[4] Andrea no se detuvo ahí: era preciso dar una continuidad a su narración a fin de esclarecer las zonas de sombra, poner los ojos allí donde ningún lector había podido saciar su curiosidad. Retomó, pues, el hilo de este relato al día siguiente, una vez hubo regresado del instituto y hallado en casa la paz necesaria a su labor creadora...

 

«Con gran alboroto fui recibido al llegar a mi casa. Mis padres me acogieron como solían, poniendo sobre la mesa embutidos, viandas y otros obsequios de la Naturaleza. Conté mi reciente aventura con Miguel de Cervantes: había estado hablando con él y otros dos caballeros en las cercanías del puente de Segovia. Todavía sonaban en mis oídos sus palabras, tan dulces como paños metidos en agua caliente.

Por aquellas fechas todo hijo de vecino tenía en mente las fazañas del caballero manchego. Ya sea de manera oral, ya sea por escrito, no había quien no conociera la narración del hidalgo, aquel caballero de la Triste Figura.

Toda mi familia celebró este encuentro. Mi padre, que tenía un no sé qué de afición por las novelas caballerescas, se mesó los cabellos cuando tuvo noticia del triste estado en que andaba don Miguel. En un aparte, me dijo: «No olvides nunca lo que te ha pasado hoy. Quizá algún día tu silueta figure en la posteridad como aquel a quien Cervantes consagró sus últimas simpatías antes de morir.»

Oír esto y obsesionarme fue cosa de un segundo. La noche me la pasé en vela pensando en el fortuito encuentro. A la mañana siguiente salí de casa con la idea de hablar otra vez a mi ídolo, el valeroso autor del Quijote.

Pregunté a los labriegos que por allí pasaban, a los transeúntes y a los comerciantes que recién abrían sus boticas, por las señas de don Miguel. Unos decían que si en la calle de Magdalena; otros que si en la del Mentidero; y otros, por fin, sostenían que ese señor vivía en la plazuela de Matute.

Cada vez que preguntaba a alguien obtenía una respuesta diferente. Si bien, todo el mundo parecía coincidir en que nuestro autor residía en el barrio de las Musas, una famosa parte del de Atocha. Hacia ese lugar encaminé mis pasos, embozado en la capa; soplaba un airecillo amigo de provocar catarros en un plis plas.

Cuando me planté frente a la casa del maestro, hallé las puertas cerradas, los balcones marchitos, los cristales sin esos reflejos que del cielo proceden. Cada minuto crecía mi zozobra: temía que esta visita llegase algo tarde. A pesar de lo cual, golpeé una y otra vez la negra aldaba.»