La postal de Álvaro Montilla
[19] La dama arrastraba una voluminosa maleta, de esas que están atadas en los flancos con correas, como para impedir que se desborde el contenido, a buen seguro penosamente metido a trompicones.
No hubo más remedio que «cargar con el muerto», Ignacio se despidió de la enfermera (al barón de las Encinas no lo había visto en ningún momento), y se dispuso a bajar a la calle acompañado de Josefina, la cual vestía un elegante traje blanco: pantalón de campana, chaqueta con amplias solapas y blusa de seda color violeta. Recordaba los modos y maneras del poeta local, Álvaro Montilla, quien, por cierto, llevaba cinco semanas ausente: se había marchado a un pueblecito costero de Almería, y aún no había aparecido por Guadalajara.
El director del Ateneo había recibido una postal con la foto de una barca blanca y azul desafiando las aguas turbias del Mediterráneo. Decía así:
«Apreciado amigo:
Llevo varias semanas disfrutando de paz y sosiego en este rincón de la Almería sublime. Encontré alojamiento en un albergue a pocos metros del mar. Desde mi balcón veo cómo las olas se rizan, se encrespan, alborotan el paisaje como una horda de brutos. A mí me deleita oír este ruido ancestral; me da por pensar que la Tierra vive, late profundamente: las olas que van a morir en la orilla no son sino los ecos de ese latido subterráneo.
Cordialmente,
Álvaro Montilla.
P.D: En este sitio he hallado la inspiración que me faltaba para componer mi último libro de poemas, titulado: Mar a solas.»
Josefina Rubio había leído esta postal. Se había muerto de envidia. Llevaba meses sin salir de la meseta castellana, que la ahogaba como si hubiera caído en un pozo negro, sediento de luz. Por fortuna, al poco apareció Ignacio con su propuesta de visitar Santiago. Desde la distancia, tomaba la debida revancha a su rival, el engreído poetastro que había solicitado la ayuda de las musas en las costas almerienses. Lanzó una mirada furtiva a su compañero; al instante dio el aprobado; no le cabía duda que en lo que atañe al aspecto el comercial de chocolates le sacaba ventaja a su difunto marido, aquel empresario dedicado al comercio de muebles, que solía descuidar el vestir, a menudo teñido con la marca del tabaco: Casimiro Díaz había sido gran fumador de pipa y puro, a los cuales sumaba su copita de anís y el cafecito amargo de la sobremesa.
La estación quedaba algo lejos. Llamaron a un taxi desde la avenida cercana; no era cuestión de ir dejándose las fuerzas en el camino, pensó Ignacio; no deseaba transpirar. Si bien la maleta estaba equipada con ruedas, era de difícil manejo, su tamaño la convertía en un serio estorbo para los desplazamientos.
Ignacio levantó el brazo. Un automóvil se detuvo. Salió el chófer para ayudar a los pasajeros a meter el equipaje en el maletero.
Ya en el fragor del tráfico (por aquel entonces empezaban a despuntar los primeros atascos «guadalajareños») Ignacio comentó en voz baja, como de pasada, que en el hotel de Santiago de Compostela habría una sola habitación para ellos; aunque, se apresuró en añadir, provista de dos camas separadas.
Josefina Rubio dio un respingo en su asiento. Se quedó atónita. No supo qué contestar a esto. No dijo nada. Miró por la ventanilla, detrás de la cual se prolongaban las filas de vehículos, así como las fachadas de los edificios monótonos. Se preguntó de pronto por qué este hombre viajero no se había sacado el permiso de conducir y comprado un coche para realizar sus frecuentes trayectos por España.





merce-hola dijo
No parece que le siente mal que solo haya una habitación :-)
13 Diciembre 2009 | 03:30 PM