves en el corral...
Andrea siguió buscando por las bibliotecas historias acaecidas en los años que quería visitar. Se informó de los pormenores de la vida en la Corte de Felipe III. Se enteró de los avatares políticos, económicos, sociales que marcaron las dos primeras décadas del XVII. Pero toda esta documentación no le sirvió de gran ayuda: le atemorizaba dar el gran salto, meterse en «la piel del estudiante pardal» para componer una narración ambientada en los tres últimos días del gran políglota español, el manco de Lepanto.

La batalla de Lepanto




lasrecetasdeteresa dijo
Ya veo que Andrea se seta preparando de lo lindo. No me extraña que estuviese asustada. Besitos.
15 Noviembre 2009 | 06:59 PM