[14] Andrea hacía alusión en su postdata al reciente evento acaecido en Guadalajara; Isabel la había puesto al corriente con bastante lujo de detalles. Los hechos habían sucedido del siguiente modo:

Una mañana de principios de octubre, Manuel Cañete se dirigió, conforme al calendario que él mismo se había trazado, a una zona concreta del colmenar. La colecta de miel prometía gran número de tarros; se hizo, pues, con los servicios de un ayudante, a quien ya había llamado en otras ocasiones: Roberto Cabrales, el amigo de su hija.

Los dos hombres iban por el camino de tierra, charlando alegres y animados. Se habían puesto aquel traje que tiene cierto parecido con el de los astronautas, a fin de evitar posibles disgustos. La luz del día despuntaba por donde el ermitaño Augusto Montes había cavado su cueva en la pared del montículo. Soplaba un aire rizado, anticipo del frío que cada año asola la región no bien concluido el estío. Dijo don Manuel:

Algo ha llovido durante septiembre; las flores han lucido sus pétalos al sol antes de que se marchitaran; tengo para mí que las abejas han cumplido con creces su labor.

Lo mismo pienso yo. En el corral de la casa donde vivo todavía se mantiene en pie un viejo olivo de los tiempos de Mary Castaña; pues bien, no sé qué tiene el dichoso árbol, qué da o qué no da a las abejas: todo el verano las he visto zumbando por entre las ramas; ¡qué buena música, un día sí y el otro también, me han dado durante las horas de la siesta! Y yo pensando: No se quejará el señor Manuel Cañete; sus abejas disponen de ancho campo por donde zumbar y libar el néctar de las flores.

Razón tienes al pensar así, amigo mío. Pero ocurre que en el campo no hay puertas, miedo tengo de que hayan visitado con harta frecuencia los cultivos atiborrados de pesticidas de Dionisio Cañas, mi enemigo jurado. Este hombre, un viejo avaro, no quiere entrar en razones; no comprende que su beneficio, irrespetuoso con las reglas del juego, supone la ruina de mi cosecha. ¡Con lo fácil que hubiera sido acudir a los remedios naturales, sin echar mano de esos productos químicos que tanto perjudican al medio ambiente, ya que contaminan los ríos, así como las bolsas de agua subterráneas!

Aquella voz lastimosa, propia de quien «las ve venir», brotaba de su garganta protegida por el traje especial, al tiempo que el alba salía de su agujero para iluminar las horas mañaneras: se escuchaba el cantar alegre de los pájaros, en tanto que la brisa seguía soplando en las ramas de arbustos y escasos arbolillos que adornaban el paisaje. Al final del sendero aparecían las primeras cajas del colmenar. Los dos hombres traían los utensilios necesarios para el rascado y almacenado de la miel. Pero, ¡oh, disgusto!, en lugar de un enjambre que alborota y conmueve el aire con su continuo bordoneo, hallaron un lúgubre depósito de cadáveres. No era una sola colonia la que había sido herida por el rayo fatal (como en otras ocasiones), sino varias: el daño se extendía como la pólvora, amenazaba con hacer saltar por los aires el colmenar entero, desde la primera hasta la última caja.

¡Esto era más de lo que podía soportar el bueno de Manuel Cañete! Encendido por la cólera, arrojó las herramientas de mala manera. Dio marcha atrás. Iba a tomar la senda que conducía a los dominios de su enemigo. Quizá había llegado la ocasión de ajustar las cuentas. Roberto Cabrales, que estaba tan perplejo y enrabietado como el apicultor, echó a andar junto a él. Si acaso había que repartir bofetadas, no se privaría de dárselas a uno que —de todos modos— se negaba a entrar en razones.