[8] Al cabo de una semana, recibió el sobre don Ignacio. Leyó el contenido: media docena de hojas arrancadas de un cuaderno a cuadros tamaño cuartilla, cuyos renglones anunciaban la caligrafía menuda, elegante, recta como el paso de un coronel, de su hija. El comercial de La Campana pensó que por navidad obsequiaría a la joven con una máquina de escribir Olivetti (la tenía vista en los escaparates), de esas portátiles.
Ya en verano, cuando disfrutó de la ocasión de leer el relato sobre la Antártida, había echado en falta este invento, tan útil en las manos de Andrea. Su hija, conforme crecía, escribía mejor; esto de componer historias no representaba para ella misterio alguno; antes bien, manejaba los hilos de la escritura del mismo modo que un marinero interpreta las agujas de marear: con asombroso ingenio.
Allí delante tenía la prueba, esas hojas de colegiala darían qué hablar al mundo entero si el mundo estuviera al corriente de semejantes andaduras literarias. Porque aquello rebosaba de tacto, de elegancia, de buen decir, de tierno y afable amor para con los mayores. ¡Qué bien había comprendido su adorada Andrea que todo escritor es hijo de una tradición literaria, de la que no puede ni debe desprenderse, porque cualquiera de ellos sigue y prosigue la labor que otros muchos habían comenzado antes que él!
Si la joven —pensó— se declara a la postre escribano de Miguel de Cervantes, es como si estuviera rindiendo homenaje a las letras castellanas, a la vez que universales, representadas en la figura del manco de Lepanto.
Don Ignacio Calderón no solía descollar como espíritu patriótico, no creía que el destino de España fuera ni mejor ni peor, ni más o menos importante que el de las otras naciones europeas. Pero leer ese manuscrito había despertado en él un sentimiento nacional, el orgullo patriotero tantas veces mal interpretado.
¿A qué se debía este singular portento? Ni él mismo se lo explicaba. ¡Cientos de veces uno siente y no sabe lo que siente, ni por qué! Así ocurría entonces con el padre de Andrea; a quien no faltaban, por otra parte, razones para estar más que contento: ya la empresa lo mandaba de paseo a otro rincón de las Españas, Santiago de Compostela; ya había propuesto a Josefina que hicieran ese viaje juntos; ya la dama alcarreña, la sobrina del barón de las Encinas, había dicho que sí con el mismo entusiasmo de una chiquilla de once años.
¡Qué bien se presentaban las cosas para don Ignacio! ¡Qué estupendo panorama de allí a diciembre! Y, por si esto fuera poco, las elecciones habían tenido lugar; se había hecho público el escrutinio; no había más vuelta de hoja: los de su partido habían ganado por abrumadora mayoría; Felipe González tomaba las riendas del poder. ¿Cuándo iba a soltarlas? Sólo Dios sabría...


lasrecetasdeteresa
24 nov 2009 | 04:31 PM
Hola Que bien se le están poniendo las cosas a Don Ignacio. Besitos
merce-hola
24 nov 2009 | 04:41 PM
Y encima irse con Josefina que mas puede pedir :-)
Jo
25 nov 2009 | 12:49 PM
Es verdad, pintan corazones para Ignacio.
Un beso a Merce y Teresa.
mily
1 dic 2009 | 11:08 AM
Siento mucho no comentar antes, no entran los post y no me entero de quien publica.
sólo puedo decir ¡¡¡¡ VIVA LA VIDA, VIVA EL AMOR!!!!!
BESOS