[9] Una cosa era sentir el entusiasmo por los progresos de su hija, otra, bien distinta, reflejarlos en una carta a ella destinada. ¿Cuáles serían las palabras adecuadas, las que no pecasen de excesivo elogio (siempre contraproducente), ni adoleciesen de falta de reconocimiento de los méritos ajenos?

¿Todavía experimentaba aquella envidia de antaño, que fue la causa de la destrucción del manuscrito de la Antártida?

Don Ignacio se removió en su asiento. No sabía qué responder a estas preguntas. Si alguien se las hubiera formulado en su lugar, de seguro que hubiera replicado airado contra el osado entrometido.

Y en este caso... él mismo escarbaba en los fondos de su conciencia; no descubría el olor a azahar, que tanto lo había estremecido cuando su buena o mala sombra no tenía nada que reprocharse aún. En aquellos tiempos era muy joven, un niño: su conciencia estaba tranquila.

Pero desde aquel entonces a veces había llovido barro o ceniza sobre sus hombros, se había manchado el pulcro traje de la inocencia: había cometido algún que otro error, como el haberse casado pronto y mal con Rosario; este matrimonio fue causa de prolongados disgustos. Al final, una separación amistosa y un arreglo económico devolvieron la paz al entonces joven comercial de chocolates. De aquella relación desastrosa nacieron Ramón, el benjamín de la familia, y Andrea, la mayor de los dos, que con sus muy pronto dieciocho años estaba más que preparada para tomar a saco los escaparates de las librerías. No necesitaba más que un padrino, y el nombre de Andrea Calderón López sonaría bien alto en el pabellón de las letras. Así lo creía, así acabó reconociéndolo, tras acallar la voz de la envidia que de nuevo afloraba en su pecho como esa mala hierba resistente a las mañas del horticultor.

Tras haber puesto estos detalles de su vida en orden, cogió el bolígrafo, preparó el sobre, colocó sobre la mesa que había en el salón comedor la hoja donde contestaría a la carta de su hija...

«Querida Andrea,

He leído con gran satisfacción, con enorme alegría, tu relato sobre Cervantes. El hecho de que me lo hayas enviado a mí es prueba de que no me guardas rencor por lo ocurrido en Sevilla con tu cuento de la Antártida. Esto te lo agradezco mucho. Yo no soy ni puedo ser tu mecenas; me conformo con ser tu padre. Los consejos que te doy son sinceros, aunque pecan de excesivos, porque están de más. Para ti ya no hay secretos en el arte de escribir. Escribes como los ángeles. No sé de dónde has sacado ese ingenio. De tu padre, no, que de esto no entiende. Y tu madre, menos aún.. ¡Que Dios te conserve por muchos años esa destreza pulcra y elegante a la hora de narrar!

Yo no puedo decirte más por el momento, sino que haré que estas hojas que me mandas, escritas a mano, tengan la presentación de una máquina de escribir; y luego, luego las entregaré a ciertos amigos míos (todos ellos relacionados con el mundillo literario). De su lectura auguro grandes sucesos: ni más ni menos que la publicación de tu relato en alguna revista prestigiosa.

Recibe un fuerte abrazo de tu padre:

Ignacio Calderón Ibáñez.»