[3] Una noche soñó con la escena que describe Cervantes en su prólogo de El Persiles. Era mediados de octubre, el curso escolar llevaba un mes comenzado; había tenido que volver a su barrio de El Bercial, conforme había pronosticado Augusto Montes.

De hecho, ni siquiera había ofrecido resistencia a la negativa de su madre, la cual dijo que quería tenerla todo el invierno a su lado cuando Andrea le había revelado su plan de permanecer un año en Guadalajara.

Se despertó a eso de las cinco de la mañana, consciente de que no volvería a conciliar el sueño: había llegado la hora de plantarse delante de la hoja para componer esa historia que tantos quebraderos de cabeza le estaba causando. Se instaló en la mesa del escritorio, con el pijama aún; alumbró la lámpara del tablero; echó una ojeada distraída a la ventana de la calle, sumida en la más completa oscuridad. Imaginó que los barrenderos municipales saldrían muy pronto con sus carritos y escobas a recorrer las calles mojadas de la madrugada.

Por fin dejó correr la pluma, ligera y graciosa como una alondra que atraviesa el cielo...

«Hoy he conocido a Miguel de Cervantes. El autor de El Quijote estaba frente a mí, a pocos metros del puente de Toledo. Lo veía montado en un caballo marrón, ¡qué aspecto tan cansado ofrecía el pobre! No iba solo, dos altos caballeros lo acompañaban en su entrada a Madrid. Yo iba montado en una mula parda con el mismo propósito que ellos de pasar a la ciudad.

Regresaba de Alcalá de Henares, donde había asistido a unas conferencias de Derecho impartidas por el doctor en leyes don Pedro de las Heras. Mi curiosidad por aprender y este oficio de estudiante me habían obligado a permanecer en la universidad más tiempo de lo que yo hubiera deseado, porque en Madrid estaba la casa de mis padres, donde jamás me ha faltado un mendrugo que llevarme a la boca, cosa que no siempre ocurre cuando resido en Alcalá de Henares.

El caso es que, harto de cabalgar solo por esos campos de la llanura castellana, decidí acelerar la marcha cuando divisé a lo lejos a los tres señores, tan buenos jinetes en sus cabalgaduras. La posibilidad de entablar una conversación amistosa daba alas a mi deseo de concluir tan bien que mal aquel viaje.

¡Señores! —grité al cabo— moderen el paso de sus jumentos; miren que llego con mi burra donde vuesas mercedes están, a punto de entrar, según me parece, en Madrid.

Al oír mis gritos, soltaron las riendas y dejaron reposar un momento los caballos, en tanto que yo los alcanzaba a lomos de mi burra; con las orejas enhiestas y el hocico recto veía cada vez más cerca el objeto de su carrera.

Llegar junto a ellos, entablar gozosa charla, descubrir que ante mí estaba «el manco sano», «el famoso todo», «el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las musas», fue todo uno. Mi pasmo iba en aumento. Mi alegría era infinita. Había leído, y amado, y celebrado, las desventuras de Don Quijote de la Mancha, aparte la entretenida historia de Rincón y Cortado, la cual sucede en Sevilla; sentía yo algunos barruntos de congoja. Señaló el hombre ilustre, quiera Dios que mil años viva, que estaba aquejado de «hidropesía», su vida alcanzaba presto el final.

Pensé para mis adentros que los médicos llaman a esta dolencia de Cervantes cirrosis hepática, cuyos síntomas son: disnea, estertores, sed insaciable, ansiedad, convulsiones, sopor comatoso.

Creí que el buen escritor acertaba cuando pronosticó que a lo más viviría hasta el domingo; aun así, le aconsejé que no cediese a la tentación de beber agua a cada minuto; lo mejor que podía hacer era comer hasta el hartazgo, aunque no tuviera gana, pues allí radicaba el remedio de su salud.

Dicho lo cual, seguí mi camino, que era el del puente de Segovia; mientras los otros caballeros se dirigían, pesarosos, al puente de Toledo.»